Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

PARTE I – Homo Posteconomicus – Capitulo 2

El Usuario como Productor

Introducción

En el capítulo anterior hemos topado con la noción de postmodernismo al explicar que cuando hay un sesgo cognitivo conocido por un Principal es muy posible que no se fíe de la presunta ventaja de un Agente reputado como experto y que se fíe, en cambio, de la opinión media de un amplio panel de expertos sin distinguir unos de otros por su experiencia o reputación. Podríamos haber dicho que, en esas circunstancias, “todo vale” o “todos valen”, un lema que a menudo se considera definitorio del postmodernismo que como corriente filosófica, o constelación cultural, parece fijar su comienzo en un escrito de Lyotard de finales del siglo pasado[1]. Conviene profundizar un poco más en la distinción, más o menos estándar, entre modernismo y postmodernismo porque es este último el que constituye el humus cultural en el que se va a desarrollar el capitalismo que se vislumbra en un futuro inmediato.

Comenzaré por una descripción impresionista de ambas concepciones del mundo, la moderna y la postmoderna, que permita encajar bien este capítulo que pretende pensar cómo va a configurarse el agente individual como un usuario del sistema que lo usa para producir bienes en general y, muy en particular, ciencia como un producto de presunta enorme importancia en la sociedad del conocimiento. Ni un trabajador ni un científico van a ser en el mundo postmoderno lo que eran en el mundo moderno y puede llegar a haber cierta convergencia entre las nuevas versiones de uno y otro.

Si el consumo era el lugar privilegiado desde el que entender la noción de racionalidad, extender sus variedades y deducir algunos rasgos interesantes del capitalismo que viene, la producción y la tecnología son los lugares adecuados para inferir el dibujo del sustrato cultural de ese capitalismo de hoy y de mañana. Consumiremos distinto, cierto; pero también produciremos distinto y ya hay indicios de ambas cosas. Lo más importante es que el agente individual será un consumidor diferente que exigirá un tratamiento, por parte de las empresas que quieran atraer su atención, muy especial, y que ese agente individual se convertirá en un productor muy alejado de la imagen de trabajador asalariado, y muchos más cercano al pequeño empresario o empresario autónomo.

Siguiendo lo que escribí hace años[2] comenzaré exponiendo lo que creo es la concepción moderna del mundo. Se trata de esa manera de ver la realidad que, intuida en el Renacimiento, se impone con la Ilustración y está hoy en la base de los éxitos de la técnica moderna y en el origen de todo optimismo histórico. Lo característico de esta sensibilidad moderna es considerar al mundo como separado del yo, que trata de entenderlo, y como formado por todo lo que no es la conciencia subjetiva individual.

Para la sensibilidad del sujeto moderno, la realidad está ahí fuera, encelando al yo hacia su captación, ordenación y manipulación. Todo puede ser entendido y controlado; conocimiento y poder son inseparables. Se conoce para controlar y controlar es indispensable para no sucumbir ante la sordidez del entorno y para vivir en una realidad domesticada y amable. El instrumento tanto del conocimiento como del control es la racionalidad, a veces utilizada directamente, a veces congelada en instrumentos varios. La noción moderna de decisión asociada al control debe entenderse aquí como la que en el capítulo anterior llamábamos racionalidad instrumental y, más precisamente, la que asociábamos a la Teoría de la Decisión.

Esta forma de mirar al yo (como sujeto decisorio) y al mundo (como realidad separada) se plasma ejemplarmente en el quehacer de la ciencia; pero está bien presente en todas esas manifestaciones culturales o artísticas del hombre que se califican de modernas. En la plástica se consolida la perspectiva como forma de ordenar por planos la importancia de las cosas, lo que acaba usándose con profusión, por ejemplo, en el cine, mientras que su entorno queda difuminado en un segundo plano. En narrativa, el esquema básico de planteamiento, nudo y desenlace remeda en el mundo de la ficción el acontecer del pensamiento o del ser. En particular, la figura del narrador está en un plano tan distinto a lo narrado que, en general, no discute con sus personajes sobre el destino de ambos.

Las aventuras filosóficas son muchas y variadas a lo largo de los siglos que el mundo moderno abarca; pero nunca se deja de hacer distinciones nítidas entre el ser y sus avatares y entre el yo y el mundo. El ser es aquello a lo que las cosas acontecen; el yo es aquello que entiende y controla. Este ya no tiene fisura alguna en su actividad calculística y se ve a sí mismo como algo bien definido que, al igual que las otras subjetividades, está desgajado y por encima del mundo. Notemos que el yo nunca entiende a sus congéneres ni como espejos en los que descubrir sus propias perversidades ni como parte de la naturaleza a la que se enfrenta.

Basten ahora tres pinceladas para sugerir que algo ha cambiado y que hemos entrado de lleno en la concepción postmoderna del mundo. En ontología el ser ya no es el soporte del acontecer y el nihilismo consecuente nos obliga a reconocer con Vatimo[3] que los episodios del ser agotan el ser. En pintura no es sólo que la perspectiva no importe, sino que en un cuadro es quizá la textura lo único relevante. La literatura experimenta y a menudo el narrador queda involucrado en lo narrado. Estas novedades son manifestaciones del cambio que el fin de la modernidad trae consigo. Lo fundamental de ese cambio es que ya no hay atalaya privilegiada desde la que observar objetivamente el mundo. La separación entre el yo y el mundo ya no es sostenible y esto mina algunas certezas: el éxito de la ciencia no está garantizado y no hay razón alguna para que la historia tenga un final feliz.

Este cambio fundamental tiene consecuencia importantes. La realidad no está ahí fuera (disponible para ser aprehendida y manipulada) en un plano diferente al que yo ocupo como observador y manipulador; estamos ambos en una misma superficie donde todo reposa; librarnos de la necesidad natural, vieja aspiración de lo moderno, puede ser suicida. La racionalidad ya no es una mera propiedad del sujeto; ya no puede considerarse en términos de la Teoría de la Decisión pues ahora sé que la naturaleza juega al escondite y a otros juegos estratégicos conmigo justamente porque los otros sujetos, como yo, forman parte de ella y, como yo, no son algo inerte. Esto nos lleva a la idea de racionalidad propia de la Teoría de los Juegos y a la consideración de otros tipos de racionalidad que en el capítulo anterior englobamos como racionalidad expresiva.

Que esta indeterminación de la subjetividad ha de producir una enorme inseguridad, tanto epistemológica como ontológica, queda avalado por lo diversos exorcismos que en el plano cultural se manifiestan. La profundidad inexistente intenta ser imitada por el pliegue como figura ejemplar de un mundo que ha de ser construido con una superficie única[4]. El trompe l`oeil trata de construir un simulacro del relieve que ya ha desaparecido.

Sin profundidad y sin relieve no se pueden establecer jerarquías, no se pueden ordenar las cosas de manera significativa. El orden que la mirada moderna establecía en la multiplicidad observada era equivalente a dotarla de una unidad de sentido, pero al no haber orden posible la multiplicidad queda al descubierto en toda su obscenidad. El progreso en un mundo postmoderno no puede ya consistir en extender la virtudalidad de un principio ordenador o en añadir una rama al árbol de la ciencia porque no hay principio ordenador posible ni hay árbol de la ciencia. La misma figura del árbol es equívoca pues evoca una forma ordenada de complejidad que ya no es sino fruto de un pensamiento desiderativo e inercial: en realidad no hay más que una multiplicidad desordenada de explicaciones, mediciones, conjeturas y experimentos, que recuerdan mucho más al rizoma o a la enredadera5 que al árbol.

La relación entre saber y actuar, entre conocimiento y poder, se deja de percibir con la naturalidad de lo moderno y queda problematizada. Actuar en un mundo postmoderno es una actividad peligrosa. El mundo puede engañarnos y llevarnos donde no queremos ya que este mundo es un mundo de espías en donde cada uno puede aprovecharse de lo que otro sujeto sabe sobre lo que el primero sabe etc… Los otros no sólo pasan a ser espejos en los que mirarme sino unos espejos especiales cada uno de los cuales refleja una identidad distinta y probablemente falsa puesto que lo que con su reflejo persiguen es una determinada reacción por mi parte.

Un mundo así es difícil de aceptar. Prueba de ello son las dramatizaciones de la falta de orden y de centro que hoy surgen por doquier. Por ejemplo, en la televisión surgen seriales de tipo coral, con decenas de personajes que no hay que tratar de entender, sino de celebrar. Nada expresa mejor esta incomodidad que el desasosiego que Tokio, una ciudad sin centro y sin principio ordenador, le produce Henry-Levy, quién afirma que una ciudad así (emblema del mundo postmoderno) sólo puede ser conocida por el deambular, la vista, la costumbre y el contacto.

Pues bien este contraste entre dos concepciones del mundo es útil para indicar lo que se pretende en este capítulo. En primer lugar se trata de imaginar cómo se vislumbra el concepto moderno por excelencia, la producción. En segundo lugar hay que descubrir cómo cambia de sentido el factor de producción que denominamos trabajo, cómo la educación ha de evolucionar y cómo los Sindicatos se deben de reinventar para adaptarse a la concepción postmoderna de la producción. Como el trabajador postmoderno se parece cada vez más al científico es de interés explorar en tercer lugar cómo es el científico postmoderno, y cómo la investigación y la ciencia dibujan unos perfiles postmodernos que arrojan luz sobre el capitalismo que viene.

Producción

Si hay alguna actividad económica que puede tomarse como emblema del mundo moderno que describía en la Introducción, esa actividad no es el consumo, ni la intermediación incorporada a la distribución de bienes, servicios y activos. En estos dos casos, consumo e intermediación, nuestra imagen intuitiva de la actividad corresponde más bien a un mundo postmoderno en el que el agente individual lleva a cabo una actividad muy dispersa que le lleva a visitar muchos tipos de establecimientos distintos, desde la tienda de la esquina al hipermercado de la gran superficie, establecimientos que, a su vez, están unidos por lazos subterráneos, financieros por ejemplo, que configuran como una gran enredadera.

Muy distinto es el caso de la producción. Hasta muy recientemente, y yo diría que hasta hoy mismo, la actividad de producción esta asociada en nuestra retina y en nuestro lenguaje a la imagen del árbol. En efecto uno se imagina todas las materias primas llegando a una factoría de montaje de automóviles y la propia línea de montaje y lo que ve es como los afluentes de un río que, alimentado por todos ellos, desemboca en un producto final. Pero una cuenca fluvial corresponde exactamente a la imagen de un árbol, un árbol tumbado. En esta sección voy a tratar de sugerir que esa imagen no corresponde ya a la forma de producción del capitalismo más actual.

Una de las diferencias fundamentales es que hoy ya no tomamos la empresa como noción primitiva al hablar de producción ni pensamos en el aparato productivo de un Estado como formado por empresas o como una gran empresa. La noción primitiva no es la empresa a la que acuden los agentes individuales a prestar sus servicios; la noción primitiva es hoy la de agente individual o usuario del sistema que puede constituirse en productor individual o hacer con otros un equipo productivo que mañana puede desintegrarse para rehacer otro más tarde: una especie de grupo musical del que de vez en cuando se descuelga un componente para iniciar una aventura en solitario y que muy a menudo esta conformado por músicos que ya intentaron la aventura en solitario.

Una vez que en el primero apartado haya descrito cómo el agente individual adquiere protagonismo en, y deviene la figura central de, la producción, podré describir con más soltura, en el segundo apartado, lo que creo era y sigue siendo lo crucial de la Nueva Economía.

Hacia el individuo como productor

La mejor manera de apreciar la importancia de desplazar a la empresa como elemento primitivo del pensamiento téorico-económico (a pesar de que seguirá existiendo y de que la libertad de creación de la misma sea crucial tal como veremos en la parte III de este trabajo) es repasar brevemente cómo ha ido variando la concepción de la producción en el pensamiento económico.

En un primer estadio o momento lógico pensamos en la producción como un sistema input/outoput de coeficiente fijos -es decir sin sustituibilidad entre factores- o como un conjunto de actividades en el que se producen mercancías a través de mercancías y un solo input primario: el trabajo[6]. Este sistema lineal de producción establece cómo cada actividad puede producir con la ayuda del trabajo y cantidades fijas de otras mercancías, o bien una mercancía o un conjunto de ellas y las puede producir bien de una única manera o de varias formas, incorporando así la idea de distintas tecnologías algunas de las cuales serán usadas y otras no.

En el equilibrio de un sistema así surgirán, en efecto, la actividad que produce cada bien, las cantidades producidas por cada una de esas actividades, que han de ser suficiente para servir como inputs en otras actividades que producen otros bienes y, quizás, una cierta demanda final para mantener la fuerza de trabajo, así como unas tasas de intercambio entre cada par de mercancías que podemos llamar precios (de producción) y que corresponden al total de trabajo incorporado, directa o indirectamente, en la producción de cada una de ellas. Aquí no hay empresas, al menos explicitamente, ni los agentes individuales juegan un papel diferente al de fuerza de tracción animal por ejemplo. Sin embargo aprendemos que la forma de la producción es muy importante, que no todas las posibilidades técnicas tienen por qué utilizarse en cada momento, que cuando la actividad es lineal hay rendimientos constantes y que en estas condiciones topamos con una teoría del valor/trabajo.

Esta última característica que he mencionado nos retrotrae a los clásicos y es que, en efecto, los modelos multisectoriales que ha glosado en el párrafo anterior han sido utilizados para entender precisamente a los clásicos[7]. Sin embargo hay otro aspecto de los trabajos de Smith, Ricardo y Marx que es menos microeconómico y más macroeconómico.

Si imaginamos que todas esas actividades que están funcionando son agregadas en una sola mediante el expediente de concebir bienes agregados usando los precios de producción fijos como ponderaciones de las cantidades, podemos concebir una función de producción agregada que con rendimientos constante o rendimientos decrecientes, relaciona el output con el trabajo y otro input, llamado capital, de la misma naturaleza (como mercancía compuesta) que el output. Según sean los rendimientos el sistema económico alcanza un estado estacionario en el que nada crece, o, más óptimistamente en el que todo crece a la misma tasa, precisamente la del crecimiento de la mano de obra.

Retengamos estas ideas de los clásicos y pensemos ahora en otras maneras de entender la producción sutilmente diferentes. Los neoclásicos incorporarán la idea de empresa, una entidad que tiene una tecnología dada y que compra en sus mercados correspondientes materias primas y diversas formas de mano de obra. Esa tecnología es conocida y puede tener distintas formas e incorporar diversas nociones de progreso tecnológico. Cuando esas nociones se incorporan al modelo estándar de equilibrio general[8], cada empresa perteneciente a un conjunto de ellas determinado, posee unas posibilidades tecnológicas representadas por un conjunto de vectores de producción accesibles para esa empresa lo que permite la sutituibilidad entre factores. Lo que ocurre en la parte productiva de la noción de equilibrio general es que se determina la cantidad que se produce de cada una de las mercancías posibles por cada unidad productiva y que agregadamente debe ser igual a la que se demanda por los consumidores.

En este modelo estándar el conjunto de mercancías esta dado así como el conjunto de las empresas de modo que el papel del agente individual se limita a ser un vendedor de su fuerza de trabajo, un ahorrador que invierte en participaciones en las empresas y un consumidor. Pero el centro del escenario productivo lo ocupa la empresa. La noción de empresa que se utiliza aquí es muy pobre, una noción puramente tecnológica que no deja ningún papel relevante al empresario y que habrá que revisar en la Parte III; pero lo interesante ahora es que no deja espacio al individuo como productor, como distinto al individuo como factor de producción.

Sin embargo el capitalismo que viene sí que va permitir esa concepción del individuo porque ya vemos que proliferan los autónomos como trabajadores empresarios, así como los e-lancers o trabajadores a distancia y autónomos que se aprovechan de las posibilidades que proporcionan las TIC. Sobre todo esto volveremos en la sección segunda de este capítulo; pero lo que ahora debemos retener es que el conjunto de empresas que en cada momento operan y los bienes que en cada momento se produzcan por esas empresas en activo es, en ambos casos, algo endógeno, que puede variar dependiendo de los incentivos y oportunidades que tengan los individuos para rehacer los grupos productivos, algo similar al papel que juega el empresario en la concepción austriaca de la producción[9].

Notemos que esta última manera de entender la producción, tiene poco que ver con la imagen de la cadena de montaje de automóviles y muchos más que ver con una especie de barboteo continuo que se parece mucho más al rizoma (una especie de barboteo materializado o solidificado) o a la enredadera que nunca sabemos por donde va a desarrollarse. Ahora estamos en disposición de entender la ruptura que representó la Nueva Economía para la concepción de la producción y acercarnos así a una característica importante del capitalismo que viene.

La Nueva Economía

Con la caída bursátil del año 2000 de la que todavía nos estamos recuperando la Nueva Economía reniega de su nombre y se oculta como un leproso apestado. Sin embargo es necesario recuperarla si queremos entender cómo va a ser la producción postmoderna (un poco a la austriaca) que va a caracterizar al Capitalismo que viene. Si la producción moderna se simboliza bien en la minería (que recuerda a un árbol) o, como dije, en la línea de montaje en donde se van juntando flujos como afluentes en un gran río (que desde arriba parece un árbol), la producción postmoderna se simboliza bien en ese hacer y deshacer de equipos productivos a los que me acabo de referir que se parece mucho más a un rizoma horizontal o a una enredadera vertical.

El hablar de Nueva Economía nos permitirá también hacer alusión a una cierta lógica de la abundancia y a una idea de competencia que juntas permitirían entender mejor algunos aspectos del sistema capitalista en el que entramos.

En una aproximación muy burda podemos decir que esta Nueva Economía[10] quiere romper, no con desarrollos teóricos bien establecidos ni con leyes como la de la oferta y la demanda, sino con algo todavía mucho más básico: la noción clásica de que el desarrollo económico tiene su final, poco brillante, en un estado estacionario en el que ya nada relevante crece y a la que ya me he referido. Que pueda pensarse en un crecimiento continuo de la renta per capita, tal como sugiere la Nueva Economía es, en este sentido, una novedad rigurosa cuyos orígenes sería bueno examinar. Las ideas más corrientes que tratan de dar cuenta de esta posibilidad revolotean alrededor de la intuición de que el crecimiento incuba más crecimiento. Esto es así, bien porque el desarrollo activa algún factor oculto que produce unos rendimientos crecientes en la producción de bienes, bien porque este desarrollo potencia unas externalidadaes generalizadas que acaban generando un círculo virtuoso[11]. Podemos destacar algunos factores que, son, sin duda, parcialmente responsables de los rendimientos crecientes.

En efecto, la competencia generalizada en mercados cada vez más libres, la globalización de los mercados de capitales y su mayor transparencia, así como la reducción dramática de los costes de transacción que las nuevas tecnologías de la información traen consigo, han liberado fuerzas creativas antes aprisionadas. Este último factor tecnológico, que es para muchos el signo distintivo de la Nueva Economía, adquiere, sin embargo su importancia en conexión con esas externalidades que se dan cuando el coste de producir algo en una empresa cae con el nivel de producción de ese algo por todas las empresas. La antigua idea del aprendizaje por la experiencia es un ejemplo temprano de este tipo de externalidad que nos alerta de la dependencia de la estructura de costes de fabricación de un avión respecto al número de aviones fabricados con anterioridad.

Similarmente la utilización del teléfono es tanto más conveniente cuantos más teléfonos hay instalados de forma que cuantos más de estos hay, mayor es la demanda y el coste unitario de producción puede disminuir. Hay aquí un efecto-red que pone de manifiesto la externalidad que se genera cuando alguien ingresa en un red, debido, claro está, a que cuanto mayor sea ésta mejor es para todos (piénsese en el ejemplo de la red telefónica). Este efecto red produce unos rendimientos crecientes (el coste medio de la llamada telefónica disminuye con el número de llamadas) y los consiguientes incrementos de la productividad propulsan el milagro del crecimiento continuo[12].

Los ejemplos anteriores, y las bien conocidas economías de aglomeración, nos llevan a la idea principal de la “Nueva Economía”: cualquier cosa que pueda ser reducida a bits, y comprimida para su transporte por la red, puede ser reproducida a coste virtualmente nulo. Estos rendimientos bestialmente crecientes están en el origen de la idea de la posibilidad del crecimiento continuo; pero, así explicados, ponen de manifiesto las limitaciones de dicha idea. En efecto no todos los bienes son reducibles a bits y quizá no se pueda incrementar continuamente la demanda de bienes que sí lo son.

La parte de mito que, sin duda, tiene la Nueva Economía, es ahora clara. Ni siquiera la información, que es el ejemplo elemental de bien comprimible en la red y cuya producción puede, en principio, ser aumentada infinitamente (pues cabe siempre la información sobre la información), puede ser demandada en grandes cantidades ya que choca con la capacidad de asimilación del cerebro humano. Pero el mito influye en la realidad no mítica. El saber que se puede retrasar el advenimiento del estado estacionario produce la misma euforia que saber que se alarga la esperanza de vida de nuestra cohorte poblacional. Y esta euforia tiene el efecto inmediato de alargar el horizonte de cálculo de los agentes económicos. Este alargamiento, junto con las buenas perspectivas engendradas por el círculo virtuoso, generó en el último lustro de los años noventa del siglo pasado una revalorización brutal del valor de algunas empresas en Bolsa y un tono general positivo que, a su vez, y por el efecto riqueza, sostuvo un incremento de la demanda agregada que pudo ser satisfecho, sin presión sobre los precios, debido al incremento en productividad ya comentado. Así se explican los espectaculares resultados de la economía de los EEUU en aquellos años y su mayor capacidad de recuperación después de la recesión producida por el hundimiento en Bolsa de las empresas puntocom.

Recordemos cómo, hace tres años los agoreros de siempre, esos que representan la última forma que toma el conservadurismo que sonríe cuando cualquier intento de modificación de la realidad parece fallar, se tomaron la revancha[13]. Según ellos en un momento dado la economía real se toma la revancha de la economía virtual recordando que no hay nada que pueda saltarse la ley de la oferta y la demanda y aireando comentarios jocosos sobre la necesidad de generar ingresos o sobre el inalterado poder de las grandes empresas de la economía real. Hay en esta actitud algo de miserable, algo de renuncia alborozada a la libertad y a la igualdad de oportunidades que la Nueva Economía trae consigo, un toque de “viva las cadenas” que no me resulta nada simpático. Y no me resulta simpático porque con independencia del deseo, la edad me hace recordar aires que hace treinta y cinco años nos traía la lectura difícil de Herbert Marcuse, alguien totalmente alejado de la cultura que nos rodeaba, que representaba las ideas y la experiencia vital de alguien que estaba pasando de la modernidad a la postmodernidad.

La memoria me actualiza tres características de su pensamiento que aparentemente chocaban de frente con el sentido de la realidad.

  1. La pluralidad de yoes a los que se nos está obligando a renunciar;
  2. La crítica afilada de la lógica de la escasez que acarrea una división del trabajo que nos lleva inexorablemente a la “alineación” o simplemente a tener que renunciar a ciertas facetas de nuestra personalidad y
  3. La revuelta contra el trabajo como maldición bíblica en una época en que las fuerzas productivas eran suficientes para generar un modo de producción más liberador.

Pero, claro, estas reminiscencias, sobre todo expresadas en este dialecto marxistoide, no tienen por qué hacernos dudar de la revancha de la cordura por muy miserable que ésta sea.

Sin embargo yo creo que los agoreros no deberían estar tranquilos porque los rendimientos crecientes asociados al efecto red siguen ahí y su lógica acabará imponiéndose. De ahí que sea conveniente explorar las consecuencias de esa fuerza interna que se despliega implacable gracias, sobre todo, a la red de redes, a Internet. Y hay que explorarlas más allá de las ideas de Schapiro y Varian que, sin duda brillantes, no son específicas de Internet. La generalización de Internet permite soñar con hacer realidad las reivindicaciones proféticas de Marcuse.

  1. Las redes están siempre basadas en un factor identitario y la posibilidad proporcionada por internet de pertenecer simultaneamente a muchas, tal como vimos en el primer capítulo, permite el desarrollo armónico de nuestros yoes distintos: mi posición en el aparato productivo no tiene porqué determinar mis lealtades.
  2. El desarrollo incipiente de una cierta lógica de la abundancia pudiera permitir parar la división del trabajo allí donde queramos sin tener que sufrir un exceso de especialización o sin renunciar a la pulsión cooperativa de forma que
  3. el valor añadido significativo puede desplazarse a estadios tardíos de la cadena que va de la materia prima al consumo, estadios tardíos que, además de pulcros y cómodos para el trabajador, acabarán concentrando también la mayoría de la fuerza de trabajo, tal como está ya ocurriendo y que permite afirmar sin decir nada raro que estamos en la sociedad del conocimiento.

Conviene ahora explorar un poco esa lógica de la abundancia y la potencia de Internet que la hace posible y está en la base de la Nueva Economía a la que me acabo de referir[14]. En dos palabras diríamos que mediante el uso de la TIC se puede generar un continuo crecimiento no inflacionario del output per cápita a través de diversos efectos (entre los que destaca el efecto red) que permiten la existencia de rendimientos crecientes a escala y generan el consiguiente incremento en la productividad del sistema económico. Pues bien este incremento de productividad puede alcanzarse mediante una reducción del denominador o mediante un incremento del numerador y del contrataste entre ambas vías aprendemos una lección interesante.

La utilización sistemática de las TIC disminuye significativamente los costes de transacción y, por consiguiente disminuye el coste de generar el output, es decir el denominador del output per capita cuando el trabajo se mide en términos de eficiencia. Que esto es así lo observamos al darnos cuenta de que las empresas en general están comprando en el mercado lo que antes producían internamente e incluso están cambiando su naturaleza. Para una empresa eléctrica puede ser más inteligente dejar de producir y concentrarse en comerciar con la energía producida por otros.

Ya en el mundo de la TMT vemos cómo el MP3 forzará a que las empresas discográficas dejen de producir CD’S físicos y se limiten a gestionar derechos y cómo se va haciendo probable que las grandes compañías de software dejen de venderlo y se limiten a gestionar el cobro del derecho a bajarlo de la red. Estos ejemplos son, creo, más significativos que la proliferación de proyectos B2B o B2C pero unos y otros son, en cualquier caso, fruto de la reducción de los costes de transacción propios del intercambio en el mercado.

Sin embargo la productividad puede aumentar también por un incremento en el numerador del output per capita, una idea muy clara cuando se trata de innovación tecnológica; pero que no aparece tan evidente cuando la innovación tecnológica es simplemente Internet. Y sin embargo he aquí el quid de la cuestión. Internet permite el funcionamiento del Netwaving, es decir la conformación de redes de personas que comparten una identidad y se tienen confianza mutua. Esto, a su vez, tiene implicaciones inmediatas. Por un lado transforma las comunidades inertes en agentes activos que pueden actuar en coalición al ser posible que los compromisos entre ellas sean firmes y creíbles. Por otro lado, al conectar, directa o indirectamente, cada persona con muchas otras, el Netweaving hace surgir muchas oportunidades de colaboración o intercambio que antes se desconocían o no se podían aprovechar por falta de confianza. Y estas dos cosas, como veremos ahora, contribuyen a aumentar el output que un sistema económico puede generar.

Para cualquier ciudadano medianamente culto e interesado en el mundo de los negocios lo importante es cómo funciona el Netweaving y qué se puede ganar durante el proceso de creación y mantenimiento de redes. Sin embargo un economista, empujado por su deformación profesional, tiende a rastrear lo que ocurrirá en la culminación del proceso de Netweaving cuando, por así decirlo, todas las redes estén ya tejidas y conformen una red de redes solapadas en la que todo individuo está conectado con cualquier otro. En esa situación límite se ha alcanzado lo que los economistas llaman competencia perfecta. Hay dos evidencias indirectas que nos hacen sospechar que esto es así.

  • Primera, la extensión de redes hace que no haya ninguna ventaja del intercambio sin explotar y esto es la definición de una situación económica óptima. Pues bien el sistema de precios de libre mercado sostiene ese óptimo… en competencia perfecta.

  • Segunda, como todas las coaliciones están activas pueden bloquear cualquier asignación que no esté en el núcleo de una economía y, como sabemos, éste coincide con las asignaciones que se pueden obtener por el sistema de precios de libre mercado… en competencia perfecta.

Es decir el Netweaving ha conseguido conformar las condiciones que garantizan el funcionamiento óptimo del sistema de precios así como su estabilidad frente a cualquier otro mecanismo de asignación de recursos y siempre hemos sabido que esas condiciones tienen que estar relacionadas con la competencia perfecta.

Pero es que, además hay una relación inmediata, no sólo entre lo que la competencia perfecta permite y lo que el Netweaving consigue, sino también entre esto último y lo que la competencia perfecta es. En efecto esta situación es una en la que nadie tiene poder monopólico. Alguien lo tendría si, pudiendo aportar algo positivo al grupo al que pertenece, que muy bien puede ser un “team” productivo, pudiera extraer el correspondiente beneficio de la amenaza de no aportarlo yéndose del grupo. Ahora bien, por el efecto red sabemos que cuanto más grande es una red más gana un individuo al introducirse en ella pero menos aporta el grupo. Por lo tanto cuando la red está completada, nadie aporta nada significativo y nadie puede extraer beneficio alguno por marcharse. Nadie tiene poder monopólico: estamos en competencia perfecta.

El argumento puede acabar aquí de momento pues ya he mostrado la potencia de Netweaving que define a la Nueva Economía. Este puede, en efecto, aumentar la productividad, tal como quería demostrar, pues desde una situación en la que hay algún grado de monopolio empuja hacia una situación en la que se ha eliminado y, en consecuencia, el output ha tenido que aumentar. Sin embargo la lección realmente importante a extraer no es ésta sino un corolario inmediato.

Si muchos negocios basados en las TIC no generan el valor que se esperaba, e incluso entran en quiebra, no es porque estos proyectos no estén bien planteados en términos de reducción de costes de transacción. Pueden estarlo; pero el problema es que no pueden explotar las ventajas de esa reducción porque sirven a una clientela cuya confianza no han ganado, y no la han ganado porque esa clientela no está constituida en una red identitaria o en red de redes solapadas. Podríamos decir que se ha puesto el carro antes que los bueyes. Mientras no se haya alcanzado algo como esa situación límite del Netweaving que identificábamos con la competencia perfecta, difícilmente los proyectos de venta a través de la red pueden desarrollarse plenamente. Pero cuando se haya alcanzado esa situación límite y esos proyectos sean practicables no serán sin embargo atractivos pues no alcanzarán ningún beneficio extraordinario.

Cabe reflexionar sobre si esta paradoja los invalida. Todo depende de lo que pase en el interim y de cómo se pueda ir generando la confianza que permite el funcionamiento del mercado. De todo esto hablaremos en capítulos posteriores; pero ahora, una vez establecido que el agente individual o usuario del sistema es una pieza central de la producción, tenemos que examinar cuales son las consecuencias de que su papel como mero factor de producción se vaya difuminando.

El usuario como factor de producción

A la luz de la forma de entender la producción que acabo de pergeñar en la sección anterior y que creo es la visión que conviene para entender el capitalismo que viene, es necesario revisar la concepción que hoy tenemos del factor de producción que llamamos trabajo. En el capitalismo que viene un agente individual cualquiera puede ser un empleado en un momento dado; pero un empresario en el siguiente y un autónomo o free lancer en el interim. Cómo hay que educar a estos agentes individuales es uno de los temas que nos ocuparán ahora junto con el papel que queda para los sindicatos.

Autónomos y Sindicatos

En la sociedad del conocimiento es un dato que la parte del valor agregado bruto de toda la producción mundial que corresponde al conocimiento, es decir a lo que la fuerza de trabajo educada incorpora, es cada vez mayor. Equivalentemente la parte que corresponde a trabajo sin cualificar es cada vez menor. Si traducimos esto de manera burda diríamos que cada vez es más barato (y fácil) producir los objetos físicos y cada vez mas caro y difícil realizar una serie de tareas que forman parte crucial de la generación de productos. Hay que diferenciarlos, hacerlos cada vez más sofisticados, asociarlos con un estilo de vida, maquetearlos en competencia con muchos otros. Es decir lo que hoy es escaso y se paga bien es un know-how que está asociado al trabajo creativo e intangible.

Una segunda característica importante del sistema productivo de hoy es la deslocalización que las TIC hacen posible especialmente en lo que respecta a actividades desarrolladas por esos trabajadores que incorporan mucho conocimiento. Un especialista en desarrollo de software o un equipo de ellos puede estar localizado en la India y hacer mucho trabajo para una empresa de los highlands escoceses. Esto, claro está no es sólo deslocalización; sino también outsourcing, una tercera nota importante que hoy detectamos en el sistema productivo. Las TIC han disminuido tanto los costes de transacción que muchas cosas que se hacían in-house se contratan ahora a empresas de servicios. No sólo la limpieza; sino, de acuerdo y complementariamente con la posibilidad de deslocalización, se subcontrata servicios enteros como el informático o el servicio de atención al cliente o de reclamaciones en empresas de servicios directos al usuario como teléfonos y comunicaciones en general.

Llevar estas observaciones hasta el límite sería un error. Por muy potentes que lleguen a ser las TIC en la sociedad de la información y por mucha facilidad que haya para la comunicación en la economía globalizada, es difícil imaginar un mundo de seis mil millones de átomos productivos en el que uno produce de forma muy barata grandes cantidades de bienes y otros, de manera individual y en cadena, van añadiéndole valor cada vez más sofisticado, desde la descripción del producto en varios idiomas, pasando por el diseño de su empaquetamiento o la publicidad de sus prestaciones, hasta llegar a la invención de un nuevo producto o de la marca de uno ya existente. Esto no está a la vista, pero si es fácil hacer sitio a una imagen casi tan revolucionaria. Es como una especie de cosmos productivo con grandes estrellas productivas, rodeadas de planetas que a su vez están rodeados de una miriada de satélites muy pequeñitos. Pues bien estos satélites son como los trabajadores autónomos que hoy empiezan a proliferar.

Estos trabajadores autónomos que pueden ofrecer sus servicios especializados a muchas de esas empresas que a su vez producen para las enormes conglomerados globales, conforman hoy ya una parte muy importante de la fuerza productiva. Claro esta que, aunque las TIC hagan posible su emergencia no necesariamente se dan en ese mismo sector, en el que sin duda proliferan como, por ejemplo, proveedores de servicios informáticos. Hay autónomos en todos los sectores, desde los arreglos caseros, a los servicios personales como el coaching, hasta la enseñanza de protocolo o buenas maneras. Pueden o no utilizar las TIC; pero lo que esperamos es que cuanto más sofisticados sean más las utilicen.

Nos encontramos así con una naciente capa social que inaugura una nueva época de individualismo. Sus miembros no están sujetos a ninguna disciplina de empresa y son agentes individuales que no distinguen nítidamente entre el ocio y el trabajo porque éste está relacionado con un capital humano desarrolladísimo que se remunera en parte con su ejercicio. Veremos en la última sección que este usuario del sistema se empieza a parecer al científico. Veremos también en el siguiente apartado que este autónomo está educado de tal forma que deviene un pluriespecialista. Pero antes dediquemos unos comentarios al papel residual que les va quedando a los sindicatos en un capitalismo que ya no pivota sobre la producción tradicionalmente considerada.

En el entorno que acabo de describir hay en efecto que preguntarse por la vigencia y el papel de los Sindicatos. Comenzaré por lo más obvio, por recordar el papel que han jugado[15]. En terminología marxista y bien expresiva podemos decir que los cambios en los modos de producción acarrean cambios en las relaciones sociales. La Revolución Industrial fue un cambio en el modo de producción que trajo consigo un ejército de reserva mezcla de lo que hoy llamaríamos explotados, marginados, subempleados, desempleados, etc. y que acabo conformando una clase social proletaria. A partir de aquí nacieron los Sindicatos que son, simultáneamente, una institución para la defensa mutua (y que, para muchos, ha llegado a formar parte de la definición de democracia), una ética, propia de la solidaridad de clase, y una épica que corresponde a la lucha obrera.

Aunque parezca antiguo nada de esto es trivial y, de hecho, merece un monumento a la creatividad humana. Sin el empuje sindical el capitalismo como forma de creación de riqueza quizá no hubiera sido viable. En España tenemos un ejemplo reciente de la importancia de los sindicatos. Sin su colaboración desde los Pactos de la Moncloa hasta su apoyo actual en la moderación salarial, España no habría podido hacer una transición socialmente tranquila (con independencia de algunas huelgas generales y de tensiones asociadas a la reconversión industrial) ni encaramarse a los puestos de cabeza de la economía mundial. Apoyado pues en los sindicatos el capitalismo ha hecho tan bien su trabajo que el modo de producción ha cambiado.

Hace veinte años se empezó a hablar de la época post-industrial y el fin de la guerra fría ha propiciado una reasignación global de recursos. El nuevo modo de producción se caracteriza por varios rasgos.

  • Primero, el capitalismo popular ha hecho de muchos trabajadores accionistas y esto ha difuminado la épica de la lucha obrera que se va reemplazando por la épica antiglobalizadora.

  • Segundo, las nuevas tecnologías propician el individualismo y la extensión de los mercados financieros y de aseguramiento mutuo confronta a la gente con la responsabilidad individual.

    Ambas cosas erosionan la ética de la solidaridad que pasa a ser defendida por algunas ONG y se va sustituyendo por otras solidaridades menos de clase y más de identidad (nacional, étnica, de genero, etc.)

  • Tercero la globalización pone en juego quizás la propia existencia de la institución sindical y, desde luego, la forma de gobernarla pues sus finalidades y objetivos alcanzables ya no están claros. Respecto a las condiciones de trabajo ¿apoyarán la movilidad o defenderán el salario?. Respecto a diferentes afiliados ¿defenderán el salario del empleado o tratarán de paliar la indigencia del desempleado?

En el nuevo modo de producción caben dos posibilidades no alternativas. Cabe que algunos sindicatos se redefinan, guardando las esencias, como una institución transversal que se dedique a defender a los marginados con una ética basada en la lucha contra la pobreza y con una épica centrada en la defensa de la dignidad del ser humano especialmente despreciado en ciertas partes del planeta, especialmente Africa. Pero en esta alternativa los sindicatos tendrían la competencia obvia de las ONG, Amnistía Internacional y agencias multilaterales, de modo que parece que la otra alternativa es más plausible.

Cabe, en efecto, que el sindicato se integre entre las instituciones que velan por el buen funcionamiento del modo de producción, preocupándose de la verdadera competencia (evitando así el capitalismo de amigotes), del buen gobierno de las empresas (propiciando la Stakeholder Society frente al simple Shareholder Value) e incluso de la felicidad del ciudadano occidental (que puede pasar por mayor ocio).

Las dos alternativas descritas son en realidad complementarias pues la única manera sensata de salvar Africa o de integrar a los marginados es el libre comercio y la competencia en general; pero la institución sindical se decantará por la segunda. Dentro de esta segunda alternativa América ha integrado totalmente a los sindicatos como un lobby más. En Europa no cabe en el momento actual más que su conversión en parte del engranaje socialdemócrata y que sirvan para apoyar aquellas reformas del Estado del Bienestar que permitan su supervivencia.

Pluriespecialistas y Educación

En el segundo apartado de la primera sección de este capítulo citaba a Marcuse como un precedente de la sensibilidad postmoderna que clamaba por la posibilidad de simultanear varios yoes y condenaba lo que en su época impedía esa forma de realización. Esa barrera era la forma moderna de producción. Hoy las TIC han reducido enormemente los costes de transacción y la producción postmoderna permite simultanear varios yoes en una figura que nombro, con un evidente oximorom, como pluriespecialista[16].

Para muchos de nosotros el pluriempleo trae reminiscencias de la postguerra, de una miseria digna en la que, para poder atender a las necesidades mínimas de una familia normal, no había más remedio que tener, legal o ilegalmente, varios empleos. En ese momento tan cruel, el pluriempleo no era sino una manifestación de la desestructuación del mercado de trabajo, hiperregulado y sin flexibilidad ninguna. Hoy, sin embargo, en un momento en el que el nivel de vida ha crecido mucho y en una situación donde la producción ya no está muy bien reflejada por la línea de montaje, el pluriempleo puede no ser un accidente desgraciado sino una posible forma de desarrollar la personalidad de algunos trabajadores con especiales perfiles de habilidades.

Para ponernos en situación olvidémonos de esa línea de montaje y de otros trabajos repetitivos que cada vez son menos frecuentes y focalicemos nuestra atención en trabajos propios de las sociedad de la información. Pensemos en un profesor universitario de Economía que, además de dar clases y publicar, es asesor del Banco Mundial, dirige una colección de textos de Economía en una editorial de prestigio y es propietario de una pequeña empresa puntocom especializada en consultoría de Internet. Me gustaría argumentar no sólo que un individuo así, que divide su tiempo entre cuatro trabajos más o menos creativos, puede estar más contento que concentrándose en uno cualquiera de ellos; sino también que la Universidad, el Banco Mundial, la Editorial y la Empresa Puntocom pueden preferirlo a la combinación de cuatro especialistas y eso aunque no cuenten con él a tiempo completo.

Desde el punto de vista de la oferta de trabajo (o de la demanda de empleo) no parece difícil admitir que un trabajador cualquiera pueda preferir la combinación de tareas que acabo de describir a la especialización de cualquiera de ellas. De hecho cualquier economista tendería a pensar que así es. De la misma forma que si mis preferencias dependen del trabajo y del ocio es normal que, dado el salario, elija una cantidad positiva de ambos bienes, si mis preferencias dependen del ocio y de varios trabajos diferentes, acabe eligiendo, dados los salarios relativos, una cantidad positiva de cada uno de los varios trabajos además del ocio. Hasta aquí sólo digo que si las formas funcionales de las preferencias son las que suelen usar los economistas esto sería lo normal; pero esto sólo es un argumento para economistas deformados profesionalmente.

Un razonamiento más aceptable por el público en general vendría configurado por un argumento de diversificación de cartera. Cuando el profesor de mi ejemplo no consigue probar el teorema que persigue o cuando descubre, después de meses, que su conjetura era falsa, el único consuelo posible es que su empresa.com vaya como un tiro. Cuando este no es el caso, quizá encuentre algo de consuelo en seleccionar para su publicación libros que muestren porqué falló la primera oleada de la nueva economía y si estos libros no se venden mucho, quizás porque nadie cree en una segunda oleada, puede todavía luchar contra ese pesimismo colaborando con el Banco Mundial para cerrar el gap tecnológico de los países pobres. Para cerrar el círculo cabe pensar, claro está, que cuando no consiga erradicar la pobreza puede aportar a la teoría del desarrollo un magnífico articulo sobre multiplicidad de equilibrios con expectativas racionales que se autoalimentan y que explican en última instancia porqué algunos países no despegan mientras que otros sí lo hacen.

Ya sé que no todo el mundo puede ejercer cuatro empleos como éstos; pero admitirán conmigo que hay más gente parecida a este prototipo que la que había hace años y que este tipo de pluriespecialistas puede estar, y sentirse, mejor que el antiguo monoespecialista: quizá no triunfe mucho en cada línea de su especialidad; pero la posibilidad de fracaso es menor.

Por parte de la demanda de trabajo (o de la oferta de empleo) el argumento también se sostiene. Cabe la posibilidad de que algunas empresas tengan líneas de producción para las que es conveniente contratar pluriespecialistas. Mi ejemplo sirve aquí también. Al Banco Mundial quizá le gustaría contar, a tiempo parcial, con un especialista universitario en desarrollo que además esté al tanto de diferentes enfoques y conozca de primera mano el mundo de Internet. Es posible que una empresa de consultoría de Internet prefiera estar dirigida, aunque sea a tiempo parcial, por alguien que aprecia una metáfora como la del mercado en toda su potencialidad (ya que la red tiene características similares a las del mercado). Una universidad quizá quiera tener un cierto porcentaje de profesores en dedicación parcial que ejerzan la consultoría y podría darse el caso que una editorial prefiera dejar la dirección de una colección específica en manos de alguien con perspectivas amplias aunque no dedique todo el tiempo a esa tarea.

Podría pensarse con razón que elijo mi ejemplo a propósito; pero es que no sólo es cierto que cada vez estamos más cerca de una sociedad de servicios, sino que también es verdad que incluso las empresas industriales cada vez tienen que conocer mejor a sus clientes y que la forma de hacerlo es propiciando la autoselección que genera una oferta diversificada y diseñada por gentes con perspectivas interdisciplinares que captan las diversas formas de vivir que se ofrecen a la consideración del ciudadano. Estamos cada vez más cerca de un mundo en el que la elección de un automóvil por ejemplo dependerá menos de sus prestaciones mecánicas o de su precio y más de su concordancia con un estilo de vida determinado.

Si las empresas necesitan más pluriespecialistas y las personas queremos atender a todas las facetas de nuestra personalidad, cada vez estaremos más cerca de observar el empleo de personas capaces de mezclar en sí mismas las maneras de pensar de especialidades diversas y los reflejos variados de experiencias múltiples. Cabe la posibilidad de que una empresa esté dispuesta a pagar mucho por una persona con estas características; pero también puede darse el caso de que estas personas pluriespecializadas consigan ingresos altos trabajando a tiempo parcial en varias empresas distintas recibiendo de cada una de ellas un salario mayor que la cuarta parte de uno normal premiando así la sinergia que aporta.

El mercado de trabajo, desestructurado en la postguerra del pluriemplo vergonzante, quizá pueda hoy estructurarse de manera suficientemente flexible como para acomodar a estos pluriespecialistas que empiezan a emerger. El dulce encanto del pluriemplo parece cada vez más posible y cercano. Pero no para todo el mundo. Deben abstenerse tanto los especialistas, que experimentan unos enormes costes de cambiar de onda o son muy arriesgados en su apuesta por el éxito, como los generalistas que no saben de nada en concreto. Estos señores seguirán teniendo un solo empleo cuando lo consigan.

Quienes disfrutarán de la seguridad y de la dulzura de jugar en diversos campos serán los pluriespecialistas y éstos, en el mundo postmoderno que nos viene encima, recibirán un salario total acumulado muy alto que, si bien es verdad que contrastado con el gran capital humano que han tenido que acumular sólo les proporcionará una tasa de rendimiento normal, también es muy cierto que lo reciben para realizar un trabajo o un conjunto de trabajos que les permiten cultivar todas, o al menos muchas, de su manías.

No hay que tener mucha imaginación para deducir de lo anterior que estos pluriespecialistas tendrán normalmente la naturaleza jurídica de empresario autónomo y que ambas características del capitalismo contemporáneo, la pluriespecialidad y la autonomía van a ir a más. Esta tendencia pone en juego no sólo el papel de los Sindicatos y la propia noción de individualismo tal como ya hemos visto; sino que plantea un problema serio al sistema educativo. ¿Cómo ha de ser la educación en el capitalismo que viene?.

No trataré aquí de entrar de lleno en el problema pues esto nos adentraría en la consideración de problemas de teoría y de política económica que ahora no quiero tocar; pero sí caben algunos comentarios obvios. En primer lugar que la educación no puede ser una burbuja dentro de las tendencias generales de forma que el sistema educativo no puede hacer abstracción ni de la globalización, que exige una buena formación en lenguas extranjeras, ni de la sociedad del conocimiento, que va a acabar excluyendo a los que no están al tanto de lo que pasa en el mundo o creen poder arreglárselas con sus solas manos como única herramienta de trabajo, ni, desde luego, de las TIC que van a cambiarla forma de enseñar y sobre todo la de aprender.

Esta afirmación última me lleva a un segundo comentario que recuerda un título de una conferencia de Gadamer[17] ya en su senectud: educar es educarse. Esto quiere decir, en primer lugar, que nadie enseña y que algunos aprenden. Seguirá habiendo maestros; pero la responsabilidad final del nivel alcanzado por mi capital humano medido en formación y en información dependerá realmente de mí mismo. Tengo a mi disposición todo el conocimiento del mundo y lo máximo que puedo pedir es que alguien me enseñe no tanto a estructurar esa información, cosa que acabará siendo el output de un negocio estándar; sino a saber combinar bien las diversas formas de estructurar la información.

Pero educar es educarse tiene un segundo significado. Quiero decir que quién aprende lo hace siempre en relación con otros de los que aprende y a quién enseña. Esto se ha sabido siempre y los alumnos siempre hemos aprendido mucho de otros alumnos. Pero este hecho alcanza hoy otras dimensiones. Lo que necesita hoy un pluriespecialista autónomo no es una educación formal generalista que le permita adaptarse luego a lo que la vida laboral le vaya exigiendo. Aunque mejor es esto que la especialización minuciosa que le arrincona para siempre en una esquina que muy posiblemente el desarrollo de la vida económica no vaya a visitar nunca más. Lo que este usuario del sistema económico que va a ocupar el centro de la escena es precisamente estar preparado para el cambio; algo así como estar permanentemente sobre la punta de los pies para poder salir corriendo en la dirección correcta a la velocidad de la luz. Por lo tanto la educación será más informal y más dirigida a picar aquí y allí, algo que sólo las TIC pueden dar y que no puede esperarse de la educación formal. Se aprende de quienes en un momento determinado forman conmigo un grupo de trabajo para la elaboración y distribución de cualquier nuevo producto o servicio. Este grupo forma una comunidad identitaria que, sin embargo, esta solapada con otras, de forma que hoy no sólo aprendo para mi trabajo de hoy; sino que casi sin querer aprendo para alguno que surja mañana.

Estos comentarios muy generales no deben tomarse como una afirmación de la absolescencia del sistema educativo. Este debería seguir existiendo; pero los maestros serán pluriespecialistas autónomos que saltarán de una enseñanza a otra como cualquier otro agente individual. Lo que tiene los días contados son rasgos del sistema actual como los diferentes itinerarios o la formación profesional especializada. Ambas cosas se parecen demasiado a un árbol y en esto de la educación como en cualquier otra cosa la figura inspiradora habrá de ser el rizoma horizontal o la enredadera vertical.

El usuario como productor de ciencia

Hemos visto cómo la producción del capitalismo que viene tiene que contemplarse necesariamente como sujeta a rendimientos crecientes aunque sólo fuera por el efecto-red que produce unos rendimientos crecientes por parte de la demanda inevitable cuando las TIC pueden usar su enorme capacidad de tejer redes. También hemos visto que en los tiempos de internet la relación del trabajador con la empresa cambia de manera radical y cómo el capital humano que será conveniente acumular cambia de naturaleza privilegiando una educación que permita mantener la capacidad de ser un pluriespecialista. Lo que se trata de ver claro es si en la sociedad del conocimiento la producción de ciencia puede seguir manteniendo la misma lógica que la guiaba anteriormente, si esa lógica puede ser contemplada como la que va a imperar en general o si la ciencia, al contrario, tendrá que adaptarse a la nueva lógica del sistema capitalista.

En el primer apartado de esta sección se presenta, contempla y discute la figura del científico como un caso especial de trabajador procurando discernir aquí si su descripción convencional nos da pautas para el futuro o más bien suena ya a superada. En el segundo apartado estudiaremos los pros y contras de proporcionar ciencia a través de un sistema como el capitalista con producción privada y distribución a través del mercado, dejando para más adelante la cuestión crucial de si el capitalismo que viene frenará su empuje ante la fortaleza de la ciencia o si es esperable de que traiga consigo un cambio radical en su concepción[18].

El Científico

En este apartado trataré de explicar cómo en los tiempos actuales se produce la convergencia entre dos figuras tan aparentemente alejadas como la del empresario y la del investigador científico o, al menos, entre dos versiones de esas figuras paradigmáticas. Comenzaré por la figura del científico. Se trata del sujeto del Sistema de Ciencia Abierta propio de la República de la Ciencia. Esta construcción social está basada en dos pilares fundamentes: (i) la libertad de entrada a toda persona competente y (ii) el carácter público de los resultados obtenidos que no podrán ser patentados. Pero como ha mostrado Paul David, este Sistema de Ciencia Abierta, que constituye el legado del feudalismo a la modernidad, está históricamente determinado. La explicación histórica de Paul David puede resumirse de la siguiente forma.

El primer paso argumental consiste en recordar que, en el feudalismo anterior a la emergencia de la Ciencia Moderna en el siglo XVI, cada uno de los señores feudales utilizaba a filósofos, bufones, castrati y sabios de renombre como reclamo de su magnificencia. Magnificencia que subrayaba su poder y por consiguiente constituía una amenaza para los otros señores feudales que, a su vez, hubieran podido atacarle. Sabios, buffones, castrati y filósofos eran el adorno ideal porque su valor podía mostrarse públicamente a todo el mundo. Consejos, piruetas, trinos y aforismos son, en efecto, universalmente reconocibles.

El segundo paso en el argumento consiste en reconocer que, a partir del siglo XVII, los científicos, que sí son ya de utilidad objetiva al señor, no pueden sin embargo servir de adorno porque sus gracias no son fáciles de apreciar, especialmente si se expresan en forma matemática. Como las cortes, aunque ya evolucionadas, siguen queriendo mostrar señales de su magnificencia y de su poder, hacen de la ciencia una posible señal propiciando para ello una comunidad de sabios que pueden juzgar las afirmaciones pretendidamente científicas emitidas por cualquiera y que son los únicos responsables de la aceptación de los nuevos miembros de la comunidad.

El tercer paso en el argumento es el más sútil. Aunque el señor sigue apreciando el aspecto ornamental del científico, como no puede evitar que éste sirva a dos señores, acabará pagándole muy poco. A su vez el científico, para satisfacer su instintivo amor a la verdad, ir descubriendo los secretos de la naturaleza y obtener fama entre sus colegas, no tiene más remedio que venderse aunque sea barato. Así se cierra el argumento de Paul David.

Si lo aceptamos no nos puede extrañar que el científico se sienta a veces, a pesar de los honores de su comunidad (cuando los obtiene), como un bufón mal pagado que se ve obligado a disfrazar su conocimiento objetivo de chistes malos para, al menos, cobrar estos últimos. El investigador así determinado es un ser alienado en el sentido literal de la palabra; pero el hecho de que las circunstancias históricas puedan cambiar pone de manifiesto la fragilidad de la figura del científico que de bufón alienado puede pasar a autor creativo en el sentido de que puede llegar a ser un apasionado inventor de mundos que acaba exigiendo la protección de sus derechos de autor lo mismo que un poeta o un novelista y que puede muy bien forzar al reconocimiento de la patentabilidad de algunas ideas básicas.

Pero tampoco la figura del empresario es unívoca. Si el investigador científico puede ser o un bufón o un autor, el empresario puede ser o un burócrata o un héroe. El empresario burócrata corresponde a la concepción neoclásica de la empresa. Para ésta el empresario actúa en el mercado, no crea mercado, es un ser pasivo que no crea riqueza, sino que sólo la aflora y que, como no se arriesga realmente, no gana nada más allá del beneficio normal. Pero la concepción austriaca nos ofrece una figura de empresario mucho más heroica que, más o menos, debemos a Schumpeter.

El empresario crea mercado, no sólo actúa en el mercado. Se trata de alguien innovador que, a partir de una visión de un nuevo producto o de un nuevo proceso, reorganiza los recursos retirándolos de otros usos, recaba financiación y termina produciendo o bien algo distinto o bien algo conocido pero de una forma más barata, de forma que, en uno u otro caso, adquiere momentáneamente un cierto poder monopolístico. Es decir, este héroe vence las resistencias que se oponen a cualquier visión distinta, crea riqueza y acaba recibiendo el premio a su arriesgada heroicidad en forma de beneficios extraordinarios.

La rigurosa novedad histórica es que hoy es posible la convergencia entre un científico/autor y un empresario/héroe. En efecto, la historia de Venter y su empresa Celera Genomics es algo más que una anécdota. Los científicos empiezan a vislumbrar hoy que pueden ser sus propios empresarios y no sería de extrañar que se dejaran llevar por los incentivos económicos sin que el ethos científico, o la pasión por la verdad, sirva de freno. Pero si esto es así el Sistema de Ciencia Abierta acabara clausurándose y los científicos no compartirán sus resultados. Este problema podría ser solucionado mediante correcciones legales al sistema de patentes, pero lo verdaderamente grave es que simultáneamente se introduce también un peligro evidente para la otra pata de la República de la Ciencia: la no discriminación. En efecto ya no es claro que cualquier científico competente tenga garantizado su lugar en la correspondiente comunidad. El reconocimiento se mezcla con las estrategias empresariales y un descubrimiento científico y su autor pueden ser silenciados por intereses compartidos por todo un sector económico. El problema ya no es que el premio Nobel sea una compensación demasiado pequeña por descubrir la verdad. El problema ahora es que es posible que se compre muy caro un premio Nobel con la aviesa intención de dar una pista falsa. Esto ya no es broma pues está en juego la verdad. Volveré sobre este problema epistémico; pero antes conviene repasar las relaciones entre la ciencia y el mercado.

No parece que haga falta insistir en que esta convergencia entre el científico y el empresario no hace sino reforzar la idea de que en el capitalismo que viene florecerá el trabajador autónomo y pluriespecialista y que, en consecuencia, es dudoso que se pueda mantener la producción de ciencia como un subsistema aparte, especialmente cuando la creciente importancia del conocimiento como fuente de producción va a incrementar aparatosamente el coste de oportunidad de consagrarse monocalmente a la ciencia.

Sin embargo que la ciencia se adapte a la lógica capitalista general plantea problemas que, aunque tradicionales y bien conocidos se plantean en el siguiente apartado, indicando su posible solución y dejando para un capítulo posterior la posibilidad de privatización.

Ciencia Básica y Mercado

La importancia de la ciencia básica es enorme. Además de su interés intrínseco constituye el soporte de la ciencia aplicada y ésta, incorporada a productos industriales específicos representa un porcentaje creciente del valor añadido real. La sociedad del conocimiento, como constructo intelectual reciente, se hace eco de ese hecho y la teoría del crecimiento endógeno de los últimos tiempos singulariza la ciencia y la tecnología como factores cruciales del crecimiento económico[19]. Pero, precisamente por esta conciencia creciente de su importancia, hay una clara tentación de aprovecharse privadamente del rendimiento económico que la ciencia y la tecnología pueden llegar a tener y esto exige pensar si esa tendencia es buena para la generación de una y otra y si puede plantear algún problema epistémico.

Esto es justamente lo que pretendo hacer en las páginas que siguen, teniendo siempre in mente la historia reciente de la secuenciación del genoma humano. Este éxito científico fue conseguido por la empresa privada Celera Genomics, promovida y presidida por Craig Venter, un cinetífico respetado por sus pares. Esta empresa privada, equipada con potentísimos ordenadores, ha ganado la carrera a los públicos Institutos Nacionales de Salud (INS) estadounidenses. Es posible que Celera se haya aprovechado del carácter público de los resultados parciales obtenidos en el contexto del programa propiciado por los INS, pero el hecho relevante es que Celera quiso patentar su resultado y, de esta forma, obtener una ganancia para sus accionistas que compensara el riesgo que corrían en un proyecto como el de la secuenciación del genoma humano en el que el ganador, en principio, se lo lleva todo[20].

Este caso del genoma humano es muy adecuado para mis propósitos expositivos pues ejemplica muy bien la ciencia básica a la que me estoy refiriendo. No se trata de teoremas matemáticos o de ciencias formales. Se trata del descubrimiento de los secretos de la naturaleza y de las posibilidades abiertas por ese descubrimiento, campos éstos en los que la mejor estrategia es la diversidad y la rebeldía. Esta última afirmación es central para mi tesis por lo que creo que merece la pena justificarla desde el principio. Lo haré siguiendo algunas ideas sobre la plenitud del mundo que hace ya bastantes años presentó Paul Roemer en las segundas Lecciones de Economía Barrie de la Maza.

1017 es el número de segundos que han transcurrido desde el Big Bang. 1030 es el número de mezclas que se pueden hacer, sin incluir dosificaciones diferentes, entre los 100 elementos básicos de la tabla periódica. 101.8mill. es el número de volúmenes de la biblioteca de Babel borgiana. Y 101billon es el número de cadenas de DNH (medidas de una cierta forma). Errores de conceptualización y posibles errores de medición no son importantes para el argumento. Lo importante son las ordenes de magnitud. Y de ellos se siguen de forma trivial dos reflexiones muy importantes.

En primer lugar que el mundo no está lleno, como cabría pensar si todo lo concebible estuviera en este mundo, sino que cabe concebir cosas que no están en la naturaleza y que pueden construirse. Pensemos en ralentizadores de la velocidad de la luz, en superconductores a altas temperaturas o en elementos más estables que el plutonio. La Ciencia, en consecuencia, no consiste sólo en encontrar, sino también en construir. En segundo lugar también se sigue que no hay horizonte humano temporal razonable que permita explorar sistemáticamente todos los materiales posibles, todas las historias imaginables o todas las formas de vida concebibles.

A la luz de estas reflexiones cabe preguntarse por la estrategia óptima para explorar el territorio por descubrir. Hasta hace poco pensaba que esta estrategia óptima consistiría en la aplicación incansable y sistemática de la moderna racionalidad instrumental. Hoy tengo un planteamiento distinto; se trataría más bien de la aplicación de la racionalidad postmoderna, menos instrumental y más intuitiva. Pues bien, la dimensión de lo que queda por explorar y esta nueva sensibilidad permiten considerar como óptima una investigación menos sistemática y más diversificada, más experimentadora y más rebelde.

El problema que se plantea ahora es, naturalmente, si el mercado puede proporcionar esta estrategia investigadora óptima. Para atacar el problema empezaré por mostrar cómo en condiciones de rendimientos constantes (o decrecientes) en la producción de ciencia básica puede haber circunstancias en las que el mercado falla porque no provee la ciencia básica en la cantidad adecuada y cómo, en condiciones de rendimientos crecientes, además de lo anterior, hay un fallo epistémico en el sentido de que se producen irreversibilidades y dependencias del recorrido que debilitan o imposibilitan la estrategia rebelde y diversificada que ya he defendido como estrategia científica óptima en un mundo no pleno.

Muy a menudo se dice que la producción científica está sujeta, tanto si se trata de investigación básica o aplicada, a rendimientos crecientes tecnológicos. Los laboratorios científicos por ejemplo no podrían ser partidos en dos sin detrimento de su productividad. Este argumento, implica que el coste marginal está por debajo del coste medio y que, en consecuencia, el mercado no podría funcionar en condiciones de competencia perfecta (y proveer así la cantidad socialmente óptima de ciencia), porque la igualación del precio al coste marginal no puede sostenerse en cuanto que implica pérdidas. En un momento volveré mi atención a este caso y explicaré lo que ocurre cuando hay rendimientos crecientes a escala; pero ahora tengo que resumir los fallos que se atribuyen al funcionamiento del mercado en la provisión de ciencia incluso si ésta pudiera producirse en condiciones de rendimientos constantes o decrecientes. Aún en este caso, el argumento económico tradicional indica que la actividad de producir ciencia, es decir la investigación, genera un bien raro con tres características especiales.

En primer lugar los resultados de esta actividad son muy inciertos por lo que es muy poco frecuente que se aborde por la empresa privada a no ser que ésta sea muy grande y diversificada. En segundo lugar la producción o el consumo de ciencia, y el énfasis que ésta pone en la razón, produce un efecto civilizatorio general que se puede interpretar como un efecto externo positivo que implica, naturalmente, que la iniciativa privada produciría menos ciencia que la socialmente deseable. En tercer lugar se arguye que los resultados científicos generados por la investigación son bienes públicos en el sentido de que todo el bien esta disponible para todos, es decir en el sentido de que no hay rivalidad en el consumo ni posibilidad de exclusión. Se sabe que, en estas condiciones, el sistema de mercado en competencia perfecta infraproduce sistemáticamente el bien de que se trate, en nuestro caso la ciencia. Pareceria pues natural que la ciencia se lleve a cabo en organismo públicos como pueden ser la Universidad o cualquier otro organismo público de investigación.

Esta argumentación puede, sin embargo, ser puesta en entredicho. Los resultados de la investigación son a menudo más previsibles de lo que se creía, especialmente, es verdad, en ciencia aplicada. El mercado puede ser parcheado mediante subvenciones o impuestos para internalizar las externalidades. Las distorsiones producidas por el carácter público de los resultados de la investigación se pueden paliar mediante el uso de patentes que permitan apropiarse de esos resultados aunque sea de manera temporal y no implica, en cualquier caso, que no haya formas de conseguir su provisión óptima por una empresa privada. Además de estos contraargumentos teóricos tenemos otros de carácter más práctico o empírico.

Primero, el posible fallo de la iniciativa privada no garantiza el éxito de la pública. Hay muchos ejemplos del fracaso de esta última. Segundo la iniciativa privada está ya proveyendo ciencia que, en ocasiones, puede considerarse como básica apoyándose en el desarrollo de los mercados de capitales y en la proliferación de fondos de private equity puestos en circulación por corporaciones financieras.

Sea por una razón o por otra cuando la investigación no está sujeta a rendimientos crecientes no parece que haya objeciones insalvables a su provisión privada. Pero cuando hay rendimientos crecientes se trata de otro cantar. Podrá argüirse que los rendimientos crecientes tecnológicos a los que me he referido ya no son empíricamente tan relevantes, especialmente ante la disminución brutal de los costes de transacción que las nuevas tecnologías de la información traen consigo; pero hay otras formas de generar rendimientos crecientes que son especialmente relevantes para la producción científica, tal como nos ha hecho ver Michel Callon. En la producción científica aparecen unas externalidades no tecnológicas que pueden dar origen a rendimientos crecientes.

Pensemos, por la parte de la oferta, en el fenómeno que Arrow denominó learning by doing (aprendizaje por la experiencia). Por ejemplo la curva de aprendizaje de la producción aeronáutica muestra que el costo de producir un avión disminuye con el número de aviones producidos por la industria. No es difícil imaginar que este mismo fenómeno puede ser relevante para la gran ciencia y que posiblemente haya tenido algo que ver en el caso de esa secuenciación del genoma humano que me está sirviendo de hilo conductor para mi exposición. Pero estas externalidades no ocurren sólo por la parte de la oferta.

Pensemos, por la parte de la demanda, en el efecto red. Es intuitivo que una red es más valiosa para un nuevo usuario cuanto más grande es, es decir cuanto más usuarios tiene. Este idea que es evidente en una red telefónica o en la red de usuarios de Kazaa no es en absoluto despreciable cuando la referimos a esas redes identitarias especiales que llamamos escuelas científicas.

Pues bien, estos rendimientos crecientes relevantes para la ciencia son ciertamente incompatibles con la competencia perfecta y producen una tendencia a la monopolización de la producción que, a su vez, da origen a dos fenómenos que, detectados por Brian Arthur son ya casi lugares comunes. En efecto, pensemos, por ejemplo, en el efecto red. Cuando es significativo confrontamos encasquillamientos, con sus correspondientes irreversibilidades, y dependencia del recorrido. Paul David ha descrito la persistencia del teclado QWERTY como un fenómeno de encasquillamiento en algo arbitrario (ya que QWERTY no es el más eficiente o lógico) que hace imposible volverse atrás e implantar otro teclado más eficiente o lógico: se necesitarían unas inversiones tan brutales que parecen inabordables.

Por otro lado, cuando la economía se va organizando de acuerdo con rendimientos crecientes, es bastante claro que cada paso que se da hace imposible alcanzar algunos frutos que podrían haber sido alcanzados sólo a partir de otras decisiones iniciales. En términos de ciencia estos dos fenómenos son desvastadores para la estrategia científica rebelde y experimentadora que he descrito como óptima en la introducción. Diversidad y rebeldía no pueden darse cuando reina el encasquillamiento y la dependencia del recorrido. Casi podríamos decir que cual llegue a ser el estado de la ciencia (incluso cual llegue a ser la verdad) depende de por donde empecemos y de cuales sean los pasos que vamos dando. La estrategia científica factual, tal como ha sido documentada por los sociólogos de la ciencia y descrita por Callon, adolece de encasquillamiento y de dependencia del recorrido y, por lo tanto, plantea un problema epistémico serio que se añade al que pudiera surgir del roce entre descubrimiento científico y estrategia empresarial.

Nos encontramos pues en una situación en la que ciencia y mercado siguen teniendo unas relaciones conflictivas. Pero no por los argumentos tradicionales asociados a esos supuestos fallos de mercado que harían desaconsejable su uso para la provisión de ciencia: estos son soslayables, sino por un problema epistémico que parece difícil de solucionar. Nada más postmoderno que la incertidumbre epistémica con la que el sistema capitalista va a envolver la creación de ciencia.

Resumen

En la Introducción a esta Parte I se afirmaba que el homo posteconomicus aparecería, cuando se le compara con el homo economicus, como psicologicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista. En el capítulo anterior vimos cómo la racionalidad se hacía más compleja que la simple racionalidad individual, cómo algunos sesgos psicológicos podían ser incluidos en la descripción teórica del agente individual con resultados sorprendentes, y cómo algunos aspectos de la racionalidad exprevisa, como por ejemplo la importancia de la identidad en la toma de decisiones, ponían en entredicho el presunto individualismo de ese homo economicus.

En este capítulo he tratado de iniciar una exploración, que encontrará su continuación en el siguiente, sobre este último aspecto tratando de ver cómo el agente individual para formar parte de un entramado productivo que no es tan lineal como creíamos, pone en juego algunas facetas del individualismo de forma insospechada.

La producción, concebida de manera tradicional y ejemplificada por la cadena de montaje de automóviles es el locus clasicus en donde se acoge el sentido moderno del mundo. En este sentido el agente individual como factor de producción no es muy individualista; más bien pertenece a una clase que se caracteriza por no ser propietario de los medios de producción y por tener que vender su fuerza de trabajo que no se diferencia en nada de la de cualquier otro trabajador de su clase. El Sindicalismo es el movimiento social que nace para la defensa mutua de los miembros de esa clase y los únicos agentes individuales que pueden considerarse como individualistas están ejemplificados por el científico que a lo largo de una larga historia va alcanzando su independencia a un coste muy alto.

Pues bien, la concepción postmoderna del mundo desplaza a los propietarios de las empresas, o a estas mismas, del centro neurálgico de la producción y el agente individual ocupa su lugar. Ya no es un asalariado; sino el propietario de un capital humano que puede poner en contacto con el de otros y crear sus propias empresas o bien ofrecer su trabajo de forma autónoma. Este nueva concepción de la producción que denominaríamos postmoderna se parece más a la producción científica y funciona bien e inventa nuevos productos mediante el hacer y deshacer de equipos productivos que crecen mucho cuando topan con actividades que exhiben rendimiento crecientes como por ejemplo aquellos que se prestan al funcionamiento del efecto-red. Esta forma de producción conforma lo que se ha dado en llamar la Nueva Economía. Esta nueva Economía florece precisamente gracias a las TIC y a la globalización.

Por su parte el agente individual que protagoniza esta forma de producción postmoderna es un pluriespecialista autónomo formado en un sistema educativo renovado que hace de él, y del científico, algo parecido a un empresario que ya no necesita la defensa sindical. El individualismo postmoderno es pues algo diferente que no puede cultivarse en soledad; sino que crece con otros en el establecimiento de proyecto productivos que crecen empujados por el efecto-red. El individuo pasa ser el nodo de una red, una cierta forma de estructurar la comunidad de la que el agente individual se siente parte. A estos aspectos dedicaremos el próximo capítulo.

Notas
  • 1. Me refiero a La Condición Postmoderna, en en esta ocasión he vuelto a ojear en su versión inglesa.

  • 2. Se trata de una conferencia de apertura de curso en la Facultad de Ciencias Económicas de la UPV/EHU, en noviembre de 1989. Ver Urrutia 1989.

  • 3. Ver Vatimo 1988

  • 4. Ver Deleuze 1988

  • 5. La figura del rizoma como figura de la postmodernidad está en Mil Mesetas de Guatari y Deleuze. Muchos años más tarde, David Ugarte desde su dominio de Internet se apodera de la figura de la enredadera.

  • 6. La descripción que sigue corresponde a la descripción estática del modelo multisectorial de crecimiento que, en sus diversas variedades, fue muy profusamente analizado a finales de los años 60 del siglo pasado. Una breve referencia es Morishima que naturalmente presta atención a la versión de Von Neuman que, por muchas razones técnicas, es un lugar privilegiado del análisis económico.

  • 7. Chanpernowne establece con nitidez esta relación.

  • 8. Estoy pensando, por ejemplo, en la monografía de Debreu.

  • 9. Ostroy trabaja en esa dirección que representa un cierto tipo de convergencia entre el formalismo neoclásico y el espíritu austriaco; pero no conozco nada publicado de momento.

  • 10. Sigo aquí mi propio trabajo en el que indicaba que el término Nueva Economía no es atribuible a nadie en concreto.

  • 11. Esta es la teoría del crecimiento endógeno debido entre otros a Paul Roemer.

  • 12. Para pensar en serio en los rasgos principales de la Nueva Economía es recomendable leer el libro de Shapiro y Varian.

  • 13. Ver mi trabajo sobre La miserable revancha de la cordura, en Economía en Porciones.

  • 14. Ver mi trabajo sobre La lógica de la abundancia I – VI.

  • 15. Ver Juan Urrutia

  • 16. El Dulce encanto del Pluriempleo

  • 17. Ver Gadamer

  • 18. Toda esta sección está basada en mi trabajo no publicado Hacia la privatización de la Ciencia. Lo que sigue hasta el final de este capítulo es sólo una parte de este trabajo de cuyas ideas más profundas haré uso más adelante.

  • 19. Ver la nota 11

  • 20. Hablo del efecto Mateo

Referencias
  • Arrow, K. (1962) : “The Economic Implications of learning by Doing”. Review of Economic Studies, 29.

  • Arthur, B. W. (1989): “Competing Technologies, Increasing Returns, and Lock-In by Historical Events”, The Economic Journal, 99.

  • Callon, M. (1993): Is Science Public Good? en Science, Technology and Human Values.

  • Chanpernowne, D.G. (1945/6): A Note on J.v Neuman’s Article on A Model of Economic Equilibrium, Review of Economics Studies, 13.

  • David, P.A. (1998): Common Agency Contracting and the Emergence of Open Science Institutions, American Economic Review: Pappers and Procedings, 88.2

  • David, P.A. (1984) : “Clio and The Economics of Qwerty”, American Economic Review, 75

  • Debreu.G. (1959) : “Theory of Value”, wiley.

  • Deleuze, G. (1988) : “Le Pli”. Estudios de Minuit.

  • Deleuze,G. y F. Guattari (1988) : “Mil Mesetas. Capitalismo y Esquizofrenia”. Pretexto.

  • Gadamer, H.G. (2000) : “Educar es educarse”, Paidos Asterisco *.

  • Lyotard, J.F (1984) : “The Postmodern Condition”, Manchester U. Price.

  • Morishima, M. (1973) : “Teoría del Crecimiento Económico”, Tecnos.

  • Romer, P. (1986) : “Increaning Returns and Long- Run Growth”, Journal of Political Economy, 94.

  • Schumpeter (1943) : “Capitalism, Socialism and Democracy”, 5ª edición. Londres, 1976.

  • Shapiro, C. y H.K. Varian: “Information Rules: A Strategic guide of the Network Economy”, Havard Businnes Schol Press.

  • Ugarte, D. et al. (2003) : Como una enredadera y no como un arból.

  • Urrutia, J. (1989) : “Economía Postmoderna. Inteligibilidad y Sentido”. UPV/EHU. 1989.

  • Urrutia, J. (2002) : Hacia la privatización de la Ciencia, en juan.urrutiaelejalde.org.

  • Urrutia, J (2003) : “La Nueva Economía: Mito o Realidad” , en Economía en Porciones, Prentice Hall.

  • Urrutia, J.(2003) : “La miserable revancha de la cordura” en Economía en Porciones, Prentice Hall.

  • Urrutia, J (2003) : La lógica de la abundancia I- VII en Economía en Porciones, Prentice-Hall.

  • Urrutia, J. (2003) : Sindicalismo, en juan.urrutiaelejalde.org.

  • Urrutia, J.(2003) : “El Dulce encanto del Pluriempleo” , en Economía en Porciones, Prentice-Hall

  • Vatimo, G (1988): “Nietzsche intérprete de Heidegger” , en “Heidegger, Questions Ouvertes”, Colege internationall de philosophy, Osiris.

  • Von Neuman, J. (1945/6): “A Model of General Economics Eqsuilibrium”, Review of Economics Studies, 13.