Desde mi sillón

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El fútbol en el cuerpo

No será sino la primera trampa de las muchas que tengo pensadas, pero será crucial, pues si la aceptas querrá decir que tú también tienes ganas de jugar.

Stanley Matthews«Au revoir, Espoire» había sido una manera muy poco afortunada de despedirme de Esperanza el día que acompañé al Decano a aquella primera merienda intelectual en la parte más occidental de la margen derecha. Ciertamente revelaba que ambos recordábamos una infancia ya lejana, pero al mismo tiempo avisaba de mi falta de respeto al poder cuando yo no era allí sino un pobre funcionario del Estado tratando de colaborar con la Universidad Pública en la tarea de levantar un poco de dinero que permitiera ir introduciendo el pensamiento abstracto en aquella sociedad tan rica desde el descubrimiento del mineral de hierro y sobre todo desde la primera guerra mundial. Ambos acontecimientos habían llevado concatenadamente a la formación de instituciones financieras que sabían cómo arreglárselas en aquel ambiente propio de la Ciudad y más tarde en todo el territorio que se llamaba nacional. Era en esas instituciones en las que trabajaban los maridos de estas mujeres que con niños todavía pequeños, y a pesar de toda la ayuda externa que quisieran, pensaban que su único papel imaginable estaba en casa, permitiéndose solo alguna pequeña expansión como esta mensual que les hacía sentirse un poco libres.

Pero no era solamente libertad en lo que pensaban las tardes de las meriendas intelectuales. Probablemente tenían sus sueños de independencia como los tiene todo el mundo sin distinción de género. Pero era algo más lo que buscaban, algo relacionado con el pensamiento abstracto, aunque no lo expresaban en ese lenguaje. Querían pasar algunas horas en otro mundo que no tuviera nada que ver con los chismorreos sobre las cenas de las «familias bien» que competían entre sí en lo que respecta no solo a la calidad de las viandas, sino además, y quizá sobre todo, con la forma en que estas eran servidas por el servicio especialmente domesticado para esta tarea, con su chaleco el mayordomo o con sus cofias y guantes blancos las doncellas, o por la calidad de la vajilla, de Sèvres a poder ser pero jamás de imitación, o por el resplandor de la cubertería de plata o la calidad de los licores exóticos con los que siempre se remataba una cena cuando la señora de la casa sugería pasar al salón.

Era en ese momento y nunca antes cuando era ya permitido, con un buen coñac los hombres o con un suave anisete las mujeres, comentar libremente los acontecimientos de la semana en la buena sociedad. Comenzaban con pequeñas y discretas risas femeninas respecto a algún desliz amatorio del que se hablaba en el club de moda y del que nadie confesaba su ignorancia y todos fingían estar al tanto pero no poder dejar de cumplir con el sano deber de la discreción. Esto era frustrante, pero era solo el prólogo de cuestiones menos triviales relacionadas con las fricciones de poder dentro de las organizaciones empresariales en las que trabajaban los maridos muy posiblemente envueltos en los asuntos del prólogo. Dentro de cada una había estirpes y no todas eran de la misma distinción o no todas habían amasado el mismo patrimonio. Ambas cosas, distinción y patrimonio, estaban estrechamente relacionados a la hora de opinar sobre noviazgos o conceder la mano de las herederas de estas familias tan poco numerosas como ricas.

Este asunto se tornaba especialmente enojoso e incluso áspero cuando envolvía no a dos familias de amos sino a una familia de capataces enriquecidos y otra de dueños que quizá estaban en el origen de la nueva riqueza adquirida justamente mediante el servicio fiel del capataz, con una ambición de nuevo cuño que resultaba extraña al amo pero en la que veía un buen porvenir. Este capataz debería ser integrado en el grupo de los elegidos, para lo cual era de todo punto imprescindible que él y su mujer supieran comportarse en público, desde luego reconociendo la pala de pescado o distinguiendo una langosta de un bogavante, pero sobre todo no desentonando en sus opiniones de todo tipo, desde lo que «se cuece en Madrid», hasta el descubrimiento de la modista más al día en la Ciudad, pasando desde luego por cuestiones de política o religión sobre las cuales o se tenía una opinión ortodoxa, es decir, suficientemente despreciativa de lo nuevo, o se habían perdido todas las oportunidades de ser invitado de nuevo por esa familia que ofrecía la cena de esta semana. De esta sociedad se hacían lenguas todas las otras familias que, por decirlo de alguna manera, seguían sintiéndose partícipes del Ensanche que se fue formando a partir de la derrota de los carlistas en el Sitio de la Ciudad, cuyos liberales habían vencido y reforzado así su vínculo con los mandamases de la capital del Estado de los que recibían las concesiones exclusivas que les habían enriquecido a principios de siglo y durante la primera conflagración que se llamó provincianamente mundial.

No te extrañará pues Esperanza que pensara en un primer momento que muy bien hubiera podido yo centrar mi próxima charla en esta historia de la Ciudad que tan bien reflejaba la aparente y superficial tranquilidad social y la tensa corriente de fondo que estaba ahí, aunque protegida de los oídos de los jóvenes, con el pretexto de no hablar de la guerra civil. Pero yo también soy hijo de las convenciones de nuestra Ciudad y pienso que estarás de acuerdo conmigo en haber eliminado de los posibles temas de conversación intelectual todo este guirigay que solo entendemos los mestizos de nacional y nacionalista o de capataz y proletario.

Para conversar del tema de mi próxima charla y para convencerte de que ganaras el concurso que ya había anunciado en mi primera asistencia a una de estas meriendas y que pretendía elegir a la señora que fuera a convertirse en mi ayudante, quedé contigo en el café en el que se reunían esos catedráticos de la Universidad Pública que sabían que las cosas estaban cambiando a la misma velocidad que se deterioraba la salud del dictador y trataban de colocarse en buena posición en una nueva sociedad en la que ellos, representantes del pensamiento abstracto, quizá tuvieran una oportunidad a la altura de sus expectativas. El lugar apropiado para estas reuniones hubiera sido sin duda aquella cafetería francesa que reunió a tantos intelectuales de la Ciudad cuando todavía se podía hablar sin esconderse. Pero este centro que todavía se recuerda con orgullo había desaparecido y en el que había quedado contigo me pareció el más apropiado para retomar un contacto ya perdido hace años y del que esperaba yo que guardaras algún recuerdo y que yo esperaba pudiera cimentar o quizá solo mantener a flote una nueva relación que ni yo mismo sabía a dónde quería que llegara.

En el fondo es como si no hubieran pasado tantos años desde aquella niñez ignorante de todo y este inicio de la madurez plena en la que tanto tú como yo nos encontramos, y que ambos reconocemos como inestable tanto en lo que se refiere a la sociedad en la que inevitablemente tenemos que vivir, como en lo que atañe a nuestras más intimas convicciones, esperanzas alcanzables y anhelos inconfesables. Creo haber visto en tus ojos este reflejo de la ansiedad en la que nos sumerge lo posible que se nos relata como imposible y desearía que tú lo hubieras detectado en mi mirada y mi sonrisa. Estoy muy nervioso, pues no estoy seguro de lo que quiero. Es posible que quede en mí cierto gusto por la infancia perdida. Sí, es posible, pero no creo que este sea el principal objetivo que me ha llevado a manipular la situación como para iniciar un contacto diferencial. Es también posible que realmente quiera yo ser un instrumento adecuado para contribuir al enraizamiento de la Universidad Pública como un centro de pensamiento y no solo de entrenamiento. Sí, quizá haya algo de esto, pues para un habitante de la Ciudad como yo, y por mucho tiempo que haya estado por esos mundos de Dios, sigue estando vigente la principal y secreta fractura social que me traspasa y quisiera comenzar a pertenecer a un nuevo mundo en el que profesores de otros lugares tengan algo que decir. E incluso es posible que, la falta total de frivolidad de la que presumo desde mi vuelta a casa no sea tan total y no persiga sino el más simple deseo: el añadir en algún momento una nueva pieza a esa colección secreta mía que como la de mariposas de Nabokov reúne intenciones científicas y un mero fetichismo sexual que no es difícil de diagnosticar.

No lo sé Esperanza, y todavía ignoro mucho más tus intenciones conscientes o inconscientes al aceptar esta reunión previa para perfilar la charla que me he comprometido a ofrecer durante una merienda que tendrá lugar en el salón, amplio y elegante, de vuestra casa, de ti y de tu marido, ese hombre seguramente honesto que ignora, al igual que tú, por qué trivialidad le odio. Te lo contaré algún día pero dudo de que me atreva en esta nuestra primera reunión. Tu marido representa la constatación de mi posición subordinada en la Ciudad. A pesar de que después de mi vuelta al Ensanche, seguimos viéndonos tú y yo casi todos los días camino de nuestros respectivos centros privados de estudios, finalmente tu familia te cambió de colegio a otro regentado por la misma orden de monjas pero localizado en una ubicación más cercana a este pequeño reino cerrado al que no teníamos alcance los que ni siquiera éramos capataces del Poder sino simples habitantes de una Ciudad que, a pesar de no ser ya invicta, seguía manteniendo el orgullo de ser capaz de admitir a todo el mundo. Ya no nos hablábamos todos los días, y los veranos, que podían haber sido utilizados para no perder el contacto, un deseo común que siempre he sospechado que ocultaba algo nada trivial, fueron desgraciadamente el comienzo de mi despegue. Desde los trece años hasta los veinte fui enviado con mi total aceptación al extranjero a aprender diferentes idiomas nada exóticos pero que me han resultado muy útiles no tanto para la vida profesional como para leer cosas prohibidas, una actividad que siempre he adorado por ser la prohibición menos peligrosa de romper, una confidencia ésta que lo que pretende es hacerte saber que no soy un valiente sino simplemente un tipo frívolo poco fiable.

Creo que es esto lo que te voy a contar esta tarde cuando nos encontremos solos por primera vez después de unos quince años. Que soy un frívolo incluso en mi especialidad académica, pero que hay algo en lo que he sido y sigo siendo totalmente fiable: el fútbol. En mi colegio este deporte era sagrado y mucho más importante que las matemáticas o la filosofía y yo diría que hasta que la misa diaria. Siempre he sido un tipo veloz y de verdad que no he conocido un extremo derecha más hábil. Mi fama se difundió por la Ciudad y los padres de los jugadores de los equipos contrarios empezaron a acudir a los partidos de los domingos entre los equipos de diferentes colegios para observarme. Siempre ganábamos y yo nunca dejé de marcar. Hasta que un día nos tocó jugar contra el equipo de un nuevo colegio ubicado en esa parte de la margen derecha donde hoy está tu casa y donde ya vivías en la de tus padres cuando yo hacía lo imposible por coincidir contigo después de constatar en la playa cómo te desarrollabas año tras año, verano tras verano. A pesar de mi esfuerzo y de que yo conseguí marcar fuimos humillados con una derrota demasiado abultada. La culpa fue no solo de nuestro exceso de confianza sino sobre todo de un portero que paró todos nuestros disparos a puerta menos los dos golitos que yo le colé. Debes saber Esperanza que aquel portero es hoy tu marido y que no he visto nunca en liga alguna otro portero mejor.

Ya llegará el momento de hablarte de todo esto, pero creo que esta primera vez me voy a limitar a darte detalles del concurso que pienso hacer en tu casa para elegir mi ayudante para todos las demás meriendas del curso. Esto lo tengo muy bien pensado y espero que aceptes las claves que te voy a dar para que resultes la ganadora. No será sino la primera trampa de las muchas que tengo pensadas, pero será crucial, pues si la aceptas querrá decir que tú también tienes ganas de jugar. Si lo haces con un cierto entusiasmo me despediré hoy a las puertas de este café intelectual contándote, como si fuera una clave secreta, lo que dijo un padre al terminar ese partido humillante para mí, para mis compañeros y para todos los del Ensanche: «este chico tiene el fútbol en el cuerpo».

«El fútbol en el cuerpo» recibió 4 desde que se publicó el martes 29 de julio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Juan Urrutia dice:

    Gracias David, me viene muy bien un poco de ánimo para continuar con el esfuerzo de ponerme a escribir sin saber a dónde va todo.

  2. Juan Urrutia dice:

    Uy! Eso me suena a deberes a un niño zangolotino impuestos por su mentor

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