Desde mi sillón

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En el café

«Una pieza más en mi colección de vulvas» es lo primero que me vino a la cabeza, pero bastó el breve recorrido hasta el piso quinto para quitarme de la cabeza esa pulsión de coleccionista.

¿Cuánto me harás esperar Esperanza? Como comprenderás, de la respuesta a esta interrogación sencilla va a depender lo que yo vaya a esperar sobre la posible renovación de nuestro viejo interés mutuo. Si es un retraso simplemente coqueto justificado por la dificultad de aparcar es que estamos en la misma onda. Si por el contrario el retraso es apenas perceptible me daré por enterado de que lo que deseas es una simple cuestión de “negocios”: colaborar al éxito de las meriendas. ¿Y si el retraso es muy largo? En ese caso no sabría decirte cómo debería actuar para conseguir mi objetivo de acercarme a ti un poco más de lo conveniente para un serio profesor.

Creía que llegaba a tiempo y caminaba despacio hacia este café del que guardo muchos recuerdos de todo tipo. Siempre me ha sorprendido lo mal que entona su decoración con el resto de la Ciudad, pues se trata de una mezcla de vigas autóctonas y cerámica andaluza en las paredes que, curiosamente, le dan un aire como internacional. Quizá por eso fue en nuestra juventud, la tuya y la mía, Esperanza, tan próximas y tan lejanas, lugar de encuentro de aquellas personas jóvenes, generalmente varones, que comenzaban a ver las grietas del sistema a través de ojos de estudiantes de fuera que se reclamaban de izquierdas y de hijos de nacionalistas que, alrededor de círculos de cristiandad, veían a través de los ojos de unos padres que ya pensaban que esos sus hijos no corrían demasiado peligro de ser molestados por los que solo más tarde se llamaron los “maderos”. O también de gente joven que seguían sin interesarse en la política en sí, pero ya habían leído a los existencialistas franceses o se habían sentido atraídos por movimientos anarcoides que olían a libertad.

Yo diría que llegué justo a tiempo según mi reloj de pulsera que había sintonizado con radio nacional el día anterior, pero para mi sorpresa, que no tuve que fingir, allí estabas tú sentada en el butacón corrido delante de una mesita para dos y bebiendo a sorbitos un limón granizado con una pajita con la vista en el líquido amarillento. No me viste entrar y, antes de acercarme a la mesita que ocupabas, tuve tiempo de recordar a alguien que hace años vi en ese mismo lugar delante de un vino tinto y luciendo una boina caída hacia la izquierda, alguien que, rico de familia y sin necesidad de trabajar, se sentaba allí casi todas las tardes y que años más tarde abrió no lejos de este café una librería en la que ya se podían comprar libros prohibidos, verdaderas armas cargadas de futuro, sin necesidad de deslizarse subrepticiamente en la trastienda. Recordé como en un flash que eso era lo que yo quería ser por aquel entonces: un intelectual de café del barrio latino y poder charlar con Sartre, como contaban había hecho aquel compañero de colegio unos años mayor que yo y que no cayó en la trampa de la Ciudad. Pero tú levantaste la mirada, dejaste el vaso sobre la mesita y me dedicaste una sonrisa amable, simplemente amable.

Perdona Esperanza por hacerte esperar, tartamudeé yo mientras retiraba la silla que me dejaba frente a ti y tomaba asiento.

No te preocupes, Jon, tenía que venir al centro y he hecho todos mis recados antes de lo que esperaba, así que me he sentado aquí a disfrutar de este limón como si fuera una cría.

Eso es justamente lo que eras hace esos veinte y pico años cuando creíamos tener entre nosotros dos una relación secreta que se alimentaba de aquellos pocos minutos que duraba el camino hasta tu colegio desde la estación de autobús. Pero no supimos desarrollar el lenguaje preciso para hacer de ellos una verdadera conexión.

Esto quería decirte Jon, que ya no soy aquella cría, que tengo marido e hijos y que tu aparición el otro día en nuestra casa saliendo de un mundo tan lejano al mío me turbó mucho más de lo que hubiera imaginado.

Se calló como si se le hubiera acabado la cuerda e hizo un gesto como de cruzar las piernas por debajo de la mesa tapada con un mantelito como de cuarto de costura de casa del Ensanche. Intuí que calzaba zapatos de tacón un poco más alto del adecuado para los recados matinales.

Pues no veo los paquetes de tus recados en ningún lado, te dije mirando a un lado y otro del sillón corrido. Deshizo el cruce de piernas, creí intuir, y se acodó sobre la mesa como para plantarme cara.

Se lo he dejado al conductor. No lo uso siempre, pero he pensado que hoy me serviría para poder estar contigo el tiempo necesario para que me cuentes lo que ibas a contarme sobre nuestra próxima merienda y todavía llegar a casa a tiempo como para comer en familia. A mi marido le gusta.

Me hubiera levantado en aquel mismo instante, te lo aseguro, pues entendí con la claridad de un relámpago en la noche que no pertenecíamos al mismo mundo ni sería posible que llegaras nunca a entender las cosas que yo estaba deseando contarte. Pero siempre he sido rápido para el regate y decidí cambiar el tono del relato que tenía preparado para después de algunos cotilleos previos que nos pusieran al día sobre la mitad de nuestras vidas, la mitad quizá más determinante, y que había hecho de ti una buena, supongo, esposa y madre y de mí un frívolo que hace muy poco tiempo está intentando empezar a ser menos loco de lo que ha sido en los últimos años. Así que te dije:

¿Recuerdas a Peter, Paul, and Mary?

Ante tu cara de sorpresa te expliqué que en los años 60 y 70 este trío de música volk fue muy famoso y que yo recordaba hasta una película que vi en mis años locos en la que el trío se acerca a Big Sur. Y es que aquí quería llegar yo, al Instituto Essalen al que conocí a través de mis lecturas dirigidas a recuperar la serenidad apoyándome en un sincretismo semireligioso no alejado de la psicología de la Gestalt de Fritz Pearls de la que si quieres hablamos cualquier día. Durante mi estancia aprendí muchas cosas entre las más importantes de las cuales estaban, además de la libertad y promiscuidad sexual que me tuvieron obnubilado durante tiempo, ciertas experiencias programadas para reforzar la seguridad en uno mismo.

Pues cuéntame estas pues de las otras no quiero saber nada, dijeste fingiendo una turbación divertida. No te haces idea de lo mucho que se nos ha hurtado en esta ciudad mientras tu estabas por ahí fuera.

No te contesté inmediatamente pues no sabía si lanzarme o no a tratar de desequilibrarte a mi favor. Fui yo esta vez el que cruzó los pies bajo la mesa y después de un suspiro que imagino no entendiste continué contándote cómo un monitor de Nueva York nos enseño a un grupo de hombres y mujeres de todas las edades a mantener la posición física no dejando que ningún empujón nos desequilibrara. Trataban de conseguir que aquellos que como yo no sabíamos muy bien lo que creíamos aprendiéramos a no ser empujados de un lado para el otro; pero la manera por la que se empezaba esta especie de aprendizaje era mediante un ejercicio consistente en tratar de mantener el equilibrio físico ante cualquier empujoncito que te llegara de donde fuere. Hice un inciso:

Te parecerá una tontería pero este aprendizaje me hubiera venido muy bien en aquellos años en la Ciudad cuando desde muchos lados te empujaban hacia lugares en los que no nos veíamos a nosotros mismos.

Dijiste como de pasada algo así como “pues no lo sabes tu bien”, pero no te hice caso y continué:

Se trata de relajarte y no tratar de defenderte contra cualquier golpecito crispando los puños y afianzando los pies en el suelo como diciendo que ese suelo es tuyo y que lo defenderás con la fuerza de tus puños. Se trata de todo lo contrario, de descrispar las manos y de relajar las piernas, dotándote así de una flexibilidad imposible de cascar.

El ruidito de los tacones me indicó que te empezabas a poner nerviosa así que abrevié:

Este es el experimento que quiero realizar previamente a mi charla que, como os anuncié, será sobre la siempre malinterpretada división del trabajo. A cada una de vosotras os pondré frente a mí y con la punta del dedo índice de mi mano derecha apoyada en el escote le empujaré levemente. Te aseguro que todas darán un paso atrás para mantener el equilibrio, menos tú, claro, que ya estás avisada. Ejercítate un poco y verás cómo no hay manera de desequilibrarte.

Aunque con una mirada de refilón y con una sonrisa maliciosa sentenciaste:

No sé si me gusta mucho el experimento, especialmente lo del escote.

No supe qué contestar ni qué cara poner, pero recuerdo que pensé que para qué me metía yo en esos líos. No los de asistir a las meriendas, pero sí los de inmiscuirme en la rigidez de la Ciudad. Pero ya estaba hecho y ahora se trataba de volver a recordar nuestra infancia perdida. Pero no me dio tiempo. Un señor vestido de azul se presentó en nuestra mesa y mirándote solo a ti, te recordó que se estaba haciendo tarde si teníais que pasar primero a recoger al señor. Te levantaste y pude ver los altos tacones mientras seguías al conductor con el bolso en la mano.

Está todo pagado Jon, dijiste como quien habla con la cocinera.

Me quedé sentado un ratito y por fin me di cuenta, mientras me levantaba, que yo no había tomado nada. Nada te debo Esperanza, musité como para mí mismo y salí del café. Tenía tiempo y decidí caminar un rato hasta la casa de mis padres que había heredado y que, de momento, habrá de ser mi morada solitaria. Supongo que ya sabes tú bien donde está, pues es la misma a la que volví con mis padres después de dejar la margen izquierda y retornar a la Ciudad propiamente dicha. El caminar en soledad suelta la mente, aunque muy a menudo no eres consciente de lo que piensas. Pero yo sí lo era ese mediodía de otoño después de charlar contigo en el café. No podía entender cómo, a partir de una cercanía en la playa chic de la margen derecha, en unos cuantos años y muy poco a poco, el tiempo puede colocarte en lugares espirituales y físicos tan distantes y tan difíciles de reconciliar. ¿Qué sentido tendría el reconquistarte y conseguir tu consentimiento para hacerte mi amante más allá del perenne instinto depredador del macho?

Ya llegaba al portal de mi casa pero no dejé de pensar. «Sí, ¿qué sentido?», me volví a preguntar cuando abría las puertas del ascensor. «Una pieza más en mi colección de vulvas» es lo primero que me vino a la cabeza, pero bastó el breve recorrido hasta el piso quinto para quitarme de la cabeza esa pulsión de coleccionista. Pensé en alto:

Tú, Esperanza, no serás nunca una pieza de colección, vas a ser el chivo expiatorio de mi instinto vengativo contra todo lo que ha hecho de mi Ciudad un lugar inhabitable.

«En el café» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 1 de Agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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