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El jóven de la margen izquierda

Llamarle niño, que es lo que era, hubiera sido poco fiel a su imagen. Seguía vistiendo pantalón corto pero los pelos de las piernas delataban una adolescencia adelentada y aparentemente inacepatable para su madre que le acompañaba a menudo hasta cerca de la estación de tren y que ya tenía que mirar hacia arriba para darle los últimos consejos, siempre los mismos. No hacía mucho que la familia había llegado al pueblo. En relidadad esta embocadura de la ría en la margen izquierda era mucho más que un pueblo, era como una Venecia sin pretensiones y con muchos desniveles lo que servía, entre otras cosas, como forma de catalogación de la clase social de cada familia, los ricos cerce del mar y de la estación del ferrocarril, una preciosa construcción de la República que parece ser la única época en la que el buen gusto se paseó por los ministerios de fomento, y los pobres ordenadamente escalando los repechos del monte compensando con vistas el alejamiento del centro comercial. Desde lo feo se vislumbra lo bello mientras que lo bello rara vez nos conduce la vista hacia algo todavía más bello. Vanas elucubraciones que poco podían decubrir de esa familia que se había instalado cerca del transbordador en un piso de un edificio de viviendas que ocupaba el solar de una villa unifamiliar ya desaparecida para el tiempo en que este jóven ya desarrollado y siempre malhumorado simulaba entrar en la estación del ferrocarril hasta que su madre, o esa otra mujer que le acompañaba en otras ocasiones, doblaba la calle que, aunque desmbocaba en la plaza del baile, pronto se convertía en una estrecha calle que ya insinuba una cuesta empinada.

Si cualquier día una u otra de las mujeres, una más lozana, la otra más vencida por la vida, hubieran vuelto a la estación del ferrocarril se habrían encontrado con la sorpresa de que el tren estaba ya en su cabecera pero el jóven había desparecido. Eran varias las posibles vías de escape sobre todo por vía marítima. Un gasolino cruzaba toda el Abra para depositar a viejos paseantes cerca de la grúa Titán con toda su fuerza herrumbrosa, otro gasolino que navegaba aguas arriba hacia los Altos Hornos que a esa hora cambiaba de turno y que se bamboleaba peligrosamente sobrecargado con tristes trabajadores con su cesta de la comida y un tercer gasolino que simplemente depositaba a una enorme variedad de pasajeros al otro lado de la ría en menos de tres minutos y por un menor precio que el que cargaba el rumboso puente colgante- como se llamaba al transbordador – por el mismo recorrido aunque, eso sí, a cubierto de la lluvia.

La mujer que parecía vencida sabía realmente que él no tomaba el tren más que en contadas ocasiones, pero la rumbosa, que parecía ser la madre, lo ignoraba por completo confiada como estaba en que aquel su único hijo era dócil y disciplinado. Lo que ninguna de las dos sabía era qué hacía realmente el jóven-niño peludo y avergonzado en sus pantalones cortos cuando salía subrepticiamente de la estación sin comprar el billete.

Después de contar pausadamente hasta cien salía por una puerta apenas usada que fue abierta en su día para proporcionar salida independiente a los pasajeros que desde la cuidad allá al fondo de la ría venían a trabajar a alguna de las fábricas que necesitaban todavía mayor proximidad al agua y usaban para alcanzarla un taxi. Miraba a un lado y otro y, de manera totalmente aleatoria, se decantaba cada día por un medio de pasar a la margen derecha. Sería dificil adivinar el porqué de ese comporatamiento tan inocentemente taimado. O bien quería llegar a la cuidad desde la margen derecha, disfrazándose así de un tipo de chico que su madre llamaría “bien”, o bien le gustaba una chica y quería acercarse a ella en la parada de autobús o en la del ferrocarril de esa margen aunque también cabía la posibilidad de que en una timidez propia del que acaba de dar el estirón lo que quería realmente era evitar el contacto con alguna otra muchacha que con mayor aplomo tomaba el ferrocarril de la margen izquierda cada mañana. ¿Cómo meterse en la cabeza de una criatura tan tímida y enrevesada?

En cualquier caso sea por una razón o por otra se notaba que estaba molesto con este cambio de residencia pues todavía no conocía a nadie en este pueblo húmedo, portuario y orgulloso de sí mismo que no se lo ponía fácil a los recién llegados aunque no fueran emigrantes y ya se veía que la familia del jóven funambulista no lo era, bastaba con ver la manera de andar por la plaza del baile de esas mujeres sin pedir permiso, sin querer congraciarse con nadie y , en el caso de la madre, incluso con un poco de altivez como si quisiera dejar meridianamnete claro que si estaba allí era por capricho. Y, en cierta forma así era pues había sido su marido el que había ordenado (eso es, ordenado, no sugerido o rogado) el desplazamiento desde el ensanche de la ciudad hasta este lugar que, según él, estaba más ceca de donde se le podía necesitar y quizá, pensaba él mismo, que tonto no era y había tenido tiempo de conocerse bien en los avatares de la vida, por alejarse del palacio del gobernador civil desde donde se seguía ordenando lo que nadie osaba comentar y alredor del cual era imposible evitar a los guardias civiles armados con un amenazante mosquetón.

No se separa a un niño (así se llamaba él a sí mismo a pesar de ciertos fenómenos nocturnos placenteros que habían comenzado a ocurrirle de vez en cuando) de su sitio, de sus amigos, de esa manera tan desconsiderada. Lo decía con la misma convicción con la que declaraba solemnemente que a los niños no se les daba verduras para comer, o para cenar en caso de que la boca hubiera permanecido cerrada al mediodía en un ejecicio de autoafirmación que enfurecía a su madre, pero parecía hacer sonreir al padre. Esto último era ciertamente el caso pues le recordaba su propia infancia sin madre siempre rodeado de mujeres que no conseguían unidad alguna en cuanto a su educación permitiendole así el desarrollo de un caracter enrevesado que enfrentando a unas con otras siempre conseguía llevarse el gato al agua.

«El jóven de la margen izquierda» recibió 4 desde que se publicó el Miércoles 6 de Abril de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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    […] decidido llamar provisionalmente Remolcadores de Altura. Una primera entrega de esta segunda parte (El joven de la margen izquierda) puede verse aquí seguida por una segunda entrega (Una magnífica noche de perros) que puede […]

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