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El orden del discurso

Ese es el título del discurso de ingreso en el Collège de France que pronunció en 1970 Michel Focault quien pasó a ocupar la plaza de Jean Hypolithe y aprovechó para cambiarle el rótulo desde Filosofía a Historia de las ideas. Un cambio significativo pues anunciaba la idea central foucaultiana de que no hay ideas ni filosóficas, ni económicas, ni científicas, ni de ningún tipo que no sean históricas, es decir contingentes y dependientes del orden de los acontecimientos intelectuales y de las pequeñas casualidades que ocurren en el azar de la vida cotidiana de las ideas. Para ese momento yo ya me había asomado a Las Palabras y las Cosas, lo que dejó en mí la semilla del relativismo que hoy me tiene bien atrapado, y había huido de esa mentalidad francesa que no me dejaba adquirir certezas y me había ido a los USA en donde aprendí que todo puede desentrañarse sin perder riqueza siempre que sea dicho con precisión. Esas dos influencias nunca me han abandonado y están por debajo de una cierta manera lateral de mirar a la realidad, o a lo que espero sea la realidad, más allá de evidencias estadísticas.

Estas dos formas de pensar están ahí, en la mente de todo literato, científico o economista aunque no todos lo hayan vivido en su experiencia vital. De ahí que me parezca interesante para cualquiera volver a leer ese discurso que nos emociona por su ambición y por la dificultosa tarea que se impone al tratar de desvelar desde el discurso los condicionantes del propio discurso, una tarea que solo puede ser abordada con una humildad de fraile lego que contrasta con la grandielocuencia de un lenguaje “inspirado”. Aquí, en ese discurso está el origen del planteamiento retórico en filosofía de la economía una década antes de que McCloskey iniciara esa vía hacia la metaeconomía posmoderna. Y, en la medida de que esta última autora permanece en silencio frente a la crisis- hasta donde yo sé- no hay más remedio que acudir a este cirujano del discurso que es Michel Foucault.

Por discurso en general y por discurso económico en particular deberíamos entender el lenguaje del relato de manera que, en economía, nuestra materia prima para este examen debería ser hoy el discurso de la crisis, es decir, el relato dentro del cual se inscribe la recesión que nos asola y el lenguaje que se utiliza para relatar los acontecimientos. Puede ser pues un ejercicio de interés el repasar los dispositivos del control del discurso que recita Foucault tratando de ponerlos en correspondencia con algunas características de la manera en que se habla hoy de la crisis.

Hay tres tipos de dispositivos de control del discurso a los que también podríamos llamar procedimientos o instituciones según queramos poner el énfasis en la parte evolutiva o en la social. Pero yo prefiero llamarles dispositivos para que quede claro que me parecen muy cercanos a los procedimientos utilizados en casos especiales por esa institución que se llama Policía. Quien quiera puede pensar en el caso de búsqueda del curpo de Marta del Castillo ( un dispositivo supongo que todavía abierto), pero yo prefiero pensar en todo el discurso que se ha ido creando, desenvolviéndose y oscilando en los dos últimos años a propósito de la crisis, nombre este que engloba tanto la recesión para cuya identificación existe una “definición técnica”, como la posible depresión. La lucha por las palabras revela que éste puede ser un discurso especialmente transparente para el descubrimiento de su control. Miremos pues a los dispositivos de exclusión, de ordenación y de acreditación.

El eje hoy de los dispositivos de exclusión es la voluntad de verdad desde la que se mira tanto la prohibición de algunos temas tabú como el rechazo a lo incomprensible cercano a la locura. Ni el deseo ni el poder son temas que hoy nadie se atreva a tocar si no es con la coartada de la voluntad de verdad. Ni el edipo ni la inviolabilidad del que manda son hoy fuentes de verdad. Se pude hablar de ellos siempre que se haga dentro de la voluntad de saber, de perseguir la verdad. “Queremos saber” es hoy la trampa del discurso. La respuesta a ese deseo revolucionario es hoy simplemente unas cuantas cuartillas rellenadas por quien tiene autoridad desde la que responde al poder y al deseo y que conforman un comunicado anunciado al mundo como, por ejemplo, los ocho folios del comunicado del G20. Desde luego que ya no cabe la verdad como correspondencia, estamos en el mundo de la verdad como coherencia; pero eso no es todo pues dentro de ese último tipo de verdad topamos con la verdad performativa relacionada con el hacer y no solo con el decir.

Los dispositivos de la ordenación son internos al propio discurso y dependen de lo que Foucault llama disciplina en el sentido con que nuestros juristas usan esa expresión . Es la disciplina la que disciplina, la que circunda y delimita el horizonte del discurso, la que con los métodos acumulados como recetas de cocina compone una maquinaria, la única maquinaria para continuar desarrollando el discurso que aulla sus necesidades de ser alimentado. No hay autor o “función autor” fuera de esa disciplina, es decir no es fácil hacer de tu discurso parte del discurso; si quieres influir en este último tienes que aceptar ser ignorado durante el tiempo que fuere, y tus comentarios sólo delimitarán el discurso si consigues engañar a la disciplina. Solo conseguiremos pensar la crisis si nos salimos del discurso, si rechazamos el cilicio y somos capaces de hablar de lo que pasa desde otro registro que bien podría ser el discurso del desenterramiento de una verdad enterrada. De ahí que Keynes tenga porvenir. No es algo ideológico o algo propio de la Teoría Económica. No entiende Sargent cuando dice que confiar en el gasto fiscal es ignorar los últimos 60 años de investigación macroeconómica. Lo que ocurre es que algunos han decidido saltarse los límites de la disciplina. Recordemos que el cilicio solo trabaja para el cilicio.

Menos claros son los dispositivos de la acreditación pues están totalmente unidos a los de exclusión y ordenación, a la voluntad de verdad y a la disciplina. Lo crucial para estar acreditado para hacer uso de la palabra es la pertenencia a una secta que se somete a un ritual y a una doctrina que la hacen adecuada para sacar a la sociedad de un cierto marasmo, de una cierta incertidumbre radical. Quizá me he equivocado en mi continua crítica a la profesión por no dar un paso adelante en estos momentos de incertidumbre radical explicando lo que pasa. Me he podido equivocar porque no son los miembros de esa profesión los que deciden quién tiene la palabra, es el discurso que practican el que les impone el ritmo y cadencia de su lenguaje: el cómo- y cuando – decir las cosas. Ha sido la caída de Lehman la que hizo saltar al discurso y lo dirigió hacia lo que pasaba.

Lo dramático y lo esperanzador de todo esto es que solo sabremos algo sobre lo que pasa si creamos discurso, lo que exige lenguaje nuevo y todo un relato diferenciado del que sostiene el discurso actual. Unos lo intentarán modificar por la parte del individualismo, otros preferirán profundizar en el sinsentido de un sistema que se alimenta de sí mismo y aun así pretende generar su propia energía. Yo solo sé que estoy de acuerdo con una divisa de los viejos tiempos que pienso sigue vigente: dejemos que florezcan cien miel culturas, que las ideas se desparramen y que entre todos, sin autoría ni autoridad, pero con espíritu de coro, entonemos una música sutil que se vaya armonizando ella sola.

¿Quién será el maestro que romperá el leve pero resistente cercado de este parque de intelectuales?

«El orden del discurso» recibió 1 desde que se publicó el Miércoles 15 de Abril de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] Releo, y leo en serio, a Michel Foucault, ese autor que me decidió a decantarme por la economía anglosajona a raíz de la «imposible» lectura de su Les Mots et les Choses que ya mencioné aquí. […]

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