Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

El hacker como sujeto económico

La revolución de los hackers: el ascenso del bricoleur

Los ensanches cuadriculados soñados por los urbanistas adelantados a su tiempo; la ciencia teórica construida con la limpieza intelectual de la matemática; las formas de convivencia desarrolladas de acuerdo con algún principio trascendente; la coordinación minuciosa de las tareas de construcción y su realización a lo largo de un camino crítico que minimiza las esperas.

Todos estos lugares intelectuales pertenecen a otro tiempo y pocos ven hoy en ellos ningún mérito especial. El urbanista deviene orgánico, el científico, más que elucubrar, experimenta, la praxis preside la vida política sin espacio alguno para la trascendencia y las buenas costumbres ingenieriles se disuelven en distintos negocios singulares coordinados, esperamos, por mercados no muy bien desarrollados. La chapuza desordenada es fácilmente reconocible desde hace años en la actividad humana y la nostalgia del orden estaría, en todo caso, fuera de lugar.

La naturaleza es orgiástica y desmedida en su forma de evolucionar. Deja al margen, y como olvidados, tantos materiales de desecho con los que ha jugado para crear una flor, que su forma de actuar inconsciente desafía nuestro sentido de la economía de medios y de la elegancia de movimientos que aborrecen el exceso. La noción de ahorro le es ajena y está siempre dispuesta a dilapidar fuerzas vitales para abrirse camino hacia no se sabe donde. La naturaleza es un Pantagruel plácidamente ahíto e ignorante de los palpitantes dramas de la materia viva que mastica y deglute con deleite. Y algo así, completamente desmedido, comienza a ser hoy la ciencia que se practica normalmente. Hay tantos datos almacenados, se ha facilitado tanto su accesibilidad, que el material a explorar ha dejado de ser algo estilizado por la finura intelectual y, más que tratando de ofrecer explicaciones de esos fenómenos construidos, la ciencia procede hoy con la inocencia atolondrada de un niño que abre torpemente los regalos de una inmensamente generosa celebración de la proliferación.

Ante la consustancial incertidumbre de la investigación el científico de ayer, perdido en el bosque, fijaba un rumbo y lo seguía ascéticamente empujado por la esperanza de un descubrimiento profundo. El científico de hoy explora alborozado todas las direcciones, salta de la propia a la del colega con total ligereza y no pierde la alegría instantánea del juego que se agota en sí mismo y que reposa en una superficie lisa sin profundidad alguna.

Ese producto que llamamos simplemente investigación ha derivado en “europa” en una especie de intento desesperado, en forma de I+D+i, de ordenar la multiplicidad infinita de la aventura intelectual. Además, en la misma forma de articular los esfuerzos sociales por aprovechar el esfuerzo intelectual, contrastan lo que llamamos “europa” y “américa”. Hoy triunfa la chapuza “americana”, desordenada y experimentadora, frente a la elegancia “europea”, ordenadamente especuladora. Y parece que la manera “americana” y tosca se va imponiendo: no sólo consigue una mayor calidad científica, también parece hacerse norma en muchos órdenes de la vida.

Este contraste entre orgía y sobriedad, entre limpia especulación y sucia experimentación, entre “europa” y “américa”, tiene su correlato inmediato en las distintas formas de organizar la sociedad red. En su trabajo titulado El enemigo siempre está en casa, perteneciente al libro electrónico Poder, Descentralización, Libertad y Conflicto, David de Ugarte nos confronta al Swarming, una forma de ataque, desorganizado e inesperado que utiliza la naturaleza reticular de la sociedad y que muy bien podría constituir el paradigma de la chapuza de la que estoy hablando, afirmando que sólo se le puede hacer frente con redes distribuidas, igualitarias y poco densas. En mi contribución a ese libro electrónico yo concluía que si queremos no sólo minimizar el riesgo de perecer, sino también maximizar el bienestar que se deriva de juntar fuerzas productivamente complementarias, debería existir un centro coordinador que fuera aleatorio. La aleatoriedad de la coordinación podría conseguirse, sugería yo paradojicamente para algunos, mediante la competencia entre intermediarios coordinadores.

Lo que he intentado hacer hasta este punto es mostrar que hay razones para entonar un canto elegíaco a la chapuza.

Quiero añadir que el tipo humano que encarna este elogiable espíritu chapucero es el hacker. Este excedente de talento estaría ahí esperando, como una bella durmiente, a que alguien sepa cómo despertarlo. La clave está en un príncipe que no es otra cosa que esa la tolerancia a la que hay que mirar como un valor positivo muy parecido al respeto por la curiosidad o el gusto por la experimentación.

La tolerancia que estamos buscando a efectos de levantar las barreras a la emergencia del talento y de fomentar así la creatividad generadora de crecimiento, se parece más bien a la admisión del coleccionismo de “objets trouvés” como una actividad legítima e incluso admirable. Esta rapiña de objetos aparentemente perdidos o desechados con los que uno tropieza en su deambular sin meta o rebuscando en los cubos de la basura por pura curiosidad es, ciertamente, una actividad no muy frecuente; pero más corriente de lo que uno imagina.

El hijo de un amigo mío es hoy un escultor más que prometedor que comenzó buscando objetos de hierro que soldaba en figuras sugerentes como un pájaro con brazos y de un aparente tamaño descomunal a pesar de que solo midiera 70 cms; o una especie de director de parada de pueblo en la América del 4 de julio, que manejara con habilidad el bastón de mando, por mencionar solo dos de las piezas que yo mismo he adquirido. Pero esto es sólo una aproximación a lo que puede ser el verdadero arte de la “busca”.

Hay en Cuenca un a colección poco conocida de estos objetos raros encontrados por un personaje singular que los recogió y los expone ahora. Se trata de latas de refrescos pisadas de maneras diversas y aleatorias, diversos tejidos arrebujados de formas inconcebibles, trozos desiguales de motores de automóvil, guijarros de formas curiosas, trozos irregulares de hormigón armado o algún esqueleto de animal irreconocible, todo ello creativamente enmarcado. El secreto del joven escultor está en el gesto, el del coleccionista rebuscador en la basura, en el marco.

Sea por el gesto o por el marco, los que trabajan con lo ya usado, con lo creado para algo distinto, con lo desechado por su primer usuario, con lo pasado de moda, con lo que se pensaba era disponible sin coste, son un magnífico ejemplo de lo que es un cierto tipo de creatividad que la tolerancia hace surgir. A través de esta creatividad se recuperan las ideas que la moda, el paradigma predominante, la simple necesidad industrial, la sed de novedades de los científicos o la simple falta de espacio mental, ha dejado de lado y sin clasificar para el recuerdo. La combinación experimental de todos estos objetos encontrados puede dar origen a formas novedosas, a fórmulas diferentes, a moléculas inesperadas y sobre todo, a ideas originales que parecen surgir cuando se necesitan.

Pues bien, estas ideas necesarias surgirán cuando las necesitemos siempre que esté socialmente bien visto experimentar con lo viejo, algo que lejos de ser un oximoron es una receta sabia tal como muestra el siguiente ejemplo que debo a Joan Ballesteros, biotecnólogo de San Diego, y a Ricardo Lago, economista residente hoy en Miami. El doctor Omeñaca ha sido honrado en los EE.UU. de América por ser el primero en curar uno de los casos de ántrax que surgieron a raíz del 11/S. Lo consiguió porque seguía llevando con él el famoso manual de medicina del Doctor Farreras (“el Farreras”) con el habían estudiado generaciones de médicos catalanes y porque este manual describía el carbunclo inhalado y prescribía sus remedios.

Este es el ejemplo que yo buscaba para darles su debida importancia al marco y al gesto. Se busca en un antiguo libro de texto cuando uno comparte el marco, la visión que tenía el autor y se encuentra lo que uno necesita cuando se imita el gesto. En este caso el gesto y el marco nos llevan a la exhaustividad en la catalogación de las enfermedades sin dejarse arrastrar por las que son hoy científicamente más prometedoras o más urgentes y relevantes, o más vendibles. A esto se refería hace unos meses en Madrid Steven Fuller, reputado sociólogo de la ciencia, quien criticaba el miope cientifismo que olvida en el cubo de la basura piezas intelectuales que solo están esperando a otras semejantes con las que podría componerse un puzzle que la ansiedad del científico de frontera a menudo deja pasar e ignora. La plenitud del mundo no es total; sino que hay la posibilidad, no solo de encontrar cosas desconocidas, sino también de crear cosas rigurosamente nuevas mediante combinaciones de las existentes.

Es precisamente esta actitud que Fuller reclamaba para la ciencia la que yo entiendo que R. Florida alaba en general con sus tres T. No perdamos de vista las posibilidades que nos brinda la Tecnología; la tecnofobia sería peor que ridícula, sería tonta. El Talento del rebuscador de cubos de basura está ahí, yo diría que en todos nosotros, y equivale al parloteo intelectual de la sala del café y a la curiosidad insaciable. Y por fin la Tolerancia.

Lo único que hemos de hacer para avanzar en bienestar es dejar que esta actitud aparentemente frívola florezca sin trabas, sin apriorismos altivos y castrantes, sin estúpidos argumentos de autoridad que solo se la prestan a lo que interesaba ayer, nunca a lo que hoy apunta. Y sobretodo sin condenas sociales, sin amenazas proféticas y tronantes del desastre que nos aguarda, sin ese terrible sentido común que alardea de ver siempre todo tal como es pero nunca imagina lo que podría ser, y sin ese prestigio de lo obvio que tanto ha hecho por el retraso de las ideas, de las actitudes y de la felicidad de los hombres.

En resumidas cuentas, si realmente queremos ser competitivos en el capitalismo global, ligero y tecnológico que nos viene encima deberíamos ser como la Holanda que acogió al Baruch Spinoza que huía de todos los dogmatismos y especialmente de ese dogmatismo español que todavía apunta aquí y allí su feo rostro. Que los creadores de ideas vengan aquí por el clima, por la alegría de vivir, porque ya hay una masa crítica de talento o porque nuestras autoridades han hecho una política inteligente y oportuna; pero sobre todo porque aquí toda idea es admitida a contemplación y toda forma de vida es aceptada. Este deseo, sin embargo, es más fácil de enunciar que de realizar. Son muchos años de cultura rural y de vivir de las rentas de una fortuna de oro y con poca apreciación de las virtudes del comercio, del contagio de prácticas novedosas o de la admisión de creencias ajenas como posiblemente útiles.

Lo que me importa destacar es más bien que este hacker es un chapucero, que destroza los juguetes para, en lugar de disfrutar de sus prestaciones originales, volverlos a montar con prestaciones sorprendentes e innovadoras. Se trata de alguien que no está poseído por el esprit de finesse, sino que degusta la vida a bocados, un Pantagruel del placer, un solitario bricoleur, un nuevo bárbaro que nos va a despertar de este sueño placentero que descabezamos sobre un volcán a punto de erupción.

La revolución de los hackers: Consecuencias del tejido de las redes

Pero por su naturaleza de recicladores, de regurjitadores de la creación colectiva, los bricoleurs, los hackers, no tienen más remedio que reconocer su doble personalidad de usuarios y de productores y precisamente por ello resultan ser los personajes adecuados para potenciar en la red la formación de otras redes identitarias no centradas en aspectos técnicos sino referenciados a cualquier rasgo común. Son los netweavers ideales, agentes y enzimas de una vasta proliferación de redes solapadas (ya que cada ciudadano puede pertenecer a varias) que ensancha y completa los mercados. Algo que cambia la perspectiva de algunas ideas básicas que normalmente se dan por hechas. Tan básicas como el teorema de Coase.

La idea básica del teorema de Coase leído por Stigler es que el coste de transacción es el coste de paliar la desconfianza mutua entre dos agentes económicos. Concentrémonos en una economía de intecambio compuesta por unas dotaciones iniciales de los bienes asignadas a los consumidores. Si entre dos consumidores hay confianza mutua están unidos por un enlace en la red de consumidores de forma que intercambios entre estos dos individuos tienen un coste de transacción nulo o, lo que es lo mismo, no generan externalidad alguna en su intercambio de manera que el coste social que cada uno genera es idéntico al coste privado con el que tiene que cargar (en este caso el valor de los bienes entregado o el de los recibidos a cambio).

Si entre dos consumidores no hay enlace quiere decir que, como no hay confianza mutua, el intercambio entre ellos exigiría , al final, la participación de una autoridad judicial con poder coactivo que represente un coste social, necesario para paliar la falta de confianza, que excede al coste privado de una eventual transacción entre esos dos consumidores. Si observamos la arquitectura de la red en un momento dado veremos quizá que no todos los consumidores están unidos a todos los demás con lo que podremos concluir que, en ese momento, los costes sociales son mayores que los privados o que no hay suficiente confianza mutua en esa economía.

Es en este punto donde surge con nitidez la potencia de la Red. Internet es capaz de ir tejiendo redes identitarias entre cuyos nodos hay confianza mutua, y de ir solapando unas con otras hasta que, en el límite, cada nodo está enlazado con cualquier otro nodo. En ese límite el coste social coincide con el privado y los costes de transacción se han evaporado. En este punto la competencia perfecta se había hecho realidad. Como decía Stigler, el monopolio se comportará como un competidor perfecto. La razón es ahora transparente. Un monopolio es un consumidor convertido en hub y éste no tiene nada que ofrecer pues todos los demás consumidores están conectados entre sí. De hecho el hub cuando existe es porque tiene alguna ventaja en paliar la desconfianza mutua pero ésta se ha disipado del todo en la red que visualizamos en el límite.

El corolario político que anunciaba al principio es ahora obvio. En la red-límite nadie tiene poder. Se tiene poder cuando se puede infringir un daño a los demás y esto no ocurre en la red- límite. Un consumidor cualquiera puede retirarse sin que eso afecte a las oportunidades de intercambio de los demás (más allá del hecho obvio de que las cantidades que aportaba ya no están disponibles). Un consumidor que en esta red sea de facto un hub se dará cuenta de que no cumple ninguna función socialmente últil porque no hay ninguna que cumplir cuando la confianza mutua está generalizada tal como muestra la presencia de todos los enlaces posibles. Su amenaza de retirarse y dejar siendo hub no importa por lo que sería ocioso preguntarse si es creible o no.

Los neoconservadores y el poder

Dando un cierto salto lógico y disciplinar yo me atrevería a aventurar la sugerencia de que los neoconservadores de un lado u otro del Atlántico, seguidores más o menos fieles de Carl Schmitt que pretenden hacer valer el poder y/o la fuerza para organizar la convivencia de una manera definitiva que naturalmente consagra ese poder y/o esa fuerza, son como los hubs sin función social. Sobran y su poder es inexistente. En consecuencia su deseo de parar la historia es un mal sueño. Son como monopolistas que desearían perpetuar su poder de monopolio, pero que ven sus deseos frustrados por la imposibilidad de materializarlos en un mundo en que no hay costes de transacción y en donde, análogamente, la confianza mutua permite no contar para nada con el monopolista.

Termino diciendo con Rorty que prefiero una comunidad en donde lo intersubjetivo aparece en primer plano, difuminando así lo presuntamente objetivo, y en donde las novedades (que surgen a causa de los vaivenes de todo tipo que se producen en la dinámica de la confianza mutua) son el acicate del pensamiento y de la acción, que el mundo propio del neoconservadurismo donde parecen revivir la objetividad y la ontología que bien sabemos representan fantasías inalcanzables que adormecen el pensamiento y enervan la potencia transformadora del mundo.