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El Programa del Curso

Hace un año escribía en mi blog unos comentarios sobre la situación económica para conmemorar el primer aniversario de la crisis sobre la que, desde un año antes y muy asiduamente, estuve posteando.

Publicado en Expansión el 1 de septiembre de 2009
Hace un año escribía en mi blog unos comentarios sobre la situación económica para conmemorar el primer aniversario de la crisis sobre la que, desde un año antes y muy asiduamente, estuve posteando. Aunque mi actitud ha sido durante estos dos años claramente menos pesimista que la que se nos presentaba por parte de la mayoría de los “expertos” en los periódicos especializados, lo cierto es que los 12 meses siguientes han sido bastante angustiosos.

Dejar caer a Lehman a principios de octubre fue un error que generó un pánico que, a su vez, trajo consigo una caida de los mercados de valores, que tocaron su mínimo en principios de marzo, y desecadenó las quiebras y los despidos que hemos observado en prácticamente todos los sectores de la economía real. Lo interesante es que, desde ese momento y coincidiendo con las primeras acciones de la administración Obama, los Bancos Centrales y los Ministerios de Hacienda en todo los países, incluidos los emergentes, no solo se pusieron de acuerdo sobre la naturaleza de la crisis, sino que adoptaron medidas monetarias y fiscales realmente inusitadas que, crucemos los dedos, parece que están dando algún resultado a a vista de los datos más recientes sobre el crecimiento del PIB del segundo trimestre de este año en no pocas economías tanto europeas como del lejano oriente.

Nos encontamos pues a principios de un nuevo curso con expectativas optimistas y preguntándonos sobre cómo progresar hacia la normalidad sin caer en la inflación (a la que nos empujaría el “quatitative easing” de los principales Bancos Centrales) a medida que vamos reduciendo el deficit fiscal (en el que hemos tenido que incurrir para alimentar la demanda agregada) sin desatender el reequilibrio de las transaciones comerciales entre países. Estos problemas, sin embargo, son relativamente fáciles, puesto que solo exigen finura de gestión y no un desarrollo intelectual novedoso y, desde luego, no son los únicos que deberían conformar el programa de este curso académico en el que entramos.

En este curso académico el énfasis del programa debe recaer sobre el estado de la economía y sobre la situación de la “ciencia económica”. Ya han comenzado las preocupaciones por el estado general de la economía y por cómo recuperar la senda de crecimiento potencial o, más ambiciosamente, cómo aumentarlo mediante el cambio en el modelo productivo del país de que se trate y en la especialización internacional de un mundo globalizado gracias a la capacidad de creación liberada por la destrucción de estructuras ya desfasadas entre las que se encuentra, desde luego, el anquilosado mercado de trabajo responsable del paro agobiante que sufrimos.

Pero en lo que se refiere al pensamiento económico en materia de economía finaciera o macroeconomía, dos ramas que ya estaban muy entrelazadas, la reflexión no ha hecho más que comenzar (véase The Economist, julio 18-24). Aquí hay dos vías de trabajo que hay que recorrer simultáneamente. Por un lado los modelos del sistema financiero basados en la HME (Hipótesis de los Mercados Eficientes) y, por otro lado, los modelos macrodinámicos y estocásticos de equilibrio general que hacen un uso extensivo de la HER (Hipótesis de las Expectativas Racionales). Ambas hipótesis están siendo puestas en entredicho a la luz del fracaso tanto del funcionamiento de los mercados finacieros como de la incapacidad de los macroeconmistas de predecir la crisis y de diagnosticarla correctamente a tiempo.

En cuanto a la HME, tenemos el reciente intercambio de opiniones alrededor del artículo de Lucas en The Economist, pero seguimos sin saber porqué se gastan montones de recursos en la búsqueda de información cuando ésta debería estar revelada por lo propios precios de los activos en presencia de la HME. Y en cuanto a la macro y la HER, disponemos del artículo de Kirman et al. en el que se procede a criticar el uso, en los modelos más respetados, del agente representativo único cuando esta práctica, no solo no tiene en cuenta los sesgos de la agregación realizada como si los agentes no fueran heterogéneos, sino que además se le modela como si su racionalidad fuera la funcional sin tener en cuenta todos los sesgos psicológicos descubiertos en los experimentos que han dado lugar a la muy viva Behavioral Economics.

Un aspecto interesante de la labor inteletual de este curso que comienza es que ambas líneas de trabajo ponen en juego la idea de VERDAD. Tanto la Economía Financiera como la Macroeconomía, usan la noción de VERDAD no en su sentido relacional (o de correspondencia entre lo que afirman y el “estado de las cosas”), sino que la usan en un sentido mucho más relativista, menos anclado en la corespondencia y más en la simple coherencia entre las nuevas ideas y las ya admitidas como verdaderas en algún sentido.

Mi opinión metodológica es que en los últimos teinta años la Teoría Económica en general se ha dejado llevar por una noción de VERDAD más bien relativista. Se hace, en efecto, un uso categorial de dicha noción al proceder como si cada comunidad tuviese un criterio para discernir entre proposiciones verdaderas o falsas. La comunidad de economistas tienen su propio tipo de discurso que es tomado como verdadero más acá de cualquier criterio de correspondencia con una “realidad” externa. Así resulta que se toma como cierto de la racionaldad de un grupo lo que siempre se ha entendido como racionalidad individual sin prestar atención a las dificultades de la agregación de agentes heterogéneos.
Pero eso no es todo. Además hemos estado haciendo un uso constructivista de la noción de VERDAD entendiéndola como algo construído por el poder entendiendo por tal el hecho de que las proposiciones candidatas a ser parte de ese discurso comunitario que se toma como cierto son el resultado de las variadas maneras en que esos agentes, que hay que reconocer como heterogéneos, cruzan sus espadas en el trabajo diario. De forma que, si esos discursos permanecen, nos vemos obligados a tomarlos como la garantía de la verdad.

Esto explica la permanencia de no pocas ideas que parecerían haber sido mostradas como manifiestamente contradictorias con el “estado de las cosas”.

No creo que quepa ninguna duda de que tanto la HME como la HER caen en esta categoría. Y en esas condiciones solo nos queda una esperanza para salirnos del recorrido seguido y desencasquillar nuestro pensamiento. Esta esperanza no consiste en volver a un criterio moderno de VERDAD relacional o de correpondencia, sino en atender a un tercer uso de la VERDAD desde la postura posmoderna ya establecida. Este tercer uso de la VERDAD surge, según Foucault, en aquellas ocasiones en que las que el “estado de las cosas” nos abofetea con la evidencia de su existencia. Es el uso implícito en ese grito que lazamos cuando nos caemos de un guindo: “¡claro, es verdad!”. Esto es exactamente lo que ha ocurrido con esta crisis económica que ahora parece que se va a disipar.

Aunque se disipe, aunque encontremos la forma de recupera la senda del crecimiento, aunque procedamos a las mejoras estructurales que sabemos que necesitamos, aunque los mercados financieros se regulen y se supervisen mejor, aunque afilemos nuestras ideas y nuestras práctica en materia institucional en todos los ámbitos, e incluso aunque haya una reacción generalizada en términos de solidaridad o de condena de las diaparidades salariales y se recononozca la perversidad de los incentivos que proporcionan ciertas prácticas contables, si lo que queremos realmente es retrasar el próximo susto recesivo deberíamos tomarnos en serio la noción específica de VERDAD que utilizamos.

El programa de este curso no va a tener más remedio que reintroducir en la enseñanaza de la Economía la Metodología o Metaeconomía o Filosofía de la Economía o Epistemología o como queramos llamarle.

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