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Ellas y el pantalón corto

La moda es una industria que ha dejado de ser una cosa manejada por hombres para mujeres. Es una actividad económica de primer orden, las fashion victimes no saben de género y, como en otras muchas industrias, las mujeres escalan posiciones con dedicación y trabajo duro.

Por esa razón su utilización como ejemplo de actividad económica que no necesita de extensión artificial de la propiedad para estimular la creatividad, no es ninguna frivolidad. Si vuelven usteds al artí­culo de Varian que mencionaba hace unos dí­as, verán ustedes que el secreto de esa peculiaridad, según los autores citados por Varian, son la obsolescencia inducida y el “anchoring” ( que no se cómo traducir).

De lo que se trata es de que nos sintamos fatal si no estamos a la última y de que esa última cambie con frecuencia. Quizá el secreto esté justamente en conseguir que en cada ola de moda que nos llegue haya algo de ridí­culo e incluso de ocultamente vergonzoso.

Pensaba esto último porque ya he creí­do detectar la obsolescencia de los pantalones cortos que han esclavizado a las mujeres este invierno pasado y hasta bien entrada la primavera. Esta extraña, y yo dirí­a que perversa, costumbre por un dí­a merece un comentario de alguien que, como yo, tarda una temporada al menos en captar la evolución de la moda, pero que no pretende estar al margen de ella o ser inmune a sus efectos narcotizantes tal como de manera rutinaria pretende Varian.

En realidad hay dos clases de pantalones que hay que distinguir con toda claridad: unos son los del Jean Pierre Léaud de mi juventud y otros, que no tiene nada que ver, son los hot pants sobre leggings que exhiben las más osadas.

Los primeros son como de adolescente masculino de posguerra. Se llevan sobre media normal y si no se acompañan de un tacón desmesurado, hacen de la figura femenina una estampa de la fragilidad reminiscente de los chiquillos de los Cuatrocientos Golpes de Truffaut y que parecerí­a llamar más bien a la pedofilia.

Pero los otros son como una exageración teatral de sueño masturbatorio de adolescente incapaz de controlar su dotación hormonal. El conjunto de unos pantaloncitos diminutos de denim sobre leggings marrones, refuerza la imagen de rubia explosiva que el cine americano nos ha transmitido desde Mae West a Marilyn Monroe, una imagen de una mujer ingenua y miope que no se da cuenta que va a reventar cualquier prenda con la pretenda cubrirse o adornarse.

No son éstas las confesiones de un viejo verde. Pretenden ilustrar el carácter endógeno de la obsolescencia inducida y del “anchoring”. La fashion victime (en este caso ellas) se miran unas a otras asombradas decidiendo cambiar de role al dí­a siguiente, pero también deseando afectar al que mira al menos por una temporadita.

A los autores que han destacado el papel ejemplar que juega el sector de la moda en la discusión sobre propiedad intelectual no se les puede haber escapado el juego sexual que se me antoja central. Las fantasí­as sexuales tienen la caracterí­stica de durar poco y ser recurrentes.

«Ellas y el pantalón corto» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 25 de Mayo de 2007 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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