John Kay y a Martin Wolf simultáneamente aunque, en general, no se puedan conectar ambas columnas, es un placer que solo alcanza su clímax cuando esas páginas de color inconfundible de salmón escocés son manoseadas sin límite." /> John Kay y a Martin Wolf simultáneamente aunque, en general, no se puedan conectar ambas columnas, es un placer que solo alcanza su clímax cuando esas páginas de color inconfundible de salmón escocés son manoseadas sin límite." /> John Kay y a Martin Wolf simultáneamente aunque, en general, no se puedan conectar ambas columnas, es un placer que solo alcanza su clímax cuando esas páginas de color inconfundible de salmón escocés son manoseadas sin límite.">

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El FT de los miércoles

Soy un antiguo que quiere ser moderno. Leo on line todo lo que puedo, pero los miércoles no perdono el FT en papel. Leer a John Kay y a Martin Wolf simultáneamente aunque, en general, no se puedan conectar ambas columnas, es un placer que solo alcanza su clímax cuando esas páginas de color inconfundible de salmón escocés son manoseadas sin límite.

Soy un antiguo que quiere ser moderno. Leo on line todo lo que puedo, pero los miércoles no perdono el FT en papel. Leer a John Kay y a Martin Wolf simultáneamente aunque, en general, no se puedan conectar ambas columnas, es un placer que solo alcanza su clímax cuando esas páginas de color inconfundible de salmón escocés son manoseadas sin límite.Curiosamente ayer miércoles 12 de septiembre ambos vuelven a coincidir después de unas vacaciones descoordinadas y esta vez sí creo que puedo poner ambas columnas en una cierta relación. Veamos

John Kay nos hace ver con su habilidad habitual que eso de establecer objetivos inteligentemente complejos en la regulación en general y específicamente en la regulación bancaria puede no ser una política inteligente. Se refiere a la intervención de Andrew Haldane en Jakson Hole y lo trata de explicar como parte de la llamada ley de Goodhart que explica que un objetivo complicado, como serían las medidas de Basilea para establecer el capital necesario para un banco ponderado por el riesgo de los activos que mantiene en su cartera y medido por el mismo banco, pierde su presunta inteligencia porque, argumento conocido, el mero conocimiento del objetivo modifica los incentivos de los agentes para saltarse el objetivo regulatorio. Recuerdo que escribí sobre esto internamente cuando servía en el consejo de un gran banco y comenzó a ponerse en marcha el sistema de Basilea.

¿Y qué nos cuenta Martin Wolf? En el contexto de sus comentarios sobre las declaraciones de Draghi y de las probables condiciones para la compra de bonos en el mercado secundario por parte del BCE nos hace ver que incluso un objetivo regulatorio simple puede ser nocivo. Nos convence de que si se pone un límite concreto a la cantidad a comprar, en casos extremos los incentivos trabajan a favor de la actuación poco responsable de los países porque ellos piensan que, llegados al límite, el BCE decidirá seguir comprando dadas las consecuencias de no hacerlo. Un ejemplo de la ley de Goodhart que aplica a un objetivo bien sencillo.

Concluyo que fijar objetivos no solo es inútil sino quizá nocivo. Esta es una discusión antigua que nos lleva a un punto límite curioso. Mejor la discreción incluso en política monetaria. Pero esa discreción es a su vez peligrosa si existe la posibilidad de captura del regulador, una pesadilla. Este dilema va en contra de la formación de grandes áreas económicas y nos invita a pensar en las dificultades de la formación de Europa en materia de regulación, por ejemplo, bancaria.

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  2. […] leo, entre otros, a John Kay a cuya columna semanal me he referido muchas veces (como por ejemplo aquí y aquí). El miércoles de la semana pasada su columna se titulaba “Economists: there is no […]

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