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Elogio de la Chapuza

Los ensanches cuadriculados soñados por los urbanistas adelantados a su tiempo; la ciencia teórica construida more geométrico, con la limpieza intelectual de la matemática; las formas de convivencia desarrolladas de acuerdo con algún principio trascendente; la coordinación minuciosa de las tareas de construcción y su realización a lo largo de un camino crítico que minimiza las esperas.

Todos estos lugares intelectuales pertenecen a otro tiempo y pocos ven hoy en ellos ningún mérito especial. El urbanista deviene orgánico, el científico, más que elucubrar, experimenta, la praxis preside la vida política sin espacio alguno para la trascendencia y las buenas costumbres ingenieriles se disuelven en distintos negocios singulares coordinados, esperamos, por mercados no muy bien desarrollados. La chapuza desordenada es fácilmente reconocible desde hace años en la actividad humana y la nostalgia del orden estaría, en todo caso, fuera de lugar.

La naturaleza es orgiástica y desmedida en su forma de evolucionar. Deja al margen, y como olvidados, tantos materiales de desecho con los que ha jugado para crear una flor, que su forma de actuar inconsciente desafía nuestro sentido de la economía de medios y de la elegancia de movimientos que aborrecen el exceso. La noción de ahorro le es ajena y está siempre dispuesta a dilapidar fuerzas vitales para abrirse camino hacia no se sabe donde. La naturaleza es un Pantagruel plácidamente ahíto e ignorante de los palpitantes dramas de la materia viva que mastica y deglute con deleite. Y algo así, completamente desmedido, comienza a ser hoy la ciencia que se practica normalmente. Hay tantos datos almacenados, se ha facilitado tanto su accesibilidad, que el material a explorar ha dejado de ser algo estilizado por la finura intelectual y, más que tratando de ofrecer explicaciones de esos fenómenos construidos, la ciencia procede hoy con la inocencia atolondrada de un niño que abre torpemente los regalos de una inmensamente generosa celebración de la proliferación.

Ante la consustancial incertidumbre de la investigación el científico de ayer, perdido en el bosque, fijaba un rumbo y lo seguía ascéticamente empujado por la esperanza de un descubrimiento profundo. El científico de hoy explora alborozado todas las direcciones, salta de la propia a la del colega con total ligereza y no pierde la alegría instantánea del juego que se agota en sí mismo y que reposa en una superficie lisa sin profundidad alguna.

Ese producto que llamamos simplemente investigación ha derivado en “Europa” en una especie de intento desesperado, en forma de I+D+i, de ordenar la multiplicidad infinita de la aventura intelectual. Además, en la misma forma de articular los esfuerzos sociales por aprovechar el esfuerzo intelectual, contrastan lo que llamamos “Europa” y “América“. Hoy triunfa la chapuza “americana“, desordenada y experimentadora, frente a la elegancia “europea“, ordenadamente especuladora. Y parece que la manera “americana” y tosca se va imponiendo: no sólo consigue una mayor calidad científica, también parece hacerse norma en muchos órdenes de la vida.

Puede que el respeto al derecho internacional que mostró “Europa” en la crisis de Irak (con sus secuelas de guerra y posterior guerrilla resistente a la invasión) y que traza sus orígenes hasta su raíz kantiana con su paz perpetua, hubiera resultado menos traumático (sin duda) y y más constructivo (probablemente); pero la brutalidad “americana” puede que conforme la condición indispensable para reconocer, a través de su falta de éxito en esta caso, los méritos de la visión “europea“. No cabe, por lo tanto, concluir que aquí fracasó la chapuza. Todo lo contrario, pues es ese pragmatismo americano el que puede desbrozar el camino de la convivencia pacífica basada en reglas admitidas y respetadas.

Este contraste entre orgía y sobriedad, entre limpia especulación y sucia experimentación, entre “Europa” y “América“, tiene su correlato inmediato en las distintas formas de organizar la sociedad red. En su trabajo titulado El enemigo siempre está en casa, perteneciente al libro electrónico Poder, Descentralización, Libertad y Conflicto, David de Ugarte nos confronta al Swarming, una forma de ataque, desorganizado e inesperado que utiliza la naturaleza reticular de la sociedad y que muy bien podría constituir el paradigma de la chapuza de la que estoy hablando, afirmando que sólo se le puede hacer frente con redes descentralizadas, igualitarias y poco densas. En mi contribución a ese libro electrónico (Topografía ideal antiswarming) yo concluía que si queremos no sólo minimizar el riesgo de perecer, sino también maximizar el bienestar que se deriva de juntar fuerzas productivamente complementarias, debería existir un centro coordinador que fuera aleatorio. La aleatoriedad de la coordinación podría conseguirse, sugería yo paradójicamente para algunos, mediante la competencia entre intermediarios coordinadores.

Pues bien la chapuza de disco duro de Al Qaeda, entregado al examen de los expertos hace año y medio y revelada este verano, puede muy bien entenderse como una forma de aleatoriedad que les protege del antiswarming. La chapuza puede sustituir a la competencia en este caso. En efecto, chapuza y competencia son dos formas de actuar socialmente que son muy naturales y poco civilizadas, escasamente elegantes y más bien americanas. Los “europeos” preferiríamos unas prácticas sociales menos espontáneas, más estilizadas, más presuntamente racionales y, quizá, más centralizadas.

Lo que he intentado hacer hasta este punto es mostrar que hay razones para entonar un canto elegíaco a la chapuza. Ahora, para terminar, quiero añadir que el tipo humano que encarna este elogiable espíritu chapucero es el hacker. Este extraño individuo piratea; pero no es esta la característica que quiero destacar aunque ese pirateo pueda, a veces, ser útil como suscitador de dudas respecto a verdades presunta y falsamente inamovibles como ocurre, por ejemplo, con las establecidas en materia de propiedad intelectual.

Lo que me importa destacar es más bien que este hacker es un chapucero, que destroza los juguetes para, en lugar de disfrutar de sus prestaciones originales, volverlos a montar con prestaciones sorprendentes e innovadoras. Se trata de alguien que no está poseído por el esprit de finesse, sino que degusta la vida a bocados, un Pantagruel del placer, un solitario bricoleur, un nuevo bárbaro que nos va a despertar de este sueño placentero que descabezamos sobre un volcán a punto de erupción.

«Elogio de la Chapuza» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 6 de Septiembre de 2004 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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