Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

El dolor del capataz

Ahora pasados los años creo que comienzo a entender que de esa tensión nace ese espíritu revolucionario mío, más bien solo teórico y con un pequeño toque anarquista, que me llevó a estudiar por el mero deseo de entender más allá de lo que se llevaba entre los de mi clase y a hacerlo fuera de la Ciudad (aunque no donde lo había hecho mi silencioso progenitor rescatador de barcos en apuros) a fin de huir de esa tensión castrante que humedecía cada día de nuestra vida cotidiana.

Elizabeth BowenNunca tendrás ni idea del dolor de un capataz, porque, por un lado, tú no lo has sido nunca, y porque, por otro lado, es un dolor que no se puede comparar con ningún otro dolor ni físico ni psíquico. No se trata de que el reuma sea más intenso en casas menos cuidadas que las de los dueños, ni tampoco de que el capataz lleve prendida como una estrella inmaterial que no le permita llevar la cabeza alta. Se trata más bien de que debe inclinar la cabeza ante los dueños, y no por ningún imperativo legal, sino como una especie de reflejo inevitable, pero al mismo tiempo doblemente humillante. Muy a menudo el dueño no da la talla, pero hay que seguir sus órdenes en cualquier ámbito, incluso más allá de aquel en el que se juega el poder que da la riqueza.

Puedes ser más guapa y tener mejor gusto que la hija del dueño, pero deberás lucirte menos a la entrada de la fiesta en la que has sido invitada por primera vez y que tiene lugar en un club privado de esos a los que pertenecen tus padres, y en los que los míos no osarían pedir la admisión para no pasar por la posible humillación de la bola negra. Y no hay quien no se quite el sombrero al paso de tu madre, mientras que la mía sufre los feos inconscientes de quienes se cruzan con ella a la entrada de una función de ópera y comentan en voz demasiado alta que…

…no hay nadie conocido.

Sin embargo, también ocurre que el dueño no tiene más remedio que recibir en su despacho al capataz, que es el que sabe cómo arreglar el desaguisado que sea, desde un error contable a un retraso en un aprovisionamiento que puede acarrear la demora en una entrega. O incluso que sea el mismísimo dueño el que acude al despacho profesional de un capataz menos obvio para recabar sus servicios profesionales, como pueden ser los de un agente de bolsa o los de un abogado administrativista que puede sacar al dueño de un embrollo con una agencia pública. Este tipo de capataz es muy curioso y tampoco lo conoces, pues eres hija de dueño. A veces tu padre puede pararse por la calle con ese capataz aunque, las ocasiones son contadas: La salida de misa, esa ópera en la que «no hay nadie conocido», a pesar de que está ahí el notario con su esposa a la que el dueño saluda con calor fingido mientras su mujer mira para otro lado.

Pero el peor de todos los capataces, quiero decir el que peor lo pasa, es el que forma parte del funcionariado docente, que es justamente mi caso, así como el de mi padre era el del técnico necesario. Yo, por contra, no soluciono nada relacionado con la fuente de riqueza del dueño. Lo único que hacemos yo y mis colegas es «desasnar» al hijo de ese dueño o a su hija, como fue tu caso y que no querías admitir, pues no pensabas que ibas a necesitar para nada ni matemáticas ni lengua para dar hijos a un hijo de otro dueño de los que sí entraba en el club privado desde hace tres o cuatro generaciones. No pertenecemos pues ni a los técnicos necesarios ni a los agentes necesarios para la vida cotidiana en la que el Derecho debe respetarse. Y en consecuencia, no tenemos más remedio que sustituir el amago de aprecio por parte del poder por nuestro evidente desprecio por su estulticia general por mucho que sepan acercarse al poder político.

¿Te acuerdas cuando hacíamos por encontrarnos camino del colegio en el final de nuestra adolescencia? Aunque no hubiéramos podido expresar nada de esto que ahora te cuento, pues este conocimiento exige experiencia, sentíamos que tu caso era distinto del mío. Yo, por mucho que te hiciera saber que nuestra casa estaba en el centro de la Ciudad, día tras día cruzaba la ría para acercarme a esa margen derecha en donde tú vivías y de la que, por razones que desconocía entonces y sigo sin conocer ahora, te alejabas para ir al colegio. Ya me lo contarás, pero de momento no tengo más remedio, si quiero seguir respirando, que dejar una salida a esta alimaña que anida en mí y que, lo quiera o no, me rasga jirones del alma.

No podía entender cómo era posible que nuestro toldo de playa estuviera en un lugar más elegante que el de tu familia. El nuestro estaba más centrado y eso nos permitía a mis hermanas y a mí, siempre acompañadas de la señorita Carmen, alcanzar antes las escaleras que había que escalar para volver a la casa de veraneantes que ocupábamos, mientras que tu toldo estaba localizado justamente delante de tu casa, un chalet que daba a la playa y te permitía alcanzarla sin esfuerzo alguno. Cuando en nuestros paseos infantiles coincidíamos al mismo tiempo en el hotel playero más elegante para pedir un vaso de agua que nunca nos fue negado, se mezclaban ahí ejes que nos desconcertaron durante años. Bien es verdad que parecía como si mi presencia estuviera explicada por la posición de mi toldo y que tu fueras una intrusa, muy bienvenida por cierto. Pero por el otro lado nunca entendí ni que mis padres jamás se mancharan de arena los zapatos, pues nunca tocaron la playa y, lo que aun me parecía más raro, que cada vez que se acercaban al paseo que bordeaba la playa nunca recalaran en ese hotel más elegante y sí lo hicieran en el otro más barato y con una concurrencia menos luminosa.

El primer hotel tenía un nombre en castellano que hacía referencia al tipo de árbol que florecía en toda la costa, y el segundo exhibía un nombre en euskera que mucho más tarde supe que hacía referencia a los baños o a la salud y que más que un hotel era una especie de balneario barato. Sin esfuerzo aparente, algunos de los bañistas y sus familias se autoseleccionaban ubicándose según estas líneas herederas de un cierto aspecto de la guerra. Los nacionales la habían ganado y los nacionalistas la habían perdido. Los primeros eran dueños o herederos de dueños, y los segundos no eran sino capataces de una u otra de las clases de las que te he hablado. Puedes imaginarte el sufrimiento desgarrador de mi madre que, según ella misma decía, los suyos habían ganado la guerra, pero que estaba casada con un perdedor de esa contienda que, aunque por edad, no estuvo en el frente, nunca se doblegaría ni ayudaría a prosperar socialmente a ella ni a sus hijos.

Ahora, pasados los años, creo que comienzo a entender que de esa tensión nace ese espíritu revolucionario mío, más bien solo teórico y con un pequeño toque anarquista, que me llevó a estudiar por el mero deseo de entender más allá de lo que se llevaba entre los de mi clase y a hacerlo fuera de la Ciudad (aunque no donde lo había hecho mi silencioso progenitor rescatador de barcos en apuros), a fin de huir de esa tensión castrante que humedecía cada día de nuestra vida cotidiana. Mi hermana mayor siguió la senda que dibujaba mi madre e hizo lo que se llamaba una buena boda con alguien que no podía ser identificado como de un lado o del otro. Mi segunda hermana optó por las misiones como vía de escape, tomando así los hábitos de otro tipo de capataz que no creo que nos interese ni a tí ni a mí. Y yo pensé que mi camino era reivindicar a mi padre, convirtiéndome en un nacionalista al que no tendrían más remedio que respetar por su evidente superioridad intelectual en el campo de la economía, algo que ya entonces comenzaba a perfilarse como algo no tan tonto como la contabilidad aunque no tan serio como la ingeniería, la sabiduría fetén, esta última, de una Ciudad completamente ajena al pensamiento abstracto por mucha cara de interés que pusieran al escuchar algunas epístolas de San Pablo o en sermones que hacían referencia a Las Confesiones de San Agustín. Lo que esto pudiera tener de intelectual estaba superado por lo que tenía de fe en un dios en el que creían nacionales y nacionalistas, pero que no contaba para los verdaderos perdedores cuyos descendientes comenzaban ya para estos años a dejarse ver y en cuyo entorno nos reencontramos tú y yo después de muchos años y nos saludamos como con reparo, tú como mujer bien casada con un dueño, y yo, también casado, como ejemplar nuevo de una clase de capataces de los que no se podía saber lo que esperar por parte de unos y de otros. Éramos raros y eso era todavía peligroso, pero parecíamos saber cosas de esas que comenzaban a llegar desde el otro lado del charco y que ya no hacían referencia la guerra de Corea sino a la de Vietnam.

Como ya te conté a raíz de nuestro extraño reencuentro yo había comenzado con mal pie mi «carrera» de capataz académico, pues un bedel propagó la idea de que yo daba clases sentado sobre la mesa y que ponía exámenes en los que se podía utilizar el libro de texto que, mira por donde, no era el recopilatorio de años de repetir lo mismo, sino un libro de texto americano recién traducido al castellano por otro capataz de otra Ciudad menos próspera y aparentemente más necesitada de ideas a falta de riqueza.

Es esta imagen la que, en un lugar pequeño como nuestra Ciudad, se propagó rápidamente y, curiosamente me llevó al último lugar que yo habría esperado, a las reuniones de un café en donde los menos viejos de los viejos disfrutaban de una cierta libertad de reunión y de opinión y en donde pescaban personas como tú y sus amigas, quienes, sin el permiso siquiera implícito de sus maridos, escogían para sus veladas intelectuales personajes dulcemente díscolos. Nadie como un Decano de una facultad de Empresariales de una Universidad Pública para ser invitado, en una acción aparentemente liberal, a una merienda en el amplio salón de un chalet de la parte más nueva de la margen derecha, en la que el Decano desafiaba el ascendiente intelectual del ausente marido explicando las dificultades que la crisis del petróleo podía acarrear para algunas empresas especializadas en producciones intensivas en el uso de ese precioso líquido.

Yo acompañé al Decano en una de estas incursiones y me encontré justamente contigo, que oficiabas no solo como señora de la casa sino también como aparente líder en la persecución de la libertad de pensamiento que esas señoras perseguían disfrazando así su incipiente hartura de unos matrimonios que ya casi habían cumplido con su misión histórica de perpetuar la casta de dueños que conformaban sus maridos. En esta primera ocasión, y de hecho, durante el par de años que duraron estos tés mensuales, nunca tuvimos ocasión de ver a los hijos todavía pequeños de estas señoras aparentemente liberadas en su pensamiento de las ideas antiguas en las que habían sido educadas. Pienso que tú y yo, a pesar de que habían pasado ya cerca de 25 años desde que nos buscábamos camino del colegio, nos reconocimos desde el primero de esos tés a los que acudí, pero a mí no me correspondía iniciar una familiaridad que hubiera desentonado entre mis colegas que acudían con rencor a los dominios de los dueños y a ti te hubiera restado autoridad en tu bandada de pájaros tristemente locos.

Los temas a tratar eran muy dispares, tal como correspondía a la curiosidad sin límites de este grupo de señoras, que ya con un par de hijos pequeños se podían permitir la ayuda de un servicio que les liberaba del cuidado de esos pequeñines durante toda la tarde. Y un día, como recordarás, me tocó a mí oficiar de capataz intelectual que debía haceros comprender el principio en el que se basaba el libre comercio. Y aquí comenzó nuestra aventura inesperada que un día de viento sur de principios de verano de dos años más adelante cambió el rumbo de mi vida.

«El dolor del capataz» recibió 0 desde que se publicó el domingo 29 de junio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.