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El Curso en Santa Fe

Había que tener en cuenta varias variables, no bastaba con una y tenerlas todas en cuenta a la vez no era tarea fácil. De ahí que el modelo central de la Ciencia económica parezca a veces tontamente simple. Y esta intuición se unió a sus viejas elucubraciones sobre las ventajas e inconvenientes que tienen los planteamientos entre equilibrio y desequilibrio que muchos años más tarde pudo explicar sin cortapisa ninguna y sin mucho éxito académico, pero que produjo en él un cierto desprecio por la ciencia en general.

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Cuando el autor de esta novela se dirigió a mi para solicitarme que le hiciera el favor de relatarle alguno de los detalles que, sin duda, debía recordar de aquel curso que Juan pasó en el Instituto de Santa Fe, no lo dudé ni un segundo y me puse a escribirlas con cierto cuidado pues, aunque a alguien le pudieran parecer un tanto sosas, su influencia en en mi desarrollo vital fue importante en no pocos aspectos. Llegamos al mismo tiempo a New Mexico y enseguida comenzamos a vernos a menudo y a contarnos nuestras experiencias aunque él era bastante mayor que yo que venía directamente de la Universidad Javeriana de Bogotá después de haber alcanzado un título de Master en Teoría Económica y pensaba realizar el doctorado en solo tres años dada mi formación matemática. Juan, que ya era doctor por UCLA, se quedó solamente un año siguiendo su olfato que le arrastraba hacia ciertas novedades en el centro mismo de esa Teoría Económica que no acababa de convercerle en no pocos detalles de su modelo central. Cuando años más tarde tuve ocasión de pasar un año a mi vez en Madrid me di cuenta de algunas de las cosas que Santa Fe enseñó a Juan y que no tenían mucho que ver con aquellas técnicas de análisis que le habían llevado hasta allí, o eso decía él al menos, aunque nunca me resultó fácil distinguir en él sus fantasías de la realidad.

Tengo que comenzar esta narración, que espero encuentre su sitio en la novela que el editor dice preparar, declarando que no tardé ni un minuto en abandonar mis prejuicios ante alguien que venía de España y que no mostró ningún entusiasmo por la memoria histórica de la Conquista ni, en consecuencia, se acercaba a los monumentos históricos tan visitados por no pocos turistas estadounidenses sin ningún respeto reverencial ni deseo alguno de conocer detalles de aquellos conquistadores que, a pesar de su relativa irrelevancia, ocupan un lugar en la historia local de Nuevo Méjico y mantienen su nombre en los numerosos documentos a los que tienen acceso los turistas mínimamente ilustrados.

santa fe university artsAparte de cumplir con los deberes académicos que a él le llevaban relativamente poco tiempo a partir de su formación previa, lo que no dejó de asombrarle todos y cada uno de los días de aquel curso fue el color azul del cielo y la pureza del aire que se respiraba en aquella tierra tan alta. Me habló de las variantes de azul pretextando que a alguien de puerto de mar como era, según decía a menudo pero con poca y extraña convicción, el caso de Gijón, ese color removía algo interno que tenía mucho de inspirador. Y también reconocía, aunque menos a menudo, que el aire no era allá, a nivel del mar, tan puro como lo era en esta altura de las Montañas Rocosas. Llegó a decir un día allá al comienzo del curso que ese color y ese aire muy bien podrían constituir el contenido de la felicidad del cielo de los católicos y que pretendía en el futuro investigar un poco las diferencias en esa Conquista tan vergonzosa entre las dificultades que en un sitio u otro encontraron los recién llegados. Nunca supe si llevó a cabo esta tarea, aunqueo años más tarde volvimos a coincidir en la una nueva Universidad de Madrid. En aquella época Juan no era consciente de su hipertensión y los efectos de la altura los tomaba como parte de la felicidad celestial aunque algunos de los síntomas le debía haber llevado a tomar precauciones cardiológicas.

Es cierto que por razones que yo desconocía Juan sabía bastante de música y que utilizaba muchos de sus conceptos originarios como forma de entender la propia teoría económica y sobre todo la complejidad como formas musicales que le recordaban a compositores clásicos famosos. Pero lo que me pareció que era una novedad para él, la pintura, comenzó a cruzarse en su camino, sobre todo a partir de la obra de Georgia O’Keeffe de la que no puedes escaparte no solo en Santa Fe sino en todo Nuevo Méjico. A pesar de mi relativa juventud y el respeto que siempre manifiesto con los mayores me sentí obligado a llamarle a capítulo para que se dedicara a la Economía y a la teoría de la complejidad y no dedicara todo su tiempo a la pintura de Geogia O’Keeffe de la que quedó prendado.

nubes OKeeffeCuriosamente esta recién nacida afición a la pintura le puso en contacto con coleccionistas privados que poseían ranchos en los alrededores de Santa Fe y en ellos colgaban cuadros de esa pintora y que, aparentemente, estaban dispuestos a enseñárselos a cualquier aficionado en el que notaran algo más que mero coleccionismo o pura curiosidad. Acompañé a Juan a muchas de estas residencias y quedé asombrado de la existencia de una clase social que no encajaba con mis prejuicios sobre los EE.UU., asociados con la imagen fría y lluviosa del norte, y que en sus formas parecían encajar con la exquisita educación formal de Juan.

Esta gente acudían a esta tierra rara en cada ocasión que el calendario laboral se lo permitía y esa costumbre propició algunas amistads que Juan trabó con miembros des as failias. El me hablaba sobre todo de un economista algo mayor que él casado con una rica heredera propietria ya de un rancho con una buena colección de paisajes de O´Keeffe. Debió ser en conversación con esta pareja que de manera regular vivían en New York que Juan fue elaborando su manera de entender las diferencias entre la buena y la mala economía como formas alternativas de mezclar el sonido y la visión llegando a la conclusión que, al menos, deberíamos ser capaces de rechazar las alharacas que no nos abren los ojos.

No me encajaba la facilidad general que mostraba Juan con aquellas formas sofisticadas que con toda seguridad debía mostrar él para hacerse aceptar en aquellos círculos sociales que, por otro lado, seguro que colaboraban con el mantenimiento y engradecimiento intelectual del Instituto. Era sin duda la unión entre estas dos artes, además de su esmerada educación, la que hizo de Juan una figura imprescindible en la pequeña sociedad que, durante las vacaciones se organizaba entre los propietarios de todos esos ranchos de los alrededores. Nadie le hubiera considerado un capataz dado su aparente gusto por las clases pudientes.

okeeffe florCosa esta que me tenía descolocado. Debía haber otras razones para que Juan forzara su imagen de europeo rico que no fueron fáciles descubrir. De hecho tuve que esperar a mi año sabático en Madrid años más tarde para hacerme idea de la relativa fama de Juan en círculos muy restringidos por sus aportaciones a la reflexión metodológica en Economía basadas extrañamente en la apertura hacia cualquier idea como una vulva femenina a lo Corot lo está hacia el mundo. Las flores de Georgia O’Keeffe vinieron a mi cabeza inmediatamente. Pero no me permitiré a mí mismo que el lector de esta novela en la que intervengo a instancias de su editor saque la idea de que Juan no se preocuba por cuestiones técnicas.

Sentía una preocupación seria a la que dedicaré un capítulo aparte, pero de la que cabe hacer como un anuncio ahora. Fue quizá el primer día que nos conocimos cuando me habló de su viaje de Monterrey a Santa Fe. Me contó cómo, en la autorruta que une estados capitales, tuvo su primera visión de la complejidad al observar las largas filas de camiones que se forman como en paquetes y que nunca podríamos explicar a no ser teniendo en cuenta la diferencia de potencia que existe entre los motores de unos y otros, aunque no solo eso pues la variedad de paquetes solo se explicaría añadiendo la correspondiente dificultad de adelantamiento por la convivencia con turismos que se impacientan ante lo lento que resulta el adelantamiento de un camión por otro.

Había que tener en cuenta varias variables, no bastaba con una y tenerlas todas en cuenta a la vez no era tarea fácil. De ahí que el modelo central de la Ciencia económica parezca a veces tontamente simple. Y esta intuición se unió a sus viejas elucubraciones sobre las ventajas e inconvenientes que tienen los planteamientos entre equilibrio y desequilibrio que muchos años más tarde pudo explicar sin cortapisa ninguna y sin mucho éxito académico, pero que produjo en él un cierto desprecio por la ciencia en general.

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