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El hacker Accidental

El hacker Accidental es una selección de textos de Juan Urrutia escritos para la web durante el periodo 2002-2005 sobre las consecuencias sociales y filosóficas del ascenso de la sociedad de las redes. Ha sido editado por Natalia Fernández y David de Ugarte

Buscando una plataforma frente a la revolución neoconservadora

La administración Bush representa ese autoritarismo neoconservador y como tal no ha prestado atención a la opinión pública, no ha jugado limpio en el seno de algunas de las instituciones multilaterales existentes y, desde luego, no ha ofrecido una discusión pública racional más allá de un canto desafinado a los valores más tradicionales disfrazados de liberalismo, una loa boba a la fuerza y un desprecio poco caritativo hacia la debilidad. Por estas razones, cuando me propusieron escribir diez líneas expresando mi reacción espontánea al inicio de las hostilidades, no dudé en titularlas con cierta pomposidad retórica como la derrota del liberalismo.

Desde esa impresión improvisada sigo opinando, desde mi manera de pensar de economista ortodoxo (y, por lo tanto, liberal en un cierto sentido), que la decisión de intervenir en Iraq no se tomó con esa racionalidad entendible que explicita el objetivo y explora alternativas, que se pretendía una postguerra basada en instituciones de diseño sin ninguna garantía de estabilidad y que la clase media americana (en la que se plasmarían todos los defectos que se han solido achacar a la pequeña burguesía por los intelectuales de izquierda y por los poderosos de una derecha inculta) ha sido ignorada en favor de una extraña coalición entre los ricos del partido republicano y los desheredados de la fortuna a los que sólo queda el orgullo patriótico. No creo que los neoconservadores ni sus intelectuales orgánicos objetaran a mi derrota del liberalismo.

Sus partidarios son verdaderos revolucionarios conscientes de la ruptura que preconizan, y dicen profesar un liberalismo que, además de ser falso, pretenden imponer a balazos, ayer en Iraq, mañana en Irán. Esta revolución neoconservadora que pretende nada menos que domeñar la incertidumbre, no cree realmente en la libertad creativa, no deja espacio para acercarnos a alguna clase de igualdad y no quiere entender que el proceso dinámico entre los ciudadanos en el que consiste la fraternidad no puede tener ninguna meta prefijada.

Como profesional de la Economía, una rama del pensamiento que ha contribuido desde distintas perspectivas al entendimiento del ejercicio de la racionalidad y de la necesidad de las instituciones, y como miembro de una pequeña burguesía que quiere dejar vivir y que le dejen vivir, pretendo constituirme en contrarrevolucionario y contribuir a perfilar las líneas maestras de una plataforma política que se propone explícitamente frenar la revolución autoritaria que, desde el neoconservadurismo americano, se extiende peligrosamente a la derecha europea.

Para llevar a cabo esta labor contrarrevolucionaria no tengo más remedio que discutir los principales rasgos característicos del liberalismo para quedarme con aquellos que más claramente pueden ser blandidos contra las tendencias revolucionarias. Podría desde luego renegar del liberalismo acogiéndome a la doctrina tradicional de la Iglesia Católica o amparándome en cualquiera de las ideologías fuertes que, monstruos, han infestado el siglo XX a partir de la exacerbación de la razón ilustrada. Pero ni quiero ni puedo convertirme en beato o en revolucionario desfasado sino que sólo pretendo frenar una revolución autoritaria que amenaza el liberalismo en el que creo.

Las contradictorias raices del liberalismo

Para llevar a cabo esta labor contrarrevolucionaria no tengo más remedio que discutir los principales rasgos característicos del liberalismo para quedarme con aquellos que más claramente pueden ser blandidos contra las tendencias revolucionarias. Podría desde luego renegar del liberalismo acogiéndome a la doctrina tradicional de la Iglesia Católica o amparándome en cualquiera de las ideologías fuertes que, monstruos, han infestado el siglo XX a partir de la exacerbación de la razón ilustrada. Pero ni quiero ni puedo convertirme en beato o en revolucionario desfasado sino que sólo pretendo frenar una revolución autoritaria que amenaza el liberalismo en el que creo.

Pero la tarea que me impongo no es fácil pues todas las ideologías débiles entre las que hoy tenemos que navegar tienen algo de liberal. El anarquismo de Noczik, el liberalismo a la austríaca de Hayek o de Popper, al republicanismo de Petitt, el pragmatismo al día de Rorty o esa social democracia que puede tener su origen en Rawls, son todas ideas propias de pensamiento político que rozan con el pensamiento económico y que comparten, en parte, algunos rasgos propiamente liberales que ahora voy a tratar de examinar a partir de una distinción poco sutil pero útil entre, por un lado, la tradición formalista de origen descartiano y que, en economía, pasa por Walras y termina en el desarrollo pleno de la teoría del equilibrio general y, por otro lado, la tradición naturalista de origen humeano que, en economía, pasa por Marshall , entronca con los austríacos y culmina con una concepción del mercado y de la competencia más viva y dinámica que la que subyace a la teoría del equilibrio general y a la que también contribuyó Schumpeter.

Más allá de la libertad

Las tres ideas más elementales que siempre se asocian al liberalismo son las siguientes: primacía de la libertad sobre todo lo demás, incluida la felicidad, individualismo como ejemplo extremo de diversidad y confianza en la evolución autónoma de la sociedad. Sin embargo estas tres ideas no agotan las características del liberalismo, no pueden ser articuladas entre sí en ausencia de otras consideraciones y no sirven en sí mismas, y sin mayores precisiones, para poner en pie la contrarrevolución que persigo. Por lo tanto tengo que proceder de una forma más parsimoniosa . Comenzaré, quizá por mi sesgo de economista, por examinar la racionalidad y sus aventuras.

Frente al cartesianismo francés o el kantismo alemán que, a mi juicio, están en el origen remoto de las monstruosidades de las ideologías fuertes citadas, el liberalismo profusa un sano escepticismo hacía la razón tal como muestran dos botones bienconocidos. John S. Mill reacciona agriamente contra el racionalismo estricto de su padre, James Mill , y de Bentham y afirma que el mundo es demasiado complejo como para que el que quiera comprenderlo y actuar sobre él pueda utilizar sólo la razón. Hayek, a su vez, sospecha que la razón, entendida a la manera neurológica, muestra una complejidad que no hace sino reflejar la que en lo social pusieron de manifiesto Menger o Mises. Este recelo frente a la racionalidad desnuda y sobre su capacidad para llegar a desentrañar problemas sociales serios están en el origen de una bifurcación interesante del liberalismo en Economía.

O bien, siguiendo la tradición formalista, exploramos las implicaciones estáticas de una racionalidad ilimitada y funcional en un mundo simplificado del que se han eliminado el tiempo irreversible y la ignorancia plena respecto al futuro, o bien, siguiendo la tradición naturalista, tratamos de incorporar ese tiempo y esa ignorancia como elementos fundamentales de una manera de pensar que se apoya en los límites de la racionalidad y en procesos dinámicos. En el primer caso, que llamaré neoclásico, es fácilobtener resultados formales interesantes que nos llevan a una concepción del mercado y la competencia que resalta los aspectos asignativos, la optimalidad paretiana y los fallos de mercado que están en la base de un cierto intervencionalismo ingenieril. En el segundo caso, que llamaré austríaco, la dificultad de modelización explica la ausencia casi total de resultados formales.

Quizá por esta parvedad observamos cómo los economistas de esta tradición tienden a concentrar sus esfuerzos en una crítica a los neoclásicos acusándoles de no entender la importancia del mercado y de la competencia en la generación de riqueza, por ignorar el papel crucial de las instituciones (entre ellas la propiedad privada) y por no tener fe en la capacidad de autoorganización del sistema económico.

No cabe duda de que estos dos planteamientos liberales alternativos subyacen a la distinción entre los dos extremos del espectro liberal, la socialdemocracia por un lado y el anarquismo por el otro. Sin embargo ya existen desarrollos suficientes como para tender puentes entre estos dos planteamientos, explorar combinaciones de ambos, y elevar la aparente contradicción a un nivel superior. Desde la revolución de los incentivos (que se asocia pero realmente precede en algunos aspectos clave a la emergencia de la Economía de la Información), hasta lo que se ha dado en llamar la Nueva Economía Social (que no exige mucha racionalidad e incluye dinámica) pasando por la incorporación al análisis de pautas de comportamiento individual detectadas por la psicología del conocimiento, hay infinidad de resultados que permiten a ambos planteamientos liberales encontrar espacios comunes .

Sin embargo esta oportunidad no ha hecho sino cambiar de nivel la oposición entre una y otra actitud. Dicho de manera muy rotunda, los partidarios del planteamiento austríaco se convierten en cancerberos de una visión profética que resulta ser imprescindible para exorcizar los peligros a los que nos pueden llevar los resultados recientes mencionados que, tratando de captar la complejidad, de incorporar dinámica y de introducir límites a la racionalidad, nos podrían arrastrar al relativismo y al denostado multiculturalismo no lejanos ambos del pragmatismo rortyano. Este planteamiento austríaco capta bien que la fuerza del liberalismo no está sólo en el mercado, la competencia y el funcionamiento correcto de instituciones espontaneas o impuestas; sino que, al final, radica en un ethos que antepone la verdad y la libertad a la propia felicidad, tal como explicaré enseguida.

Decálogo para un liberalismo pequeñoburgués que enfrente la revolución neoconservadora

Es pues evidente que la tensión interna entre un liberalismo más de derechas y otro más de izquierdas no va a desaparecer; pero esto me parece que es algo estimulante y que, en cualquier caso, no empece mi decisión de incorporar, como primer elemento de mi contrarrevolución, la necesidad de la ética individual, necesidad que ha surgido inesperadamente del examen tangencial de los vericuetos por los que he transitado la idea de racionalidad en el mundo del análisis económico y tomándola de la visión cuasi profética del liberalismo de derechas.

De acuerdo con este primer rasgo contrarrevolucionario no deberíamos contentarnos con vivir en una sociedad con reglas o instituciones justas o aceptables pues nada puede eximir el ejercicio de nuestra responsabilidad individual a la hora de juzgar los ataques a cualquiera de las tres ideas básicas de libertad, igualdad y fraternidad . Y cuando esta exigencia se aplica a la idea de verdad surge, como ahora veremos, el segundo rasgo del liberalismo que quiero retener. Mi contrarrevolucionario , en efecto, deberá anteponer siempre y sin excepción la verdad a la felicidad de forma que, cualquiera que sea el objetivo social que persiga (y puede ser el propio del utilitarismo que quiere la mayor utilidad para el mayor número de personas) nunca admitirá la maximización de ese objetivo si ello oscurece la verdad. Verdad antes que felicidad es ese segundo rasgo contrarrevolucionario que, en su aplicación, nos lleva enseguida al tercero. En efecto, de la primacía ética de la verdad se sigue otra característica del liberalismo que tiende a olvidarse: la necesidad de la rebeldía y de la experimentación.

Tal como aprendimos de Popper, no es posible alcanzar la verdad mediante el ejercicio de una racionalidad, siempre limitada, sin la ayuda de la discusión abierta, la apertura de nuevos caminos o la experimentación sobre el terreno. Pero esta rebeldía y esta experimentación no se darán sin la imprescindible diversidad social. No hay nada más antiliberal que el conformismo del que aborrezco aunque no por razones estéticas, snobs o multiculturalistas; sino porque la diversidad es un requisito imprescindible para la obtención de la verdad en una sociedad en la que la racionalidad individual tiene límites. La necesidad de la diversidad es pues el tercer rasgo contrarrevolucionario que quiero destacar.

El empezar por el estudio de los avatares de la racionalidad era necesario para detectar unos rasgos del liberalismo que yo deseo destacar pero que suelen ser olvidados en beneficio de otras características más obvias como son la libertad y el individualismo. Continuaré por lo tanto examinando estas dos características básicas del liberalismo. En primer lugar la libertad. Como para los economistas el liberalismo suele asociarse al utilitarismo, es conveniente indicar que para el liberalismo que yo quiero (y que incluye la ética individual) la libertad pasa por delante de la utilidad. Libertad antes que utilidad será pues el cuarto rasgo definitorio de mi contrarrevolución. En consecuencia, y siguiendo a Sen, no admitiré ningún arreglo que maximice una función de utilidad social que me haya sido impuesta y que no haya surgido desde mi libertad.

La libertad es, en efecto, el valor supremo del liberalismo y muchos de los esfuerzos intelectuales de los liberales están relacionados con el despliegue de esta idea en diversos ámbitos como por ejemplo el económico. Un resultado importante de este esfuerzo es la entronización de la propiedad privada como la otra cara de la libertad, de forma que un proyecto contrarrevolucionario como el que estoy intentando dibujar no puede abstraerse de la discusión de esta institución central. En esta discusión importan también las dos tradiciones analíticas que he destacado más arriba. Para la rama británica de la tradición naturalista la propiedad privada es indispensable para el ejercicio de la libertad y para la rama austríaca es evidente que sin propiedad privada no hay incentivos para que se tomen los riesgos que están en el origen de riqueza. Sin embargo, para la tradición formalista, la propiedad privada es una institución que se toma de manera acrítica como dada, lo que incuba peligros.

Sabemos que en esa tradición una economía de mercado de propiedad privada que actúa competitivamente alcanzará un óptimo paretiano y que cualquier óptimo paretiano tiene asociados unos precios que si fueran impuestos a todos llevarían, a través del mecanismo de mercado, a las asignaciones propias de ese óptimo siempre que se pudiera elegir el reparto de la propiedad privada inicial. El juego argumental que proporciona este último resultado ayudó a la respetabilidad intelectual del llamado socialismo de mercado y dió origen al debate del cálculo socialista que se zanjó con el reconocimiento de que los incentivos exigen la propiedad privada. Podría establecer como mi quinto requisito contrarrevolucionario la exigencia de la propiedad privada; pero como esto no sería negado por los neoconservadores prefiero hacer hincapié en exageraciones propias de éstos aunque no sólo de ellos.

Basándose curiosamente en la tradición formalista propia del planteamiento económico neoclásico, los neoconservadores pretenden extender artificialmente la propiedad privadamediante el ensanchamiento del ámbito y la extensión en el tiempo de los derechos de propiedad intelectual.

Yo me atrevería a hacer dos críticas a esta actitud neoconservadora. La primera es que desde el mismo planteamiento neoclásico se ha mostrado por M.Boldrin y D. Lavine que los derechos depropiedad intelectual pueden ser no necesarios para incentivar la inventiva. La segunda crítica a la extensión injustificable de la propiedad privada, parte más bien del espíritu del planteamiento austríaco y quiere hace notar que en los primeros estadios del desarrollo general, o el de una invención específica, puede ser necesaria la cooperación y que, a veces, ésta se da más fácilmentedesde una situación en la que la propiedad privada no está muy firmemente arraigada.

Estas dos ideas son complementarias y conjuntamente dan cuenta de cómo se adquiere respetablemente esa propiedad privada necesaria: debe adjudicarse a quién más y mejor ha cooperado en la colonización de nuevas fronteras. Déjenme llamar a este mi quinto principio contrarrevolucionario el de la propiedad privada para quien se la trabaja. Una vez adquirida facilita el funcionamiento de los incentivos; pero es necesario incentivar precisamente esa adquisición de la propiedad ligándola de alguna manera al celo cooperativo inicial.

Trataré de mostrar que, de la misma manera que no hay libertad sin propiedad privada, no podemos entender fructíferamente el individualismo sin tener en cuenta la existencia y evolución de comunidades identitarias a las que todo individuo está adscrito con mayor o menor fuerza, una afirmación delicada que necesita una argumentación nueva. Por un lado es bien cierto que uno de los motivos de orgullo de cualquier liberal, de raigambre británica, francesa o austríaca, consiste en afirmar que su ética individual le exige el respeto total por la soberanía del individuo. Este respeto, que rara vez es mencionado como una elección ética, conduce al desarrollo de los derechos humanos como una construcción extraordinaria del derecho que pide a gritos su universalización.

Universalización de los derechos humanos sería pues el sexto punto de mi agenda contrarrevolucionaria pues ciertamente no creo que los revolucionarios neoconservadores estén por la labor de respetar escrupulosamente todos los derechos humanos en cualquier lugar y en todo momento a pesar de su retórica ante Sadam. Además de un fundamento ético, el individualismo tiene una justificación funcional que entraña, como ahora veremos, una aparente contradicción. El individualismo garantizaría la diversidad y, como ya he dicho, ésta es fundamental para alcanzar la verdad. Sin embargo la diversidad confronta un ejército de enemigos que desearían difuminar las diferencias entre individuos. Cualquier movimiento o partido político, la lógica del mercado hasta cierto punto, la mismísima democracia y todo autoritarismo, tienden a eliminar esas diferencias individuales mientras engañosamente las encumbran y las cantan.

De ahí que un verdadero liberalismo no pueda evitar el acabar siempre en una resistencia explícita al autoritarismo (se disfrace como se disfrace) y en una loa a la disidencia individual. Yo me atrevería a citar (aunque sea fuera de contexto) a I. Berlin para ejemplificar el peligro que acabo de subrayar, y que reconozco en el mismísimo ataque bélico a Iraq puesto que para mí este ataque representaría para el neoconservadurismo:

el deseo subyacente de poner fin a la variedad, movimiento e individualidad de cualquier clase; el anhelo de un modo establecido de vida y de pensamiento intemporal, inmutable y uniforme.

La disidencia individual y la lucha por los derechos humanos son necesarias; pero mucho me temo que la diversidad, necesaria para la verdad, no esté garantizada por esa disidencia y esa lucha a no ser que se reconozca que los individuos conforman comunidades identitarias en el seno de cada cual hay ciertamente un peligro de uniformismo; pero en cuya competencia y confrontación con otras se mantiene la diversidad. Identidad antes que individualismo es puesmi séptimo lema contrarrevolucionario, quizá el más difícil de tragar por los liberales bienpensantes y el más arriesgado intelectualmente; pero el más realista como arma política contra un neoconservadurismo que sabe bien que sus finalidades inconfesables son mucho más fáciles de obtener en un mundo cosmopolita sin fronteras ni identidades enfrentadas.

Para evitar, en la medida de lo posible, que se me tache de atrabiliario añadiré que, a pesar de esteséptimo lema, comparto con A. Sen la idea o el ethos que afirma que la razón ha de prevalecer sobre la identidad.

Llegó ahora a la tercera de las características más conocidas del liberalismo: el espontaneísmo o evolución autónoma de la sociedad. El liberalismo sabe que todo evoluciona y que esa evolución puede ser fuente de progreso mientras que el intento de paralizar la vida del que recelaba I. Berlin es, además, inútil pues no es fácil encontrar formas de vida o instituciones que sean totalmente inmutables. Las instituciones en particular se tejen en el tiempo real y permanecen siempre que no sean meramente de diseño sino que correspondan a algúntipo de equilibrio de un sistema dinámico.

Sin embargo hay que esperar que en algún momento ocurra algún cambio externo que las ponga en crisis y desencadene un proceso más o menos autónomo, más o menos espontáneo, que podemos denominar autoorganizativo, y cuyas relaciones con el comportamiento individual son difíciles de desentrañar. Todo liberal sabe esto y ningún liberal, si realmente lo es, tratará de frenar este espontaneismo. Pero unos liberales se diferencian de otros por la postura que predican ante estos procesos autónomos.

Para la tradición naturalista y de origen austríaco lo más sensato es no hacer nada, no intervenir, tener una actitud pasivamente adaptativa. Nada dirán estos señores contra la destrucción de la ONU y de otras agencias multilaterales que la guerra de Iraq amenaza con acarrear. La guerra es ese cambio externo que desencadena fuerzas que acabarán llevando a otros arreglos institucionales en el ámbito internacional. Quienes más defenderían la ética individual más allá del funcionamiento de instituciones que, como el mercado, serían correctas según Rawls, son en este punto éticamente mudos.

Para la tradición formalista y para los británicos de la tradición naturalista sin embargo, la pasividad no tiene por qué ser la regla y tendrán dificultades para reprimirse a la hora de proponer y ejecutar proyectos concretos razonablemente sensatos. J.S. Mill se involucró en muchos de ellos. Keynes es el ejemplo más claro de liberalactivista y Samuelson, Arrow, o Stiglitz, como ejemplos obvios de la tradición formalista, nunca ha rehusado intervenir en los asuntos públicos en apoyo, o encontra, de propuestas concretas, lo mismo que en su día pretendió hacer Walras.

Este proyectismo social parece contradictorio con el espontaneismo y la confianza en la autoorganización. Sin embargo deberíamos reconocer que hay una forma de reconciliar ambas actitudes si pensamos que no podemos ocultarnos lo que conocemos de los procesos sociales. Si creemos conocerlos es muy difícil no actuar aunque sólo sea para evitar los obstáculos al desarrollo espontaneo. Esto es lo que seguramente empujó a Friedman a recomendar que el Banco Central se sujetara a reglas contra un Hayek que quizá objetara a la mera existencia de ese Banco Central. Y esto es también lo que empujaría a Keynes ayer, y hoy a un Stiglitz, a proponer esquemas concretos de funcionamiento de algunas instituciones: creen conocer la dinámica social y pretenden crear las condiciones iniciales apropiadas para que esa dinámica acabe por conducirnos a un equilibrio al que sabemos que queremos llegar gracias a una discusión diversificada.

Por todo esto mi octavo lema contrarrevolucionario es una especie de grito por un proyectismo participativo. Notemos, claro está, que los neoconservadores, como no son liberales, creen en los proyectos sin ninguna reticencia de las que opondrían si fueran liberales; pero a diferencia del proyectismo participativo que propongo, los proyectos que ellos elaboran no pasan por ningún filtro participativo sino que, a lo más, son jaleados en ambientes afines.

Todo este largo rodeo pretendidamente caracterizador del liberalismo (como conjunto difuso de ideas) ha sido necesario para indicar con qué características me quedo a efectos de montar mi contrarrevolución. Pero todavía me falta determinar qué grupo humano puede vehicular mis lemas contrarrevolucionarios. Tengo que mostrar que sólo la pequeña burguesía puede aceptarlos en su totalidad.

Para ello diré algo previo sobre el Estado como esa institución que parece necesaria para garantizar los derechos humanos, la propiedad privada y la libertad individual; pero que sin embargo puede ser conformadora de uniformidades y difuminadora de identidades. Más que discursear sobre el Estado voy a tratar de indicar a grandes rasgos quienes defienden un cierto tamaño y una cierta fortaleza de esa institución que, a fuer de liberal, he reconocido como necesaria y peligrosa simultáneamente.

Comenzaré por quienes gustan de un Estado grande. Los que son propietarios iniciales de una dotación generosa, los que no aprecian la diversidad y los que no tienen una identidad que preservar desearían que ese Estado grande fuera, además, fuerte para que pueda cumplir con sus funciones liberales de preservar la propiedad privada y garantizar la libertad que faciliten la captura de ese estado en su beneficio de clase. Estoy hablando en este caso de la gran burguesía conservadora, siempre que fuera liberal lo que no es siempre el caso.

Los que por el contrario no tienen una gran dotación inicial, aprecian la diversidad o tienen una identidad que preservar, es decir los socialdemócratas, preferirían que el Estado, aunque grande a efectos redistributivos, fuera débil precisamente para no poner enpeligro esa diversidad o esa identidad diferenciadora.

Seguiré ahora con los defensores de un Estado pequeño. Los anarquistas de derechas querrían que, además de pequeño, el Estado fuera débil y para ello predican que sus funcionesclásicas se realicen por agencias independientes presumiblemente menos fáciles de corromper.

Finalmente los que tienen un buen punto de partida en términos de riqueza (riqueza que les gustaría preservar aunque no harán estropicios para aumentarla), gustan de la diversidad y aborrecen la uniformidad son los que desean un Estado pequeño pero fuerte. Se trata de ese pequeña burguesía que cree en la propiedad privada; pero que al mismo tiempo tiene conciencia identitaria como clase (de tenderos por ejemplo, o de tenderos del casco viejo del Bilbao unamuniano de Paz en la Guerra) y gustan por experiencia propia de la diversidad que está en la base de su negocio.

Una vez establecida esta tipología de posibles Estados y una vez asociado a cada uno de los tipos una cierta clase social, no es difícil acertar, mediante un ejercicio simple propio del planteamiento de la Public Choice, con la única que puede sostener el liberalismo contrarrevolucionario que estoy tratando de predicar. Los social-demócratas perderán su deseado Estado grande y débil en manos de una alta burguesía que, si bien al principio querrán un Estado grande aunque débil a fin de seguir sacándole sus rentas no merecidas mediante la ocupación del mismo, más adelante, una vez agotadas éstas, lo querrán igual de débil pero más pequeño para que no incordie con ninguna llamada a la justicia o a la solidaridad, pasando así a una forma de Estado propia de la anarquía de derechas.

Es este el Estado que quieren los neoconservadores. En consecuencia si queremos frenarle no tenemos más remedio que optar por un Estado pequeño y fuerte, el que desearían justamente los pequeños burgueses. Por lo tanto el noveno rasgo contrarrevolucionario clama por un Estado pequeño y fuerte. Conseguir un Estado pequeño parece hoy fácil porque tanto la ideología como los hechos parecen avalar esa mengua en su tamaño. Conseguir que, sin embargo, sea fuerte pasa por no desmantelarlo parcelando sus funciones y delegando su ejercicio en comisiones o agencias independientes. Para que esto no ocurra no hay más remedio que frenar la catarata de deserciones de servidores del Estado que se pasan a la empresa privada y conformar un funcionariado serio y respetable que incentive la pertenencia a alguno de sus cuerpos. Cierro así mí decálogo liberal pequeño burgués exigiendo un funcionariado de élite.

El hacker y espíritu del liberalismo pequeñoburgués

Tratemos ahora de complementar y dar vida a ese decálogo desde ese desarrollo tecnológico reciente que acompasa la biotecnología y las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) y que conforma, no sólo el horizonte de la sociedad del conocimiento, sino también, y quizá sobre todo, un punto de vista sin duda ineludible y presumiblemente fértil.

Para ser concreto y no irme por las ramas concentraré mi atención en el territorio internet y en sus aborígenes o hackers. Mi intención es exponer algunas razones por las cuales, si consiguiéramos disolver lo mejor de los hackers en la noción de liberal pequeñoburgués, habríamos logrado establecer una barrera contra la expansión del neoconservadurismo. El empuje de los hackers y la prudencia liberal de los pequeños burgueses hacen de la coalición de unos y otros algo imbatible. Sin embargo también destacaré algunas características de los hackers que les acercan a los revolucionarios neoconservadores alertando así del peligro de que ambos se coaliguen.

Antes de entrar en materia, sin embargo, es conveniente explicar porqué creo que esos hackers, a veces considerados como piratas, son importantísimos hoy. En el hacker se pone en entredicho por primera vez la separación teoríco-económica entre productor y consumidor. Un hacker es, en principio, un usuario privilegiado y experimentado de internet que explora un territorio nuevo lo mismo que los pioneros exploraban la frontera del farwest. Pero esa exploración les lleva a convertirse en productores ya que, en su exploración, rompen los códigos cerrados (como el cowboy derriba las vallas de alambre de espino erigidas por los ganaderos), elaboran nuevo código e insisten en que éste está disponible para todos, es decir son productores de código abierto además de usuarios. Si los hackers son hoy importantísimos es precisamente por la naturaleza abierta del código que elaboran pues es esa apertura, la que está detrás del enorme crecimiento de lo que se puede hacer con las TIC.

La tecnología en sí (es decir, la producción de chips cada vez más pequeños y densos que posiblititan el ensamblaje de aparatos cada vez más rápidos) no es efectivamente lo más significativo de las TIC que, como productos que incorporan ideas, pueden acabar siendo una simple commodity. Lo que realmente importa es el desarrollo de las aplicaciones y este desarrollo es mucho más rápido y mucho más seguro cuando es el resultado del trabajo conjunto espontáneo de los usuarios productores que comparten sus necesidades y sus potencialidades.

El hacker como clase difusa

Una vez establecida la importancia de estos aborígenes del ciberespacio, voy a tratar de dibujar sus características, describir su trabajo y sus consecuencias inmediatas, destacar los efectos que ello puede llegar a tener en lo económico y en lo político, y finalmente, expresar la necesidad de contar con ellos en la resistencia contrarrevolucionaria, ejemplificada por la batalla que Linux está dando contra Microsoft.

Un hacker es un experto en el manejo de internet, un usuario productor que parece vehicular algunos valores que voy a tratar de destilar de las características personales de mis hackers favoritos y de algunas de las pocas publicaciones que existen al respecto.

  1. La libertad es, sin ningún género de dudas, su valor primordial y es para un hacker más importante que la felicidad: jamás admitirán una solución informática, aunque sea perfecta, si no pueden observar sus interioridades y manipularla. Por eso no hacen buenas migas con Microsoft ya que esta firma es el exponente más claro del código propietario protegido por el copyright.
  2. Por lo tanto no creen en los excesos de los derechos de propiedad intelectual (más allá del reconocimiento de autoría que reivindican con fuerza) y están dispuestos a compartir mediante el copyleft sus soluciones o sus creaciones para sentirse así como parte de una aventura colectiva en pos de la tierra de la abundancia en donde ya no importa la propiedad privada sino que sólo importa el acceso a las cosas buenas de la vida.
  3. A pesar de que se sienten hoy por hoy parte de un movimiento cultural que va más allá de las TIC, su individualismo y su orgullo de autor son proverbiales, de forma que sólo responden a incentivos intelectuales asociados al reconocimiento de su inteligencia creadora contribuyendo, de esta manera, al mantenimiento de la diversidad dentro de ese movimiento cultural amplio.
  4. Si algo quisiera decir en relación a su racionalidad me inclinaría por afirmar que la racionalidad funcional no es la suya sino que muestran rasgos importantes de racionalidad expresiva al ser una de sus máximas aspiraciones la de ser reconocidos como hackers. Exhiben (y nunca mejor dicho) una manera de pensar lateral y asociativa muy apropiada para la naturaleza hipertextual de su trabajo, un trabajo que deja de ser puro si se contamina con imágenes o con efectos sonoros.
  5. Como son a la vez usuarios y productores saben que la identidad es algo muy real con lo que se puede jugar, aunque no gratis, y no tienen más remedio que afrontar lealtades múltiples.
  6. Esto último hace de ellos seres contradictorios que se mueven a impulsos y mediante proyectos concretos al servicio de causas diversas a las que sirven con una u otra de sus lealtades o de sus identidades.
  7. Es justamente su doble condición de usuario y productor, además de la intangibilidad de su producto, lo que justifica su aversión al trabajo asalariado.

No me detendré a puntear estas características de los hackers que acabo de destacar con el decálogo que define al liberalismo de esa pequeña burguesía que yo identificaba como la única clase social capaz de incorporar el espíritu contrarrevolucionario. Me limitaré a decir que comparten algunas características que el lector puede verificar, pero que hay en los hackers otras características adicionales que están muy alejadas de lo que uno entiende por pequeña burguesía.

El ethos es para ellos algo individual, no algo decantado del roce entre los miembros de su comunidad de hackers o entre los miembros que conforman otras comunidades identitarias a las que pertenecen. No creo que formen parte de los adoradores de la verdad, algo siempre relativo y juguetón en el mundo virtual con el que coquetean, ni que sean unos defensores a ultranza de los derechos humanos que no reconocerán como universales y quizá ni siquiera como universalizables. Parece pues claro que si bien es cierto que los hackers conforman una clase difusa, quizás por eso mismo esa clase puede asociarse a los liberales o a los neoconservadores o a ninguno de ellos o a ambos. Como a mi juicio es fundamental contar con ellos si queremos frenar el impulso revolucionario de los neoconservadores es preciso seducirlos cuanto antes. Pero para ello debemos conocer mejor su forma de trabajar.

Rizomas y árboles

Es muy esclarecedor, en efecto, comprender cómo trabajan los hackers y deducir las consecuencias de esa manera de trabajar. Los hackers trabajan en red, es decir no están sujetos a ninguna jerarquía ni poseen un centro de referencia. Podríamos decir, siguiendo la terminología de Deleuze y Guatari, que conforman la figura postmoderna del rizoma que se opone a, y contrasta con, la figura moderna del árbol ya estemos hablando de ciencia, de tecnología o de relaciones industriales. Pueden trabajar en red porque ese rizoma es una red identitaria cuya identidad unificadora y común consiste precisamente en su conocimiento profundo de Internet como usuarios productores que son. Esta forma de trabajo, cuando se une a la filosofía del software libre y a ciertas especificaciones técnicas, da origen al sistema operativo Linux que, como sabemos, pueden considerarse como una seria amenaza al de Microsoft debido a que, dada la fuerte identidad que une a los Linuxeros como hackers-con-causa, la red de esos linuxeros ofrece unos enormes rendimientos crecientes a escala debidos, claro está, al efecto-red que, sin embargo no esperamos que vaya a funcionar entre, por ejemplo, los usuarios de windows.

Etología hacker

Ahora bien, esa forma de trabajar tiene consecuencias importantísimas.

La primera es que, gracias al código abierto, se va a acelerar el desarrollo de las aplicaciones de las TIC que van a acabar funcionando como utililities, de la misma forma que funcionan el agua o la electricidad, es decir como algo de lo que disponemos a voluntad cuando lo deseamos y en la cantidad que necesitamos a cambio de una tarifa que normalmente tendrá una parte fija, necesaria para el mantenimiento de la red, y una pequeñísima parte variable según el uso.

La segunda consecuencia de la manera de trabajar de los hackers es más sutil. Como no tienen más remedio que reconocer su doble personalidad de usuarios y de productores, los hackers resultan ser los personajes adecuados para potenciar en la red la formación de otras redes identitarias no centradas en aspectos técnicos sino referenciados a cualquier rasgo común. Es decir son los netweavers ideales.

La tercera consecuencia es que esta proliferación de redes solapadas (ya que cada ciudadano puede pertenecer a varias) ensancha y completa los mercados lo que puede y debe traer consigo un incremento importante de la productividad. Se duda a veces de este efecto sobre la productividad, pero esta duda proviene de localizar el análisis en lo que se ha llamado B2B (business to business) en el que el trabajo en red sólo significa una pequeña reducción en los costes de transacción sin que se creen nuevos mercados. Lo que acabará trayendo consigo el verdadero e importante incremento de productividad es la emergencia de nuevos mercados al socaire del aumento de lo que se denomina P2P (peer to peer). Una actividad que se corresponde con la verdadera manera de ser de los hackers. La actividad de e-Bay es la que mejor refleja el fenómeno al que me refiero; pero el incremento significativo del P2P tendrá que esperar porque, tal como ha mostrado el imparable crecimiento del intercambio de archivos musicales, su potencial golpea en el corazón de muchos negocios tradicionales.

La última consecuencia de la manera en que trabajan los hackers es que el tejer y destejer de redes identitarias (el netweaving) va a acelerarse. En efecto, de acuerdo con Akerlof y Kranton, la permanencia de una identidad depende de los valores de unos parámetros que reflejan tanto el coste de separase de la comunidad como el castigo que hay que cumplir para reintegrarse en ella. Lo que la capacidad de tejer redes de los hackers va a traer consigo es un cambio en el valor de esos parámetros en la dirección de facilitar su formación y su liquidación. Algunas redes permanecerán bastante tiempo impulsadas por un efecto-red significativo; pero otras redes, y en última instancia todas ellas, acabarán deshaciéndose. En estas condiciones se facilita la formación temporal de teams productivos temporales que producirán esos nuevos bienes que mantienen al sistema económico mediante la destrucción creativa.

Una vez descrita la manera de trabajar de los hackers y la importancia de las redes identitarias, creo estar en disposición de explicar cómo el mundo que se vislumbra en el horizonte va a proporcionar por primera vez una oportunidad sensata de hacer compatibles la libertad, de la que los hackers hacen gala, con la igualdad y la fraternidad en los campos cruciales de la Economía y de la Política.

En lo que a la Economía se refiere ya dije en el pasado que la extensión de la red de redes traería consigo la competencia perfecta, pero hoy cabe subrayar prácticamente la misma idea fijándonos justamente en la manera de funcionar de Linux. El funcionamiento dinámico de las creaciones de la comunidad de linuxeros se parece mucho al funcionamiento de un mercado con dotaciones iniciales cambiantes. Este mercado, tal como sabemos a través del planteamiento austriaco asociado al nombre de Hayek , es como un gran zoco en el que la información se transmite a la velocidad de la luz y en donde se observa la continua destrucción creativa a la que me he referido hace sólo un momento.

Si ahora nos imaginamos una sociedad formada por ciudadanos-hackers-linuxeros es fácil dar un salto ucrónico y aterrizar en la era del acceso (Jeremy Rifkin) en la que la escasez no juega el mismo papel que antaño gracias al ya descrito enorme incremento de la productividad y en la que, en consecuencia, se relativiza la importancia de la propiedad privada no sólo en la creación de software; sino en otros ámbitos como el de la prensa gratis o el del transporte comunitario gratuito. Las dos características económicas mencionadas, es decir el proceso de destrucción creativa y la era del acceso dan cobijo a la igualdad de oportunidades. No sólo no hay jerarquías productivas; sino que además, lo que es necesario para prosperar estará a disposición de todo miembro de la sociedad.

La política de las redes

Miremos ahora a la Política para comprender cómo la red de redes puede ayudarnos a comprender y a implantar la fraternidad, una noción ésta a la que también ha prestado atención en otras ocasiones. La manera de trabajar de los hackers y en general, el funcionamiento de la red de redes que aquella contribuye a crear, fomenta una enorme volatilidad en la cancha política. Aunque me repita un poco es conveniente resaltar con claridad la velocidad en la creación y destrucción de redes identitarias. Dada la multiplicidad de identidades de cada ciudadano-hacker-linuxero, las comunidades identitarias que en cada momento se formen y funcionen como redes efectivas o teams productivos, van a depender, tal como ya he apuntado, de cómo la propia evolución del trabajo de los hackers haga variar los costes de romper la identidad o de recuperarla ante la amenaza de venganza de los de tu comunidad previa.

Pues bien, esta especie de continuo cambio de chaqueta (diríamos en términos políticos castizos) explica dos fenómenos aparentemente contradictorios de los que acabamos de ser testigos los españoles.

La emergencia de una opinión pública es el primero de ellos. Ciertos acontecimientos, como pudieron ser los que precedieron a la guerra de Irak, tocan alguna fibra que resulta ser común a la sensibilidad de casi todas las comunidades y causan una especie de cartasis que algunos consideran como la manifestación obvia de la emergencia de una opinión pública, una institución esta que cuando se hace mundial, tal como ocurrió en el caso de Iraq, el NYT califica como la única fuerza capaz de enfrentarse al poderío de los Estados Unidos.

Pero hay también un segundo fenómeno que también se explica por la existencia de redes solapadas y que consiste justamente en la fragmentación de esa opinión pública. Como todos pertenecemos a varias comunidades identitarias homogeneizadas por intereses diversos , puede ocurrir que si, a continuación de la guerra de Iraq, se nos pide el voto para uno u otro partido con plataformas electorales diferenciadas, la opinión pública se fragmente debido a que ahora no está en juego la guerra; sino intereses diversos que aunque nos unen a algunos en una comunidad dada, nos separan de otros que pertenecen a una comunidad diferente.

No hay porqué extrañarnos por lo tanto de que después de las masivas protestas antiguerra los partidos que las lideraron o las capitalizaron no hayan barrido en las elecciones autonómicas y municipales recientes. Lo que ocurre es que el desarrollo de las TIC y la configuración de redes identitarias activas y solapadas enervan las fidelidades partidistas a través del desempaquetamiento de las plataformas electorales generando una enorme volatilidad electoral. Es esto último lo que vislumbro como radicalmente nuevo y como algo que, al mismo tiempo, ilustra lo que entiende por fraternidad.

Una sociedad con la volatilidad electoral que he mencionado es mucho más fraternal que una sociedad en la que se mantienen rígida y establemente la fidelidades partidistas. En primer lugar porque fraternidad es ya participar en el proceso mismo de reconfiguración de redes de acuerdo con algún tema de interés inmediato. Y en segundo lugar la posible convergencia de ese proceso en una regla estable sería muestra y prueba de la fraternidad existente. Esta regla estable podría ser considerada como parte del acuerdo común que nos une y que como tal pertenece a todas las posibles comunidades identitarias.

El hacker accidental

A la luz de lo dicho hasta aquí debería estar ya claro porqué uno querría contar con los hackers a efectos de configurar el mundo de manera contrarrevolucionaria y porqué para esa tarea es imprescindible entender la dinámica de las redes. Pero, desgraciadamente, no es fácil contar con los hackers debido especialmente a algunas de sus características .

Los hackers puede caer en un esteticismo a lo D’Annuncio que no es nada pequeñoburgués y pueden sentirse tentados por la revolución continua de Trotski o la movilización total de Junger, dos ideas estás últimas de las que participan, me temo, los mismísimos neoconservadores estadounidenses.

Por otro lado no es fácil que los pequeñosburgueses confíen totalmente en un hacker. Su ética se pone en entredicho, injustamente, al confundirlos con los piratas poco respetuosos con la propiedad privada; la defensa de los derechos humanos o su universalización no parece estar entre sus prioridades a no ser que se trate del derecho de libre circulación (navegación) o de la libertad de expresión; y su relación con la verdad no es obvia ya que puede contribuir tanto a crearla como a difuminarla muy de acuerdo con un espíritu postmoderno que no acaba de aceptarse por la pequeña burguesía. Es especialmente dudosa su relación con la transparencia que aparece como muy conservadora.

Un hacker querría que Google que, en palabras de David de Ugarte, es la ley, hiciera público su algoritmo de la misma forma que Milton Freedman pretendía que el Banco Central, que también es la ley, siguiera reglas rigurosas relativas a la oferta monetaria y quizá constitucionalmente establecidas. Sin embargo lo que los hackers debieran saber es que Google no es algo separado del resto de la red de redes muy al contrario de un Banco Central que sí está separado del resto de los agentes económicos al menos en principio y según dicen sus defensores.

En mi opinión Google es un hacker más que, sin duda, quiere participar del negocio de posicionamiento que otros hackers puedan llevar a cabo manipulando el algoritmo que utiliza Google y que creen conocido y que, para ello, cambia inesperadamente ese algoritmo y deja descolocados a los expertos en posicionamiento. Lo que yo desearía es que un hacker liberal y pequeñoburgués demandara que Google se comporte como un hacker más cuya estrategia tengo que desvelar lo mismo que él -Google- tiene que conocer la mía como posicionador y que la competencia entre Google y yo fuera como la que existe -digan lo que digan- entre un Banco Central, que no sigue reglas sino que pretende desorientarnos a favor de los intereses que realmente persigue, y los demás agentes económicos.

El pequeñoburgués no cree en las proclamas de neutralidad que sólo benefician a los grandes burgueses y sabe por experiencia de generaciones que no se puede fiar de nadie, ni siguiera de normas constitucionales. Este último comentario sin embargo me lleva a considerar las oportunidades que se abren para la colaboración entre hackers y pequeñoburgueses.

Creo que el interés en que Google mantenga un algoritmo estable evidencia el deseo, muy pequeño burgués como tal deseo, de tener un punto de apoyo firme desde el que desplegar, o en el que apoyar, las propias estrategias. Este interés muestra el posible agotamiento de los peligros que he mencionado. Yo veo hoy a los hackers como necesitados de dejar vivir para vivir, lo que, de ser cierto, los aburguesará de forma que unos trabajarán como asalariados tratando de reducir los costes de transformación de algunos sectores productivos, otros se instalarán como profesionales independientes dedicados a consultorías variopintas bien sobre política, lo que puede alterar las campañas electorales y hacer impredecibles los resultados, bien sobre posicionamiento aplicado al marketing, bien sobre programación específica para algún aparato concreto, y otros, finalmente, acabarán en la Universidad apoyando líneas nuevas como, dentro de la economía, la denominada economía experimental o la predicción del futuro mediante enormes encuestas on line. Todos ellos seguirán siendo linuxeros y como tales crearán lenguaje pero el que vayan a crear ya no será como el de Rimbaud sino como el más asentado del Baudelaire maduro con alguna excepción notable que como aquel enmudecerá y morirá joven.

Quiero concluir diciendo que a pesar de un previsible aburguesamiento, es posible que los hackers dejen una huella inolvidable; pero sólo si hoy ayudan a vencer a los neoconservadores. La batalla que tienen que ganar consiste en vencer limpiamente a Microsoft que hoy simboliza velis nolis a los neoconservadores.

No es ésta una empresa que esté realmente abierta pues se cierra a una competencia diversificada que le mantenga alerta. Prefiere, podríamos decir, la seguridad a la felicidad, o a la libertad o a la verdad. Desearía, quizá subconscientemente, diseñar el futuro de una vez por todas y para conseguir esto seguirá poniendo dificultades artificiales al desarrollo de Linux (como la de SCO o la de asociarse con AOL); es decir no dejará vivir porque sólo vive si a los demás les falta el oxígeno.

Linux representa todo lo contrario. Es el paradigma de la libertad y de esa diversidad que garantiza, hasta donde se puede, la verdad, sabe que el trabajo no tiene fin porque la variedad de las necesidades humanas es infinita y , finalmente, sólo vive si viven los demás. Me atrevo a afirmar retóricamente que si no gana Linux esta batalla, los neoconservadores habrán impuesto su poder. Pero para que gane Linux los hackers habrán tenido que aburguesarse para poder identificarse con los ciudadanos. Como siempre algo tiene que morir para que nazca algo nuevo. Y esto nuevo es nada menos que un mundo en el que la libertad, la igualdad y la fraternidad se harán compatibles y en el que los que quieren arreglar el mundo desde la autoridad no merecida revestida de poder ya no tendrán oportunidad alguna. Que así sea.