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El Honor

Lo que se exige de alguien como el que Jon quería llegar a ser es el Honor, esa virtud rara vez catalogada como tal, que hace que quien que la posee ante nadie se arrodille y ante la verdad incline la cabeza.

424px-TheTrialDVDCoverJon creía que después de los dos veranos de Bel Atha Cleath su formación preuniversitaria estaba decidida, y que nada faltaba y nada sobraba para llegar a ser un patrón de remolcador de altura en el sentido general y nada sencillo en el que había acabado pensando cuando elucubraba en cómo estar a la altura del padre añadiéndole unos toques de mundanidad para contentar a la madre. Pero no sabía todavía que habían cosas, palabras y gestos que correspondían a otra cultura oscura con la que debía familiarizarse para fortalecerse y no limitarse a contestar con un simple silencio las solicitudes de la clase dominante, tal como había ocurrido al final del último verano en esa ciudad que también llaman Dublín. Ante la tontería no basta con el silencio y menos si éste es despreciativo. Lo que se exige de alguien como el que Jon quería llegar a ser es el Honor, esa virtud rara vez catalogada como tal, que hace que quien la posee ante nadie se arrodille y ante la verdad incline la cabeza. Sobre la verdad había ya leído mucho a través de la filosofía del lenguaje estudiada en la soledad de la embriaguez celta, pero esperaba que la universidad le confrontara justamente con ese problema al tiempo que le formaba en lo que sus amigos más conscientes de la deriva del régimen y la potencial liberación nacional llamaban el contraste, o la contradicción, entre la estructura económica y la superestructura jurídica. Tendría pues que estudiar la doble carrera en la universidad privada de la Ciudad, se decía a sí mismo, disfrazando de reflexión intelectual lo que no era, una vez más, sino la mera imposibilidad de frustrar las esperanzas de la madre justificándose, como para sus adentros, con la idea de que al final no se dejaría deslumbrar por el solitario y que acabaría calándose la boina para que, añadíase con humor, no se le escapara ninguna idea de las que iba a estar hecho el intercambio comercial de la Ciudad en el futuro que le iba a tocar vivir.

De este primer año en la universidad lo único que le interesó fue lo que se llamaba la Filosofía del Derecho que, con su capacidad para la síntesis, pronto resumió Jon como la fuente de la legitimidad. ¿De dónde viene la obligatoriedad de las normas jurídicas cualquiera que fuera su origen? O bien de la violencia, como finalmente concluye Schmitt, o en el formalismo de Kelsen, que solo se siente obligado a lo que procedimentalmente cumpla los requisitos de cuyo origen no le cabía otro remedio que conceder la ignorancia suprema. Este es un problema, el de la explicación última, que nunca supo Jon tratar, así como tampoco el de las contradicciones hegelianas que subyacen al análisis económico de Marx y a su sentido de la historia. De momento solo se dio cuenta de que Marx, Hegel, Schmitt y Kelsen deberían ser leídos en alemán, para lo cual frau Klein apareció en su vida localizada por la señorita Carmen y financiadas sus clases particulares por los padres.

Como cuando en la infancia Doña Modesta reforzaba sus conocimientos al mediodía de cada jornada semanal para estar siempre entre los primeros de clase, en este comienzo de vida universitaria Frau Klein intentaba todos los días al mediodía hacer su oído a este idioma tan divertido de aprender y tan agradecido que realmente te alegra cada vez que eres capaz de decir algo como, por ejemplo, «no sé alemán bien pero me hago entender», o como cuando comienzas a experimentar con la utilización de esos verbos de los que tienes que desgajar la proposición previa y dejarla para el final de la frase, por no hablar de las declinaciones que te retrotraen a las épocas del latín o de las concordancias. Pero nunca había aprendido Jon un idioma sin al mismo tiempo tratar de leer literatura o filosofía escrita en ese idioma y que le permitiera asociarlo a una cierta idea central, como las luces con el francés, o el pragmatismo, embriagador o recio, en el caso del inglés. Pero aquí Frau Klein no era muy útil y en la biblioteca de su casa no había grandes obras relacionadas con la filosofía alemana o con su vasta literatura, y lo que había no le era suficiente como para convocar un sustantivo definitorio de un cierto rasgo de carácter nacional, o quizá no había esa nacionalidad, sino una infinidad de ellas, cada una relacionada con un cierto acento diferencial en la manera de pronunciar el mismo idioma.

Y ahí llegó de manera quizá forzada la idea del Honor como algo que te permite mantener la cabeza erguida frente a los que creen tener derecho de prioridad en todo, algo que desde luego hay que ejercitar, pero que poco valdría si uno no tuviera a su vez algo que decir. Así que la idea de Honor se fue configurando al ritmo de las conjugaciones y las concordancias como un cierto tono que te distingue no solo en el hablar, sino en la forma de expresar tus ideas para hacerte visible. Algo así como la colocación adecuada de las comas que da a tu lenguaje una, digamos, altura, que te permite recabar la atención de quien escucha. Desde ahí habría que construir el nuevo idioma como un arma más del patrón de remolcador de altura. Pero no sabía el joven Jon que hay ciertos lenguajes que se hablan a sí mismos y que hacen de ti, pobre hablante, un mero instrumento. Este era el peligro del alemán para Jon, y aunque sin sabérselo contar, intuyó en seguida el peligro que semejante poder tenía, así como la oportunidad que se le brindaba de romper sus cadenas y aprender a hablarlo a su manera, esa que divertía tanto a Frau Klein y que un día habría que limar, pero que de momento servía para enraizar esa fortaleza indefinida que le hacía poco flexible y tremendamente frágil.

Era el momento de dejarse de filosofía del lenguaje y de abandonar las pesquisas sobre la verdad o sobre las condiciones de su existencia y de parapetarse tras la fuerza de la voluntad como arco de bóveda de cualquier construcción de uno mismo. Y la ocasión llegó en el verano de segundo de carrera cuando Jon volvió a viajar, solo esta vez, hacia el este camino de la universidad de verano en München, pasando previamente unos días por Frankfurt invitado por un antiguo profesor progresista de su colegio de jesuitas en Bilbao que colaboraba con la emigración española en esa ciudad y cuya comunidad le proporcionaba una especie de hostal barato en el que cobijarse mientras Jon se enteraba de sus condiciones de vida, mucho peores de las de los inmigrantes de la margen izquierda de la Ciudad, y también tenía tiempo de pasearse por una ciudad que parecía no haber sufrido la contienda bélica y ofrecía diversiones varias. Y no solo diversiones. También experiencias extrañas que más adelante en su vida se repitieron y a las que nunca ha encontrado explicación, iniciando así su convencimiento creciente de la imposibilidad de explicarlo todo. Asistió a una sesión cinematográfica en la que se proyectaba una película de Orson Wells sobre una obra de Kafka, seguramente El Proceso, hablada en alemán, el mismo idioma en el que se expresaban las cuatro personas que ocupaban las butacas posteriores a la que Jon había elegido en un cine semivacío y, desde aquel entonces ya, muy cercana a la pantalla. No solamente podría haber jurado que entendió todo lo que se decía desde la pantalla, sino que también fue consciente y entendió lo que esas cuatro personas comentaron al finalizar la proyección. No podía ser cierto y, efectivamente, no podría haber reproducido nada de lo escuchado pero no le cabía ninguna duda de que había estado casi dos horas en su ámbito lingüístico propio. Lo contó mil veces y luego dejó de contarlo ante la cara de incredulidad que mostraban sus interlocutores. Hasta que pasados los años y habiendo adquirido, según él, la virtud del honor, volvió a contarlo a menudo en un tono especialmente alto y sin admitir nunca ninguna prueba en contrario ni inclinar la cabeza ante quien solo sabía esgrimir la risa o la incredulidad.

Pero llegó el día en que partió hacia München a vivir experiencias más terrenales. No fue clasificado como totalmente analfabeto en alemán y se pertrechó a prepararse para un día poder llegar a leer a sus autores secretos en ese idioma. En esa juventud todopoderosa todo va muy rápido y a su Marx, su Hegel, su Schmitt y su Kelsen ya había añadido a Nietzsche, Mann, Rilke, Kafka y Freud. Pero esa misma velocidad acabó con todos sus buenos propósitos en pocos días y se dejó deslizar por el placer de la conversación internacional de unos grupos de alumnos europeos que hablaban idiomas que Jon podía hablar sin dificultad. Eso le granjeó la admiración de sus amigos recientes, pero cerró casi totalmente la posibilidad de progresar en el aprendizaje del alemán. Pero aprendió muchas otras cosas. Con l´Ambasadeur supo que una carrera diplomática no era una mala idea, aunque la idea de depender de un gobierno como el español le sacaba un sarpullido. Con un no tan joven profesor de filosofía al que llamaban Socrates dio no pocos paseos por la ciudad, fácil de recorrer, hablando de esto y aquello, y consideró que todavía estaba a tiempo de cambiar de carrera, una idea que pronto se difuminó ante el atractivo de Jacqueline, una suiza de Ginebra muy preparada para el amor.

Los paseos con ella se hicieron diarios y ambos comenzaron a visitar un piano bar después de una cenita nada frugal. Era alta, casi demasiado para él, y tan fuerte que le recordaba a Esperanza, aquella chiquilla de la playa de su infancia a la que, a pesar de todos los juramentos, había acabado por casi olvidar. Besaba con lentitud apasionada y se dejaba tocar con cierto recato pero sin ningún tabú. Jon era feliz con esa cadencia de clase de alemán por las mañanas y amor el resto del día, parloteando en francés e incluso en inglés, y olvidando todo lo aprendido por la mañana. Esta especie de idilio tan poco discreto les hacía a ambos populares entre sus compañeros de clase y Jon aprendió, o creyó que aprendía, que nada hay tan atractivo en un varón para una mujer que el hecho, no firme del todo, de que esté ligado a otra mujer. Se vio Jon pues en una especie de gloria tontuna pero muy satisfactoria para su ego y sus hormonas. Hablaban sobre todo de las diferencias culturales entre sus países de origen y se confiaban sus deseos ocultos. No faltaban a ninguna de las excursiones programadas durante los fines de semana, hasta que un día, Jaquie y él, decidieron hacer una escapada en tren hasta la vecina Salzburgo, desapareciendo de la universidad por un par de días de los lectivos. El paisaje era simplemente muy bello y los dos enamorados se recrearon en él y en el hecho de mirarlo juntos. La especie de pensión que habían reservado se encontraba lejos de la estación de ferrocarril y fueron caminando hasta el centro de esa ciudad de juguete también con río dulce y llena de referencias a Mozart más allá de su casa y de los dulces típicos. Tomaron posesión de su habitación, pequeña y menos que sencilla, y salieron otra vez a escalar la montaña no hasta el castillo, su plan para el día siguiente, sino hasta la parte alta del escenario de la vieja sala de conciertos excavada en la roca y desde donde se podía escuchar la ópera sin guardar ninguna compostura. Su abrazo y sus besos seguían el ritmo de la orquesta, quizá dirigida por el mismísimo Von Karajan, y el fervor de Jon fue aumentando hasta el punto de liberar su brazo derecho del abrazo y dejar a la mano que lo remataba adentrarse por caminos prohibidos que Jaquie no parecía reconocer como tales. Ambos disfrutaron del todo y abrazados bajaron de la montaña y volvieron a la pensioncita que se había convertido en un palacete cuya mejor y más distinguida habitación abrigó la noche en la que guiado por aquella mujer joven cazó la primera pieza de su perversa colección de vulvas, una pieza que nunca supo describir con detalle y que no consta como tal en los cuadernos que en los años siguientes fueron describiendo las siguiente piezas con detalles mucho más precisos.

El viaje de vuelta y el resto del curso del verano nada tuvo que ver con el aprendizaje del alemán sino que estuvo dedicado en exclusiva al amor con sus correspondientes promesas de eterna fidelidad. Se volverían a ver el verano siguiente, esta vez en esa pequeña ciudad, Salzburgo, que sería para siempre el emblema de su amor. Y, sin embargo, las cosas no sucedieron como ellos hubieran deseado, pues Jon tuvo que ajustar sus planes al cambio en las normas que regían las milicias universitarias y que habían adelantado un año la incorporación al primer campamento de instrucción. Las cartas entre Jon y Jaqueline reflejan frustración inicial y paulatino enfriamiento, como no podía ser de otra manera, y Jon supo ejercer su recién adquirida virtud del Honor y silenciar su frustración al tiempo que reforzaba su íntima independencia de criterio y decidía dejar su carrera al final de ese tercer año y, después de cumplir con el segundo campamento, trasladarse precisamente a Salzburg, en donde en la Universidad regular se ofrecían un par de años en Comercio Internacional financiados por una fundación americana a la que pediría una beca para no tener que someterse al chantaje de su madre para que acabara primero su carrera ya iniciada y en la que le iba muy bien. Mientras tanto seguiría con frau Klein, esta vez tomándoselo en serio.

«El Honor» recibió 0 desde que se publicó el lunes 25 de agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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