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En memoria de Frank Hahn. ¿En qué orden?

Por qué no se le prestó esa atención de manera seria es quizás una pregunta tonta a estas alturas, pero no puedo evitar sugerir que Hahn era demasiado listo y con una distancia entre su pensamiento y su palabra demasiado corta como para que sus ideas fueran comprendidas en toda su profundidad y en todo su alcance.

FrankMi admirado Frank Hahn ha muerto en Cambridge a finales de enero cuando todavía era fellow de su querido Churchill College en donde pasó gran parte de su vida académica y desde donde hizo múltiples incursiones a los otros, a la sazón, escasos centros del saber económico como la LSE, el MIT, Harvard o Berkeley así como, en los últimos años de su vida activa, a Siena en donde disfrutaba de la belleza, una preocupación , me atrevo a decir, que nunca estuvo alejada de su obra científica. Una obra ésta que no solo incluye la Teoría Económica, sino también la Historia Económica y la Metodología en unas épocas difíciles de olvidar y en las que la curiosidad y la transversalidad eran moneda corriente y signo de distinción académica, una época en efecto muy distinta a la actual y que es muy difícil no añorar hoy cuando parecería que se ha perdido la ansiedad del descubrimiento crucial.

Los que ya no peinamos ni canas fuimos un día una generación en búsqueda de la fundamentación microeconómica de la macroeconomía. Se trataba de superar la esquizofrenia de la Teoría Económica incapaz de unir la teoría del equilibrio general neoclásica y la teoría macroeconómica de los grandes agregados de la Teoría General de Keynes surgida de la experiencia de la gran depresión. Nadie entendió como Frank Hahn la noción de equilibrio y solo él parecía entender que la unificación superadora de la esquizofrenia aludida pasaba por tener un forma impecable de injertar el dinero fiduciario en la teoría moderna del equilibrio general iniciada por Hicks, madurada por Arrow y Debreu y casi estandarizada por Arrow y Hahn en un libro de 1971 realmente machacado por mi generación. El problema era probar que cuando el intercambio es monetario existe un equilibrio en los mercados en el que el precio de ese dinero sin valor intrínseco es positivo. Solo a partir de ese punto podemos comenzar a agregar sobre individuos, sobre empresas y sobre activos para construir un modelo manejable que puede hacerse más o menos dinámico a fin de preguntarnos sobre trayectorias del PIB, la inflación, el tipo de interés o el empleo esperables en un sistema económico de mercado.

Mis contactos personales con él fueron muy escasos. Ya casi terminando mi tesis doctoral me puse en contacto epistolar con él enviándole el capítulo que respondía a las preocupaciones descritas y solicitándole la posibilidad de continuar profundizando con él allí donde fuera a moverse. Su contestación fue favorable pero no lo suficientemente entusiasta como para satisfacer mi desordenado orgullo juvenil. Unos años más tarde tuve la oportunidad de compartir con él una sobremesa gloriosa en Churchill College, una sobremesa con bastante alcohol y muy densa en inteligencia. Relataba él con gracia sus aventuras en Siena y en un momento determinado contó que en el examen que había dejado preparado para sus estudiantes italianos les preguntaba por las medidas de política económica a tomar además de por, y aquí estaba lo asombroso, en qué orden deberían ser tomadas. Sin embargo no es extraño que alguien que utilizó sus mejores años en modelar en serio la tecnología del intercambio de forma que se viera la importancia de quién intercambiaba con quién en distintos y secuenciales momentos, se preocupara por el orden de las intervenciones públicas en un sistema económico.

Si la Teoría económica hubiera seguido por los derroteros sugeridos por el propio Hahn hoy sabríamos algo de esto y España hubiera seguido un proceso regenerador ante la gran recesión mucho más cuidadoso procediendo a efectuar las reformas económicas en el orden adecuado. Algo por otro lado desconocido por falta de atención a las ideas del gran Frank Hahn. Por qué no se le prestó esa atención de manera seria es quizás una pregunta tonta a estas alturas, pero no puedo evitar sugerir que Hahn era demasiado listo y con una distancia entre su pensamiento y su palabra demasiado corta como para que sus ideas fueran comprendidas en toda su profundidad y en todo su alcance.

Descanse en paz.

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