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¿El Eterno Retorno? o ¿El Eterno Presente?

Pero visto así el eterno retorno se podría llamar el eterno presente y en lugar de alabar al filósofo de Sils María por tener un pensamiento dinámico, como hace Savater, podíamos muy bien reconocer en él un practicante del análisis estático que culmina con la idea del Eterno Presente.

semaforoHace muchos años, 30 exactamente, me permití enmendarle la plana a Fernando Savater en relación a un punto de su libro sobre Nietzsche (contenido hoy en este compendio) que había aprecido mientras yo redactaba mi Economía Neoclásica frente a un ventanal que daba al Abra que, aunque no pueda competir con la Concha donostiarra es lo mejor que tenemos los bilbaínos. Recuerdo vagamente que en el último capítulo de aquel libro mío iba más allá de lo que los capítulos anteriores permitían para defender que toda teoría económica respetable tenía que considerar el fenómeno a explicar como un punto de silla en un espacio determinado. Ahí está la clave, en lo del espacio determinado. Si lo que se pretende explicar es un fenómeno dinámico, como una trayectoria determinada por ejemplo, entonces el espacio adecuado para la explicación que buscamos es el compuesto por todas las trayectorias posibles que componen ese espacio sobre el que podemos definir una aplicación sobre sí mismo que, en ciertas condiciones, tendrá un punto fijo (es decir una trayectoria fija) que contiene la explicación.

Parece entonces que no es difícil aceptar que el eterno retorno nietzschiano es una de esas trayectorias de equilibrio. Pero visto así el eterno retorno se podría llamar el eterno presente y en lugar de alabar al filósofo de Sils María por tener un pensamiento dinámico, como hace Savater, podíamos muy bien reconocer en él un practicante del análisis estático que culmina con la idea del Eterno Presente.

¿Qué a qué viene esta disquisición quizá incomprensible? Pues al hecho de que el recuerdo me vino a la cabeza mientras un día cualquiera de este precioso comienzo de otoño paseaba por Madrid cumpliendo las órdenes médicas contenidas en el librito del infartado. El cuerpo me pide caminar siempre descendiendo, siempre hacia abajo del Paseo de la Castellana o de su continuación, ese rió de Madrid con un desnivel nada despreciable y con márgenes escarpadas. En algún momento tuve alucinaciones sobre la posibilidad de caminar toda una vida cuesta abajo sin ascender nunca hasta que me di cuenta que ni siquiera si hubiera nacido en la punta de Everest habría podido caminar cinco kilómetros diarios bajando siempre. Así que ahora en esto, como en otras muchas cosas, me he convertido en un posibilista repugnante y cada día paseo siguiendo la sombra que proyectan los edificios de una u otra margen y minimizando la espera en los semáforos tomando por donde primero luce el verde cuesta abajo a poder ser para lo que no tengo más remedio que, de vez en cuando, tomar las escarpadas cuestas correspondientes a los cauces de los viejos afluentes de una y otra margen.

Pensaba yo que el truco de la sombra y los semáforos me acercarían a la realización del Eterno Presente o del Eterno Retorno, pero me he dado cuenta que las ideas matemáticas nunca reflejan la rugosa realidad. Mi camino diario nunca es igual. La sombra varía incuso si yo me mantengo terco en el mismo horario debido a cuestiones astronómicas y los semáforos no mantienen una cadencia idéntica de sus guiños pues son manipulados por algún funcionario municipal con la tonta manía de adaptarse a los cambios de dirección y ritmo del tráfico rodado. Además cada día tiene su sorpresa como puede ser un nuevo saltimbanqui en un semáforo habitual o la inesperada y amenazante caída de una enorme rama de un viejo tilo en la margen izquierda. No puedo pararme para cumplir con el presunto deber cívico de avisar al ayuntamiento y continúo con lo que creo que es exactamente el mismo paseo de todos los días, pero que resulta ser lo más parecido a un random walk.

Es cierto que día a día el paseo higiénico parece ser el mismo y me da pie a volver sobre la idea del Eterno Presente pero es más cierto que varía imperceptiblemente revelando lo inapropiado de mi interpretación estática de cualquier trayectoria de equilibrio incluyendo el Eterno Retorno. Que mi vida orgánica y perecedera contradiga mis ideas brillantes e imperecederas, como aquella de que lo más meritorio de Nietzsche era su pensamiento estático, me irrita sobremanera, aunque por otro lado siento como una liberación que me va a permitir a partir de ahora toda clase de desmanes ciudadanos.

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