Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

PARTE II: Propiedad, Información y Ambito – Capítulo 1

Introducción

En la primera parte de El Capitalismo que viene he tratado de hace ver cómo el homo posteconomicus es psicológicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista que su antecesor el homo economicus. Estas diferencias, junto a la importancia de la ciencia en la sociedad del conocimiento, las TIC y la globalización, presagian cambios perceptibles en la forma concreta de funcionar del capitalismo, cambios que han sido destacados en cada uno de los capítulos que conformaban esa primera parte.

Este homo posteconomicus es un usuario del sistema económico-social que al mismo tiempo lo conforma. Este usuario puede por lo tanto ser considerado como algo más que un consumidor racional. Es, simultáneamente un productor, sea de ciencia, sea de formas nuevas de riqueza, y un intermediario que acaba generando lenguaje, normas y costumbres que dan forma precisa a una comunidad.

Estas ideas serán muy útiles para disertar, en la tercera parte, sobre empresa, mercado o Estado; pero antes tienen que ayudar también a elaborar otras ideas sobre propiedad, información y lo que, a falta de otra palabra más precisa, llamaré ámbito. Es el usuario individual en cualquiera de sus papeles el que es propietario de los frutos de su trabajo y de los medios de producción, y es también el que recibe, procesa y emite información directa o indirectamente así como el que acaba determinando a través de su comportamiento el ámbito propio de una comunidad determinada.

En la segunda parte de El Capitalismo que viene en la que ahora entro, pensaré precisamente la propiedad, la información y el ámbito tratando, como siempre, de atisbar lo que podemos esperar en estos campos en un futuro próximo dominado por las TIC , el conocimiento y la globalización. En el capítulo tercero de esta parte exploraré lo que la idea de Fraternidad, más elaborada que en la primera parte, puede dar de sí en términos del espacio físico, o ámbito, en el que se desenvuelve poniendo en juego la noción de polis y las consecuencias de por un lado integrar distintas polis o de dividirlas a efectos de diversidad, con sus ventajas e inconvenientes, y de, por otro lado, proveer bienes públicos.

En el capítulo segundo nos centramos en la información y los costes de transacción, conceptos estos en los que la importancia de las TIC es central. La disminución en los costes de transacción dará origen a una proliferación inusitada de mercados que, en forma de outsourcing o de otras maneras, permitira explicar lo que a veces, cuando se quiere relativizar la idea de propiedad, se llama acceso. Los problemas de información, sea su escasez o sea su asimetría, darán origen a no pocas paradojas y, a pesar de las TIC , veremos cómo surgen aporías en relación a la transparencia o a la posibilidad de acción colectiva.

Es en el capítulo primero, sin embargo, en donde se plantean los problemas intelectualmente más estimulantes al tratar de delimitar el porqué, la naturaleza y la extensión de la propiedad privada. A pesar de la relativización que se ha querido efectuar del derecho de propiedad, tratando de limitarlo o de extenderlo, el capítulo destaca que esos intentos son poco convincentes y que los incentivos determinan el papel que va a jugar la propiedad privada en el capitalismo en el que entramos en esta primera década del siglo XXI.

Capítulo I: Propiedad e Incentivos

Introducción

La propiedad privada no tiene buena imagen. La propiedad privada es un robo para un anarquista y la propiedad privada de los medios de producción es, para un marxista, el principal obstáculo a derribar si queremos facilitar el advenimiento del paraíso comunista. De forma menos extrema, y hasta hace muy poco tiempo, la empresa pública parecía una buena solución para la provisión de ciertos bienes que, o bien eran estratégicos para una nación, o bien tenían alguna característica de bien público, y, desde luego, se hablaba de la función social de la propiedad como si el derecho de propiedad tuviera limitaciones evidentes que, sin embargo, había que resaltar, para evitar abusos.

No hay entre nosotros mejor ejemplo de este recelo hacía la propiedad privada que la propia Constitución Española de 1978 que, en consonancia con el tipo de sistema de mercado que instaura, uno adjetivado como social en su Título VII, considera en el artículo 33 a la propiedad privada, (así como a la libertad de empresa en el 38), como un derecho muy importante que vincula a todos los poderes públicos (art 53); pero no como un derecho fundamental de los que pueden ser alegados ante la jurisdicción ordinaria por procedimientos especiales y rápidos, dada su ubicación en la sección 2ª del capítulo II del Título I, y no en la sección 1ª.

Y sin embargo la propiedad privada es un rasgo fundamental de la economía de mercado sin el cual el capitalismo como sistema de asignación de recursos no sería viable y, por lo tanto, no hubiera alcanzado el enorme desarrollo al que ha llegado. Se trata de una cuestión de incentivos a la que dedicaré la sección II.1 en la que recordaré que, debido a la cuestión de los incentivos, el llamado socialismo de mercado no tuvo más remedio que fracasar y que son también los incentivos los que justifican convencionalmente los derechos de propiedad intelectual.

La defensa de la propiedad privada como condición necesaria del funcionamiento del capitalismo no puede dejar de ser contundente. Por esa razón no es fácil mirar con simpatía las cortapisas que nuestro texto fundamental trata de imponer sobre el ejercicio de la iniciativa privada y sobre la propiedad privada. Enuncia circunstancias en las que cabe la nacionalización (art. 128) y la planificación (art. 131) e intenta impulsar la forma cooperativa de empresa y la participación de los trabajadores en la propiedad de los medios de producción (art. 129).

La fuerza de las cosas, sin embargo ha llevado a la economía española por otros derroteros mucho más acordes con la centralidad de la propiedad privada. Hace tiempo que no se oye hablar a ningún partido político, por muy a la izquierda que esté en el espectro político, de nacionalización de una empresa o de un sector o de planificación de la economía. Por otro lado, hemos asistido a una privatización paulatina de las empresas públicas y, simultáneamente, a un brote importante de capitalismo popular que ha permitido la participación de los trabajadores en el capital de las empresas, en los mismo términos que la de cualquier otro ahorrador.

Dada esta centralidad de la propiedad privada en el sistema capitalista no cabe esperar sino su reforzamiento a lo largo del proceso de globalización con su ensanchamiento de los mercados. Cabe sin embargo, preguntarse si el enorme potencial de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) así como la mayor intangibilidad de los bienes en la sociedad de la información, no irán a relativizar el papel crucial que la propiedad privada juega en el funcionamiento del capitalismo.

Rifkin en su famoso libro de divulgación, La Era del Acceso, parece insinuar que la propiedad era al mercado lo que el acceso es hoy a la red y que, en consecuencia, en el capitalismo que viene la propiedad y el mercado perderán importancia, al tiempo que la cooperación gana espacio a la competencia. En la sección II.2 trataré de explicar que los argumentos de Rifkin no son muy sólidos. Lo que realmente ocurre en la sociedad de la Información apoyada en un uso masivo de las TIC es que asistimos a una proliferación colosal de mercados que, a veces, puede aparecer como un debilitamiento del derecho de propiedad aunque este no sea el caso. También intentaré mostrar que el incremento en la gratuidad o en la cooperación que creemos observar quizá sea más bien una estrategia inteligente para ensanchar el campo de juego de una nueva forma de competencia que exigirá, desde luego, la propiedad privada.

Las figuras de la Ciencia y del Mecenazgo me parecen paradigmáticas a efectos de entender lo que ya se anuncia para el Capitalismo que viene en términos de propiedad. Veremos cómo el Mecenazgo no debe entenderse como un debilitamiento de la propiedad privada; sino como un proceso que, tratando de paliar los fallos del mercado, contribuye a la creación de nuevos mercados. Y veremos también cómo el último reducto del acceso libre, la Ciencia, se encuentra mediado por la fuerza de las exigencias de los incentivos que nos hace pensar que quizá vayamos a observar en un futuro más o menos inmediato, si no la privatización de la Ciencia, sí movimientos en su gestión que apuntan en esa dirección.

Propiedad Privada e Incentivos

En el primer apartado de esa sección explicaré brevemente porqué el éxito inicial de las ideas de Lange y Lerner sobre la posibilidad y buen funcionamiento del socialismo de mercado no resistieron la revolución de los incentivos, una revolución que nos enseña que la propiedad privada es esencial para que el sistema de mercado funcione. Concretamente es esencial que uno se pueda apropiar de los frutos de su trabajo aunque a veces parecería que esos frutos son difícilmente apropiables si uno no puede cargar un precio por ellos debido a que su naturaleza los hace fácilmente accesibles.

En el segundo apartado discuto críticamente este asunto de la propiedad intelectual que parecería arrastrarnos a extender, a mi juicio erróneamente, estos derechos más allá de lo razonable.

El Socialismo de Mercado

La Teoría del Equilibrio General es el corazón mismo de la Economía Neoclásica que nació en los años 70 del siglo XIX y se configuró formalmente a mediados del XX[1]. Se trata de una teoría de la asignación de recursos a través del mecanismo de mercado. Dadas unas dotaciones iniciales de cada bien asignadas a cada economía doméstica que las posee en propiedad, ésta utiliza su renta, formada por el valor de su dotación inicial y por su participación en los beneficios de las empresas, para comprar lo que desee en los distintos mercados. Las empresas por su parte deciden el vector input/output que maximice su beneficio y ponen en el mercado las correspondientes cantidades de cada bien. Los planes de economías domésticas y de empresas son compatibles entre sí cuando hay un vector de precios que hace que las demandas agregadas de cada bien sean iguales a las ofertas agregadas de cada bien. Ese vector de precios es de equilibrio y las cantidades que vacían los mercados constituyen la asignación de equilibrio.

El mecanismo de mercado no es el único posible para asignar recursos. Pensemos en un mecanismo alternativo que podríamos denominar de veto por unanimidad. En este mecanismo cada asignación propuesta se considera de equilibrio o, para no confundirnos con las del equilibrio del mecanismo de mercado, como pareto-eficiente (en honor a Pareto, inventor de este mecanismo de asignación) si y sólo si no hay otra que es mejor para todas las economías domésticas, es decir si esa asignación no está vetada por unanimidad.

Consideremos ahora todas las asignaciones de equilibrio del mecanismo de mercado en una economía de propiedad privada y todas las asignaciones pareto-eficientes de una economía en la que el total de recursos no está repartido en propiedad entre los agentes económicos. ¿Qué relación hay entre estos dos conjuntos de asignaciones?. Los dos famosos Teoremas del Bienestar contestan a esta pregunta.

Toda asignación de equilibrio de mercado en una economía de propiedad privada es pareto-eficiente (Teorema 1) y toda asignación pareto eficiente de una economía con las mismas dotaciones iniciales totales pero sin propiedad privada puede ser sostenida como un equilibrio competitivo (Teorema 2). Este segundo Teorema nos dice que para cualquier asignación pareto-eficiente hay un vector de precios que junto a esa asignación constituyen un equilibrio (competitivo) de una economía de propiedad privada que tiene unas dotaciones iniciales coincidentes con esa asignación.

Tanto la Teoría del Equilibrio General como la Teoría del Bienestar (con sus dos teoremas, se formalizaron en los años de la guerra fría y por científicos, como Arrow por ejemplo, que según Philip Mirowski eran unos socialistas reprimidos que trabajaban en la Rand Corporation2. No sería por lo tanto de extrañar que ese centro analítico de la Teoría Neoclásica constituya al mismo tiempo una respuesta a la acusación de imposibilidad de la planificación central. Esta imposibilidad parece evidente dadas las dificultades computacionales que entrañaría una tal planificación; pero resulta que hay algo todavía mejor que esa planificación central que puede estar disponible gracias al segundo teorema del bienestar.

Digamos que, como socialistas, deseamos una asignación específica de bienes finales pareto-eficientes: por ejemplo la perfectamente igualitaria. Para implementarla no se necesitaría ordenar a cada empresa lo que tiene que producir y a cada familia lo que tiene que consumir. Bastaría, tal como mostraron Lange y Lerner, cada uno a su manera, con calcular el vector de precios que sostendría a esa asignación como de equilibrio, publicarlo y ordenar a las empresas y familias que, en base a la tecnología disponible y a una dotación inicial de los derechos de propiedad perfectamente igualitaria, maximizaran beneficios y utilidad respectivamente actuando en los mercados de acuerdo con esos intereses propios.

Durante años pareció que, a diferencia de la planificación central, este socialismo de mercado era factible a pesar de la dificultad de calcular el vector de precios de equilibrio. Sin embargo durante tiempo nadie reparó en que, como para calcularlo había que preguntar a cada agente individual por sus preferencias y a cada empresa por su tecnología, no estaba claro que unos y otros fueran a declarar la verdad. Declararían más bien aquellas preferencias y aquellas tecnologías que, una vez utilizadas para calcular consumos y producción, los dejara en mejor posición. No tenían incentivos a decir la verdad. Más generalmente el mecanismo del veto por unanimidad así como el del mercado competitivo no son compatibles en incentivo. De una manera un poco menos técnica podríamos decir que nadie está dispuesto a hacer lo que el modelo del equilibrio general prescribe si no puede apropiarse de los frutos de ese comportamiento. No trabajaré lo que debiera o quisiera si el fruto de mi trabajo va a ir a la asignación de otra persona, o si no puedo decidir sobre el ahorro que quiero efectuar.

El problema del “cálculo socialista”, tal como acabó denominándose el debate que se organizó en torno a las ideas de Lange y Lerner, no es uno de computabilidad; sino uno de apropiabilidad . La propiedad privada es condición necesaria para el funcionamiento del mecanismo de mercado. Sea esta la primera lección de este capítulo dedicado a Propiedad e Incentivos. El problema se complica un poco más cuando hablamos de propiedad intelectual.

La Propiedad intelectual

Desde hace casi medio siglo conocemos, a través de un trabajo seminal de Arrow[3], que hay un conflicto evidente entre la invención y la difusión de esa invención. Cuanto más fácil sea la difusión menos obtendrá el inventor a cambio de su inversión y menor será su incentivo a inventar. La invención debe entenderse hoy como englobando no sólo la innovación tecnológica; sino también la creación artística o científica que está sujeta naturalmente al mismo trade-off entre el reforzamiento de los derechos de propiedad intelectual y la difusión generalizada del producto de la actividad intelectual.

Hace algún tiempo escribía sobre este problema[4] poniendo de manifiesto que los últimos tiempos habían puesto en circulación algunos debates preocupantes. En esta materia los acontecimiento se atropellan y hoy puedo decir que tenemos tres asuntos debatibles y ampliamente debatidos.

  • El problema del Sida en Africa ha puesto en juego, a través de la discusión sobre los medicamentos genéricos, la idoneidad del sistema de patentes;

  • El caso Napster en su día, y hoy Kazaa u otros sistemas de intercambio de archivos musicales, han puesto sobre el tapete la adecuación de los derechos de autor o copyright.

  • El software libre, como Linux, pone en jaque el software propietario.

Estos casos indignan a los bienpensantes.

  • Primero, ¿cómo es posible que grandes empresas farmacéuticas insistan en mantener el monopolio temporal que les proporciona una patente en vigor a pesar del sufrimiento de enfermos en países que no pueden hacerse con suficientes dosis de una vacuna contra el Sida?

  • Segundo, ¿cómo es posible que las grandes casas discográficas pongan pegas al disfrute generalizado y gratuito de música a través de Internet?.

  • Y tercero, ¿cómo podemos admitir que se patente y se dificulte la circulación del software que no es sino lenguaje?.

Sin embargo no tenemos más remedio que reconocer que los asuntos planteados conforman problemas de incentivos: si la empresa farmacéutica no puede apropiarse del beneficio monopolístico de la venta del medicamento resultado de su investigación no tendrá incentivos a investigar, si la firma discográfica no puede explotar su música no tendrá incentivos a producirla, y ¿quién perderá su tiempo en escribir código si luego este puede ser copiado y utilizado por cualquiera?. Para que los incentivos sirvan como tales parecería que la propiedad privada es fundamental. Hay que otorgar a las farmacéuticas y a las discográficas la propiedad de los productos de su actividad intelectual (aunque sólo de forma temporal para dejar espacio para que esos productos, tan fácilmente reproducibles, acaben sirviendo a todos) y, en principio, quien escribe código debería poder apropiárselo. Es esta necesaria asignación de propiedad lo que se consigue mediante patentes o derechos de autor.

Parece que esta postura no es descabellada, que consigue un cierto equilibrio entre los intereses en juego y que podría ser denominada como liberal en el sentido de que está basada en el ejercicio de la libertad por parte de los agentes económicos una vez asignados los derechos de propiedad. Sin embargo merece la pena lanzar una segunda mirada a este argumento convencional5. Concentrémonos por simplicidad en el caso de los derechos de autor y comencemos por destacar que el argumento tiene dos partes.

Primero, la actividad creativa exige una inversión inicial fuerte que redunda en existencia de rendimientos crecientes a escala que hacen inviable la competencia. Segundo, el correspondiente monopolio natural tampoco resulta viable si el producto es reproducible a bajo coste. En consecuencia si queremos que exista la actividad creativa de que se trate es necesario hacer viable el monopolio incrementando artificialmente el coste de la reproducción del producto que incorpora la invención. Casi todos los economistas tienen este argumento convencional grabado en su disco duro de forma que no es fácil cambiar de idea. Sin embargo este argumento adolece de dificultades y falacias teóricas y prácticas.

Empecemos por las dificultades teóricas que son las más sorprendentes. Los lectores suficientemente interesados, o que acostumbran a preocuparse por los detalles, pueden consultar un artículo de Michele Boldrín y David Levine. El argumento genérico es como sigue. Si la invención o idea creativa está incorporada en un producto (lo que es siempre el caso); si la reproducción o imitación o copia exige una cierta formación intelectual ó técnica que hace que la imitación nunca sea sin costes (lo que ocurre en general[6]) y si hay límites a la capacidad de reproducción (lo que es bastante obvio en la mayoría de los casos), el valor descontado presente de las cuasi-rentas que recibe el creador inicial en ausencia de copyrights, es positivo. Pero es que, además, no solamente es positivo, sino que en ciertas circunstancias puede crecer a medida que se reducen los costes de reproducir el producto en el cual la idea se incorpora. En consecuencia el creador podría no necesitar el monopolio y no sería necesario el copyright para encarecer artificialmente el coste de la reproducción o copia.

Toda esta jerga significa, estrictamente hablando, no que el copyright no sea a veces socialmente conveniente (dependerá del incentivo cuantitativo que el inventor exija para crear), ni tampoco que el inventor o creador no vaya a mejorar su situación cuanto más efectiva sea la gestión de sus derechos cuando estos existen. A los monopolistas, en general, siempre se les hace la vida más fácil y dulce cuando se les incrementa su poder de monopolio.

Lo que el argumento que acabamos de ilustrar implica es que, contrariamente a lo que casi todo el mundo opina desde hace medio siglo, la carga de la prueba, a fin de justificar la necesidad del monopolio artificial que proporciona el copyright, ha de recaer sobre quién lo solicite. No conocemos evidencia alguna que corrobore que lo que los productores de información podrían recaudar sin la protección de los copyrights, no sería suficiente para compensar sus costes de oportunidad. Esto nos sugiere que cabe pensar en arreglos institucionales distintos de ese copyright y que no es obvio que no haya otras maneras socialmente más adecuadas de capitalizar el esfuerzo realizado por el inventor o creador.

Dejemos la teoría y pasemos ahora a la práctica. No es de extrañar que la SGAE trate de explotar el copyright existente en beneficio de los artistas en general y la VEGAP en defensa de los derechos de los artistas plásticos. En este sentido quién compra un disco compacto, o un óleo, o un software propietario tiene sus derechos de propiedad restringidos: no puede rasgar el óleo, o reproducir el c.d. en una tostadera, o copiar el software y, si lo hace, puede ser perseguido y, si finalmente es atrapado, tendrá que pagar por ello. Claro que todo esto va a favor de los intereses de los escritores, artistas, músicos, o informáticos. Pero, ¿qué pasa con los consumidores y el conjunto de la sociedad?.

Estas prohibiciones impiden la plena utilización de estos bienes por parte de los consumidores y de otros productores. Si uno lo piensa con atención, esto acarrea dos consecuencias socialmente peligrosas: reduce la competencia y, lo que es al menos tan dañino, reduce la innovación y el progreso tecnológico. Que reduce la competencia es obvio: hasta aquí sí que todavía se puede utilizar el disco duro del antiguo economista y reconocer que este poder de monopolio será un “mal necesario” Ya hemos argumentado que el mal no es ciertamente necesario, pero es que, además, y esto es mucho más importante, a largo plazo este poder de monopolio reduce la innovación. Esto puede parecer herético; pero lo que en general podríamos llamar “piratería” no es más que progreso tecnológico, innovación y, en definitiva, un futuro que se insinúa emboscado[7].

Esto último es especialmente cierto en el caso del software de forma que, como veremos, el movimiento del software libre y el sistema operativo Linux serán unos magníficos ejemplos para ilustrar cómo, en el capitalismo que se avecina, sin dejar de funcionar los incentivos, tendremos que dejar espacio a ciertas formas de gratuidad que tendrán su explicación en la siguiente sección.

Propiedad y Acceso

En el primer apartado de esta sección arguyo que la Ciencia, lejos de representar un sistema de producción premonitorio del capitalismo próximo, tal como algunos defienden, va a modificarse radicalmente debido básicamente a que los incentivos que los científicos van a tener que admitir o despreciar van a ser enormes en la Sociedad del Conocimiento. Esta modificación puede llegar a implicar la privatización de la Ciencia, incluso de la Básica.

En el segundo apartado discuto diferentes nociones de gratuidad asociadas a las TIC y ofrezco una concepción del mecenazgo novedosa que pone menos énfasis en la generosidad o en lo que hoy se llama Responsabilidad Social Corporativa, y que se fija más en el papel que puede jugar para paliar fallos de mercado, para crear mercados o para modular las señas de identidad de una comunidad.

Acceso: propiedad privada de la Ciencia

Ya he indicado en la introducción a este capítulo que Rifkin parece pensar erróneamente que la propiedad va a ser sustituida por el acceso lo mismo que el mercado (competitivo) será sustituido por las redes (cooperativas).

Confunde la proliferación de mercados con el debilitamiento de la propiedad y piensa que las redes de proveedores y clientes podrán proporcionar lo que uno desee sin pasar por el mercado. Esto lleva a pensar que quizá el capitalismo que viene se parezca al Sistema de Ciencia Abierta al que ya nos hemos referido en capítulos anteriores. En este sistema los resultados son públicos y quien los produce no espera de ellos ninguna remuneración especial sino el mero reconocimiento.

Parece, por lo tanto que examinar el funcionamiento de la ciencia podría ilustrarnos sobre el capitalismo que viene y sobre el papel que jugará en él la propiedad privada. Este examen nos mostrará después de un largo recorrido que, muy al contrario de lo intuído, la sociedad de la información traerá consigo fuerzas tendentes a privatizar la ciencia, tanto por los incentivos de los científicos como por el deseo de mejorar su creatividad.

En el capítulo I.2., introduje al usuario como productor de ciencia: Allí vimos como el Sistema de Ciencia Abierta propio de la República de la ciencia es como un legado que el feudalismo hizo a favor de la modernidad, generando una clase de usuarios del sistema, los científicos, que por circunstancias históricas acabaron vendiéndose barato por amor a la verdad.

Sin embargo, continuábamos allí, hoy las figuras del científico autor y del empresario-héroe van convergiendo y esperamos ver en un futuro inmediato un científico/empresario porque, en primer lugar, los incentivos a apropiarse los resultados de la ciencia van a ser cada vez más fuertes y capaces de vencer los remilgos de los científicos y porque, en segundo lugar, casi todos los argumentos en contra de la provisión de la ciencia por el mercado no se sostienen ya. En consecuencia, veíamos que los únicos problema pendiente para la provisión óptima de ciencia eran los del encasquillamiento y la dependencia del recorrido que surgen del efecto-red que afecta necesariamente a la ciencia y que dificultan la puesta en práctica de la estrategia óptima que allí calificaba como experimentadora y rebelde. Lo que en este apartado pretendo hacer ahora es mostrar cómo la potencia de las TIC y la privatización de la Ciencia pueden sortear el último obstáculo pendiente para la provisión óptima de ciencia, algo crucial en la sociedad del conocimiento.

Para comenzar voy a tratar de explicitar mis ideas acerca de cómo pueden las TIC llevar la competencia perfecta al mercado de la Ciencia, algo inesperado cuando acabo de recordar que el efecto-red genera unos rendimientos a escala crecientes por la parte de la demanda. Focalicemos pues nuestra atención en esos rendimientos crecientes a escala producidos por el “efecto-red” que, como ya he indicado, produce encasquillamiento y dependencia del recorrido, fenómenos ambos que plantean de lleno un problema epistémico serio.

Cuando enfrentamos una situación así, y este sería el caso en el mercado de la Ciencia, es aparentemente imposible pensar que estemos en competencia perfecta. Esta, hemos aprendido desde siempre, es incompatible con los rendimientos crecientes y son estos últimos los que caracterizan el funcionamiento de la ciencia según la descripción de los sociólogos que se dedican a estudiarlo y describirlo.

Sin embargo voy a tratar de argüir que las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (las TIC ), y especialmente Internet, pueden llevar, en el límite, a una situación en la que podemos decir que las cosas ocurren como si estuviéramos en competencia perfecta. He desarrollado este argumento recientemente en Urrutia y aquí voy a limitarme a ofrecer un simulacro de prueba en dos pasos.

En el primer paso recojo la noción de competencia perfecta desarrollada por Makowski y Ostroy y recientemente resumida en su artículo conjunto en el JEL. Para la tradición Walsariana, y en general Neoclásica, la competencia perfecta está identificada por el carácter paramétrico del vector de precios que se corresponde con esa naturaleza precio-aceptante de los agentes económicos justificada por su gran número. Sin embargo, para la tradición Austriaca, y también para la Mashalliana, la competencia puede llamarse perfecta si no hay barreras a la entrada pues en esa circunstancia, para evitar la entrada de un competidor, hay que rebajar el precio hasta que hayan desaparecido los incentivos a entrar.

Las ideas de Makowski y Ostroy reconcilian ambas nociones de competencia perfecta introduciendo una terminología muy intuitiva. La competencia sería perfecta en ausencia de todo poder monopólico. Este poder monopólico se da cuando mi amenaza de abandonar el grupo es creíble y una tal amenaza por mi parte no será tenida en cuenta a no ser que yo esté aportando realmente algo positivo al grupo. En consecuencia podemos decir que hay competencia perfecta, es decir que el poder monopólico ha desaparecido, cuando nadie aporta nada al grupo, cuando su presencia individual sobra.

En resumidas cuentas, hay competencia perfecta cuando el grupo es desintegrable en grupos más pequeños hasta llegar al agente económico individual. La ventaja de esta terminología es que nos hace ver con claridad meridiana que en aquellos sectores económicos en los que se da el “efecto red” no hay competencia perfecta: si cada incorporación individual a la red aporta valor a ésta, cada individuo que se incorpore a ella tiene un cierto poder monopólico.

Para probar que las TIC , y en concreto Internet, puede traer consigo una situación como la de la competencia perfecta, tengo que probar, en un segundo paso, que estas tecnologías nuevas agotan el “efecto red”. Como lo que aportan los sucesivos individuos que se incorporan a una red es cada vez menor, lo que tengo que probar es que las TIC permiten poner en red a todos los individuos de un sistema económico.

Las TIC , en efecto, reducen los costes de transacción en general y en particular reducen el coste de formar y completar redes. Internet en concreto puede completar una red única y lo puede hacer a través de un proceso, que podríamos denominar netweawing, que consiste en la creación de redes identitarias basadas en la confianza mutua.

Por ejemplo, Internet permite contactar en red a todos los miembros de una escuela científica determinada entre los cuales florece la confianza mutua en la puesta en común de planteamientos y métodos. Y puede hacerlo para cada escuela existente de forma que cada una de éstas no es sólo como una red de teléfonos, que, a lo mas, permite entrar en contacto con cualquiera que pertenezca a la red sino que, de hecho, hace muy probable que todos los miembros entren en contacto con todos los otros miembros de esa red.

Como, por otro lado, cabe perfectamente la pertenencia simultánea a varias redes, o a varias escuelas, al final todos los agentes económicos, o todos los científicos, pertenecen a una red de redes identitarias solapadas. Podemos decir que, en el límite, todos pertenecemos a la misma red y que no hay intercambio posible de ideas que no haya sido realizado.

A la luz de este segundo paso parece natural admitir que el “efecto red” se ha agotado y que ha surgido la competencia perfecta. Por ejemplo, la demanda de la idea que acabo de expresar es perfectamente elástica: una idea similar mejor articulada acaba dejándome sin lectores. Dicho de otra manera, no puedo engatusar a todo el mundo todo el tiempo con una idea que haya tenido o con un descubrimiento que haya efectuado: siempre cabe que un subconjunto del total de científicos se concentren alrededor de una idea alternativa parecida (quizá mejor, más elegante o con más gancho) o de un descubrimiento de parecida relevancia.

En esta situación límite han desaparecido el encasquillamiento y la dependencia del recorrido y florece la rebeldía y la experimentación alimentadas por la capacidad de contradecir las ideas establecidas. Además, lo que en Urrutia ( ) dije sobre estrategias y gestión empresariales es inmediatamente aplicable a la ciencia. Tomar la posición, o ser el primero en establecer una “verdad” científica, no garantiza nada pues esa posición puede ser atacada en cualquier momento; establecer un standard, o establecer una línea de investigación, sólo te garantiza quince minutos de gloria. Fidelizar la clientela, o hacer discípulos, es problemático y la fidelidad de los empleados, o de los miembros de la escuela científica de que se trate, es imposible.

Vemos pues que, en esta situación límite a la que nos pueden llevar las TIC , el problema epistémico ha desaparecido en el sentido de que rebeldía y experimentación florecen sin irreversibilidades ni dependencia del orden en que las ideas aparecen.

Las TIC han conseguido que los rendimientos crecientes en la investigación sean compatibles con la competencia perfecta de forma que, en el límite, no haya problema epistémico y la ciencia sea compatible con la iniciativa privada. Pero, ¿no cabe que el propietario privado de una empresa científica trate de parar el proceso que lleva hasta el límite que acabo de describir?.

Es ahora cuando de manera natural puedo encarar el problema de la privatización de la Ciencia Básica. Pretendo mostrar que dicha privatización es concebible desde el punto de vista económico. Más en concreto, pretendo hacer ver que un investigador, propietario de una empresa dedicada a la producción de ciencia básica, puede proveer ese bien correctamente.

Antes, sin embargo, es conveniente conocer la dificultad del empeño, pues hay que empezar por reconocer que el propietario de una empresa científica no tiene por qué tener los incentivos adecuados para tratar de alcanzar el límite en el que los problemas epistémicos han desaparecido. En efecto, el objetivo de los empresarios es procurar que la competencia no sea perfecta sino que se acerque lo más posible a una situación de monopolio. Los gestores (científicos o empresariales) más avispados procurarán que la comunidad formada por su escuela o por su clientela, y estructurada en red por internet, no se expanda del todo. Permitirán sin demasiada lucha que existan otras comunidades formadas por la cliente de los competidores o por otras escuelas. Las empresas (incluidas las científicas) tienen interés en retrasar el advenimiento de la competencia perfecta, y alargar así el disfrute de un cierto poder monopólico.

Como ahora veremos la pregunta de si hay que permitir la propiedad privada de las empresas dedicadas a la investigación básica se convierte en un problema de incentivos del que deberíamos poder deducir las características que debe tener el detentador de esa propiedad. Este problema no es fácil pues no poseemos una teoría económica universalmente admitida de la propiedad. Lo más cercano a eso que yo conozco son los trabajos alrededor de la idea de contratos incompletos y de la naturaleza de la empresa. Una empresa, en efecto, no es sino un haz de contratos; pero en ninguno de los componentes de ese haz se pueden tener en cuenta todas las contingencias posibles.

Pues bien, tal como explica Hart , en esas condiciones de incompletitud de los contratos, lo importante desde el punto de vista de la eficiencia es quién tiene los derechos residuales, es decir quién tiene el poder de decisión cuando llega una circunstancia no prevista en los contratos que constituyen la empresa. El argumento es sutil y no es fácil de explicar. Concentremos nuestra atención en el caso de una empresa científica y digamos que el contrato central para la formación de esa empresa se firma entre el Estado y una clase especial de agente privado, que denominaré el Científico y consiste en especificar ex ante las inversiones complementarias de uno y otro.

El Estado pone la infraestructura (un ciclotrón por ejemplo), que no valora en sí misma y el Científico que sí valora el ciclotrón en sí mismo pone su capital humano, es decir, su capacidad de usar ese ciclotrón. Si este contrato fuera completo estaríamos en presencia de un problema de identificar el óptimo de primer rango, la propiedad seria irrelevante para la eficiencia y no habría problema de incentivos. En un contrato completo, en efecto, no hay problema de incentivos porque el criterio obvio para decidir las respectivas inversiones complementarias es la maximización del beneficio conjunto. Y este es el criterio obvio porque el reparto posterior de este beneficio está especificado perfectamente. Cual sea esta especificación, es decir de quién son los bienes influye en la distribución; pero no en la eficiencia.

Ahora bien parece evidente que un contrato así no puede ser un contrato completo. Un ciclotrón no es una máquina estándar y sus especificaciones pueden variar ampliamente, y la aplicación con que el científico ponga en juego su capital humano es también muy variable, por lo que habrá muchas circunstancias en las que es imposible verificar si se están cumpliendo los pactos establecidos ex ante. Es claro que cuando este contrato es incompleto, el reparto del beneficio conjunto no puede estar especificado perfectamente en toda contingencia y, en consecuencia, el óptimo de primer rango no es alcanzable. El óptimo de segundo orden dependerá ahora de los incentivos.

Pues bien, ahora la propiedad es esencial para los incentivos (y por lo tanto para alcanzar el óptimo de segundo orden) pues determina quién tiene el derecho a continuar con el proyecto en el caso de que, una vez instalada la infraestructura, surja una desavenencia no tenida en cuenta entre Estado y Científico.

Pensemos en primer lugar que Estado y Científico van a producir conjuntamente un bien privado. Supongamos que la propiedad se asigna al Científico. En este caso es evidente que el Estado no tiene incentivo a invertir mucho en infraestructura, pues se va a quedar con ella sin poder utilizarla si el propietario decide no continuar.

Supongamos por el contrario que la propiedad pertenece al Estado. En este caso el Estado tiene incentivo a invertir más, pues si hay desavenencia él puede decidir continuar. Es decir, cuando se produce un bien privado a través de un contrato incompleto la propiedad ha de ser del inversor, en nuestro caso el Estado. Este es el argumento de Hart para defender que la propiedad debe asignarse a quien invierte.

Pensemos, en segundo lugar, que entre Estado y Científico van a producir ese bien público que denominamos ciencia. La situación es ahora bien distinta. Supongamos que la propiedad fuera del Estado y que éste hubiera decidido hacer una inversión muy grande. En este caso, si el acuerdo se rompe ante una contingencia no prevista hay dos posibilidades: que el Estado decida interrumpir el proyecto o que decida continuarlo. En la primera eventualidad ha malgastado una gran inversión, en el segundo el rendimiento se lo lleva el Científico, luego cabe pensar que el Estado no tiene incentivos a hacer una gran inversión.

Supongamos ahora que la propiedad fuera del Científico y que el Estado ha decidido hacer una inversión muy grande. Si el acuerdo se rompiera, al científico le compensa seguir en el proyecto aunque tenga que ceder parte del excedente al Estado porque él, el científico, valora mucho la infraestructura en sí. En consecuencia, el Estado tiene incentivos a hacer una inversión grande. Este es el argumento de Besley y Ghatak para defender que la propiedad debe asignarse al científico que aprecia el bien público más que el inversor.

Resulta de una gran belleza que sea la pasión por la verdad la que justifique al científico como empresario, es decir como dueño de la empresa científica, ya que era precisamente esta característica la que explicaba que el científico aceptara un magro pago por sus servicios al señor que le protegía y explotaba, tal como vimos. Es justamente esa característica de sus preferencias la que justifica que asignemos la propiedad a algún científico; pero no a cualquiera, pues en la ciencia, como en cualquier otro sector, el empresario, el científico, tiene incentivos para ralentizar el movimiento hacia la competencia perfecta tratando de mantener mientras pueda el poder monopólico que le conceden los rendimientos crecientes producidos por el “efecto red”.

Si los métodos de secuenciación del genoma humano de Celera hubieran competido con otros es posible que a Venter le hubiese interesado no utilizar totalmente la pequeña ventaja que pudiera acarrearle la imposición de su método a toda la comunidad científica y tecnológica, pues eso le llevaría, según hemos visto, a erosionar su propio monopolio. Le hubiera convenido retardar ese momento repartiéndose el mercado con otra empresa, posiblemente pública.

Sin embargo desde el punto de vista social interesa más que se alcance la competencia perfecta. La manera de eliminar estos incentivos perversos es entregar la propiedad de la empresa a quién muestra una mayor pasión por la verdad.

Queda pues mostrada la compatibilidad entre propiedad privada y provisión de ciencia. No sólo puede proveerse ésta en cantidades adecuadas; sino que, cabe esperar, que la iniciativa privada, lejos de generar un problema epistémico, constituye su solución. Cuando florece la pasión por la verdad el empresario-científico, a la vez un autor y un héroe, traerá la rebeldía y la experimentación que, curiosamente, caracterizan no sólo la óptima estrategia investigadora, sino también la competencia perfecta.

Si se me permite, para terminar, dar un cierto salto lógico, me atrevería a decir lo que espero que sea la Ciencia en el siglo XXI. Primero, la propiedad de la empresa científica la detentará un científico doblado de empresario. Segundo, esa empresa privada estará en manos del empresario/investigador que más pasión por la verdad, es decir más fe en su propio método, hay mostrado. Tercero, no serán estrictamente necesario otorgar ninguna patente a los productos que salgan de esa empresa científica[8].

Gratuidad y Mecenazago

Una vez que hemos admitido la propiedad privada de la Ciencia, incluyendo la Básica, tenemos que tomar conciencia de que, aunque no hayamos recomendado el otorgamiento de patentes, siendo como es positivo el valor descontado presente de las cuasi-rentas obtenibles, no parece que vaya a haber algo gratuito en el capitalismo que viene, contrariamente a la sugerencia de Rifkin. Sin embargo, y como ahora empezaremos a discutir, hay unos ciertos sentidos en los que podemos hablar de gratuidad como algo que se avecina y como algo que tiene una cierta relación con el mecenazgo.

Comenzaré pues por pensar la gratuidad como un fénomeno que se manifiesta en tres categorías curiosas[9]. Lo gratis o ¿por qué hay bienes con precio cero en un sistema de mercado?. Lo gratuito o ¿para qué sirven formas extraordinarias de fiesta que representan un derroche poco razonable?. Lo libre o ¿cómo entender la cooperación gratuita entre programadores adscritos al movimiento de software libre?

Si empiezo mi recorrido por lo gratis me planteo inmediatamente la idea de un bien libre. Es esta noción una de las primeras cosas que aprende un estudiante de economía a quien se le dice que se trata de un bien, como el aire, cuya demanda (a precio cero) es menor que la oferta existente a ese precio. Pero si definimos los bienes con un poco más de cuidado, dividiendo por ejemplo el aire en más o menos contaminado, podemos fácilmente admitir que esta categoría intelectual no es más que una curiosidad de la que podemos prescindir para estudiar realmente lo escaso, lo que no puede dejar de tener un precio positivo, lo que no puede ser gratis.

Sin embargo sí que hay un sentido en el que se puede hablar de bienes con un precio (sombra) nulo; es decir, bienes que, aunque haya que pagar por ellos en las transacciones individuales, no aportan nada a la sociedad cuando se aumenta su oferta, cosa que puede llegar a ser el caso de algunos tipos de mano de obra o de habilidades profesionales o de materias primas. No son bienes libres, acarrean un precio, pero la sociedad no sufriría nada si destruyéramos una unidad de ellos.

Lo que resulta interesante de estos dos tipos de bienes es que su propiedad privada no sirve para mucho a sus propietarios, y ello porque el sistema de mercado no los necesita para hacer sus trabajo. Como saben todos los economistas (aunque no los de primer curso) el sistema de mercado es un mecanismo que permite simultáneamente agregar toda la información relevante para tomar decisiones económicas en un único estadístico suficiente, el vector de precios, y también ofrecer, mediante la exclusiva contemplación de ese vector de precios, todos los incentivos necesarios para trabajar, ahorrar e intercambiar de la mejor forma posible.

Para que estas dos estraordinarias características del sistema de precios puedan darse juntas es condición necesaria la existencia de los derechos que configuran la propiedad privada de los bienes, tema este que centra el interés de esta capítulo. Pues bien, la propiedad privada de los bienes libres o de los que acarrean un precio sombra nulo es irrelevante a efectos del funcionamiento del mercado. Sin ella el mercado seguirá siendo un magnífico y eficiente procesador epistemológico como diría Hayek.

Me atrevo a decir que el Estado no se preocupa demasiado por defender al propietario (eventual) del aire o a quién posee una cualificaciones laborales excedentarias en el sistema. Sin embargo, como garante del funcionamiento del mercado, el Estado defenderá muy mucho la propiedad privada de otros bienes realmente escasos.

Ahora bien, si queremos entender con una cierta profundidad el papel de la propiedad en la determinación de lo gratis tenemos que analizar otros dos fenómenos interesantes.

  1. El primero es bien conocido y está relacionado con las complementariedades. Se decía que un cliente de un sastre famoso, que cobraba lo mismo un traje con o sin chaleco, se encargó un chaleco esperando obtenerlo gratis. No lo consiguió porque, al menos por aquellas épocas, chaqueta y chaleco era bienes complementarios. Como en el caso del sastre y su chaleco, Microsoft no cobra nada por el buscador Explorer, pero no lo proporciona independientemente de un sistema operativo Windows. Este tipo de gratuidad parece haber ofendido bastante al juez Jackson, y también a la corte de apelaciones. Esto de lo gratis parece que empieza a no ser una broma, y, como veremos ahora, se puede convertir en algo muy serio.

  2. El segundo fenómeno que tenemos que analizar tiene que ver con el tamaño del mercado, y por tal entiendo no sólo el número de participantes; sino también el número de mercancías. El tamaño del mercado en un momento dado está determinado por el beneficio que derivo de extenderlo (ya que soy, por ejemplo, propietario de un bien que se puede convertir en mercancía, como el tántalo al aparecer los teléfonos móviles) y el coste de hacerlo, un coste tanto físico (correspondiente a la producción de la mercancía o la conquista de un mercado lejano) como no físico (correspondiente a la adquisición o creación de la confianza necesaria por parte de la clientela cercana de una mercancía nueva y desconocida o de los compradores lejanos de una mercancía conocida).

    Pues bien, si los costes de una u otra forma de extender el mercado son pequeños, como puede ocurrir gracias al netweaving que se realiza en el Internet, el incentivo proporcionado por la propiedad privada a efectos e extender el mercado hasta una dimensión dada no tiene por qué ser muy alto, de suerte que esa propiedad privada es menos necesaria o puede redefinirse de manera menos cerrada. En el límite, manera rara de mirar a las cosas que los economistas comparten con los matemáticos, la propiedad no parece necesaria para que el mercado haga esa función que he llamado epistémica. Es pues dudoso que todas las cosas vayan a tener un precio positivo y es posible que algunos bienes finales lleguen a ser gratis, cosa tecnológicamente factible gracias a los enormes rendimientos crecientes a escala que existirán en la producción de esos bienes de consumo masivo.

    Lo gratis puede dejar de ser una categoría conceptual sin importancia y aparecer como el signo distintivo de un futuro que apunta. En ese futuro hay ciertos toques de abundancia que hacen dudar, en un primer momento, no sólo de la funcionalidad de la propiedad privada, sino también, claro está, de la del Estado, o de la del propio mercado como forma de racionar la escasez, tal como iremos viendo inmediatamente.

Pensemos en el lenguaje, en el potlach y en la “frontera” o colonización del oeste americano. Los tres tienen en común que conforman una fiesta de la sobreabundancia. Tomemos el potlach como un término genérico que engloba muchas prácticas diversas de tribus americanas descritas por los antropólogos y fijémonos en la que consistía en destruir ritual y colectivamente bienes producidos en común por el grupo. Algo de esto hay también en la facilidad con que el lenguaje rehace sintaxis, cambia contenidos semánticos y hace proliferar mil formas distintas en su pragmática. Es, como el potlach, algo colectivo que hacemos sin pensar, que procede a despilfarrar sin freno un montón de energía social. Finalmente, pensemos en el espíritu de la “frontera”: la colonización de territorios vírgenes se hacía también colectivamente, sin un plan preconcebido y mediante el despilfarro de vidas, haciendas y energía colectiva.

¿Qué interés pueden tener para un economista estos tres fenómenos sociales que he empaquetado juntos de manera tan arbitraria y gratuita?. Acabo de decir, tratando de hablar de una primera manifestación de la gratuidad, la que da origen a lo gratis, que la reducción de los costes de extender el mercado puede llegar a traer una extensión tan grande de éste que podría imaginarse la superación de la propiedad privada, del Estado y del propio mercado como instituciones propias de la lógica de la escasez, o tributarias de la necesidad, que ya no cumplen función alguna en una situación de sobreabundancia que se rige por una lógica distinta.

Lo que ahora quiero explicar es que en el pasado, cuando Internet no había reducido los costes de extender el mercado (tanto los físicos como los asociados a la adquisición de confianza) la extensión de mercado se tenia que hacer mediante lo gratuito.

En efecto, extender el sistema de mercado significa tener acceso a nuevos territorios para poder producir más, y para más gente, bienes conocidos o nuevos bienes que las nuevas tierras permiten cultivar; pero significa también elaborar nuevo lenguaje que permite entender los nuevos bienes, o a los nuevos individuos que van a conformar el mercado más extendido, y significa, finalmente, ganarse la confianza de los nuevos individuos que acceden al intercambio de bienes. Pero esta extensión del mercado no puede hacerse simplemente a partir de una propiedad privada que, aunque regía en el mercado reducido que ahora queremos extender, entre los individuos que lo conformaban y bajo un Estado que la protegía, no se extiende todavía a los nuevos agentes económicos a los que el mercado accede.

Extender el mercado no es pues un problema de mercado, es algo complicado que, en un principio, exige actos gratuitos, arriesgados, pues se adentra uno en territorio virgen en donde nadie va a garantizarme que puedo hacer mío lo que produzco o lo que compro.

Curiosamente, lenguaje, “frontera” y potlach llevan a cabo la labor epistémica del mercado, su inaudita capacidad de agregar información y reaccionar correctamente a ella, sin necesidad de la propiedad privada o del Estado que la protege. La colonización de la “frontera” da acceso a nuevos pastizales o a nuevas tierras de labranza, el lenguaje da acceso a nuevos significados que contribuyen a conformar una comunidad que se organiza alrededor de la destrucción colectiva de energía y se estructura jerárquicamente según la generosidad de los dones o de las autodestrucciones.

Los incentivos asociados necesariamente a la propiedad privada no funcionan aquí; los contactos, transacciones y producciones que hay que hacer para extender el mercado se hacen de manera gratuita, por instinto en el caso del lenguaje, por espíritu de pionero en el caso de la “frontera” y por la pulsión suicida de la autodestrucción en el caso del potlach. Y esta gratuidad no necesita protección de ningún Estado, no es algo que esté a la defensiva, es algo que ofende, que ataca, y contra lo cual siempre se encuentran resistencias.

Ahora bien, esta extensión del mercado conseguida por lo gratuito no es eterna. El lujo del espíritu de conquista de la “frontera”, o de la dilapidación de recursos, o del instinto del lenguaje, no es como el sol, no es eterno. Llega un momento en el que los costes de esa extensión se hacen cada vez mayores y en el que, para continuar con ella, hacen falta ya incentivos más tangibles asociados con la propiedad privada. Ya no destruyo mi propia riqueza para señalar mi poder, y mi espíritu de pionero no encuentra ya terreno donde ejercerse. Sólo subsiste el instinto del lenguaje que se utiliza ahora para reinventar la propiedad privada y el Estado. La escasez ha vuelto a enseñar sus feas orejas, y el espíritu colectivo y gratuito ya sólo subsiste en el lenguaje; el orden se ha vuelto a imponer.

Antes de pasar a elucubrar sobre lo libre, como tercera categoría de la gratuidad quiero realizar un excursus sobre lo que considero una lección que nos ha enseñado la consideración de lo gratuito o lo despilfarrador. Si la globalización es un intento de extender el mercado más allá de lo que, dada la propiedad privada, permiten las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, no podemos esperar hacerlo con el mismo lenguaje, sin espíritu de hombres de la “frontera” o sin alardes de gasto para ganar autoridad y confianza. Y sin embargo estamos queriendo hacerlo así.

No nos extrañe pues que los movimientos antiglobalización exijan nuevo lenguaje, combatan un falso pionerismo no participativo y escenifiquen la destrucción por la destrucción. Les motejamos de irracionales; pero quizá no estén dispuestos a comportarse con la racionalidad funcional propia de la necesidad y se muevan por una racionalidad expresiva y espectacular propia de la abundancia, del exceso de energía.

Si estas elucubraciones tuvieran algún sentido la confrontación con los movimientos antiglobalización sólo tendrá éxito cuando los globalizadores estén dispuestos a intercambiar y crear palabras, a trabajar colectivamente sobre nuevos terrenos y a responder a la violencia con una destrucción masiva de su propia riqueza. Cuando así se haga, el mercado se habrá extendido, la propiedad privada volverá a imponerse y un Estado más global surgirá para proteger el nuevo orden. Se me antoja que quemar etapas es inútil; pero sobre todo esto volveré en la cuarta y última parte de este ensayo sobre el Capitalismo que viene.

Estas ideas pueden parecer excesivamente especulativas; pero, si abrimos los ojos, las reconocemos en el mismísimo corazón de la revolución tecnológica que estamos experimentando. La revolución de las llamadas TIC se fragua, no en un hardware que acaba adaptándose, sino en el desarrollo del software.

Por un lado, la estrategia del software propietario que defiende la propiedad privada del software desarrollado por los programadores de una empresa, es decir su patentabilidad o copyright acompañados de la ocultación del código fuente y, por otro lado, la estrategia del software libre que se organiza en un movimiento libertario que defiende el acceso libre al código fuente de cualquier programa y la obligación de revelarlo, o, como ellos dicen, de establecer el copyleft. Esta batalla no es ninguna broma, y el plausible triunfo del movimiento del software libre, o de código fuente abierto (open source movement), ha sido esgrimido por los defensores de Microsoft en su histórico juicio por presuntas prácticas anticompetitivas.

Lo interesante para mí es que este movimiento, que ya está bastante institucionalizado, representa a la perfección la faceta de la gratuidad que he denominado lo libre. Lejos de aceptar que cualquier mejora del código fuente, o su propia creación, pueda ser protegida por un copyright que, aunque permita el uso de sus aplicaciones bajo licencia, no permite el examen libre de ese código fuente, el movimiento se organiza para que se cree un estatuto del software libre, según el cual el código fuente creado por cualquier miembro del movimiento se puede transmitir bajo la licencia libre GPL (General Purpose License), que obliga a no convertirlo en propiedad privada; sino a usarlo, y posiblemente mejorarlo, y devolverlo a su vez como código libre.

La historia del movimiento es conocida y significativa. Antes de principios de los 70 cada ordenador físico tenía su propio sistema operativo, y el problema de compatibilidad era insalvable. Debido a este defecto aparecen los hackers, unos usuarios interesados que producen su propia programación en la máquina con la que cuentan y para satisfacer sus propias finalidades. El proyecto UNIX cambia todo esto.

Se trata de una concepción modular que permite la adaptación fácil de los programas a diferentes modelos de hardware. Nace en los laboratorios de ATT (Unix System Labs), pero se cede a la Universidad de California en Berckeley y los hackers universitarios lo mejorar hasta desarrollar el Berckeley Software Distribution (BSD). El enfrentamiento entre la ATT y Berckeley es el evento que desencadena lo que luego va a venir.

ATT significa el desarrollo del software propietario, proceso de innovación sometido a la lógica de la escasez con su propiedad privada y la defensa de ésta por el Estado. Berckeley (en donde hace 20 años se había desarrollado el free speech movement), representa el desarrollo libre del software dentro de una comunidad de usuarios privilegiados que comparten todas las innovaciones sin cobrar por ello ni protegerlas con propiedad privada o copyrihgt. Este enfrentamiento llega a los tribunales y, como suele pasar cuando esto ocurre, ambas salen perjudicadas.

Pero mientras tanto, a mitad de los 80, Richard Stallman, un genio de la programación, ha iniciado la Free Software Foundation (FSF) y el proyecto GNU (un acrónimo recursivo que dice “GNU no es UNIX”) . Stallman y sus amigos tratan de construir un sistema operativo de lujo del estilo UNIX (pero no UNIX) basado en el software libre. “Un sistema operativo permite hacer muchas cosas. Un sistema operativo haría de nuevo posible una comunidad de hackers que trabajan de modo cooperativo”. A partir de este punto los acontecimientos se desencadenan y Stallman y Linus Torvald juntan fuerzas para crear, en la Red, el sistema GNU/LINUX que es el que está siendo un verdadero competidor para Microsoft. Un competidor del que se puede decir que está ganando la batalla desde que ha sido adoptado por muchas instancias del sector público en Europa.

Esta pequeña historia nos ayuda a percatarnos de que el movimiento del software libre representa el ejemplo perfecto de lo libre y, a su vez, corresponde a la forma de extender el mercado mediante lo gratuito, tal como he comentado. No hay que tener mucha imaginación para reconocer en la política del movimiento un deseo de libertad espontánea similar a la que mueve a la creación del lenguaje; al fin y al cabo, están creando lenguaje, eso es lo que están haciendo.

También es evidente el pionerismo que anima a los hackers y el aspecto sacrificial que subyace al encumbramiento de Stallman y Torvald como jefe del movimiento; lo son porque dan mucho, porque renuncian a mucho. Pero también es cierto que, una vez que lo gratuito ha hecho su trabajo, volvemos al reino de la necesidad. Así está ocurriendo, por ejemplo en la empresa Red Hat, que si bien pertenece al movimiento, cobra razonablemente algunas de la aplicaciones. Poco a poco, el movimiento se va pareciendo a una sociedad normal con precios por los intercambios, propiedad privada y la intervención de formas de control no estatales.

Para terminar con este apartado que cierra este capítulo dedicado a pensar la propiedad privada como necesaria para el desarrollo capitalista es indicado volver la atención hacia el fenómeno del Mecenazgo como una aparente gratuidad en forma de acto gratuito, aparentemente irracional. Trataré de demostrar, muy a contrapelo de las opiniones bienpensantes que se suelen verter sobre este tema, que el Mecenazgo no representa la culminación de la tan citada sociedad civil; sino que puede ser considerado como una forma gratuita de crear mercados o de influir sobre las instituciones. Lo que sigue está basado en varios trabajos previos que trataré de resumir aquí10.

Como introducción al asunto del Mecenazgo quizá convenga desligarlo de lo que coyunturalmente se entiende por Responsabilidad Social Corporativa. Los escándalos corporativos surgidos de la explosión de la debacle de las empresas puntocom (de Enron a Parmalat pasando por Worldcome), la reciente pero intensa sensibilidad medioambiental de muchos organismos y asociaciones, así como la preocupación creciente por las condiciones del trabajo, especialmente en el caso del infantil, han propiciado esa actitud de las corporaciones que pugnan por obtener buenas calificaciones en esta materia para no verse penalizadas por los cada vez más importantes fondos éticos, fondos estos que a pesar de las limitaciones que se autoimponen en sus inversiones, no muestran ninguna disminución sistemática en la calidad de su desempeño. Muchas corporaciones esperan cumplir con su Responsabilidad Social Corporativa ejerciendo de una u otra manera una cierta labor de Mecenazgo.

Este Mecenazgo forma parte de lo que Boulding llamaría la Economía de las Donaciones, un conjunto de intercambios unilaterales que están propiciados por la generosidad y no por el interés propio. Dentro de esta etiqueta general de Economía de las Donaciones ubicaríamos la que se ha dado en llamar el Tercer Sector que ni está relacionado con el Estado, como lo está el sector público, ni persigue el lucro, como lo hace una empresa del sector privado. La determinación cuantitativa de este Tercer Sector no es fácil; pero diversos estudios que se han realizado en los últimos años11, me permite aventurar la cifra del 0,5% del PIB como techo a la dimensión de este sector en el mundo.

Como el Mecenazgo se concreta en general en lo cultural y como en este subsector las donaciones privadas no son la mayor fuente de financiación, no creo confundirme mucho si afirmo que el Mecenazgo propiamente dicho como parte del Tercer Sector no llega al 0,20 del PIB en el mundo. No se trata por lo tanto de una actividad que merezca una enorme atención económica si no fuera porque está relacionada con la gratuidad y apunta hacía algunos principios generales que creo pueden influir en el capitalismo que viene.

Una definición estandar de Mecenazgo es la proporcionada por Cánovas en un artículo del nº de Economía Industrial citado en la nota 10. Dice este autor que el Mecenazgo es la “protección dispensada por una persona o entidad a la cultura y el arte de forma altruista”. A mí me gustaría hacer una distinción entre un Mecenazgo Domesticado y un Mecenazgo Rebelde según se relacionen con una concepción administrativa de la cultura o con una concepción antropológica de la misma.

La primera está relacionada con los convencionales servicios culturales (una ópera por ejemplo) y activos Culturales (por ejemplo un óleo), mientras que la segunda hace referencia a aquellos usos, conocimientos, creencias, instituciones o formas de lenguaje generados por la capacidad de simbolización del hombre en comunidad y que conforman un caldo de cultivo fuera del cual el género humano no podría vivir en sociedad.

En la cultura domesticada, el Mecenazgo puede entenderse como una forma de paliar los fallos de mercado propios de los bienes culturales mientras que, en la cultura rebelde, ese Mecenazgo estará más bien relacionado con el deseo de empujar o de frenar la evolución de los usos, instituciones, conocimientos y creencias y en general de los “memes”. Consideremos a continuación con más detalle cómo se relaciona el Mecenazgo con estos dos tipos de cultura.

Cuando nos fijamos en los servicios culturales o los activos culturales propios de la cultura administrativa debemos estudiar el funcionamiento de los mercados existentes para la provisión de esos bienes. La manera general de modelarlos es la siguiente. Por la parte de la producción modelamos una tecnología de rendimientos constante y con una tasa de crecimiento de la productividad muy inferior a la que aplica a la producción de otro tipo de bienes, fenómeno éste que se denomina la enfermedad de los costes, o el efecto de Baumol en honor de su descubridor.

Por la parte del consumo suponemos en general unas funciones de utilidad Cobb-Douglas definidas no sobre esos servicios o esos activos sino sobre los atributos genéricos que representan (música en el caso de la ópera, pintura en el caso de un óleo) y que no se puede obtener más que a partir de unas dosis mínimas de su consumo que, a su vez, evolucionan de una forma creciente con el hábito creado por su consumo y disfrute. Tanto la enfermedad de los costes como la formación de hábitos explican algunas características importantes de estos mercados. La formación de hábitos explica porqué hemos de distinguir el corto plazo del largo cuando hablamos del equilibrio de estos mercados y cómo en el corto plazo hay una oportunidad para ensanchar los mercados fomentando la formación de hábitos.

La enfermedad de los costes implica por otro lado que, si queremos que la sociedad mantenga una proporción constante de consumo cultural, el gasto que hay que dedicar a la producción de bienes culturales en relación al gasto dedicado a la producción y consumo de otro tipo de bienes es cada vez mayor con las consiguientes dificultades para su financiación.

Si ahora consideramos, tal como suele ser el caso muy a menudo, que la cultura es un bien meritorio que el mercado infraproduce, es muy fácil aceptar una explicación del Mecenazgo que nada tiene que ver con la generosidad. En efecto, para poder mantener el gasto relativo en cultura, el Estado da facilidades fiscales a los mecenas, privados o corporativos, para que cubran parte de la crecientemente necesaria subvención. Estos mecenas aceptan jugar este papel por dos razones básicas.

Primero, pueden contribuir a crear hábitos y esto es una parte importante de la creación de mercados, mercados estos que quizá le vayan a proporcionar en el futuro beneficios al mecenas. Segundo, el ejercicio del Mecenazgo constituye una señal que me distingue (me da distinción) y me permite pertenecer a la elite de los “connaiseurs” de música o pintura, por seguir con nuestros ejemplos. Es decir el Mecenazgo me “compra” reputación. Si, además, quiero afianzar esa reputación, lo podré hacer erigiendo una Fundación con un capital no recuperable.

Si ahora volvemos nuestra atención hacia la cultura rebelde debemos entender cómo se conforman los “memes” culturales sobre los que luego quizá pueda actuar un mecenas. La mejor manera de entender la emergencia de “memes” o pautas de conducta que identifican a una comunidad determinada es considerarlos como el resultado de la dinámica de una población entre cuyos miembros se desarrollo un juego evolutivo en el que las pautas de conducta van evolucionando de acuerdo con sus resultados cuando se utilizan en un juego estático entre subconjuntos (generalmente parejas) de esa población.

El equilibrio de estos juegos puede se un equilibrio en estrategias evolutivamente estables del juego estático (o a prueba de invasión de mutantes) o un equilibrio evolucionariamente estable (o el “meme” al que tiende la dinámica de las pautas en la población) o un equilibrio de Nash del juego estático. Lo interesante es que el juego evolutivo puede acabar alcanzando un equilibrio que no es a prueba de invasión de pautas mutantes y que, en este caso, cabe que alguien inicie una invasión de pautas nuevas de conducta que acaben con el equilibrio anterior y lleven a la población a un nuevo equilibrio. Ese alguien puede considerarse como un mecenas suigeneris.

Es esta extraña figura del mecenas rebelde que de todos modos está relacionada con la figura del maestro al que me he referido en otro lugar12, la que me parece más relevante a efectos del capitalismo que viene. El mecenas domesticado quizá sirva para cubrir una dudosa Responsabilidad Social Corporativa y puede muy bien convertirse en una figura con reputación de apoyar el consumo cultural y la expansión de su potencial efecto civilizatorio, pero nada tiene que ver con la gratuidad ni con la posible superación de la necesidad de la propiedad privada. Sin embargo el mecenas rebelde puede acabar siendo alguien que influye en el tejido social a través de la configuración o destrucción de “memes”, alguien que se parece bastante al pionero de la “frontera”, al partidario del software libre o al destructor ritual de su propia riqueza.

Resumen

En esta segunda parte de El Capitalismo que viene pasaré revista a las variaciones que tanto la propiedad como institución central, como la información como mercancía y el ámbito de actuación como referencia territorial y política, van a sufrir por el empuje de las TIC , el papel nuevo que juega la información más allá de su consideración como mercancía y la globalización. En este primer capítulo de esta segunda parte centro la reflexión en la propiedad privada, una institución cuya centralidad para el funcionamiento del libre mercado no ha sido comprendida hasta hace relativamente poco tiempo y que corre el peligro hoy mismo de extenderse demasiado o de no extenderse lo suficiente en unas áreas u otras, o de ser de nuevo descuidada debido a ciertos anuncios ambiguos de gratuidad.

La solución definitiva del problema del “cálculo socialista” ha puesto de manifiesto la importancia de la propiedad privada para solucionar el problema de falta de incentivos que surgiría en su ausencia y el consiguiente problema para el buen funcionamiento de la Economía de Mercado. Sin embargo este papel central no justifica la extensión en el tiempo y en el ámbito que se está llevando a cabo en el campo de la propiedad intelectual.

En esta materia se está aceptando poco a poco que lo que surge como institución destinada a fransar entre el incentivo a crear y la exigencia de difusión, se está convirtiendo en una innecesaria barrera a la creatividad. No me parece arriesgado pronosticar que en un futuro inmediato se reducirá el tiempo de duración del copyright y se reducirá drásticamente el abanico de los bienes, tangibles o intangibles, cuyos inventores merecen protección por parte de los derechos de propiedad intelectual. Esto, indirectamente, acelerará la rotación de bienes propia de la creación destructiva en que consiste el proceso competitivo.

La apreciación errónea de que el acceso está sustituyendo a la propiedad (de la misma forma que las redes sustituyen al mercado) ha llevado a pronosticar la emergencia de la gratuidad en alguna de sus manifestaciones. Sin embargo una discusión pausada de estas ideas nos hace ver que lo que aparece como acceso gratuito no es sino el resultado de la emergencia de otros mercado no gratuitos en otro ámbito o el ejercicio “gratuito” (poco razonables o aparentemente irracional) exigido por la extensión del mercado.

El estudio del Mecenazgo y la continuación del examen al que ya comencé a someter a la Ciencia, son muy útiles para disipar esta confusión sobre el acceso como eliminación de la propiedad. El Mecenazgo aunque en algunos casos tenga algo de potlach o de destrucción ritual de riqueza no es un debilitamiento ni del propio interés como motor del desarrollo económico, ni de la institución de la propiedad privada. Quien crea que la gran historia de la asignación de recursos comienza por la institución natural del Mercado, continúa por la del Estado como “bricoleur” aficionado que trata de paliar los fallos del mercado, se perfecciona en la institución del Mecenazgo donde florece la generosidad y así culmina la construcción penosa de la sociedad civil está, creo, confundido.

Esta historia comienza más bien por el Estado (o más propiamente el Señor), continúa por el Mecenazgo como medio utilizado por el señor para que florezca el Mercado y pueda seguir manteniendo su poder a través de su “poder de compra”, y termina con el Mercado que sí es propiamente la realización de la sociedad civil. Si no estoy equivocado en un futuro cercano el Capitalismo que viene será testigo de una proliferación del Mecenazgo pero sin pretensión de distinción o superioridad moral; sin ocultamiento tramposo de su aspecto de “búsqueda de rentas” por parte de Fundaciones fantasmas y, más bien, con la evidente intención de ensanchar mercados.

Es sin embargo la Ciencia la institución que más claramente va a representar este papel social de ensanchar el campo de juego donde se practica el deporte de la competencia. Seremos testigos privilegiados de una Ciencia menos inercial y seguidista, más experimentadora y rebelde y, para nuestro escándalo, el interés propio y la propiedad privada comenzarán a rondar este “templo del acceso”. El sistema de Ciencia Abierta no resistirá los cantos de sirena que los incentivos representarán para los científicos y una buena organización de la ciencia puede tener que llegar a pasar por las exigencias de ciertas formas de privatización.

Notas
  • 1. Es convencional considerar a K. Arrow, junto con G. Debreu, como el padre de la Teoría del Equilibrio General Competitivo o versión contemporánea de la Teoría Neoclásica del valor. Ver Arrow, K y G. Debreu (1954).

  • 2. El trabajo de Mirowski citado en las referencias es un trabajo que recientemente presentó en el semanario del capitulo español de la SIAME (Sociedad Iberoamericana de Metodología Económica) y que está redactado en honor de Feyerband a quién se elogia como filósofo de la ciencia comprometido que no puede aislar la ciencia de las relaciones de poder políticas.

  • 3. Ver Arrow, K (1962).

  • 4. Ver Urrutia (2003 a).

  • 5. Ver Boldrin y Urrutia.

  • 6. Si realmente la copia no tuviera coste alguno, el autor, en ausencia de copyright, no obtendría ningún ingreso por su invención y ésta sería totalmente inapropiable. Ver Quah.

  • 7. Esta idea que aparecía como cuasi-herética va encontrando poco a poco su camino hacia la ortodoxia. En el número correspondiente a Abril de este año 2004, The Economist ofrece una recensión del libro de Lawrence Lessig que es muy significativa a este respecto comenzando por su título: Killing Creativity (Matando la Creatividad). El argumento central del libro es que el exagerado alargamiento del copyright en el tiempo y la exagerada extensión de la protección a muchos bienes y servicios, va camino de crear una “Cultura de la concesión” en lugar de una “Cultura libre” en la que la creatividad florecería.

  • 8. Hay una cuarta característica que no tiene que ver con la propiedad más que indirectamente; pero que sí está relacionada con el acceso a los resultados científicos. En principio esos resultados son públicos; pero el acceso a ellos está limitado por el modelo de negocio de las editoriales científicas. Hasta muy recientemente eran los lectores de las revistas científicas las que pagaban por el acceso a su contenido, bien en papel o de forma electrónica. Los autores se limitaban a ceder sus derechos de autor a la editorial correspondiente; pero desde ahora van a tener que pagar para ser leídos. De acuerdo con PLoS (Public Library of Science) el acceso será libre y para esto es necesario que los costes los sufraguen los autores o las instituciones para los que trabajan. Esto se parece al Open Source Movement en el campo del software al que nos referiremos enseguida. En uno y otro caso parecería que nos encontramos ante casos de gratuidad; pero ambos casos muestran que lo que ocurre es que los cambios tecnológicos desplazan el pago hacía alguien distinto del usuario o hacia adelante en el tiempo; hacia el creador en el caso de la ciencia y hacia el futuro en el caso del productor de código abierto.

  • 9. Lo que sigue reproduce quasi-verbation tres artículos publicados en Expansión en el verano del 2001 y reproducido en Economía en Porciones. Se trata de Lo Libre, Lo Gratuito y “Lo Gratis”. Ver Urrutia (2003 a).

  • 10. Se trata de Urrutia (1989), Urrutia (1996 a) y Urrutia (1996 b).

  • 11. Ver Salamon y Anheir y la publicación de la Fundación BBVA.

  • 12. Se trata en Urrutia (2003 e).

Referencias
  • Arrow, K.J. y G. Debreu (1954): “Existance of an Equilibrium for a Competitive Economy”, Econometrica , 22.

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