Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

¿El declive del Imperio Americano?

Publicado en Expansión, martes 1 de marzo de 2005

Aprovechando la reciente gira europea del presidente Bush, me gustaría referirme a las vicisitudes del imperio americano que, como todo imperio, trata de usar su poder para financiar sus caprichos.

Tal como nos contaba César Molinas en una sesión reciente del Consejo Editorial de Expansión y Actualidad Económica celebrada en Barcelona, hay una diferencia significativa entre los imperios de Roma o de España y el actual imperio americano. Los primeros conseguían financiación mediante los impuestos que gravaban a sus colonias, provincias exteriores o territorios de ultramar. El imperio estadounidense no tiene colonias de ningún tipo ni puede cargar impuesto alguno fuera de sus fronteras. Sin embargo se aprovecha de la demanda de activos denominados en USA$ (por parte del público y de los Bancos Centrales, así como por parte de quienes necesitan esa divisa para poder comprar en mercados organizados de materias primas) para financiar, mediante el correspondiente superavit en la balanza de los flujos de capital, ese déficit de una balanza comercial que pone de manifiesto una falta de ahorro por parte tanto de las economías domésticas como de las empresas y, sobretodo, del sector público que acarrea un déficit presupuestario apreciable.

Es este exceso de consumo lo que constituye el capricho americano equivalente al circo romano o al monasterio del Escorial. Repasemos el origen y aventuremos el destino de esta situación.

El origen del imperio americano no se encuentra en su indudable superioridad armamentística que no ha hecho sino aumentar desde el final de la segunda guerra mundial. Ese origen debe ser localizado más bien en la decisión de Nixon de acabar con la convertibilidad del USA$ en oro. La potencia que la economía estadounidense fue adquiriendo, hizo del USA$ el único medio de pago fiduciario realmente universal y luego vino Reagan.

En el año 1980 asumió su primer mandato con gran fe en la curva de (su amigo) Laffer y lo inauguró con la decisión inquebrantable de bajar los impuestos. El evangelio del momento era que esa bajada de impuestos, junto con la desregulación paulatina de muchos sectores, acabaría generando tal rebrote en la actividad que los mismísimos ingresos fiscales serían mayores ahora a pesar del descenso en los tipos impositivos. Es posible que este evangelio hubiera funcionado, pero la “guerra de las galaxias” generó unos gastos brutales que trajeron consigo, además de la implosión del bloque soviético, un déficit presupuestario que, al reducir el ahorro nacional, exigía una depreciación del USA$ para compensarlo con un superavit comercial.

En la reunión del hotel Plaza de París se puso orden en la parrilla de tipos de cambio y no pasó nada dramático; pero retengamos que el problema surgió como consecuencia de un gran gasto militar encaminado a garantizar la seguridad del pueblo americano y sigamos con la historia.

Dejando aparte la “lectura de cambios” que Bush padre nos pedía para que creyéramos en sus intenciones de no subir los impuestos, continuemos recordando que la Nueva Economía puso viento en las velas de la actividad en la época de Clinton, la balanza de pagos no produjo ningún sobresalto y el presupuesto, incluso con los tipos impositivos reducidos por Reagan, y a pesar de los gastos de la primera guerra del Golfo, llegó a exhibir un superavit que hubiera sido suficiente para que Al Gore se paseara orgullosamente por las Autopistas de la Información de las que era un ferviente propagandista.

Pero, héteme aquí que el presidente 43 llegó al poder y los tipos impositivos volvieron a bajar en contra de la opinión de una larga lista de reputados economistas académicos. No había en aquel momento ninguna razón para pensar que los gastos militares fueran a crecer. Sin embargo los atentados del 11 S hicieron de ese crecimiento una prioridad contra la que nadie podía a la sazón tener el nervio crítico de oponerse. El nuevo argumento justificativo del déficit presupuestario fue y es el de “rendir por hambre a la bestia“. Es decir, la manera de propiciar una reducción del gasto -“la bestia“- pasa por el temor sagrado que proporcionaría un déficit desbocado.

No funcionó durante el primer mandato de George W. Bush y no sabemos cómo se va desenvolver su segundo mandato en ese terreno; pero el argumento no parece muy creíble ya que las “las bestias” no son ni perceptivas ni acomodaticias y anuncia, en todo caso, el peligro del declive.

Y así llegamos a la última reunión del G-7 en la que, sin mucha fe, se intentó arreglar las cosas. Sería conveniente que China y Japón revaluaran voluntariamente el yuan y el yen respectivamente siguiendo así la senda por la que el libre mercado ha conducido al euro. Esto ayudaría sin duda a reducir el tamaño del déficit comercial americano, exigiría una menor compra de activos denominados en dólares y devaluaría el USA$ entrando así, se esperaría, en un círculo virtuoso que acabaría conduciendo a nuevas paridades de equilibrio compatibles con una reducción del déficit comercial y coherentes con una menor necesidad de ahorro nacional para financiar el enorme déficit presupuestario.

La respuesta fue una simple negativa cortés y tanto los comentarios posteriores de Greenspan, en el sentido de que con la paridad actual el déficit comercial se podría ir reduciendo, como el supuestamente austero presupuesto 2005, en el que se vuelven a reducir impuestos, se aumentan los gastos militares y se reducen bastantes programas sociales (además de una cierta privatización del sistema de seguridad social) parecen insuficientes como para dar la vuelta a las expectativas y descartar la posibilidad de que el imperio americano vaya a ser privado de su poderosa arma monetaria.

El mundo académico parece compartir esta inquietud respecto a la deriva de los tipos de cambio y así, en un trabajo recientísimo (“The US current account and the dollar“, CEPR, 4888, febrero 2005), O. Blanchard, F. Giavazzi y F. Sa, usando un modelo simple de cartera concluyen, después de examinar diversos escenarios, que lo esperable es que el USA$ siga bajando respecto a las tres monedas citadas. Si esto fuera así no sería inconcebible que los Bancos Centrales se apresuraran a rebalancear sus reservas hacia el euro (como ya está haciendo China) lo que no haría sino profundizar la caída del USA$. Si el fin de la caída no se percibe con nitidez cabría que los contratos de materias primas, como el petróleo o la soja, se hicieran en euros lo que, a su vez, reforzaría el proceso y estaríamos a las puertas de un cambio en el sistema financiero mundial sólo comparable con el que produjo en su día la decisión que Nixon tomó en el 71.

Y quizá esto sería el principio del declive de un imperio como el americano que basa una buena parte de su poder en ser el dueño del medio de cambio universalmente aceptado. Es cierto que ese declive podría ser evitado gracias a los incrementos en productividad y al trabajo y la capacidad de sacrificio del admirable pueblo americano que podría llegar a armar una recuperación que, en cualquier caso, debería ser espectacular para evitar la caída del dólar. También puede ocurrir que un día de estos China y Japón cambien su actitud hacia un “OK, revaluemos un poco antes de que sea tarde” ya que quizá ocurra que, en el fondo, nadie quiere que el dólar deje de ser la moneda de referencia debido, como también dice César Molinas; a que, al fin y al cabo, los últimos años no han sido tan malos y tampoco hemos sufrido grandes sobresaltos.

Es difícil anunciar así, sin más argumentos que los expuestos, que el imperio americano puede comenzar su declive; parece un poco excéntrico y, desde luego presuntuoso. Pero es que mi inquietud no se basa sólo en argumentos académicos; sino en el temor a consecuencias insospechadas y, sobretodo, en el hecho de que, a pesar de la lección de la “guerra de las galaxias” que les he pedido que retengan en su memoria, no parece que se vaya a frenar un gasto militar que alcanza cifras más allá de cualquier necesidad real -incluso si admitimos las contingencias de Irán, Siria y Corea del Norte- y que se despliega aparentemente por el simple deseo neoconservador de activar una evangelización democrática que sería demasiado fácil equiparar a la evangelización religiosa de España en América hace 500 años; pero que nos puede resultar igualmente onerosa.

«¿El declive del Imperio Americano?» recibió 0 desde que se publicó el Martes 1 de Marzo de 2005 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.