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El poder y la arbitrariedad

Comienzo con una cita que me impactó. Decí­a Josep Ramoneda en su columna de El Paí­s del jueves 17 de este mes que:

Desde el libro de Job- probablemente el mejor trabajo sobre el poder que se haya escrito nunca- sabemos a qué atenernos. El poderoso funda su poder en la arbitrariedad.

Aparte de releer el libro de Job cuando me sentí­a perseguido por el poder y de retenerlo siempre a mano en mi mesilla de noche, no he podido evitar recordar cómo hace muchos años Salvador Timpanaro me hizo ver qé en la pelí­cula de Glauber Rocha, Dios y el Diablo en la tierra del Sol, el signo distintivo de Dios era su crueldad pues nadie que no sea divino puede negar su ayuda a un hombre desvalido. Y también he recordado al leer a Ramoneda que, desde hace más de treinta años, pienso que el atractivo de ETA para cierta juventud está en la arbitrariedad de quienes les mandan. Si éstos fueran previsibles ya no serí­a todopoderosos y, en consecuencia, ya no serí­an dignos de ser seguidos con los ojos cerrados.

¿ Cómo oponerse al poder arbitrario? No sé cómo oponerse a Dios ni confí­o mucho en recetas sobre cómo oponerse a ETA con éxito. Pero cabe plantearse problemas más sencillos aunque importantes. Por ejemplo cabe preguntarse cómo oponerse a la arbitrariedad de gobernantes democráticos que sin embargo saben cómo explotar la pulsión a la obediencia ciega que explica la ausencia de rebelión.

Si la arbitrariedad se refiere a asuntos corrientes de la administración de las cosas, yo sigo teniendo fe en la inteligencia y el buen hacer. Pero cuando la arbitrariedad gravita sobre asuntos serios y profundos me parece que no cabe sino una mayor arbitrariedad que ponga en duda la omnipotencia de quien hasta entonces parecí­a tocado por la mano de la Providencia.

Parecerí­a que estas reflexiones nada tienen que ver con la economí­a; pero que sí­ tienen que ver deviene obvio en cuanto distinguimos entre polí­ticas e instituciones. Las distinciones siempre empujan el pensamiento a no ser que se convierta ellas mismas en arbitrarias.

Respecto a polí­ticas, en nuestro caso económicas, no cabe duda de que ni el más arbitrario de los gobernantes puede sustituir al uso inteligente del poder por parte de las autoridades económicas. Hay como una especie de lí­mite a la arbitrariedad, un lí­mite que se pone de manifiesto en la insistencia con que se anuncia que ya no hay diferencias entre la izquierda y la derecha en estas materias aunque pueda haber discrepancias en cuanto a matices cuantitativos o sobre calendarios de aplicación.

La cosa se complica si hablamos de instituciones. Esto ya es más serio y por eso mismo las diferencias más virulentas. En esta materia el poder ha de ser arbitrario pues de lo contrario se convierte en previsible y todo poder previsible será capturado antes o después por los partidarios de otra arbitrariedad que les sea más favorable. De ahí­ que la estabilidad del poder no esté nunca clara. O casi nunca pues hay que hacer otra distinción dentro del ramo de las instituciones. Solo las instituciones que sean evolucionariamente estables no tienen el peligro inmediato, o en un horizonte perceptible, de ser capturadas por quienes se sienten perjudicados. Y ello por definición de equilibrio evolucionariamente estable. En consecuencia no necesitan ser arbitrarias aunque puedan ser utilizadas así­ por los aprovechados pervertidores.

Las instituciones de diseño por el contrario no participan, por definición, de esa caracterí­stica y por lo tanto deben ser sostenidas por la arbitrariedad que muy a menudo se justifica por la necesidad del orden y da alas a la crueldad.

Las dos distinciones que he utilizado no pueden ser del todo tajantes y cualquiera podrí­a ponerme ejemplos de polí­ticas económicas permanentemente arbitrarias o de instituciones que hubiéramos creí­do evolutivamente estables y que, sin embargo, acaban disolviéndose en otra que puede parecer de diseño aunque pueda llegar a ser la nueva situación estable evolutivamente hablando.

Sí­, es posible que, como siempre, las ideas no puedan ser a prueba de excepciones en alguna dirección; pero las expuestas hasta aquí­ pueden ser no solo provocadoras sino también pervertidoras de certezas inadecuadas. Sirven por ejemplo para preguntarnos de una manera un poco más radical de la habitual por esa institución de diseño, el Banco Central, de la que nos hemos dotado pensando que es solo asunto de polí­tica económica y que basta con la inteligencia para tener que aceptarla. Basta con una crisis como la actual para que se abra la espita de la crí­tica y se ponga en duda precisamente su esencia misma, el mantenimiento de su mandato contra viento y marea. Acabamos de ver cómo esto no ha ocurrido así­, cómo por lo tanto se ha actuado con arbitrariedad y cómo, finalmente, el supuesto pilar de la estabilidad macroeconómica puede ser capturado o destruido y nadie sabe cual serí­a la peor de estas posibilidades alternativas.

Creo que estas opiniones impresioní­sticas justifican la idea de que serí­a mejor dejar la polí­tica monetaria, no ya al mercado como querrí­a un liberal austrí­aco, sino a la arbitrariedad de quien tiene que dirigir la polí­tica económica porque pare ello ha sido elegido.

Me temo que estoy desvariando. Mejor me paro aquí­.

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