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El dueño de los timbales

Continuo con el primer párrafo de la gran novela de Bilbao que presentaba ayer

…….y tiritan de miedo dos naufragos.

Sus ventanas daban al sureste de la plaza, con un colegio de chavales vací­o a la hora de comer y con un restaurante lleno de pobres hombres orgullosos de verse como la España que trabaja y que solo son funcionarios al dictado del Boletí­n oficial. Pero no hubo ocasión de discutir donde pasar la noche, cojimos nuestros bártulos y nos largamos a su casa, a la que habí­a sido de sus padres, y antes de su abuelo, y que ella heredó de aquellos y en donde habí­a vivido todos sus recuerdos bajo la tutela de este abuelo todaví­a firme y con camisa blanca impecable que no dejó traslucir su desencanto por nuestra deserción. Pero yo sabí­a que no habí­a opción. Mañana después del concierto todo volverí­a a una normalidad relativa. Solo relativa porque al dí­a siguente ella volverí­a por nuestros pasos, aunque solo hasta Munich y yo saldrí­a para Madrid camino de California. Esta separación que creí­amos entonces temporal y que nunca llegó a ser total aunque sí­ muy puntuada por largas temporadas de alejamiento, en muchos sentidos, podí­a muy bien haberse iniciado en mi habitación con vistas al parque o en ese salón de etéreas huellas de presencias pretéritas. Pero esta noche tení­a que ocurrir, no transcurrir, no deslizarse, no pasar plácidamente entre entre el sueño y el placer y el amparo, tení­a que ocurrir, como un acontecimiento fundante, en esa habitación frí­a, cursi y desangelada que habí­a sido de sus padres y que ocupaba toda la segunda planta de una casita de obreros pegada a otras que, a su vez, acariciaban otras que conformaban un barrio de una sola calle más pendiente que la subida al Mí¶nchberg al que tantas veces habí­amos trepado sin aparente esfuerzo, enfrascados en una conversación alegre y lenta. Pero ni flores ni hierba en esta casa del Barrio Obrero de la Ciudad. Solo una calle en cuesta, estructurada en peldaños, casa por peldaño, con aceras estrechas y una calzada con rozas a los lados por donde se despeña un torrente en cuanto caen dos gotas.

Continuará…

«El dueño de los timbales» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 14 de Diciembre de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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