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El juez Gomez Bermúdez o el vértigo de la precisión

Cuando un programa como este empieza bien corre el peligro de afinar el sentido crítico de la audiencia e incluso de despertarla tal como fue mi caso

gomezbermudezEl domingo por la noche me resistía a apagar el televisor e irme a dormir pues,no sé muy bien por qué, no podía dejer de escuchar las respuestas del juez Gómez Bermúdez al interrogatorio de Jordi Evole, llamado el Follonero y mi candidato a Bepe Grillo español. Hastiado y aburrido hasta el infinito de las declaraciones de políticos, el tono de este juez me resultaba hasta inteligente aunque, de entrada, era un poco contradictoria su reluctancia a conceder entrevistas declarada justamente en una entrevista. Pero la seriedad era la que uno espera de un miembro relevante del poder judicial que pretende no ser manipulado ni usado por unos u otros. Puede verse aquí una noticia de sus opiniones más llamativas y que me resultaban de una precisión que las hacía creíbles.

Me gustaba la concisión, al menos aparente, de sus respuestas a las preguntas del entrevistador y las distinciones y precisiones que utilizaba antes de contestar, o de explicar por qué no lo hacía, y me eran gratas sus críticas a los medios de comunicación así como su prudencia en las contestaciones con una excepción, esa en la que no contestaba por respeto, supone uno, pero recomendaba mirarle a los ojos, cuando igual quería decir, a imitación de Clinton, que leyéramos sus labios. Aquí comencé a sospechar que la entrevista había sido ofrecida más que concedida y ello con alguna finalidad que desconozco.

Pero cuando un programa como este empieza bien corre el peligro de afinar el sentido crítico de la audiencia e incluso de despertarla tal como fue mi caso cuando, a la vuelta de un corte publicitario allá por la media noche pasada, se enzarzó en el asunto del indulto. En principio le parecía poco democrático pues, hemos de suponer, rompe la independencia judicial, algo clave en la división de poderes. Antes del corte publicitario pensaba yo que aquí, en asuntos de esta naturaleza, ocurre como en casi todo cuando entras en honduras, que te encuentras con imposibilidades lógicas. En este caso la de llevar hasta el final la división de poderes pues en algunos asuntos parecería imposible mantener simultáneamente las directrices de un poder frente a las de otro. Por eso existe esa excepción que llamamos indulto que no es sino una reminiscencia del Poder Real efectivo, algo que hace de la división de poderes un asunto, si no meramente declarativo, sí algo falsamente relevante.

Pero a la vuelta del corte me topé con lo que me pareció un argumento especioso. El indulto del ejecutivo a una sentencia definitiva y firme de la instancia judicial correspondiente estaría justificado cuando la pena correctamente impuesta resultara ser especialmente cruel en un caso determinado merecedor de otras consideraciones. Y como ejemplo citó a la sentencia contra su colega el juez Garzón al que él, si fuera parte del poder ejecutivo, hubiera indultado «al día siguiente». El juez serio y consciente de los límites de su poder mostraba de repente su aspecto autoritario tratando de poner orden como juez en el desorden organizado por un juez. Otra imposibilidad lógica que parecía no inquietarle como si no existiera el derecho procesal en el que ignoro si brilla este juez Gómez Bermúdez.

«El juez Gomez Bermúdez o el vértigo de la precisión» recibió 2 desde que se publicó el Martes 28 de Mayo de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. T Millán dice:

    Recuerdo alguna otra entrevista en que también me captó el interés (no solo la atención) el juez en caso, por similares razones…
    Pero lo que quiero es señalar que el “indulto” es, al conferirse al ejecutivo, una forma más de actuar en el plano de lo político. No se trata por tanto de un mecanismo “corrector” de sentencias que algún juez no haya sabido o podido calibrar, lo que atentaría contra la independencia de poderes. Pues el ejecutivo no es quien para evaluar o enmendar al judicial. A mi entender, el indulto no es sino una oportunidad de ejercicio de acción política, entrando así en el terreno de consideraciones puramente extra-judiciales. Que estas sean de naturaleza humanista, o de conveniencia oportunista, no viene al caso. Lo relevante es que se trata de una oportunidad de ejercer acciones no ponderadas, y por tanto incluso desmedidas, de puro carácter político que persigan la adecuación a fines programáticos. A esa luz, la ausencia de indulto a Garzón está tan justificada como la de indulto a varios banqueros. Aceptar su ejercicio es reconocer que el Ejecutivo ha colmado todas sus aspiraciones de actuación, pudiendo dejar al condenado convertido en hommo sacer, en tierra de nadie, porque al indultado se le detrae la posibilidad de redimirse mediante el cumplimiento de la pena. Un indultado es entonces un condenado que por una acción política radical es abandonado en el limbo de los que penan eternamente por no poder penar. Porque, ¿qué indultado pierde nunca el estigma de su condena?

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    Te ruego disculpes mi tardanza en responder a tu interesante comentario sobre el indulto. Lo menos que puedo decir es que es muy perceptivo en la delimitación de este último recurso político y realmente sorprendente en la implicación de esa delimitación. La equiparción entre el indultado y el homo sacer del que escribe Agamben da un giro inesperado a la cuestión. Si quien sea cumple la condena de su delito queda (o debería quedar) limpio ante la sociedad en la que vive (aunque rara vez es la sociedad tan ecuánime tal como nos sugiere el final de esa gran película estos días en cartel y que se llama La Caza); pero el indultado no queda nunca limpio de el estigma y, en ese sentido, es como si la sociedad no se hiciera cargo o no reprimiera ni condenara a quien eliminara al estigmatizado. Me temo sin embargo que el estigma social no se lava ni siquiera cuando la justicia te absuelva.

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