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El malestar en la cultura innovadora

Quiero recordar aquí mis últimas palabras en la jornada sobre Innovación, Cooperación y Diversidad que organizó el Instituto de Innovación de Ibermática el pasado jueves 30 de noviembre en el Euskaluna. Las inicié con un recordatorio explí­cito del último o anteúltimo trabajo de Freud, cuyo 150 aniversario pretendí­a conmemorar.

La innovación organizativa y regulatoria que he preconizado implican la descentralización y la regulatoria implica competencia entre jurisdicciones regulatorias. Sin embargo, la competencia es menos aceptada de lo que parecerí­a a juzgar por las declaraciones retóricas que se oyen a menudo y la descentralización que la hace posible es muy molesta en cuanto contradice algunas pulsiones muy básicas y quizá primitivas.

La competencia, en efecto, parece violar la seguridad que asociamos a la autoridad única, al Leviatán que con su fuerza frena nuestros impulsos agresivos. En realidad, sin embargo, la seguridad esta ya más en manos de la interconectividad que se produce a través del comercio; pero éste exige competencia, algo que puede ser muy desagradable si no está bien regulada. De ahí­ que más de medio mundo haya querido durante años un estado grande y fuerte e incluso la planificación central.

Hoy estoy pidiendo todaví­a más, que la regulación de ese comercio desaparezca para fomentar la competencia y que, la que reste o haya que inventar para evitar trampas, se descentralice. El malestar aumenta en un orden de magnitud: el poder que nos protege parece disolverse y la competencia regulatoria parece romper la unidad el mercado. Y, sin embargo, mi opinión es que estas innovaciones descentralizadoras, incluyendo, en su nivel, la descentralización organizativa, son la mayor garantí­a de seguridad que podemos proporcionarnos a nosotros mismos en base a la tupida trama de la interdependencia que les acompaña y en base a la igualdad de oportunidades que surge de la disipación de rentas que la competencia trae consigo.

Pero esto último no parece ser fácilmente aceptado. Es como si prefiriéramos estar sometidos al statu quo definido y detentado por el capturador del poder que ser libres y competir para tratar de apropiarnos de todo lo que podamos. En mi opinión este es el verdadero miedo, un miedo que luego se disfraza de defensa de unidades que, como la del mercado y la fiscal, parecerí­an favorecer la solidaridad.

El miedo a la cultura de la descentralización me parece por lo tanto miedo a la libertad, recelo ante la espontaneidad, adoración del poder. Como la libertad y la competencia son buenas para cada uno y para todos, hay que eliminar esta pulsiones primitivas que nos llevan a recelar de ellas. Pero ¿cómo? Enseñándonos mutua y cooperativamente el placer de una vida activa y luchadora que, en un mudo sin rentas, garantiza una situación económica que permite el cultivo de la personalidad individual y la autorrealización.

Y todo esto no me parece nada alejado de la contribución que hace Pekka Himanen ( La Etica Hacker como Cultura de la Era de la Información) en el libro recién editado por Manuel Castells, La Sociedad Red: Una CVisión global, Alinza Editorial, Madrid 2006; pero que proviene de un riginal en inglés con un tí­tulo distinto y complementario: The Network Society. A Cross-cultural Perspective
En cualquier caso mis palabras forman parte de un trabajo que colgaré dentro de unos dí­as en cuanto lo haya revisado y que presenté bajo el tí­tulo de Innovación Organizativa y Reguletoria.

«El malestar en la cultura innovadora» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 8 de Diciembre de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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