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ELOGIO DEL AMATEURISMO INFORMADO

Publicado en Expansion el jueves 3 de junio.

Hace muchos años un colega me presentó, antes de una conferencia académica, como un gran profesional, supongo que de la teoría económica. Fue un elogio que me dejó perplejo. Ser un gran profesional es ser, además de una autoridad en lo tuyo, puntual, responsable y poco caprichoso en el ejercicio del oficio cualquiera que éste sea, futbolista, tenista o profesor. Beckham es un gran profesional porque nunca falla a un entrenamiento y porque su pie derecho es un lujo para cualquier degustador del noble arte del balompié. Federer es un genio del tenis y no hace un mal gesto y yo jamás había faltado a clase o dejado de responder una pregunta y creía haber escrito alguna cosa de interés en un área muy concreta de la teoría económica. Pero Beckham no ha renovado el football como lo hizo Maradona, Federer no tiene un golpe propio como sí lo tenía Nastase y yo no he sido capaz de vislumbrar otra manera de mirar a los fenómenos económicos como sí fue capaz, por ejemplo, Kenneth Boulding. Curiosamente Maradona, Nastase y Boulding no se podrían calificar de grandes profesionales. El primero confiesa que se pasaba con la droga, Nastase era un pícaro y Boulding, cuyas ideas tartamudas eran geniales, no era un profesor concienzudo según yo mismo pude comprobar hace casi 40 años. Si el elogio que mi colega quiso hacerme no me gustó del todo es, creo, porque yo ingenuamente pretendía en aquella ocasión haber revolucionado la manera de mirar a las cosas del oficio. Yo quería ser un amateur que hace las cosas por gusto o afición y por lo tanto quizá no perfectamente. Así, de forma amateur, con poca precisión pero con gusto me gustaría atacar un problema interesante planteado por Dani Rodrik, para, finalmente, hacer un canto al amateurismo informado.

El gusto por ese problema específico en el que ahora entraré me viene de haber tenido un poco de lucidez cuando en marzo pasado en esta columna de La Mirada del Economista hablaba de los problemas del desapalancamiento antes de que se hicieran patentes y de que, con razón o sin ella, no haya habido más remedio que abordarlos en Europa , en España y en los mismísimos USA o China. Y, sin embargo no fui consciente, como hubiera querido, de una corriente subterránea que murmuraba en el subsuelo. Se podría expresar con palabras del mencionado Danny Rodrick que apuntan a la necesidad de tener que abandonar una de estas tres cosas: la globalización, la democracia y la soberanía. Ya no sería posible que las tres se pudieran dar simultáneamente: “La democracia es compatible con la soberanía nacional solo si restringimos la globalización. Si aceptamos la globalización y retenemos la soberanía nacional entonces tenemos que desprendernos de la democracia. Y si queremos democracia con globalización tenemos que desprendernos del estado nacional.” Es la opinión de un gran profesional que yo debiera simplemente tratar de entender en toda su extensión; pero sin embargo creo que una buena dosis de mi amateurismo informado puede vislumbrar una fisura en su argumento y descubrir una forma de hacer compatibles las tres cosas. Comencemos por mirar las tres posibles combinaciones de los tres fenómenos sociales mencionados. La democracia y la dimensión nacional de las políticas monetarias y fiscales solo son compatibles con una globalización muy poco desarrollada tal como fue la posterior a la segunda guerra mundial y antes de los años 90 digamos. En el caso de España estos días parece como si nuestra soberanía no pesara mucho en presencia de una UE que quiere sostener el euro, de manera que nos obliga a hacer algo que nuestras instituciones democráticas igual no hubieran decidido hacer. La soberanía y la globalización solo serían compatibles en ausencia de la democracia, pues cuando esta emerge lo hace en términos nacionales que acaban chocando con las reglas impuestas por la globalización. La China de hoy sería un ejemplo de este segundo caso y la necesidad el autoritarismo se proclama peligrosamente por doquier. La democracia y la globalización solo se pueden obtener simultáneamente renunciando a (parte de) la soberanía nacional tal como parecería ser el caso al que apuntaba la Europa del tratado de Lisboa y el que se impone hoy como resultado de las medidas de austeridad.

Llegados a este punto el amateur informado que esto escribe propone el establecimiento de un Sistema Confederal basado en el Principio de Subsidiariedad para conseguir tener simultáneamente el máximo factible de democracia y de soberanía nacional sin renunciar a la globalización, tal como explicó en Política Exterior ( El principio confederal, PE,111, mayo/junio 2006). Esta propuesta amateur contrasta significativamente con la aparente fruición con la que muchos economistas profesionales se relamen ante la aparente ineluctabilidad de un gobierno económico único en Europa. Se trata del centralismo que aparece en cuanto rascas un poco su discurso aséptico y a pesar de que conocen perfectamente las ideas liberales que, en su versión mejor construida, aborrecen ese centralismo y con razón, justamente porque ese centralismo no es necesario y no parece la mejor idea en un entorno muy heterogéneo sujeto a shocks asimétricos. Siempre me ha asombrado este reflejo centralista y generalmente autoritario que se da en cuanto encontramos algún problema que parece desbordarnos. Y como no me parece correcto y lo veía venir escribí mi última columna de Expansión (¿Tesoro único? No, gracias). Esa columna debiera servir para relativizar las posturas centralista que estos días se expresan por boca de buenos profesionales, pero me temo que no basta porque el reflejo autoritario es inconsciente y se deja aplastar por el aparente espesor de lo obvio.

Pero eso no debería ser así al menos entre nosotros que tenemos un sistema autonómico fiscalmente descentralizado. Gran parte del gasto está descentralizado y el ingreso lo está en Navarra y el País Vasco. Lo que se propone ahora en Europa (y podría tener su reflejo en España), es centralizar más el gasto o su supervisión al tiempo que, más tímidamente, se insinúa la homogenización del sistema impositivo. Contra ello yo insisto en mi propuesta confederal. Esta propuesta totalmente amateur quizá no puede prosperar hoy en un país como España en el que el centro ha ido cediendo poder, pero debería aceptarse en una Europa en la que el centro está tratando de aumentar un poco su poder. Es el camino hacia la confederalización de Europa y esto da miedo a los centralistas jacobinos, españoles o franceses, y no gusta a los que desearían un federalismo europeo. Yo apuesto por la oportunidad de un salto adelante de este estilo en un momento en el que Europa quizá esté dispuesta a moverse. Es una idea escalable, serviría para legitimar la autoridad del FMI sin menoscabo de eficacia de las medidas que propone y podría ser escuchada por la nueva coalición que Gobierna en el Reino Unido.

Entono para terminar el canto en favor del amateurismo informado. En el IHT del pasado viernes 21 de mayo, un artículo de primera página discutía el carácter y el oficio de Trichet. Los profesionales le criticaban por su decisión-contradictoria con sus declaraciones inmediatamente anteriores- de comprar deuda de países sospechosos de heterodoxia fiscal para sostener el euro mientras que los amateures le defendían con palabras que recordaban al gran amateur, John Maynard Keynes, alegando que es de tontos no cambiar de opinión y de práctica cuando las circunstancias cambian. Traduzco a Tommaso Padoa-Schioppa: “Solo los tontos nunca cambian de opinión. Lo que requería una postura diferente era un cambio en las circunstancias. Se me antoja como una visión dogmática e incluso pedante la de que esto acarrea una pérdida de credibilidad”. El amateurismo es como el bricolaje, es cuestión de ingenio y es imposible de codificar. Ese amateurismo informado es el que hoy sería útil, además del fondo temporal ad-hoc , ante el ataque contra el euro. Menos ajustes o prohibiciones a la alemana y más continuidad en una política monetaria lo suficientemente laxa como para desalentar a los especuladores y engendrar una inflación mayor que nos salve del peligro de la deflación a la que nos aboca la profesionalidad de los autoritarios

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