Desde mi sillón

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El cretino en síntesis

Reaparece Roger Kormendi cuando ya le daba por perdido y reaparece con un cuento extraño que ustedes juzgarán. Su tulo, el cretino en síntesis, no es muy revelador.

EL CRETINO EN SÍNTESIS

“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.”…De repente y por el azar de que algún cliente se había dejado en la mesilla de noche más próxima a la ventana, una copia de la segunda edición de bolsillo de Alianza Editorial de nuestra novela española por excelencia, la “madre de todas las batallas” literarias, o al menos de nuestras batallas subtituladas en español, el más bello de los idiomas sin duda, me fue concedida la oportunidad de volver a empezar una lectura interrumpida hace muchos años, por motivos de impaciencia juvenil o madura, ya no recuerdo; por un deseo de huir hacia adelante, supongo, y finalmente de abarcarlo todo, que me llevó a ser nada, o aproximadamente nada.

Sonaron unos golpes rítmicos de nudillos en la puerta de mi habitación y cerré el libro inmediatamente y lo coloqué sobre el dintel de la chimenea al lado del vaso de whisky. Me miré al espejo antes de decidirme a abrir la puerta, interrogándome sobre la verosimilitud de lo que estaba sucediendo. ¿Una visita a las dos de la madrugada?¿Quién? ¿Por qué?.Lo cierto es que estaba un poco embarullado en la cabeza, después de haber conducido más de dos horas de noche, en dirección Toledo, y después más allá hasta Consuegra. Un par de redbulls, un valium 5 al llegar al hotel y ahora un buen malta bastante largo mientras deshacía mi bolsa de viaje…Dicen que las mezclas son peligrosas y puede que sea cierto, aunque me gusta llevar la contraria a esos mamones de la degeté. Pero tenía que abrir de una vez, si no parecería raro y seguramente volverían a golpear la puerta…Ya me enteraría enseguida de qué se trataba. Vale. Un sorbo de Balvenie y adelante. Me metí instintivamente la camisa por dentro del pantalón y me acerqué a la puerta. El conserje de antes. Con una bandeja y sonriendo como en el día de su primera comunión.

-“¿Le molesto? Es la cena que me encargó…Tres huevos de corral. Revueltos; poco hechos. Con tomatitos ecológicos”.Todo esto, dicho desde una cara redonda con esa barba negra y rala de dos días, que sólo consiguen los adictos a las maquinillas eléctricas.

-“De la huerta del hotel, supongo”. Le dije con todo el sarcasmo que pude invocar a esa hora.

-“Sí, caballero. Exactamente. A usted no se le escapa nada”.Contestó como si nada. Impertérrito .Un tipo inasequible al sentido del humor.

Me hice a un lado y aquel hombre rechoncho y moreno entró en la habitación En un rápido golpe de vista pareció ver el quijote abierto y el vaso de whisky, la cama sin deshacer, con el neceser al lado de la bolsa de viajes y la botella de Balvenie medio vacía; todos descolocados sobre el lado de la cama que no iba a usar…”.Lo miró todo lentamente, como tratando de descifrar alguna clave de algo que a mí se me escapaba…

. Le traeré hielo para el whisky, y si no tiene inconveniente, una botella de un valdepeñas de por aquí, que yo le invito…”.Volvió a sonreír intensamente, buscando mi aprobación. Me recordaba a alguien. Miré el reloj y eran casi las cuatro de la madrugada.”Vale. Suba la botella. Pero yo empiezo a comer este revuelto, que se enfría. Gracias por el vino. Le espero”.

Oí como se derraba la puerta y me alegré de estar solo. Aquel tipo era amable, pero apuntaba maneras de pelmazo. Y cenar mano a mano con él, casi viendo amanecer juntos, no era precisamente romántico. De repente me acordé del personaje de la cena de los idiotas…Ya estaba; me había encontrado con el cretino perfecto de la comedia de Veber. Reencarnado en El Mesonero de la Mancha, ni más ni menos. El cretino en síntesis. Ya te digo.

Arreglé una especie de mesa-bar en la terraza con un par de vasos para las copas de lo que fuera que bebiéramos, un par de ceniceros y me senté allí a terminar mi revuelto de huevos de granja con tomates de jardín – supongo que el mismo que quizás se podría ver desde esta misma terraza cuando se hiciera de día. Miré las agujas fluorescentes – ¿producirían cáncer?, pensé con aprensión superficial – de la esfera negra de mi reloj y marcaban las cuatro y cinco. Una buena hora para cenar y tomar copas con un hotelero manchego que acabas de conocer. Al menos el revuelto, que se había quedado frío, y aunque inicialmente comerlo daba un poco de asco, sabía cojonudo A ver si lo de la ecología era cierto y yo había comido mierda toda mi vida de hombre de asfalto. Terminé mi plato y lo limpié con un trozo de pan que coloqué sin culpabilidad alguna en mi boca. Las buenas maneras dejan de ser obligatorias pasadas las dos de la madrugada. Si no que se lo digan a Morris, como dijo un día Jorge Valdano.”Que se lo digan a Morris”, repetí con gusto para mis adentros. El tipo este no llegaba con su botella de vino, pero casi mejor.

Me encontraba relajado por primera vez desde hacía varios días. Se levantó una brisa suave, muy nocturna y creí oír algún ruido de pájaros o de ranas. Poco a poco la tensión del cuello ya no estuvo allí y fui a buscar la caja de puros que estaba sobre la cama. Me volví a sentar en la terraza y elegí un cigarro al azar. Le dí un pequeño mordisco en la punta y me tragué el trozo de tabaco. Alguien me dijo que era bueno para el colon; no me lo creí, pero me pareció divertido incorporar ese ritual. Encendí con alguna dificultad el partagás serie roja y me recliné en la silla soplando volutas de humo azul a la noche silenciosa .Alguna rana distante envió un mensaje en una clave desconocida para mí. Me encontraba tan bien solo, sin hacer nada y jugando distraídamente con el zippo que me había regalado mi hijo, que deseé que nunca tocaran a mi puerta. O al menos no ahora. En vano. La realidad se impone al deseo; siempre, o casi.

Abrí la puerta sin más dilaciones, resignado. Mi mesonero – “François Pignon”, como le había bautizado ya – me mostró entusiasta una bandeja de plata con dos soberbias copas riedel y una botella de tinto con una llamativa etiqueta. Sin poder evitar mostrarle mi cara más resignada, me hice a un lado y le señalé con un gesto de la cabeza la puerta abierta de la terraza. En el tiempo que yo dediqué a un largo bostezo y a cerrar la puerta de la habitación – curioso que creí ver una sombra humana en el pasillo, pero preferí ignorarlo como si se tratase de una alucinación…- aquel tipo ya había descorchado la botella y me esperaba de pié con su permanente sonrisa de majadero optimista.

Me acerqué a él fumando lentamente y pensando qué le iba a decir que no fuera agresivo. Su obsequiosidad ya me irritaba profundamente y sacaba a primer plano alguno de los rasgos menos atractivos de mi carácter. Afortunadamente era consciente de ello y le rogué al dios nicotina que me enviara refuerzos de ecuanimidad e indiferencia. O simplemente un poco de generosidad básica, vamos de la de andar por casa. Nada religioso. Ni Jesucristo ni San Francisco de Asís. Simplemente rogué al dios que tenía más a mano, que por una noche me impidiera comportarme como un cabrón.

– “Bueno, ¿qué vino tenemos aquí?”, pregunté intentando sonreír amistosamente. “Por cierto, cómo se llama usted?”, añadí, harto de pensar en él como Pignon.

Como no decía nada todavía, me incliné sobre la botella y la levanté sobre la luz de la lámpara para estudiar la pretenciosa etiqueta; sin duda el vino aspiraba a ser considerado sofisticado, y por ende demasiado caro para un Gálvez cualquiera…Me sentía literario esa noche y todo lo que me pasaba me parecía “demasiado para Gálvez” – aunque no recordaba ni el autor de aquella novela, ni siquiera si la había leído en su momento.

“Ceñal. Me llamo Ceñal” afirmó con voz queda, como admirándome por haber tenido el detalle de preguntar su nombre.

Me miraba a los ojos con una expresión incierta y parecía esperar a que yo dijera algo. Dí otra chupada al habano y devolviéndole una mirada irónica, le dije

“Ceñal ¿por qué no se sienta de una vez y probamos este vino?”.Y aprovechando el viaje, añadí

“Y por favor no hable, no diga nada durante unos minutos. Ya le avisaré cuando se pueda hablar. Inténtelo por una vez en su vida. Ya vera qué bien se siente…”.

Me quedé sorprendido pero satisfecho por tanta franqueza y me senté esperando que se lo tomara bien o por lo menos siguiera mis instrucciones. Serví vino en las dos copas. Las llené; no me anduve con los miramientos de un sommelier, que te hace catar tu vino, como si fueras Robert Parker. Volví a mirar la etiqueta. La bodega donde se embotellaba el vino estaba en un lugar llamado Cobera. Extraño nombre, incluso para un lugar de la Mancha. Difícil lo tiene este vino para abrirse camino comercialmente a partir de un lugar llamado Cobera. Aunque una vez conocí a un tipo llamado Sidera, al que le iba muy bien sexualmente, en un entorno justamente muy adverso a la promiscuidad ; y tampoco llevaba un nombre demasiado “comercial”, en estos tiempos promiscuos que corren…Te puedes llamar Sidera , sin embargo, y las mujeres se acuestan contigo sin problemas. Muchas. O prácticamente todas las que yo conocí en aquella ciudad caliente. Que se lo pregunten a él. A Sidera.

Era un pinot noir, cosa rara para un vino manchego; aunque hoy ya con todos estos daneses extraños que prefieren vivir en España como enólogos, ya sólo nos queda Asturias como zona dudosamente vinícola y tozudamente dedicada exclusivamente a la sidra. Ni whisky saben hacer los asturianos. La primera copa fue para notar que me gustaba. La segunda, ya más premeditada, para descifrar a qué en concreto sabía éste vino. El horario de madrugada y el jetlag por no haber dormido nada en las últimas cuarenta horas, no ayudaba nada a identificar sabores. Me venían a la mente esas cursiladas enológicas de retrogusto, maderas viejas, chocolate, frutos secos; y no conseguía encajar nada con las sensaciones agradables del líquido que estaba deslizando por mi garganta.

Cuando hice ademán de servirme la tercera copa, Ceñal, alarmado se ofreció a bajar a la cocina y traer algo de queso y cecina, para acompañar este honesto, y sorprendentemente sofisticado pinot noir local. Creo que le animé con gesto de la mano. Aunque en realidad a mí no me gustaba mezclar nada con un buen vino. Pero tampoco era cosa de rechazar esa especie de desayuno que me ofrecían.

Aproveché la ausencia de Ceñal para encender otro puro y fijarme en las variaciones de la luz, que empezaba a perder su grosor de negro nocturno, a medida que los restos de la luna en cuarto creciente y las numerosas estrellas que antes estaban ahí, se empezaban a desplazar fuera de mi campo visual. Eran casi las cinco y se preparaba el amanecer. El puro y el vino algo espeso se combinaban muy bien. Algunos perros ladraron en la lejanía. Parecía que los pájaros y las ranas se habían ido a otra parte. En Madrid, seguramente la gente dormía, de vuelta de las discotecas o de los prostíbulos. Me pregunté qué les comentaría Marta a los niños a la hora del desayuno.

Terminamos la botella de vino en silencio. Ceñal comía sobre todo queso. De por aquí, por supuesto. Aunque no llegaba a tener pretensiones ecológicas. Al menos no me dijo. Pero era un buen queso. Potente. Lo evité para no desperdiciar el gusto del vino. De repente Ceñal no aguantó más tanto silencio y señalando con la cabeza a mi cama todavía no deshecha, que hacía las veces de almacén de mis pertenencias, afirmó algo para sí mismo, moviendo la cabeza rítmicamente,de arriba abajo, y con un deje de alguna vehemencia que me llamó la atención y me puso alerta:

– “Usted debe ser un intelectual ¿No?”

No supe ni por dónde venían los tiros. De repente Ceñal me analizaba. A ver si además de cretino, era un tipo profundo. Sólo me faltaba eso, a esas horas de la noche. Y encima no había podido pasar de la primera página del Quijote. Podría haberlo dejado pasar y mirar para otra parte. Pero sentía que aquel tipo no me iba a dejar en paz y que era capaz de quedarse conmigo para siempre, esperando una respuesta, en aquella terraza. Hice un esfuerzo para mirarle con cierta amabilidad, casi como se mira a un amigo de los de toda la vida. Tenía que sacármelo de encima; y por eso medí mucho mis palabras.

– “ Mire Ceñal;… yo no soy un intelectual. Ni psiquiatra. Ni argentino. Olvídeme, no soy nadie especial…Sólo tengo un insomnio atroz y he acabado en su hotel de casualidad…Necesitaba estar unos días fuera de Madrid. Eso es todo. Ahora déjeme solo. Voy a intentar descansar.”

Lo dije todo de corrido. Como si lo hubiera aprendido de memoria. Hubo un largo silencio. Pero este hombre no se movía. Le miré, ya algo inquieto. Tenía una expresión que interpreté como de profunda tristeza, de desolación. Mientras me miraba como si yo fuera un enfermo terminal. Antes de que pudiera oponerme y con un gesto de una total naturalidad, me cogió una mano, la colocó entre las suyas y después de unos segundos eternos, se despidió, diciéndome en tono de íntima complicidad:

– “Duerma ahora. Descanse”. Hizo una pausa misteriosa en la puerta. Y antes de cerrarla y perderse en el pasillo, me hizo esta solemne promesa: “Mañana le mando a la china. Es lo que necesita”.Creo que alcancé a ver una media sonrisa que se deslizaba detrás de la puerta y hacia el pasillo, iluminado todavía. El sonido amortiguado de la puerta que se cierra.Y el silencio. Nada más.

«El cretino en síntesis» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 24 de Mayo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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