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El Puzzle de las Crisis Solapadas

Publicado en Expansión, lunes 30 de julio de 2008

Empieza a ser un lugar común el afirmar que las dificultades de la economía global son el resultado enredado de tres crisis solapadas: la inmobiliaria, la financiera y la de las materias primas, singularmente la petrolífera. Como todos los lugares comunes éste tiene una parte de verdad, justo la que no importa mucho. En este caso, en efecto, lo que importa es que, ante la imposibilidad de estar seguros de cuales son los bancos tocados o el tamaño de los daños causados a sus balances, tenemos que movernos en el contexto de una crisis financiera de confianza (crisis de demanda) y enfrentar simultáneamente la reasignación de recursos que traen consigo los cambios en los precios relativos producidos por un aumento serio del precio del crudo (crisis de oferta).

En una situación así me parece conveniente no estar al albur de las últimas noticias y pensar un poco sobre la importancia relativa de las dificultades que enfrentamos a fin de que impacten lo justo en la formación de las expectativas y en los índices de confianza. La sugerencia de que nos dirigimos a una crisis nunca vista me parece excesivamente alarmista.

Hemos pasado por otras crisis, han explotado otras burbujas, hemos sufrido desarreglos financieros y, desde luego, sabemos lo que es que el precio de las materias primas, especialmente el del petróleo, se dispare. Y deberíamos ser capaces de recordar lo que se hizo en cada caso, lo que se dejó de hacer y lo que aprendimos de nuestros aciertos y errores. Lo alarmante es la cacofonía desafinada de opiniones liberales pidiendo intervenciones inmediatas y de opiniones intervencionistas resistiéndose a la aplicación de un poco de ingeniería macroeconómica o/ y microeconómica, al tiempo que, aprovechando el viaje, unos y otros interfieren en la política económica arrimando el ascua a su sardinita de siempre. Y todo ello sin que unos cuantos economistas profesionales, sean de la inclinación que sean, tengan la oportunidad de traducir todo el ruido a lo que es un cambio inesperado en precios relativos que, necesariamente, señala escaseces relativas e incentiva cambios de dirección de las inversiones entre sectores y en el tiempo.

Intentaré ahora orientarme en el laberinto de la ingeniería económica que debemos contemplar aunque solo fuera para descartarla finalmente. Para ello me restringiré a hablar de España lo que, por otro lado, no me parece reduccionista ya que la burbuja inmobiliaria era aquí de las más gordas, porque su estructura económica la hace muy sensible a cambios en el precio del petróleo y porque, al mismo tiempo, poseemos uno de los sistemas financieros más sólidos del mundo lo que, entre otras cosas, nos permite sostener un déficit exterior enormemente alto como % del PIB. En un escenario así ¿qué podemos esperar y qué tenemos que hacer?

No trataré de juzgar las medidas que se han tomado ya, bien sean sectoriales, bien de iniciativa legislativa, bien de cosmética fiscal. Suenan bien pero difícilmente se pueden juzgar sin un referente sobre el que reflexionar. Pensemos pues que estamos en una economía de juguete con sus tres mercados básicos, el de bienes, el de trabajo y el financiero. Tal como están las cosas lo que podemos esperar es que, a los precios actuales, haya excesos de oferta en bienes duraderos (casas o automóviles) y de trabajo (desempleados) y un exceso de demanda de ahorro por parte de las entidades financieras (correspondiente al exceso de oferta de instrumentos financieros).

Pero también deberíamos saber que, para cuando cualquier medida que se vaya a implantar tenga efectos, estaremos en un mundo en el que los precios relativos habrán cambiado y en el que contaremos con excesos de oferta de trabajo debido a la relativa rigidez de los salarios nominales, pero con cierto equilibrio en el mercado de bienes duraderos y en el financiero. En el primer caso porque habrán bajado los precios tal como ya observamos en las viviendas y como empezaremos a observar en el crudo y en las materias primas y, en el segundo caso, porque la oferta de instrumentos financieros con rendimiento disminuirá ante el aumento del tipo de interés real.

En estas circunstancias ¿qué debería hacer hoy un Banco Central independiente y un Ministro de Hacienda coordinadamente con un Ministro de Industria o de Innovación o de Trabajo? Lo primero y más elemental sería reconocer que somos más pobres debido a que la subida del precio del crudo no es transitoria, aunque no vaya a continuar, y que, por lo tanto, es equivalente a que hubiera desaparecido un buena arte de la dotación inicial de un cierto input crucial. En consecuencia no cabe sino alentar otras formas de energía que, por otro lado, ya se alientan ellas solas. Bastaría pues con no poner trabas a la adopción de esas otras formas de energía alternativas subvencionándolas aunque solo de una manera muy medida.

Dejando esto pues como un coste hundido nos encontramos en un suelo firme desde el que tratar de despegar otra vez. La inflación no será un problema serio en esos momentos (en los que algunos precios relativos ya se habrán ajustado) en parte porque el Banco Central habrá hecho sus deberes y en parte porque el precio del crudo habrá ya comenzado a flexionar. Podemos pues concentrar la atención en cómo cambiar de modelo de crecimiento trabajando sobre los mercados de bienes y de trabajo.

En primer lugar mediante medidas microeconómicas de las que no hablaré hoy (ver mi artículo de mayo en estas páginas: “¿Qué reformas? ¿En qué orden?“) pero que deben ser usadas de acuerdo con los agentes sociales pues hacen referencia a la flexibilización de las regulaciones tanto del mercado de trabajo como del mercado de bienes). Y, en segundo lugar, mediante el manejo inteligente de la política monetaria y la política fiscal.

En cuanto a la política monetaria, y ya que no tenemos más remedio que plegarnos a la independencia de un Banco Central, yo preferiría que éste se restringiera a su papel y que, de una u otra manera, controlara la oferta monetaria y, consecuentemente, la inflación sin perder de vista el tipo de cambio. Lo que realmente queda para la ingeniería es la política fiscal. En su faceta de ingresos públicos yo no haría grandes cambios fiscales y me preocuparía del impuesto de sociedades y del IRPF. Rebajaría el tipo efectivo del primero en tanto en cuanto las empresas cooperen con la innovación de manera no oportunística, sino franca y contundente. Respecto al segundo, el IRPF, lo utilizaría simplemente para conseguir la cohesión social paliando las enormes diferencias salariales que desmotivan a la mano de obra.

Pero queda la faceta de gasto de la política fiscal. Y es aquí en donde un gobierno hoy tiene que ser audaz. Ya mencioné en un articulo pasado, que, junto a la flexibilidad laboral, no hay más remedio que mantener, e incluso incrementar, el subsidio de desempleo pues esto incentiva la intensidad de la búsqueda de empleo, además de compensar en parte esa flexibilidad que se quiere introducir. Pero yo no me quedaría ahí, sino que utilizaría el gasto público puro y duro para cambiar el modelo de crecimiento. Inversión pública en infraestructuras (ya programadas o nuevas, abiertas a la participación privada y en sectores de futuro) en formación continuada y en capital humano investigador.

Sí, pensarán ustedes, pero ¿qué pasaría con las finanzas públicas? Por un lado podemos quizá continuar “free-riding” sobre el euro sin problemas de tipos de cambio y, por otro lado, un déficit público razonable permitiría la aceleración del cambio de modelo y el cambio de las expectativas y los índices de confianza, de forma que ese déficit no debería ser arrastrado durante mucho tiempo. Despreocupados del tipo de cambio solo deberíamos preocuparnos de la reputación exterior de nuestra economía y de la inevitable exigencia sobre la calidad de nuestro sector financiero. En mi opinión nuestra reputación dependería de la forma de comunicación de nuestras reformas en los foros adecuados y nuestra banca no creo haya olvidado a ganar dinero en condiciones de tipos reales normales.

Termino. Cabe no hacer nada y lo que acabo de contar ocurrirá pero más lentamente y cabe ser osados y hacerlo rápida y contundentemente. La oportunidad de dar un golpe de timón es ahora que comienza una legislatura. Espero que el gobierno no la desaproveche.

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