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El curso en Santa Fe II

Este post está reescrito en honor de Alberto Lafuente, gran amigo, que decidió irde hace dos días. Para una revisión de algunos de sus muchas actividades verel post de hoy en El correo de Las Indias escrito por David de Ugarte.

santa fe institute
Si quiero ser veraz debo decir que el contacto con Juan Larrondo que comencé en Santa Fe y que he continuado durante años me interesó sobre todo por esas cosas generales pero nada comunes de las que he escrito en el capítulo anterior. Pero creo que para cumplir con el editor de esta novela debo tratar de resumir aquí algunas de las ideas que Juan desarrolló en Santa Fe a partir de aquellas con las que llegó allí. Creo que, en este sentido debería comenzar por aquello de lo que partíamos todos los economistas que estábamos allí y que un día Juan fue obligado a resumir como premisa para comenzar a derribarlo. Mi misión es complicada pues esas ideas eran completamente ortodoxas y habían alcanzado ya una formalización que las hacen muy poco adecuadas para una novela por muy distinta que ésta pretenda ser.Pero me temo que no tengo más remedio que expresarme de una forma que parece casi pedante.

Me basaré en el resumen de Juan que he mencionado. Comenzaba de la siguiente manera.

La economía es un sistema, complejo o no, en el que se mueven los seres humanos desde el comienzo de los tiempos y la Teoría Económica o Economía con mayúscula es un intento de entender la asignación de recursos entre esos agentes, ya sea para el consumo ya sea para la producción, a partir de una caracterización de esos seres humanos, incluida la racionalidad instrumental, y de una institución que se llama mercado.

A continuación Juan se vio obligado en beneficio de los compañeros legos en Economía a describir el corazón de este intento intelectual: el Sistema de Equilibrio General. Otra vez me oculto debajo de lo que dijo literalmente Juan: en este modelo central hay

un número muy grande de agentes individuales, dotados de cantidades finitas de un gran número de bienes, que intercambian en el mercado determinando un precio para cada mercancía en cada fecha y en cada posible estado de la naturaleza hasta llegar a una situación en la que no hay otra asignación posible unánimemente preferida. Los estudios sistemáticos de este modelo central constituyen la médula de la microeconomía y aquí los economistas han generado resultados muy potentes y muy útiles para la organización de una sociedad en la que quizá no tengamos siempre todos los mercados abiertos, en la que surgen nuevas instituciones para poder trasladar poder de compra entre fechas o entre estados de la naturaleza que reducen el riesgo o para poder servirse de bienes públicos que nadie quiere contribuir a sufragar. En estos estudios se ha avanzado mucho en generar ideas respecto a la regulación o a la lucha contra los monopolios; se ha relajado la hipótesis de la racionalidad instrumental y se ha comenzado a elaborar lo que se llama Behavioral Economics en la que la que se estudian todos estos temas en un contexto en la que los agentes individuales se mueven por motivos e incentivos bien entendidos por los psicólogos y que conforman una racionalidad menos estereotipada en la que cabe el altruismo e incluso la racionalidad expresiva (en la que uno no solo compra bacalao porque le gusta sino porque eso le identifica como bilbaino); se han entendido mucho mejor los mercados financieros, incluidos los de derivados raros, se ha elucubrado sobre la posibilidad de emergencia de burbujas y se han estudiado los mecanismos de gobernanza de la empresas etc.

Muchas de las areas que citaba Juan en aquel año forman ya parte de lo que se entendería como complejidad; pero lo que le interesaba a Juan y para lo que había venido a Santa Fe tenía que ver con la macroeconomía. Tal como él decía

Este modelo central básico es sin embargo lo suficientemente ambiguo como para no poder ser utilizado sin más para estudiar ciertos problemas como el paro, la inflación, las balanzas de pagos o los tipos de cambio. Estos problemas exigen la agregación de las variables micro en variables que al no ser muy numerosas pueden ser manejadas con relativa facilidad y nos permiten esperar ser capaces de recomendar medidas de política económica entendibles, implementables y sobre las que se puede discutir sin tener que estar en punta de la investigación teórica.

Juan quiso ser un poco más explícito en beneficio del lector y añadió cual parecía ser la tarea del macroeconomista

Tomemos el modelo central, agreguemos todos los agentes en uno solo y todas las empresas en una sola -perdiendo la menos información posible- y dejemos correr el modelo a lo largo del tiempo, con unas gotitas de aleatoriedad, observando su comportamiento que puede generar ciclos en el empleo o la inflación, períodos largos de aburrimiento y extrañas reacciones por parte de un país frente al comportamiento de otros.

Y continúo por mi parte tratando de poner al lector en situación. La Economía, como toda ciencia más o menos dura, suspira por la unidad y no es de extrañar que se haya hecho un esfuerzo enorme por unificar el modelo central o básico microeconómico y el modelo macroeconómico con el que nos manejamos para lidiar con los problemas mencionados y tomar medidas adecuadas de Política Económica. Ahora bien, esta unificación puede realizarse de dos formas alternativas. O bien comenzamos por el modelo central acompañado de un cierto rozamiento que hace que no todos los mercados estén en equilibrio en todo momento, o bien iniciamos nuestro trabajo a partir del modelo central puro y duro en el que todos los mercados posibles están siempre en equilibrio. En el primer caso podríamos permitirnos introducir problemas de falta de información y de formación de expectativas sobre el valor de ciertas variables en un futuro hoy desconocido y, en consecuencia, el asunto del dinero fiduciario como un depósito de valor que nos permite trasladar poder de compra entre períodos de tiempo. Esto dio origen a la Macroeconomía del Desequilibrio aparentemente prometedora durante mediados de los sesenta pero que fue desvaneciéndose durante el inicio de los setenta. En el segundo caso no podemos permitirnos introducir mecanismo alguno de formación de expectativas pues toda la información disponible será usada y, en este modelo, toda ella está disponible. Es pues necesario, tal como nos avisó Lucas en 1970, que no quede información sistemática sin utilizar o, lo que es lo mismo, que las expectativas sean racionales. Como no hay manera de modelar la racionalidad de las expectativas de manera operativa en situaciones de desequilibrio, si estas expectativas han de ser racionales solo se pueden introducir en este segundo caso y por lo tanto nada se puede decir sobre la introducción del dinero. Sea como fuere este segundo caso da origen a la Macroeconomía del Equilibrio que se plasma en su modelo canónico, el «Dinamic Stochastic General Equilibrium (DSGE) model».

Juan nunca aceptó que este problema estaba solucionado y de ahí su interés por las posibilidades de la complejidad. A mi me toca tratar de llevar al ánimo del lector la firmeza de las convicciones de Juan. Como él decía por cual de las dos versiones de la unificación de la micro y la macro nos decantemos no es algo trivial. En efecto, un ejemplo un poco más técnico, pero que no puedo evitar, nos hace ver que esta diferenciación en la forma de unificar la Economía nos lo hará ver la necesidad de evitar la indeterminación. Pensemos en la llamada curva de Phillips que relaciona la tasa de inflación y la tasa de desempleo y cuya forma es crucial a efectos de la toma de medidas ante una situación, por ejemplo, de desempleo. Si en su representación habitual la curva tiene una pendiente negativa quiere decir que una relajación de política monetaria que incremente la inflación traerá consigo una disminución de la tasa de desempleo. Si esta curva es vertical no hay manera de reducir el desempleo mediante la generación de inflación. Pues bien, un partidario de la Macroeconomía del Desequilibrio usando su modelo con expectativas adaptativas -no racionales- pensará que la curva de Phillips puede llegar a tener incluso pendiente positiva y no solo vertical -una aportación de Juan- y se convertirá en un intervencionista sin reparo alguno. Análogamente un partidario de la Macroeconomía del Equilibrio con su modelo firmemente anclado en la racionalidad de las expectativas pensará que la curva de Phillips es vertical y se convertirá en un partidario de no intervenir.

No hay acuerdo general entre los economistas académicos. Los economistas de agua dulce -como se llama a los académicos de Chicago y Minnesotta- continúan con su paseo triunfal por el camino de la elaboración teórica como si éste nada tuviera que ver con la realidad mientras que los economistas de agua salada -los de Nueva Inglaterra digamos- insisten en su intervencionismo más basado en intuiciones prácticas que en el desarrollo de una Economía del Desequilibrio. A los primeros se les llamaría nuevos clásicos y a los segundos nuevos keynesianos y en el lenguaje popular se enfrentan el clasicismo y el keynesianismo.

La Economía ha seguido desarrolándose por estos dos caminos sin esfuerzo alguno por la unificación, todo un caso para quien se interesa por la complejidad en la forma de pensar, un caso que merecería ser examinado; pero lo que creo que es interesante para el lector en este momento es entender un poco esta forma malsana de desarrollo. La globalización nos ha llevado al intento de entender el comportamiento de grupos de países y, como además, cada país es un sistema complejo en sí mismo, nos encontramos con un artefacto cuyo funcionamiento querríamos conocer pero no sabemos con que herramienta, pues las existentes no parecen dar más de sí más allá de servir como factores que determinan el progreso en la carrera académica, algo que irritaba muy mucho a Juan. No es este el lugar de intentar una introducción a los sistemas complejos o a la unión entre distintos sistemas complejos. Baste ahora con leer una larga cita de Juan de Mercado (seudónimo de un cierto grupo de economistas envuelto en el esfuerzo de mantener Nada es Gratis, un blog que no existía cuando Juan escribía en Santa Fe), cita en la que afirma para empezar que «los sistemas económicos son complejos» y en la que continúa haciendo un dibujo impresionista de esos sistemas en los que

cada variable depende de los valores actuales y futuros de muchas otras, las cuales a su vez dependen de los valores actuales y futuros de las primeras. Es más, estas relaciones de dependencia son cambiantes en el tiempo, dado que las decisiones que toman los agentes económicos varían en función de sus expectativas sobre el comportamiento actual y futuro de otros agentes

Hay maneras conocidas de saber algo sobre estos sistemas pero las matemáticas adecuadas están tan lejos de la tradición de la Economía que no hay intentos generales de cambiar el paso y estudiar, por ejemplo, el sistema económico global como un sistema complejo único y someter su equilibrio a un examen de lo que ocurre cuando hay un shock externo significativo. Y respecto a preguntas menos ambiciosas como podría ser, digamos, la conveniencia de reducir la jornada laboral para aumentar el empleo, Juan de Mercado solo añade que

Es por ello por lo que la evaluación de medidas de política económica requiere el uso de modelos económicos (que, necesariamente, han de ser dinámicos, es decir, han de tener en cuenta el futuro, de equilibrio general, es decir, han de tener en cuenta la determinación conjunta de todas las variables, además de lógicamente coherentes, es decir, adecuados a la cuestión que se quiere analizar).

Pero la admisión de la conveniencia de entender el sistema económico como un sistema complejo no nos libra de la necesidad de modelar este sistema complejo con lo que volvemos a la interrogación básica de cómo hacerlo, si hacerlo como en equilibrio o como en desequilibrio, con lo cual hemos de continuar preguntándonos cómo aceptaremos un modelo complejo determinado frente a otro alternativo. Dejando de lado esta cuestión difícil recordemos alguna de las características de los sistemas complejos. Por un lado en general esperamos que la solución no sea única con lo cual no sabremos muy bien qué nos aconseja en materia de Política Económica, si, por ejemplo, reducir la jornada de trabajo o no hacerlo. Por otro lado, una manera muy natural de entender las soluciones dinámicas de un sistema complejo es como «path dependent» (dependientes del recorrido) de manera que a dónde llega nuestro sistema o a dónde le lleva la medida de Política Económica que estemos analizando depende de por donde empieza o de qué medidas consideramos que se introducen en cada momento.

Yo, como invitado a coescribir esta novela en lo que se refiere a este tema técnico, quiero ir terminando volviendo a lo ya hace bastantes años Juan y yo comentábamos. Pensábamos que esta dependencia del recorrido hace que el incentivo a meterse de lleno en el uso de modelos de sistemas complejos para entender el funcionamiento del sistema a través de su equilibrio dinámico, de mucha pereza. Entre otras cosas porque, si procediéramos así, cuando la solución no sea de nuestro agrado como gestores del sistema no quedaría más remedio que volver atrás y explorar otro cambio de política y volver a examinar su trayectoria ante ese cambio paramétrico. Da pereza pero no veo yo, ni veía Juan entonces otro remedio posible especialmente cuando caemos en la cuenta de que nuestro mismo pensar económico, en cuanto es el resultado del quehacer del sistema complejo formado por la actuación de aquellos que lo conforman, es también dependiente del recorrido y puede llegar a una situación final que, al no ser la mejor o la que esperábamos, exija volver atrás y tomar una de la bifurcaciones abandonadas.

Por lo tanto, insistía Juan, quizá tenemos que abandonar ese criterio que presuntamente utilizamos a efectos de seleccionar teorías, ese falsacionismo que nos permite mantenerlas mientras no hayan sido probadas falsas y nos obliga a abandonarlas cuando «idea» y «cosa» no coincidan. Lo que está ocurriendo, y eso le parecía grave a Juan, es que se mantienen aunque estén muy cerca de haber sido probadas falsas y ello por razones sociológicas relacionadas con el mantenimiento del poder académico de quienes practican esta rama del saber. Nos encontramos por lo tanto en una situación en la que quizá no podamos aspirar a poder decidir cual sea la buena manera de pensar. En estas condiciones no podemos aferrarnos al falsacionismo popperiano y deberíamos-pienso yo- admitir la diversidad en nuestras maneras de teorizar.

¿Qué queda entonces de la noción de verdad? creo que a Juan le gustará esta cita de William Egginton de la John Hopkins University:

La verdad es lo que se percibe al contrastar mentiras y desaparece cuando solo crees en una.

«El curso en Santa Fe II» recibió 1 desde que se publicó el viernes 5 de agosto de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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