Desde mi sillón

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Ella

¿Quién es esa ella a la que me refería ayer?

Nos encontramos en la Residenz el día de mi llegada que resultó ser también la suya. Quizá habíamos compartido algún medio de transporte desde nuestra Ciudad hasta est fortín medieval cargado de reminiscencias obispales por más que al sur del Königsberg, esa montaña que recubre el Felsenreitschule y al norte del Mönschberg, la nueva burguesía olvidadiza de un pasado reciente bien desagradable, haya extendido su relativo buen vivir en casas amarillentas de pocas alturas y fachadas planas.

Con su extraño aplomo más propio de una veterana que de la recién llegada que yo suponía era también ella y que atribuía al hecho de que se dedicaba a la música, según me explicó inmediatamente, y en un templo a ella dedicada, me fue explicando las formalidades simples que yo debería cumplimentar para pasar a formar parte del cuerpo estudiantil y disfrutar de sus privilegios en materia de alojamiento, manutención y visitas culturales que todos compartíamos por el mero hecho de formar parte de esa comunidad internacional.

Si fuera de aquí no me sentiría yo muy orgulloso de mi universidad. Es pequeña, poco especializada y muy orientada al mediocre sostenimiento de la vida en común, es decir de la intendencia, y con muy pocos vuelos intelectuales excepto, claro está, en lo que concierne a la música. Sean intérpretes, o estudiantes de dirección, los tocados por la gracia y ganadores de un concurso que las embajadas del país organizan a lo largo y ancho de Europa, hablan, comen y pasean como los verdaderos dueños del lugar, como los legítimos herederos de no sé qué herencia, como los únicos dignos de mirar de frente a ls palomas que se posan sobre la cabeza de Mozart a pocos pasos de la Residenz.

Yo, muy al contrario, estaba allí becado por los americanos para especializarme en comercio internacional, una rama de la Economía que, de central al corpus teórico había derivado hacia una vulgar práctica comercial muy poco propia de este lugar que, aparte de Mozart, no es sino un nido de pequeños comerciantes desconocedores de que uno puede comerciar con un exterior que no sea Alemania y muy conscientes de que no se debe intercambiar nada, y menos que nada opiniones, con otros vecinos sospechosos de norte y del este. Yo tendría que estar en Chicago, pero de momento estaba encantado de recoger las migajas tardías que la ayuda americana proporcionaba en términos universitarios a los habitantes de lo que, por razón de la guerra mundial, había acabado denominándose Europa y a la que los americanos creian poder volver a poner en pie. Aunque yo hubiera estado deseando aprender y no solamente largarme de la Ciudad, no habría podido aprender gran cosa por la poca brillantez del profesorado, su escaso entusiasmo y mi reducido conocimiento del idioma.

Ella se desenvolvía con facilidad en alemán y exhibía un tono plano propio de la Deutsche Schule de nuestra Ciudad enriquecido, sin embargo, por un timbre local divertido y yo creía que musical – muy mozartiano en mi humildísima opinión musical – adquirido seguramente en los dos años que ya había estudiado allí. En este su tercer año no sería un estudiante normal de los que pierden el tiempo atareados en pasar de un punto a otro del centro para ir de clase a clase. Junto con dos jovencitos austríacos deslavados, habitaba como en comuna independiente una casa cuadrada de tres plantas amplias en el justo punto medio entre el Schloss y Hellbrun. Cada uno ocupaba una habitación en la segunda planta, según me iba explicando ella, usaban los cubículos insonorizados de la tercera planta en un incesante ejercicio de familiarización con instrumentos varios y recibían clases a primera y ultima hora de cada día en la primera planta por donde se paseaban los mejores especialistas del mundo en armonía, historia y dirección. Estos tres elegidos de los dioses sería monjes este tercer año como lo abían sido los dos primeros; pero a partir de la finalización de este curso serían lanzados al mundo a conquistar podios tan altos como su ambición se lo permitiera pues su formación no podía se mejor.

De todas formas sus veinte y cinco años, solo dos más que yo, no le debieron permitir la condescendencia con la que ayudó a rellenar papeles y cumplimentar trámites. Me sentí un poco molesto, pero se lo agradecí acompañándole hasta la casona cuadrada con algún toque de color y geranios en las ventanas de todas sus plantas en un paseo enérgico que se convertiría bastante rápidamente en rutinario, pero que esa primera vez me impactó por la maestría de mujer mayor con la que me hizo contarle mis decisiones vitales y el asombro de niña pequeña con el que las escuchó:

– ¿Cómo es posible que siendo del mismo lugar y que siendo nuestra Ciudad apenas más grande que est pueblo hayamos tenido que coincidir en esta ciudad musical y obispal sin vida excepto en verano y mucho más aburrida que la nuestra?

Estas palabras no las dije yo; sino que fue ella quien las pronunció nada más tomar aguas arriba la ribera izquierda del Salzach. El tono de su voz era tan suave, tan poco estridente, tan templado que hubiera bastado para retenerme a su lado todo el tiempo que ella hubiera deseado. Pero, es que, además, esas palabras contenían todas las piezas de un puzzle, todos los hilos de una red. A alguien como yo le engancha para siempre que alguien pregunte “cómo es posible” algo, cualquier cosa, lo que sea. Es como un abracadabra que hace saltar los diques que sujetan la marea de mi verbosidad y no me pude reprimir afirmando con excesivo énfasis que los lugares nunca son el mismo, que nuestra Ciudad es única en su capacidad de maximizar el número de lugares que caben entre dos montañas y el mar, que nuestra Ciudad es la más pequeña del mundo pero mucho más grande que todos los pueblos con mil millones de habitantes precisamente porque es compacta y no se desparrama ni deja agujeros sin definir, medir y clasificar, que esta cualidad hace comprensible su variedad conservada cuidadosamente por un culto a los acentos propios de sus distintas partes o por el grado de azúcar que acompaña a la salsa de tomate que hace tragable un mojojón, que si ella se aburrió es, seguramente, porque no quiso comprender esta variedad y usarla como enriquecimiento o, por el contrario, renunciar a ella como gesto de orgullo peresoso, que la vivió sin conciencia de estar viviéndola.

En este punto, ya entrados en la planicie que deja el río a su izquierda y que resulta más plana que una tundra, dió como un respingo seguramente molesta por la agresividad de mis últimas palabras; pero es difícil pararme cuando me lanzo aunque registré que más adelante debería suavizarme y arriesgar un piropo intelectual. Así que continué contándole, en un tono apenas perceptiblemente más íntimo, que yo mismo tardé muchos años en sobrepasar los límites de mi barrio, un barrio excepcionalmente simple, geométricamente hablando, pues consistió durante muchos años en una simple prolongación de la calle mayor y la esquina mágica de estraunza, una finca entonces opaca al transeunte, que vigilaba el inicio de una calle ancha y recta dedicada aun médico que, como todo en la Ciudad, se quedó entre la torpeza y el genio, en un dulce pasar, y que no consiguió por pereza dar su nombre a un síndrome,auque estuvo cerca, pero sí fundó un hospital que ha hecho de todos los habitantes personas longevas. Y, sin querer, rememoré en los cinco minutos que duró todavía nuestro paseo otoñal, mi infancia pasada por agua.

-Me llamo Magdalena, dijo al despedirse, pero mi abuelo siempre me llamó Machalen.

Comencé el camino de vuelta hacia el lado opuesto de esta pequeña ciudad rumiando que no había tenido tiempo de insinuar mi piropo intelectual.

«Ella» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 16 de Mayo de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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