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El Equus de hoy

Es ya hora de redefinir la normalidad en el mundo de la política y de evitar la condena de cualquiera que no comulgue de lleno con los lugares comunes.

equus
No aparecen en cualquier guía de la semana de Madrid y, sin embargo, las mejores producciones de teatro que he tenido ocasión de disfrutar en los últimos tiempos han tenido lugar en algunas de esas salas a menudo ignoradas. Concretamente Arte y Desmayo me ha dado no pocas alegrías y me ha devuelto la fe en el teatro como género merecedor de aprecio y de dedicación. Hace pocos días acudí a esta sala de Carabanchel a ver y escuchar la reposición después de muchos años de Equus, obra de Peter Shaffer que había desaparecido de mi memoria y que ahora vuelve a esta sala aparentemente marginal en un momento inmportante para mí.

No voy a extenderme en elogios sobre las virtudes de la puesta en escena y la habilidad de los actores y actrices. No es esa hoy mi intención en esta tarde de domingo. Lo que desearía es ser capaz de comunicar es que me abrieron los ojos hacia la necesidad de reconocer el deseo de galopar de cualquira de nosotros más allá de la exigencia de normalidad que parece que se nos exige en cualquier ámbito.

Y cuando yo hablo de galopar no me estoy refiriendo al rasgo de caracter del jóven personaje central que padece una especie de desviación sexual hacia el género equino que le lleva, empujado por sus padres ante un psicoanalista que se ve a sí mismo, con cierta tristeza, como alguien encargado por la sociedad a llevar por el camino de la normalidad a aquellas personas que se desvían por senderos desconocidos.Me estoy refiriendo más bien a ese deseo ireprimible de libertad y de autenticidad que, con palabras de Alberti, expresaba Paco Ibañez en aquellos tiempos de emoción política: «a galopar, a galopar hasta enterrarlos en el mar…».

Desde luego no puedo obviar la crítica al psicoanálisis allá por el comienzo de los años 70 coincidiendo con otro tipo de terapias menos freudianas, más relacionadas con lo zen y más acordes con las formas americanas del deseo de libertad que explotó en el 68 y acudió para expresarse a la terapia de la Gestalt de Fritz Pearls y vivía en lugares como el Instituto Esalen de Big Sur. Pero no es por estos caminos tan queridos para mí por donde me lleva hoy mi deseo de expresarme. Este deseo me conduce justamente por el terreno que el espectador puede leer en la presentación de la obra:

Todo lo que «Equus» tiene que contarnos ha multiplicado sus significados en todo este tiempo. Ahora hemos perdido un poco en libertad individual, qué es lo que nos permitimos hacer, hasta qué punto somos libres para decidir, cómo es esto de ser políticamente correctos, qué debe ser un código de conducta… Todo ello nos pone a un nivel en el que nos vemos obligados a buscar constantemente la línea roja infranqueable…. Nos encontramos pues en un mundo en el que no se prohibe nada, pero en el que reina la «autocensura». De ahí que con este montaje busquen una pregunta con la que los espectadores se vayan a sus casa: ¿Es lo normal lo que nos interesa?

Y es justamente a esta pregunta a la que me gustaría dar mi respuesta en este post con un a rotunda negativa. No, no es la normalidad lo que nos interesa. Lo que hace años que trato de entender es la calidad de punto de silla de todo lo interesante y también desde luego el equilibrio entre la brutalidad individual y la normalidad social. Es hora de reflexionar en serio sobre las tendencias brutales del nazi o del stalinista que anidan en todos nosotros y sobre la forma de frenarlas inteligentemente más allá de su condena constante o de la referencia acrítica sobre el populismo como el ogro que nos desvía de la única senda por donde puede ir la civilización. Es ya hora de redefinir la normalidad en el mundo de la política y de evitar la condena de cualquiera que no comulgue de lleno con los lugares comunes.

«El Equus de hoy» recibió 4 desde que se publicó el Domingo 28 de Febrero de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. @juan Este post me llega en un momento estupendo para que lo saque a colación en el mio que estoy terminando.

  2. @juan Como ejemplo de alguien que es parte de algo que no concuerda con ciertos lugares comunes del consenso español (rechazo del mercado, antisemitismo, desconfianza de lo comunitario) no puedo sino sentirme vindicado por ese reclamo de normalización de la diversidad.

    En cambio, como vamos descubriendo que las radicalizaciones del mainstream no hacen más que reproducir aumentadas los peligros de deriva totalitaria de ese mainstream hasta el punto del peligro físico y económico https://lasindias.com/carta-a-la-excma-sra-alcaldesa-de-gijon no puedo sino sentirme también un poco contrariado por la propuesta, porque en el contexto español actual, de hacerse común ese discurso, seguramente en vez de legitimar más diversidad legitimaría la reducción violenta de esa diversidad a favor de un «consenso obligatorio» en algunas de sus facetas más reaccionarias.

    Esta semana comenzamos a intentar conseguir la cesión de un local público para la exposición sobre el kibutz. Te contaré si los beneficiarios probables de la legitimación política de mayor diversidad juegan o no a una mayor diversidad.

  3. @juan por aclarar un poco más: lo que mociones aprobadas como las de Gijón dicen es que los ayuntamientos no prestarán servicios ni espacios ni ningún tipo de ayuda a colectivos, empresas y ciudadanos que tengan relaciones sociales o comerciales en Israel. Es decir, el «nuevo consenso» tan pronto se hace con una mayoría lo primero que aprueba es la exclusión de los derechos ciudadanos frente al estado de una parte de la ciudadanía. Aceptar la diversidad en este caso lleva a… menos diversidad.

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