Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

PARTE I – Homo Posteconomicus – Capitulo 1

Introducción

El homo economicus es quizá, o sin quizá, la pieza mejor articulada del entramado conceptual que refleja y sostiene el capitalismo como sistema económico. El hombre, como sinónimo de ser humano, y en cuanto se mueve en un escenario propiamente económico -es decir, y como primera aproximación, en un mundo relacionado con la producción, la distribución y el consumo de bienes y servicios- no es tan simple como para perseguir exclusivamente su propio beneficio ni se puede reducir su naturaleza a la de una calculadora rápida de costes y beneficios.

El hombre se preocupa también por los suyos o por los que considera dignos de su sacrificio, sus relaciones con su trabajo en el que consigue su renta son más complicados que la simple prestación de un servicio bien definido a cambio de un salario de subsistencia, y a veces, como en el caso de un científico, su conducta parece desviarse de la que conduciría a la simple compraventa de su fuerza de trabajo. No sólo consume y produce; sino que también genera incesantemente bienes intangibles como el lenguaje, el sentido de comunidad o signos de identidad y, quizá lo que más le distingue de la caricatura tradicional del agente económico, no se limita a la maximización de la utilidad esperada sujeta a la restricción o restricciones presupuestarias, sino que está condicionado por ciertos sesgos psicológicos de forma que sus decisiones en ciertos campos y circunstancias sólo pueden explicarse por nociones de racionalidad distintas de la instrumental que hasta ahora ha identificado al homo economicus. El homo posteconomicus es psicológicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista.

No es difícil argüir que el ser humano ha estado siempre más próximo a esta figura posteconómica que a la caricatura utilizada por los economistas teóricos; pero la elaboración de la teoría ya tenía bastante trabajo con concentrarse en las implicaciones de la racionalidad funcional o instrumental para el sistema de mercado capitalista y, en consecuencia, su programa de investigación exhibía una parsimonia sabia que retrasaba las complicaciones relevantes para un momento ulterior en el que, por un lado, el sistema mostrara fenómenos de primer orden de importancia no explicables con las herramientas de rutina y, por otro lado, el marco conceptual estuviera preparado para elaborar herramientas nuevas. Ese momento llegó hace no mucho tiempo y hoy podemos utilizar estas nuevas herramientas para explicar mejor importantes fenómenos observados y también somos capaces de deducir implicaciones de las nuevas ideas que nos abran los ojos a fenómenos que pensamos van a pasar a ocupar el primer plano.

Esta primera parte del Capitalismo que viene está dedicado a la exploración de algunas de las características de este hombre postmoderno, que en el plano económico llamaremos homo posteconomicus, y cuyas características reflejan cambios sociales profundos y acaban explicando algunos puzzles intelectuales. Esta parte consta de tres capítulos en los que se reflexiona respectivamente sobre el agente económico individual como consumidor, productor e intermediario.

Denominar al consumidor de bienes o servicios como un usuario no rompe ninguna tradición ni constituye sorpresa alguna. Frente a la decisión de consumir, el agente individual parece encontrarse como un usuario pasivo del sistema que a la vista de los precios generados por este sistema decide cómo gastar una renta. La palabra usuario denota, en efecto, una cierta pasividad; aunque veremos cómo incluso en el ámbito del consumo el usuario no es tan pasivo.

Muchos más sorprendente es sugerir en los títulos de los capítulos 2 y 3 que ese usuario más bien pasivo puede ser un productor, es decir alguien que usa el sistema (una noción ésta que todavía no sabemos muy bien en qué consiste) no sólo para hacerse con una renta sino también para explorar la parte oscura del mismo desvelando “verdades” ocultas a través del método científico y también colaborando a aflorar formas inéditas de creación de riqueza, y también un intermediario que pone en contacto unos agentes con otros, usándolos para producir los lenguajes, las normas, y las costumbres que conforman una comunidad y para aprovecharse del conocimiento de que esa comunidad se estructura de una manera determinada.

La palabra usuario como sinónimo de agente individual no está, por lo tanto, utilizada de manera rutinaria o inocente; sino que pretende ser chocante y comunicar un mensaje: las personas siguen siendo la vara de medir del funcionamiento de un sistema económico, como por ejemplo el capitalismo, y su comportamiento sigue siendo el que en el agregado conforma ese sistema al que a su vez se adapta; pero ese comportamiento es menos simple y menos pasivo que antes y se extiende a campos que no parecían propios de la elección individual, como pueden ser la creación de lenguaje, normas, redes o ciencia.

El Usuario como Consumidor

En la Introducción a esta Parte I del Capitalismo que viene he dejado suficientemente claro que deseo pensar en el agente individual como un usuario del sistema económico, en este caso capitalista. Y este usuario no es sólo un consumidor; sino también un productor, que usa las oportunidades creativas que le da el sistema, y un intermediario que usa la interacción social propia del sistema para hacer emerger pautas de conducta, normas, valores y cultura. Pero es en su faceta como consumidor donde se muestran de forma más acorde con la costumbre académica, los problemas de racionalidad que subyacen a la toma de decisiones que necesariamente envuelven las creencias de este usuario, las acciones que decide llevar a cabo y los resultados que emergen de esos actos en el contexto en el que se encuentra.

Por esta razón este primer capítulo, que debería considerarse como introductorio, estará ordenado siguiendo el hilo general de la racionalidad, lo que me permitirá introducir nociones que serán utilizadas en otros posteriores, ganando así en claridad lo que quizá se pierda en la excesiva extensión que de ello se derive. Sin embargo el orden más bien teórico no es óbice para que a lo largo de este primer capítulo introduzca muchos fenómenos novedosos y rasgos caracterizadores de lo que yo creo que es el capitalismo en el que entramos, fenómenos y rasgos sobre los que se volverá con mayor profundidad en capítulos posteriores. Por lo tanto este primer capítulo no es sólo introductorio sino también parcialmente panorámico.

Introducción

Cuando concebimos la Economía de manera estrecha como centrada exclusivamente en el aspecto asignativo del sistema, la cuestión de la racionalidad se plantea casi siempre, y hasta muy recientemente, como un problema de elección de medios accesibles para la obtención de un fin dado que no se problematiza, eliminando así cualquier espesor psicológico en el agente individual o usuario.

La primera sección de este capítulo se dedica a esta racionalidad instrumental o funcional. Dentro de esta problemática deberemos, además de tener en cuenta la incertidumbre, ir más allá de lo que se denomina Teoría de la Decisión e incluir las consideraciones que necesariamente surgen cuando el entorno en el que se actúa no es la naturaleza inerte; sino que viene conformado por otros usuarios con los cuales uno se encuentra en una situación de dependencia mutua caracterizada y estudiada por la Teoría de los Juegos.

En el contexto de este estudio de la racionalidad instrumental cabe preguntarse por los esfuerzos, realmente recientes a pesar de ciertos precedentes, por integrar economía y psicología tanto teniendo en cuenta el impacto de ciertos sesgos psicológicos bien documentados en las decisiones económicas, como tratando de explicar estos sesgos en términos típicamente económicos.

Esta primera sección, por lo tanto, nos permitirá no sólo introducir nociones básicas muy útiles; sino también referirnos a una constelación de ideas alrededor del fenómeno del altruismo y de la dificultad del compromiso como dos rasgos que no pueden ser olvidados si estamos tratando de imaginar la deriva del sistema económico en el que vivimos.

Ahora bien, si ampliamos el alcance de la Economía más allá de lo asignativo y elevamos la vista hacia otras cuestiones que conforman el entorno social del sistema toparemos con instituciones sociales, normas, pautas de conducta y culturas que requieren nuestra atención tanto para tenerlas en cuenta a la hora de aventurar explicaciones económicas a fenómenos como la familia, el uso de un medio de cambio, el desarrollo económico u otros temas macroeconómicos, como para tratar de explicarlas en si mismas. En esta segunda dirección nos percataremos de que tenemos que explorar, no sólo la idoneidad de los medios para alcanzar ciertos fines; sino también la determinación de los fines y de que para ello hay que ir más allá de la racionalidad instrumental, cosa que se hace en la segunda sección de este capítulo en la que se exploran la racionalidad procedimental, la racionalidad expresiva y la racionalidad comunicativa.

Esta exploración dará pie -además de a estudiar las “rules of thumb” como expresión de la racionalidad procedimental- a considerar en el primer apartado, el papel de la identidad (digamos que grupal) y de la confianza mutua en la toma de decisiones y en la emergencia y mantenimiento de pautas y, en el segundo apartado, el origen y el papel del lenguaje en esa emergencia y mantenimiento de pautas y la “lógica” de esos debates entre individuos que jalonan todas la decisiones sociales.

A lo largo de todo el capítulo hago un esfuerzo para dar razones, de momento tentativas, para justificar mi creencia de que el altruismo, los sustitutos del compromiso imposible, las pautas de conducta, los condicionantes que emergen de la identidad, la proliferación de lenguajes y la delineación específica de los debates son rasgos que ya apuntan y que debemos de esperar se apuntalen y se perfilen con cierta precisión en el capitalismo que viene.

Racionalidad Instrumental

El homo economicus es esa caricatura de ser humano que, presa de la racionalidad instrumental, maximiza su función de utilidad eligiendo entre las diversas combinaciones de bienes que puede adquirir con su renta. Esa función de utilidad es una función que a cada combinación de consumo asigna un número real de forma tal que ese número real es tanto más alto cuanto más aprecie el agente la correspondiente combinación de consumo.

Identificar a un ser humano con una función matemática es reducionista sin duda; pero es analíticamente muy fructífero y, además, quizá podamos consolarnos del disgusto del uso continuo de la caricatura sabiendo que hay axiomas muy simples que garantizan la existencia de esa función de utilidad. Aunque no es mi intención reproducir aquí resultados analíticos bien establecidos será conveniente mencionar algunos cuando puedan ser utilizados como hilos conductores hacia otros lugares. Como veremos, de la teoría de la elección individual pasaremos a la teoría de la utilidad esperada y esto nos pondrá en contacto con las posibilidad que ofrece, y los retos que representa, una rama de la Economía que podríamos denominar Psiconomía.

Pues bien, comencemos por admitir como un axioma que el usuario es capaz de comparar cada par de combinaciones de bienes y decidir cual de ellas no es preferida a la otra. Si este preorden es completo, reflexivo y transitivo y además se da una condición técnica[1], sabemos que puede ser representado por una función de utilidad continua que asigna valores reales mayores a consumos más preferidos. A partir de aquí la idea de racionalidad instrumental de un consumidor en condiciones de certidumbre es muy fácil de entender. Consiste en elegir de entre todas las combinaciones de bienes que le son asequibles (dada su renta y dados los precios) aquella o una de aquellas que maximizan su función de utilidad.

Lo que en esta primera sección se trata de dilucidar es cómo el altruismo y la dificultad de adquirir compromisos (o los sustitutos de éstos) son dos aspectos que muy posiblemente vayan a caracterizar y a condicionar el sistema capitalista y que son perfectamente coherentes con la racionalidad instrumental. No hay nada en esta racionalidad que dificulte el ejercicio del altruismo, lo que parece esperanzador; pero esa racionalidad instrumental hace muy difícil la adopción de compromisos firmes y creíbles, lo que no es tan esperanzador a no ser que encontremos sustitutivos razonables de esa capacidad de compromiso sin la cual el sistema capitalista experimenta dificultades.

Altruismo

Hay un conjunto de fenómenos que cada vez se nos hacen más familiares y que me parece van a permanecer y a condicionar el desarrollo del sistema económico capitalista. Quizá pudieran todos ellos abarcarse bajo la etiqueta de altruismo; pero podemos ser más específicos. Las actividades de no pocos jóvenes que cuidan enfermos o personas mayores de manera regular o que aprovechan las vacaciones para atender a bien morir a seres anónimos y solos acogidos en casas de caridad y todo ello de manera desinteresada son ejemplos de lo que propiamente llamamos altruismo, y otros llaman solidaridad. Personas que transforman parte de su patrimonio en un capital fundacional que afectan a un objetivo de interés común y no propio también pueden ser llamadas altruistas aunque quizá la fundación que eligen no tiene un objetivo que pudiera calificarse de solidario. Y, además, hay no pocos ejemplos de quienes pudiendo afectar a su propio patrimonio el de otra persona (por la razón que sea, quizá por deudas aumentadas, quizá por la fuerza) no lo hacen por razones de lo que ellos entienden por equidad, justicia o cualquier otro adjetivo similar. Estos comportamientos, altruistas, solidarios o equitativos deben ser explicados para luego tratar de entender cómo surgen y poder opinar así sobre su vigencia en el futuro[2].

A efectos de la coherencia de esos comportamientos con la racionalidad instrumental, bastará con presumir que la utilidad del prójimo es un argumento de mi propia función de utilidad, un expediente que está muy próximo al origen de la palabra altruismo; pero si queremos ser más específicos, diferenciando diversas formas de altruismo, es conveniente que extendamos la teoría de la elección racional a situaciones de incertidumbre.

Para ello es conveniente considerar los objetos de elección como loterías o distribuciones de probabilidad que asignan una probabilidad determinada a la obtención de un cierto premio en metálico dentro del soporte de la distribución. Si a los axiomas que caracterizan la función de utilidad continua ya mencionada, añadimos ahora otros dos axiomas específicos, podemos construir lo que se entiende como la formalización estandar de la racionalidad instrumental. Primero añadimos al axioma que garantiza la continuidad en este caso de incertidumbre. Para tres loterías cualesquiera ordenadas según sus premios siempre hay una probabilidad que hace indiferente una combinación convexa de la mejor y la peor a la intermedia. En segundo lugar añadimos el famoso y discutido axioma de independencia. Según este axioma si una lotería 1 es preferida a una lotería 2, cualquier combinación convexa de la lotería 1 y una tercera cualquiera, es preferible a la combinación convexa de la segunda con esa tercera. (Idem para la indiferencia).

Parece razonable; pero la paradoja de Allais muestra ejemplos que no parecen patológicos, y que, sin embargo, violan el axioma[3]. Pues bien si se dan todos los axiomas citados, von Neuman y Morgenstern demostraron que existe una función de utilidad definida sobre los reales (por ejemplo cantidades de dinero) que ordenan las loterías por la esperanza matemática de esa función. Ser racional desde el punto de vista instrumental es cumplir esos axiomas y el comportamiento de todo agente individual (o usuario) se rige por la maximización de la esperanza matemática de la función de utilidad de von Neuman y Morgensterni[4].

El altruismo, una vez más, podría conceptualizarse como la consideración en mi función de utilidad de von Neuman y Morgenstern de los premios de otro; pero, por las mismas consideraciones de antes, es conveniente trascender la Teoría de la Decisión, en la que hasta ahora nos hemos movido, y encarar la Teoría de los Juegos a los que tendremos que acudir a menudo.

Aunque lo que sigue puede ser expresado de manera mucho más rigurosa y general restrinjámonos a un caso sencillo a efectos descriptivos. Supongamos que hay dos jugadores, cada uno de los cuales está dotado de la función de utilidad de von Neuman y Morgenstern y posee un conjunto de estrategias entre las que elegir. Lo que cada uno gane con una estrategia determinada depende de la estrategia del otro. La combinación de estrategias conforman una matriz de pagos que indica lo que cada uno gana en términos de la utilidad de von Neuman y Morgenstern con cada estrategia, dada la del otro. Los siguientes ejemplos nos serán muy útiles.

Los tres primeros ejemplos están expuestos en forma normal. En el juego de coordinación hay dos equilibrios de Nash -(LL) y (RR)[5], en donde la primera entrada de cada par se refiere a la estrategia del primer pagador (o jugador fila) y la segunda a la estrategia del segundo jugador (o jugador columna)- ya que en cada uno de estos equilibrios cada jugador está haciendo lo que le reporta un pago mayor, dado lo que hace el otro. Notemos que sólo (L L) es óptimo paretiano pues para cualquier otro par de estrategias ambos jugadores preferirían estar en otra casilla.

L R
L 10,10 0,50
R 5,00 1,10

En el Juego del dilema del prisionero, los dos jugadores disponen de una estrategia dominante, R, de forma que el único equilibrio de Nash es (R,R), menos deseado para ambos que el óptimo paretiano (L, L)

L R
L 10,10 0,15
R 15,0 1,1

En el juego denominado de la batalla de los sexos, ambos jugadores prefieren coincidir en estrategias que no hacerlo de forma que tanto (L L) como (R R) son óptimos paretianos; pero cada uno de ellos prefiere uno de los óptimos al otro. El jugador número uno -jugador fila- prefiere (L L) a (R R) justo lo contrario que el jugador número 2, o jugador columna.

L R
L 3,1 0,0
R 0,0 1,3

El tercer ejemplo se expone en forma extensiva de manera que se tenga en cuenta el orden en el que actúan, o juegan, los agentes individuales involucrados en la correspondiente situación estratégica. La figura representa el juego del ultimátum en el que el jugador número 1 ofrece al 2 un cierto reparto de, digamos 10 euros, entre él (x) y el otro (10-x) . Si el jugador 2 acepta este reparto ganan respectivamente x y (10-x), y si el jugador 2 lo rechaza ninguno gana nada. Es aparentemente obvio que al jugador 2, si se le ofrece alguna cantidad positiva por pequeña que sea, aceptará la propuesta (o ultimátum) del jugador 1.

Sin embargo experimentos de laboratorio muestran que el jugador 1 suele proponer repartos cercanos o alrededor del x = 60. Como han puesto de manifiesto repetidamente los trabajos de Fehr y sus diversos coautores, este tipo de conducta equitativa es bastante general.

Una de la finalidades de introducir estos juegos en este momento es tenerlos disponibles para más adelante. Otra finalidad es utilizarlos como instancias ejemplificadoras de lo que he estado denominando altruismo. El altruismo en sentido estricto se entiende como la dependencia del valor que alcanza la utilidad de un jugador de la utilidad que alcanza el otro. Esto se puede ejemplificar contrastando dos matrices alternativas de la batalla de los sexos diferenciados por la matriz de pagos.

L R
L 3,1 0,0
R 0,0 1,3
L R
L 2,0 0,0
R 0,0 1,2

Si la matriz de la izquierda revela simplemente que el pago de cada jugador, como en todo juego, depende de la estrategia del otro y postulamos que no hay altruismo, en la matriz de la derecha ha surgido el altruismo pues la utilidad de von Neuman y Morgenstern del jugador número 1 (2) ha disminuido por que está obligando al 2 (1) a hacer algo que le gusta menos que la alternativa. Lo que denominamos solidaridad como forma específica del altruismo puede explicarse de manera similar, aunque es más contundente entenderla como la renuncia a utilizar una estrategia dominante en el dilema del prisionero. Finalmente la equidad, como otra forma específica del altruismo, se entiende como la renuncia, en el juego del ultimátum y por parte del jugador 1 a explotar al 2 ofreciendo por ejemplo una x = 99.

Esta forma poco ortodoxa de presentar el altruismo en sentido genérico tiene la ventaja de que muestra que la solidaridad y la equidad parecerían tener sus límites naturales más acá de lo innato. ¿Podemos hablar de solidaridad racional si el renunciar a mi estrategia dominante me destruye?. ¿Podemos hablar de equidad racional si el no ofrecer x = 99 no viene aconsejado por la amenaza de una venganza suicida del jugador número 2 de romper la baraja y rechazar la oferta, sino por un sentido innato?. Estas preguntas retóricas nos llevan hacia donde quiero ir, ahora y que no es tanto la influencia del altruismo en la asignación como la explicación de su surgimiento y su persistencia.

Caben varias explicaciones cada cual más especulativa y arriesgada que ahora se describen telegráficamente ya que habrá ocasión de volver sobre ellas.

  • La primera explicación es que el altruismo, la solidaridad y la equidad son rasgos psicológicos innatos de los que no se debía inquirir la racionalidad y de los que se debían perseguir las implicaciones. A medida que se va consolidando la Psioceconomía esta actitud se va imponiendo y si hasta ahora no se contaba con estos rasgos psicológicos como materia prima del análisis económico era porque no parecían lo suficientemente generalizados o quizá, simplemente, porque no encajaban en nuestra manera de mirar las cosas. Es perfectamente natural pensar que a medida de que se vaya contando con ellos nuestras nuevas gafas nos permitan tener en cuenta fenómenos que hoy aparecen como anomalías, pero que mañana pueden pasar a ser considerados como rasgos significativos del sistema económico en el que vivimos. Sobre algo de esto volveré en el siguiente apartado.

  • La segunda y arriesgada explicación de la existencia del altruismo, la solidaridad y la equidad es que se trata de comportamientos endógenos que sólo surgen en el tiempo de una manera evolutiva y para magnitudes acotadas de los pagos. Cabría pues argüir que, a diferencia de la primera explicación, estos comportamientos no han estado siempre ahí semiocultos; sino que empiezan a aparecer ahora en un mundo mucho más descentralizado, no sujeto a una autoridad absoluta y en donde las relaciones interpersonales empiezan a trascender a las del entorno más inmediato.

  • La tercera explicación es complementaria de la segunda y destacaría, de manera muy especulativa que debería irse perfilando en capítulos posteriores, que estos fenómenos surgen y persisten porque sirven para sustituir otras instancias de organización social más centralizadas, como por ejemplo el Estado, y para paliar los efectos de la paulatina difuminación de estas últimas.

Dificultad del compromiso

La caracterización axiomática de las funciones de utilidad dotan a la racionalidad instrumental de cierto espesor; pero la Teoría de la Decisión o la Teoría de los Juegos, como expresiones de esa racionalidad, son tan generales que pueden aspirar a explicarlo casi todo con la ayuda, en el peor de los casos, de alguna hipótesis adicional. En el apartado anterior ya hemos visto que si bien el altruismo propiamente dicho puede ser acomodado fácilmente en el marco conceptual habitual, la llamada solidaridad y la equidad exigen, para su acomodo, retoques de ese marco conceptual, lo mismo que otras muchas anomalías más resistentes que irán apareciendo, o que ya han sido mencionadas.

Entre estas últimas está la paradoja de Allais quién, basado en experimentos psicológicos de Kahneman y Tverski ponía en duda que el axioma de independencia pudiera servir de base a una teoría de la elección en condiciones de incertidumbre. En los años setenta estos dos psicólogos del conocimiento dieron a conocer muchos otros resultados de experimentos psicológicos que luego les servirían para elaborar su propia teoría psiscologista de la decisión. A finales de los años ochenta Rubinstein realizó su intento de explicar la paradoja de Allais basándose precisamente en el hecho psicológico de que la mente humana no puede distinguir en la práctica pequeñas diferencias en los premios o en las probabilidades. El principio de independencia puede reformularse para elementos pertenecientes a diferentes clases de equivalencia dentro de los cuales los elementos son similares en el sentido de no distinguirse unos de otros.

Esto inaugura para los economistas, aunque con precedentes, una nueva área de análisis económico que podemos llamar Psicoeconomía y que, naturalmente, pretendería también explicar con herramientas económicas de las que ya nos hemos hecho eco fenómenos psicológicos bien especificados como este de las “similaridades” en la percepción.

Si de manera general volvemos ahora la mirada a la Psicoeconomía observaremos que para cada rasgo psicológico detectado y documentado tenemos dos estrategias investigadoras. Podemos aplicar la psicología incorporando ese rasgo al análisis económico, lo que ofrecerá nuevas teorías e irá perfilando la noción de homo posteconomicus o podemos tratar de explicar ese rasgo por medio de herramientas teórico-económicas a fin de preservar la noción de homo economicus. En este apartado trataré de examinar estas estrategias en el contexto de dos rasgos psicológicos que se me antojan relevantes: la “procastination” y el sesgo confirmatorio. El examen de la primera nos permitirá detectar la dificultad del compromiso y la idoneidad o falta de idoneidad de sus sustitutos. El examen del sesgo confirmatorio nos enfrentará de lleno con un rasgo definitorio del postmodernismo. Y de esta forma seguiré tratando de catalogar los rasgos del capitalismo que viene.

Empezaré por el examen del sesgo confirmatorio. Rabin nos ha ilustrado sobre este tipo de sesgo resumiendo muchos de los experimentos psicológicos efectuados. Se trata, dicho de manera breve, de la tendencia a descartar evidencias contradictorias con nuestras hipótesis previas y a malinterpretar la evidencia forzándola a decir lo que confirma nuestros prejuicios. No soy consciente de que se haya trabajado mucho en la explicación de este fenómeno a partir de ideas económicas aunque no faltarían las estrategias sugestivas al respecto, desde la utilización de la idea ya mencionada de similaridades, hasta la aplicación de resultados que explican porqué y en qué circunstancias se rechaza racionalmente información. Sí existen sin embargo aplicaciones sorprendentes de este sesgo confirmatorio al análisis económico de algunos fenómenos.

Me interesa mencionar aquí el trabajo de Rabin y Schrag en el que estos autores han introducido el sesgo confirmatorio en la Teoría Agente/Principal. Cuando el Agente adolece de este sesgo confirmatorio y el Principal lo sabe, este último debe tenerlo en cuenta a la hora de redactar el contrato óptimo con su Agente. Una de las características más curiosas de este nuevo contrato óptimo que descubren estos autores y que no es difícil de intuir, es que el contrato no será entre el Principal y el Agente; sino entre el Principal y varios Agentes, cuantos más mejor, e independientemente de su valía para realizar su trabajo. De esta forma el Principal acabará adoptando una especie de media de lo que estos agentes recomiendan. Esto se parece bastante al “todo vale” postmodernista que como slogan es muy útil para entender un mundo en el que todo poder ha sido privado de autoridad y en el que debemos esperar encontrarlo en muchos campos, desde el de la asesoría financiera o el de la selección de resultados científicos (con consecuencias de vértigo) hasta el campo de la discusión política partidaria. No parece pues arriesgado sospechar que este postmodernismo será un rasgo -creo que potencialmente peligroso y disolvente- del capitalismo que viene.

Por un lado, en la sociedad del conocimiento de hoy en día no hay nadie, por así decirlo, que no sea consciente de la existencia de sesgos y disonancias cognitivas y, específicamente, del sesgo confirmatorio. Por otro lado, la generalización y potenciación de las TIC hace accesible la opinión de multitud de agentes en casi cualquier campo incluyendo el de la medicina en el que empieza a ser cada vez más cierto que un paciente que visita una consulta médica está más informado sobre su posible dolencia que el propio médico.

Retengamos este postmodernismo y pasemos ahora al examen de la “procastination”. Este fenómeno es la muestra palmaria de la imposibilidad de adoptar compromisos. Este “deja para mañana lo que puedas hacer hoy” se suele explicar mediante algún ejemplo de adicción. No puedo, en efecto, comprometerme a dejar de fumar mañana, que es lo que hoy realmente querría hacer, porque cuando llegue mañana y se convierta en hoy lo que querré hacer es dejar de fumar mañana. Este fenómeno recibe varios nombres dependiendo del contexto: hablamos de falta de credibilidad de una promesa o de una amenaza; de la violación del Principio de Bellman en un problema de programación dinámica o de juegos cuyos equilibrios no son perfectos en subjuegos. En todos los casos lo que está en juego es la consistencia intertemporal del comportamiento de que se trate. Respecto a este rasgo psicológico que llamamos “procastination” podemos, como siempre, tratar de explicarlo o tratar de aplicarlo.

En cuanto a la explicación, la forma en que se ha tratado de hacer esto último es postulando el descuento intertemporal hiperbólico que, efectivamente, produce inconsistencia intertemporal y, por lo tanto, “procastination”. Este tipo de descuento hace que la relación marginal de sustitución entre el consumo de dos días por ejemplo consecutivos no sea idéntica en cada momento de tiempo: puedo preferir ir al cine hoy que ir al cine mañana con palomitas, mientras que, visto desde hoy, quizá prefiera ir al cine con palomitas el 30.XII.04 que ir al cine sin palomitas el 29.XII.04[6]. Nada aparece como muy irracional; pero es un poco ad hoc. Rubinstein ha tratado, alternativa y eficazmente y basándose en experimentos llevados a cabo en Tel Aviv y Princenton de mostrar que, una vez más, la inconsistencia intertemporal se puede explicar mediante la disonancia cognitiva que llamamos “simularidad”, sin necesidad de apelar a una forma ad hoc de la función de utilidad.

La aplicación de la procastination o inconsistencia intertemporal más conveniente para mis finalidades es el uso de ese rasgo para explicar el sesgo inflacionario. Se trata del dilema del prisionero aplicado a un juego entre un gobierno (jugador 2) y un sindicato (jugador 1) plasmado en la matriz de pagos ya presentada con anterioridad y que ahora tiene una interpretación específica.

L R
L 10,10 0,15
R 15,0 1,1

El Sindicato controla el salario nominal y puede mantenerlo (L) o subirlo (R). El Gobierno controla, imaginemos, el nivel de precios y puede mantenerlo (L) o subirlo (R). La matriz de pagos refleja las preferencias de cada jugador. Por ejemplo, al Gobierno le gustaría subir los precios y que el Sindicato mantuviera el salario nominal para que, al descender el salario real, aumentará el empleo pero al Sindicato lo que le gustaría es (RL) en donde se da una subida del salario real. Estas preferencias son tales que cualquier anuncio gubernamental de mantener los precios es entendida como un deseo de engañar al Sindicato para que mantenga los salarios y luego subir los precios. El resultado de equilibrio es naturalmente (RR) en donde se produce una inflación de precios y salarios, es decir un sesgo inflacionario que no puede evitarse porque el gobierno carece de capacidad técnica de comprometerse a jugar L. Es este resultado el que, de forma heurística, parece justificar la delegación del control del nivel de precios en un Banco Central independiente con preferencias tales que evitan la inconsistencia intertemporal, o cualquier otra de las apelaciones continuas a sustituir la labor del Estado por la de agencias reguladores independientes.

Lo que me interesaría saber ahora es si estos sustitutos de la capacidad de compromiso van a ser o no un rasgo del capitalismo que viene. Para complicar momentáneamente la cuestión voy a sugerir que hay otras formas de solucionar la inconsistencia intertemporal, o lo problemas de credibilidad asociados á esta, distintas y alternativas a la delegación en agencias independientes (incluyendo un Banco Central) y que la tensión entre unas y otras está relacionada con la dudosa preeminencia del Estado que estudiaremos más adelante en un capítulo posterior.

En efecto, siguiendo a Auman he sugerido en otro lugar y repetido muchas veces[7], que es posible que, si la inconsistencia intertemporal no es conocimiento común, sino únicamente conocimiento mutuo de orden N,N < ∞, podamos alcanzar el equilibrio apetecido. Claro que, aparte de esta sugerencia, hay otras formas de evitar los sesgos perniciosos debidos a la inconsistencia intertemporal y la necesidad de delegación en agencias independientes. Por ejemplo la obtención de una reputación por parte del Gobierno o del Estado; reputación que puede obtenerse a un precio a través de la repetición del juego. Si en el ejemplo utilizado el Gobierno está dispuesto a mantener los precios aunque el Sindicato suba los salarios, el sistema sufrirá desempleo período tras período; pero este “precio” puede ser suficiente para que el Sindicato admita que confronta un Gobierno duro y acabe manteniendo el salario nominal, aterrizando así en (L,L).

Pero si me interesa mi sugerencia es porque su examen me acerca a especular sobre los rasgos conflictivos del capitalismo que viene que tiene que ver con la confianza mutua y el Estado. En efecto, lo interesante de la sugerencia a la que me he referido es que, en comunidades pequeñas podríamos soñar con que, sea o no conocimiento común la inconsistencia intertemporal, se actúe como si no supiéramos que lo es, de la misma forma que, en un ascensor estrecho, actuamos como si no supiéramos que la incomodidad del sexo es conocimiento común. Esta ignorancia pretendida puede llamarse confianza mutua y esperamos observarla en comunidades pequeñas. Ahora bien, como la globalización genera una cierta vuelta a comunidades pequeñas, tal como veremos en un capítulo posterior, hemos de esperar que la imposibilidad de compromiso y sus derivaciones solo surjan como problemas en comunidades grandes como, por ejemplo, la Unión Europea. Por lo tanto, si la confianza mutua condiciona el tamaño de los costes de transacción, hay un freno al aumento en el tamaño de las jurisdicciones políticas que habrá que añadir a los que descubramos en su momento.

Otros tipos de racionalidad

Como hemos visto el cíngulo de la racionalidad instrumental no aprieta tanto como para no permitir el altruismo sin necesidad, en este caso, de apelar a evidencia psicológica alguna, o la confianza mutua en comunidades pequeñas u otros sustitutos de la imposible capacidad de compromiso en comunidades más amplias. Sin embargo hay otros rasgos propios del capitalismo que viene que exigen para su comprensión cabal que prestemos atención a otros tipos de racionalidad. Hablaré, tal como ya he indicado, de identidad y de lenguaje como expresiones de la racionalidad expresiva y comunicativa respectivamente; pero antes pasaré revista somera a la racionalidad procedimental como vía de acceso a la compresión de la existencia de rules of thumb (que traduciré como reglas de conducta).

En muchas decisiones individuales es muy difícil llevar a cabo todos los cálculos necesarios para identificar los medios que nos conducen al objetivo deseado. Por ejemplo, quizá es costosísimo psicológicamente dar con la combinación de bienes de consumo que realmente maximizan mi función de utilidad dados mi renta y los precios que rigen en el mercado. Si admitimos limitaciones realistas a la capacidad de computación del ser humano se nos plantea inmediatamente la dificultad de cómo ser racional en situaciones en las que no se puede esperar que funcione la racionalidad instrumental en toda su potencia.

La racionalidad procedimental de H. Simon consiste en utilizar una manera de proceder accesible, una regla de conducta posible, que si bien no hace diana en cada caso, como media y a largo lazo, resulta acertada más a menudo que otras. Esto es lo que se llama desde Keynes rules of thumb (reglas de conducta) y que se asociaron avant la letre a la teoría macroeconómica del consumo que afirma que, en el agregado, una economía consume una proporción fija de su renta disponible.

De acuerdo con otras teorías más sofisticadas de la función macroeconómica de consumo, debidas por ejemplo a Modigliani et al. y a Friedman, esa proporción no es fija sino que depende del momento del ciclo vital en el que se encuentren los consumidores (o el consumidor agregado) o de las expectativas sobre schocks transitorios que afectan a la renta permanente. Calcular la senda óptima de los valores de esa proporción exige una racionalidad instrumental que consistiría en la maximización de una función que integra la senda del consumo sobre un horizonte vital determinado, una operación, ésta que puede considerarse más allá de la capacidad normal de un consumidor.

Si nos paráramos a pensar sobre la vigencia en nuestra vidas de estas reglas de conducta podríamos elaborar un listado muy largo. Yo y mi carrito recorremos el supermercado de una manera que sistemáticamente ignora ciertas líneas de producto; nunca procedo a una búsqueda exhaustiva del mejor precio y decido para quién trabajo antes de presentarme ante todos los posibles empleadores. De mayor enjundia son las reglas que sigo para no endeudarme más allá de lo que puedo devolver con mi salario actual de x meses o las reglas que la práctica financiera ha acuñado para diversificar mi cartera entre renta fija y variable o entre sectores productivos distintos o para realizar pérdidas sin caer en la esperanza de que el valor de esa cartera se recupere. Cada uno puede continuar esta lista de acuerdo con su propia experiencia y se encontrará con reglas para las que no encuentra explicación, con otras que hundan sus raíces en la tradición (y que, en ese sentido, podrán ser el resultado de una cierta adaptación evolutiva), con unas que no han variado en el tiempo y con otras que han sufrido cambios que todavía permanecen en la memoria.

De momento y sin prejuicio de volver en algún capítulo posterior sobre este asunto, sólo quiero apuntar, quizá como un divertimento, quizá como con cierta seriedad, la relación que parece existir entre esta práctica de racionalidad limitada y lo que ocurre con las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en la sociedad de la información. La información, en efecto es cada vez más demandada como factor de producción y cada vez hay más oferta de información accesible a través de las TIC. Sin embargo la explotación de esa oferta está limitada por la falta de la capacidad de atención para hacerse con toda ella y por las restricciones temporales para procesarla. En estas condiciones es procedimentalmente racional acudir a un buscador más o menos profundo o más o menos especializado que, a su vez, no es sino una regla de conducta arbitraria (o rule of thumb) que sirve para ordenar mejor la información.

A lo que apunta este último comentario es a la afirmación de que esta racionalidad procedimental no es sino una versión burda de la racionalidad instrumental. En efecto, un buscador no es sino una regla de actuación que puede mejorarse en términos de eficacia en la búsqueda si la refinamos mediante otra regla de actuación. Creo intuir que ese refinamiento continuo, y certero, de las reglas nos acercaría a lo que se obtendría mediante el despliegue total de la racionalidad instrumental. Una regla sobre qué porcentaje del salario ahorrar pase lo que pase se transforma y refina en una regla para cómo hacer variar ese porcentaje según momentos del ciclo vital y la regla de cuanto ahorrar en la senectud se hace depender de la temperatura media del lugar de retiro etc. Lo mismo que una circunferencia puede aproximarse tanto como se quiera mediante combinación de cuadrados circunscritos de distintos tamaños, una función analítica puede aproximarse lo que se desee mediante un procedimiento computacional[8].

Pues bien, si aceptamos este planteamiento ¿qué hemos de esperar?. No parece muy descabellado pensar que en un mundo con gran información disponible vamos a observar más y más áreas y sectores económicos en los que florecen las rules of thumb, o pautas de conducta regladas, que no hace más que llevar a la práctica el conocido dicho de que lo mejor (racionalidad instrumental) es enemigo de lo bueno (racionalidad procedimental). Sin embargo, como el resultado de la aplicación de esas reglas no es óptimo, siempre existe la posibilidad de explotar alguna oportunidad de mejora refinando una regla subóptima por medio de otra regla también subóptima pero que mejora a la anterior.

Identidad

Aún sin entrar todavía a discutir las posibles nociones de racionalidad que podamos destacar en relación, no con los medios, sino con los fines de la acción humana, podemos mencionar y estudiar otra forma de racionalidad que tienen que ver con lo que las acciones expresan. La compra y el uso de un cierto tipo de ropa, posiblemente identificada con una marca, puede no estar justificada por lo bien que me sienta (si este fuera mi criterio expresado en una función de utilidad) sino porque expresa mi pertenencia a una comunidad determinada y ello a pesar de que su compra puede tener que ser realizada mediante varias visitas a diversos establecimientos minoristas en lugar de poder ser adquirida en un mismo gran almacén.

Este conjunto de acciones puede no ser instrumental o procedimentalmente racional y sin embargo está dotado de lo que Hargreaves Heap llamaría racional expresiva. Puede haber gente con no gran gusto personal por el arte o por la música que, sin embargo, donan grandes cantidades a museos, o teatros de ópera, para la compra de pintura, o para la producción de una ópera en concreto. Lo que parece moverles es el gusto por pertenecer a una comunidad formada por unos poco escogidos que extraen un gran placer en reconocerse entre ellos. O, en términos más juveniles, puedo estar interesado en que se me tome como un Bourgeois Bohemian (Bobo) que disfruta de lo mejor aunque sin marcas que le delaten ante quienes no están en el secreto de cómo ser Bobo.

Creo que este es un momento oportuno para apuntar que la globalización de la economía trae consigo, por un lado, la homogeneización de algunos aspectos de los estilos de vida; pero, por otro lado, un afán de pertenencia a pequeños grupos con identidad específica que se distinguen como diferentes. Por eso no es difícil predecir la eclosión de una plétora de comunidades identitarias que satisfagan la necesidad de singularización, si no individual, al menos tribal.

Una pregunta razonable por lo tanto es cómo se puede vislumbrar esa proliferación; si de una manera ordenada en la que surgen pocas nuevas identidades y hay poco trasvase entre una y otra o como un incesante hacerse y deshacerse de comunidades precarias. Esta es una distinción importante si queremos tener una idea de por donde va evolucionar el capitalismo, tanto desde un punto de vista concreto de organizar el marketing y la fidelización del cliente como desde un punto de vista mucho más abstracto, general y filosófico que se pregunta por la realización de la propia vida. Dejando esto último para el apartado siguiente voy a tratar de profundizar un poco más en esto tratando de pensar cómo las TIC pueden influir en la creación y mantenimiento de las comunidades identitarias. Para ello glosaré un trabajo de Akerlof y Krantoni[9].

Pensemos de manera muy simplista que una comunidad identitaria está formada por un conjunto de individuos (usuarios en nuestra terminología) que comparten algunos atributos. Podríamos pensar en la comunidad de economistas neoclásicos, la de economistas austriácos, la de hembras blancas y la de hembras negras entre otras muchas. Como parte de la identidad de estas comunidades se encuentra su acción típica. Los economistas neoclásicos se limitan, sean machos o hembras, a utilizar la racionalidad instrumental, los economistas austriácos, sean machos o hembras , no se salen de la racionalidad expresiva, las hembras blancas reciben clases de ballet y las hembras negras cantan gospel en un coro.

Supongamos ahora una comunidad formada por dos economistas del Departamento de Economía de la Universidad Carlos III que tiene fama de ser neoclásica. Juan es un hombre que trata de explorar cómo la racionalidad instrumental y la tradición neoclásica explican el funcionamiento del salario de reserva y María es una mujer que trata de entender cómo funcionan los mercados de las artes a partir de ideas propias de la racionalidad expresiva sobre pertenencia a una comunidad. El problema es que si María continúa explorando el mecenazgo con ideas austriácas, la identidad de Juan como miembro del Departamento citado con fama de neoclásico se resquebraja frente a lo cual puede vengarse de María o no hacerlo. Si se venga (por ejemplo pagando c para ridiculizar la economía de la cultura) infringe a María un costo de L además de lo que ésta ya sufre en su identidad, Is, por saberse haciendo algo fuera de la identidad de su grupo. Si Juan no se venga sufre su identidad, Io, por tener un miembro de su comunidad tan flojo como María y María sufre, como antes, Is pero no L. El juego de la identidad es ahora muy fácil de describir y de analizar, bajo el supuesto simplificador de que Is = Io = I. La siguiente figura representa el juego en forma extensiva e incluye los pagos que recibe cada jugador, sea Juan (1) o María ( 2).:

Existen cuatro equilibrios, dos identitarios y dos no identitarios. En los identitarios el Departamento de Economía de la Universidad Carlos III mantiene su identidad como Departamento seriamente neoclásico porque tanto Juan como Carmen acaban analizando el mercado de trabajo.

  • Cuando I > V el coste que sufriría Carmen por la traición que comete (I) es tan fuerte que renuncia a estudiar el mecenazgo aunque no le fueran a pillar y no fuera a sufrir la venganza.

  • Cuando I < ó =V, C <I e (I+L) >V la amenaza de Juan de vengarse es creíble y Carmen renuncia a lo que quería hacer por si le pillan.

Pero también hay dos equilibrios no identitarios en los que Juan estudia el mercado de trabajo y Carmen se concentra en el mecenazgo.

  • Si I< ó =V, C <I y (I+ L) >V, Carmen estudiará el mecenazgo aunque la venganza de Juan sea creíble.

  • Si I< ó =V, C >I la amenaza de Juan no es creíble y Carmen concentrará su actividad académica en el mecenazgo.

Ante esta manera simplificada de mirar al asunto de la identidad caben algunas reflexiones que arrojan cierta luz sobre la proliferación de identidades y su naturaleza.

  • Primera, cuando c es relativamente pequeño y L relativamente grande la identidad se conservará, mientras que hemos de esperar que si, al revés, c es relativamente grande y L relativamente pequeño, la identidad se traicionará a pesar de todo y, dicho sea entre paréntesis, la racionalidad instrumental vencerá sobre la expresiva, lo contrario que en el primer caso.

  • Como segunda reflexión podría decirse que L/c es un indicador de la cohesión identitaria de una comunidad. Cuando más grande sea L/c más difícil es romper o traicionar las señas de identidad de la comunidad a la que uno pertenece.

  • Tercera, como cohesión y confianza mutua están directamente relacionados, L/c es también un índice de la confianza mutua.

  • La cuarta reflexión es la más interesante a efectos del futuro de la comunidad de individuos que como usuarios forman la base del sistema capitalista. Ya he comentado que la globalización hará emerger la necesidad de pequeñas comunidades identitarias donde florezca la confianza mutua. Como las TIC reducen L y c puede pasar de todo. Por un lado se reduce L, como el coste que se puede imponer al disidente, porque, al hacerse efectivas todas las comunidades (a través del uso de las TIC) siempre hay alguna comunidad (por ejemplo la de hembra blanca) que acogerá a Carmen.

    Por otro lado las TIC también reducen c porque Juan puede expulsar a Carmen desvelando su reprobable afición a temas poco serios mediante un mero click que pone este extremo en conocimiento de la comunidad científica. En consecuencia no se puede decir nada definitivo de manera estática; pero uno esperaría que dinámicamente, a medida que la potencia de las TIC aumente, las comunidades identitarias sean muy cambiantes y que las comunidades sean muy cohesionadas mientras duran.

No es difícil ir más allá y aventurar que la identidad como variable económica de interés en el capitalismo actual, aunque sólo fuera a efectos de marketing, llevará a los negocios hacia las maneras Inditex (propietaria de las tiendas Zara): colecciones de ropa muy bien identificadas y de obsolescencia rápida. En general esperaríamos observar una tendencia similar incluso en el sector de bienes de consumo duraderos lo que condicionaría la forma de producción. Es difícil mostrar una razón más evidente para esperar que el capitalismo que viene no encaje muy bien con los gustos conservadores.

Lenguaje y Debates

Habermas plantea su Teoría de la Acción Comunicativa como una crítica de la Teoría de la Acción Instrumental. Como ésta última teoría puede ser encapsulada como afirmando que la acción instrumental es aquella decidida por un agente individual dotado de racionalidad instrumental, cabe permitirse el hablar de una racionalidad comunicativa que será la que mueve a la acción comunicativa.

Esta racionalidad comunicativa incluiría tanto el hecho de que el lenguaje cabe en la toma de decisiones, lo que cambia las cosas en situaciones de juego, como la presunción de que pueda darse un debate entre agentes individuales que traten de argumentar entre ellos con la finalidad de convencer o convencerse sobre fines y no sólo sobre medios. Entramos así por primera vez en el campo de una racionalidad mucho más ambiciosa que la instrumental y la procedimental, que sólo contemplan medios alternativos para conseguir un fin dado, e incluso que la racionalidad expresiva que va más allá de los medios pero se limita a querer expresar una pertenencia o a mostrar una identidad sin discutir realmente la pertinencia de uno u otro fin.

En cuanto pasamos de medios a fines pasamos, en cierta forma, del campo de la Economía al campo de la Política y dentro de esta inmensa área de reflexión pasamos a interesarnos por lo que es una “vida buena” en el mundo interrelacionado en el que vivimos, es decir por cómo conducirse de manera que la única vida con la que cada uno de nosotros cuenta puede considerarse como realizada. Esta problemática nos haría remontarnos al menos hasta Kant; pero no es esa la intención de estas líneas. Baste aquí con decir que para que el capitalismo funcione ahora y en el futuro es suficiente (aunque desgraciadamente quizá no necesario) que la sociedad que subyace el sistema económico y en la que hay que realizar la propia vida sea una sociedad liberal en la que cada uno puede, no sólo decir lo que quiera, sino hacer lo que quiera dentro del respeto a la libertad ajena.

Ya sabemos que, en estas circunstancias, la interación humana es la única forma conocida de poder esperar el descubrimiento de la “verdad”, tanto epistémica como moral y política. Es en la contradicción de unas ideas por otras y en el enfrentamiento de unas prácticas con otras en donde acaban surgiendo los objetivos sociales y las prácticas comunes que pueden llegar a alcanzarlas. La participación, es por lo tanto, clave de las virtudes de un liberalismo que seguramente prefiere una vida subóptima decida participativamente que una vida más cercana al óptimo impuesta por alguien por la simple razón de que en este segundo caso esa vida simplemente no es nuestra[10].

Sin embargo esta participación, suficiente para crear el caldo de cultivo del liberalismo en el que el capitalismo puede funcionar, puede hacerse cada vez más difícil a medida que aumentan las exigencias de libertad por parte de comunidades identitarias pequeñas, diferenciadas y posiblemente secesionistas debido a que esa participación puede ser peligrosa para la vida de uno. Debemos pues esperar que, en el futuro capitalismo, no baste con el liberalismo; sino que se acabe exigiendo e imponiendo que no te juegues la vida por tus ideas, que de hecho la organización social te garantice que nadie puede ejercer presión alguna para condicionar tus opiniones o tus acciones más allá de la represión policial razonable a la violencia, etc. Es decir que debemos esperar que se vaya imponiendo lo que los politólogos llaman republicanismo, una especie de liberalismo beligerante muy bien explicado por Petitt.

Si es a una situación así hacia lo que nos encaminamos no cabe desconocer que la argumentación en la “plaza pública” -el debate- forma parte indispensable de la fijación de fines u objetivos no sólo sociales -que desde luego sólo así pueden determinarse- sino personales en la medida en que la definición de “buena vida” que acabará guiando nuestros pasos como envoltura de todas las acciones emanadas de racionalidades instrumentales varias no puede dejar de ser una definición social. Tampoco cabe ignorar que esos debates y toda argumentación pública se hace por medio de un lenguaje compartido cuya semántica es crucial para coordinar acciones y cuya pragmática condiciona los propios debates.

Para un economista la mejor manera de hacerse con la importancia del lenguaje y su semántica así como con la racionalidad comunicativa que lo mueve es reflexionar sobre la importancia del cotilleo (traducción castiza del “cheap-talk”) en la determinación del equilibrio de un juego de estrategia. Volvamos a los juegos del dilema del prisionero y al juego de coordinación que he presentado en el apartado A de la sección dedicada a la racionalidad instrumental (Altruismo).

L R
L 10,10 0,15
R 15,0 1,1
L R
L 10,10 0,15
R 15,0 1,1

Notemos que en el dilema del prisionero en el que (LL) es el óptimo paretiano, R es estrategia dominante para cada jugador de forma que (RR) es el único equilibrio de Nash. Esto no ocurre en el juego de coordinación en el que ningún jugador posee una estrategia dominante, en donde tanto (LL) como (RR) son equilibrios de Nash y en donde (LL) sigue siendo el óptimo de Pareto.

Supongamos ahora que el cotilleo es posible antes de comenzar cualquiera de los juegos y que partimos de una situación inicial en la que cada jugador está jugando la estrategia doble (anuncio lingüístico y acción) correspondiente a “anuncio R y hago R”. Notemos que en esta situación se ha creado lenguaje en el sentido de que el sonido “R” significa la acción R y pensemos cómo podemos utilizar el cotilleo para pasar de esa situación al óptimo paretiano en el que cada jugador estará utilizando la estrategia doble “anuncio L y hago L”.

En el caso del dilema del prisionero el cotilleo no sirve para nada. La estrategia doble “anuncio L y hago L” no sirve para alcanzar el óptimo simplemente porque el anuncio no es creíble puesto que L es siempre una estrategia dominada por R. Claro está que hay otras formas posibles de sostener el óptimo en este dilema del prisionero[11]; pero lo que interesa aquí es que el lenguaje, en forma de cotilleo en este caso, no sirve para salirnos coordinadamente de una situación subóptima y que, cualquier intento de usar “anuncio L y hago L” no crea lenguaje porque como el resultado es, de hecho, hacer R, el sonido L no significa nada reconocible como diferente a R.

La situación es sin embargo muy distinta en el juego de coordinación. Pensemos en las dos estrategias dobles condicionadas “anuncio L y hago L si el otro anuncia L, o hago R si el otro anuncia R”[12]. Veamos en primer lugar que esta estrategia es mejor para ambos jugadores que la original. Cada agente gana 10 si el otro acepta anunciar L y gana 1 (como antes) si el otro no lo acepta. Vemos también que la estrategia doble condicionada propuesta funciona mejor para ambos que la que consiste en mentir (“anuncio L y hago R haga lo que haga el otro”) ya que ésta mantiene la situación inicial.

Una vez entendido el papel que puede jugar el lenguaje y, por lo tanto, la potencia de la racionalidad comunicativa, es fácil probar aunque tendrá que bastar con la intuición, que si los dos jugadores jugaran este juego de manera repetida y la estrategia adaptativa fuera la simple y plausible de imitar la mejor estrategia, cualquier “mutación” que introdujera la estrategia doble condicionada que hemos analizado, acabará en que ambos jugadores adoptan la acción L[13]. Además en esa situación el sonido “L” acabará significando el acto L habiendo así enriquecido el lenguaje.

Pero la semántica no es la única dimensión del lenguaje que nos interesa. Una vez que se ha elaborado el lenguaje, más allá de la sintaxis, en su dimensión semántica, puede utilizarse este lenguaje para argüir y para debatir socialmente en un intento de fijar los fines de la acción colectiva. Es decir nos interesa la dimensión pragmática del lenguaje. Para examinarla pensemos en la relación entre dos comunidades identitarias que pretenden argüir entre ellas para tratar de dilucidar cual es el mejor de dos fines determinados. Un acontecimiento reciente como la guerra de Irak nos proporciona una buena ocasión para discutir sobre lo que podríamos llamar la “Lógica” de los Debates a fin de cerrar este apartado sobre racionalidad comunicativa. La globalización va a proporcionarnos muchas ocasiones de observar esta clases de debates que, por otro lado, y tal como hemos tenido ocasión de observar en Cancún con ocasión de una reunión de la ronda de Doha, no siempre acaban con acuerdos.

Pensemos en un debate como un método específico de solucionar conflictos en el que dos contendientes más o menos informados tratan de convencer a un tercero sobre la conveniencia de tomar una u otra decisión, de privilegiar un objetivo sobre otro. Una posible forma de modelar un debate es, por lo tanto, como un juego en forma extensiva con información incompleta.

Digamos que primero juega (arguye, da información), el jugador 1 y sólo después lo hace el jugador 2, mientras que el tercero, que debe ser convencido, decide si se toma una u otra decisión, se adopta un objetivo u otro, dependiendo de lo que ha jugado (argüido, informado) cada jugador y sabiendo que ninguno de los dos jugadores mentirá en su argumento o informará falsamente; pero que es posible que cada jugador no tenga tiempo para exponer todos sus argumentos o tenga más información que la que presenta por lo que puede tener un comportamiento oportunista. Lo interesante naturalmente es qué ocurrirá en el equilibrio de ese juego.

La solución adecuada para este tipo de juegos es el equilibrio secuencial de Kreps y Wilson consistente en (i) unas estrategias que son la mejor respuesta a la del oponente, dadas las creencias, y (ii) en unas creencias que son coherentes con lo observado en el juego (es decir son una adaptación bayesiana de los a priori que cada jugador tiene).

Apliquemos este anuncio a un debate entre “USA” y “Francia”. En él una y otra pretenden convencer a un tercero (el Consejo de Seguridad) de que tome una de las dos decisiones siguientes: ir a la guerra contra Irak inmediatamente o dar tiempo a los inspectores de la ONU, dos estrategias que podíamos identificar con dos fines diferentes, vencer o convencer. Cada uno de los jugadores tiene una información más o menos fina sobre los varios aspectos relevantes (técnicamente: cada uno de los dos contendientes tiene una partición distinta del conjunto de estados posibles), información desconocida por el Consejo de Seguridad y cada uno de ellos arguye o informa de manera veraz; pero no necesariamente completa. Miremos a dos de estos resultados a los que no podré hacer verdadera justicia por falta de espacio.

  • El primero de los resultados que yo creo vienen a cuento se debe a Jacob Glazer y Ariel Rubinstein y se refiere a la pragmática del lenguaje de los debates, es decir a la posibilidad de que un mismo argumento veraz tenga diferente capacidad persuasiva dependiendo del contexto. Estos dos autores contemplan un escenario como el del Consejo de Seguridad con “USA” y “Francia” debatiendo en un contexto en el que no todos los argumentos puedan ser expuestos y en el que el Consejo de Seguridad sigue una regla de autoconvencimiento específica que hace del ejemplo que estudian un debate óptimo en el sentido de que minimiza los posibles errores, entendiendo por tales los que llevarían a optar por una decisión que no es soportada por una mayoría de la totalidad de los argumentos.

    Pues bien en ese debate óptimamente diseñado una misma proposición lingüística (que se refiere a un argumento veraz) no es tratada igualmente (no tiene la misma carga de poder de persuasión) si se usa como argumento que si se usa como contraargumento. En concreto, es perfectamente posible que para el Consejo de Seguridad, o para la opinión pública, “USA” gane el debate si arguye la existencia de armas químicas y Francia contraarguyera el estado inoperativo de éstas y que, contradictoriamente, “Francia” gane el debate arguyendo la inoperatividad de las armas químicas a pesar de que “USA” contraargumentara su existencia. Esto rompe la consistencia lógica del lenguaje; pero es que ésta es sólo operativa en el aspecto sintáctico de ese lenguaje no en su aspecto pragmático. ¿Duda alguien de que en el Consejo de Seguridad, la pragmática es más importante que la sintaxis?.

    No deberíamos irritarnos mucho con el Consejo de Seguridad, ni predicar sin más su modificación; si va a ser un foro de debate siempre habrá que contar con la pragmática del lenguaje y siempre habrá ocasión de detectar incoherencias. Pero nada de esto debería enervar nuestro empeño en diseñar una forma óptima de debate ya que cualquier otra es todavía peor.

  • El segundo resultado que quiero mencionar se debe a Hyun Song Shin y se refiere, si se me permite utilizar una interpretación lejana a su intención y además poco rigurosa, al dilema de a quién debería prestar más atención el Consejo de Seguridad, si a “Francia” o a “USA”, si esta atención dependiera de quién tiene una información más fina (ver supra) respecto al verdadero estado de la situación. En un escenario parecido al anterior pero sin intenciones lingüísticas y con independencia de regla alguna de autoconvencimiento, de lo que se trata es de que el Consejo de Seguridad conozca la verdad a partir de la información revelada por “USA” y “Francia” sabiendo que ni una ni otra van a mentir aunque pueden no decir todo lo que saben y sabiendo también que “USA” tiene una información mejor o más fina.

    Como el Consejo de Seguridad sabe esto último y presume que cada uno de los contendientes desvelará sólo la información que le es favorable, no sería de extrañar que el Consejo de Seguridad dé menos peso a la información revelada por “USA” precisamente porque su mejor información le permite un más hábil manejo de las informaciones que revela. Si esto es así no nos extrañaría que “Francia” se llevara el gato al agua. Y uno se pregunta ingenuamente si, más allá de las presiones ejercidas por una u otra potencia ante los miembros no permanentes del Consejo y aparentemente fallidas, no podría ser ésta la razón explicativa de la renuncia por parte de USA a lanzar el ataque con la cobertura del Consejo de Seguridad de la ONU.

Sabemos poco más que lo aquí mencionado sobre la lógica de los debates; pero si creo que podemos intuir que en el capitalismo que viene vamos a observar un incremento del número de debates tanto porque hay cada vez más problemas globales (cambio climático, terrorismo, son dos buenos ejemplos) como porque cada vez hay más comunidades identitarias con objetivos distintos sobre esos problemas.

Resumen

El Capitalismo que viene pretende explorar cómo tres síntomas claves de los tiempos -la importancia creciente del conocimiento como factor de producción, la globalización paulatina de los mercados y de otras formas de contacto social y el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación- van a influir en los perfiles de las instituciones clave del sistema capitalista -propiedad privada de los medios de producción, generalización de los mercados como instrumento asignativo, control del Estado y libertad de empresa- todo ello a la luz de desarrollos más o menos recientes de la teoría económica. Como pieza fundamental del sistema capitalista el homo economicus es el inicio natural de la exploración y a ello se dedica la Parte I que, a lo largo de tres capítulos, mostrará cómo el homo posteconomicus se hace psicológicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista, que su antecesor.

El primer capítulo de esta Parte I tiene un carácter a la vez introductorio y parcialmente panorámico. Como introductorio expone algunas herramientas imprescindibles propias de la Teoría de la Decisión y de la Teoría de los Juegos y bien conocidas por el estudioso; añade algunos elementos de psicología cognitiva que más recientemente se han ido incorporando a la caja de herramientas propia de los teóricos de la Economía, y subraya la influencia bidirecional, con los hechos psicológicos ayudando a las explicaciones de algunos fenómenos económicos y con los conceptos económicos apoyando la comprensión cabal de los hechos psicológicos. Esta interacción junto con la exposición de nociones de racionalidad más complejas que la usual de racionalidad instrumental, permiten pasar revista a un panorama bastante amplio de rasgos novedosos que se vislumbran en el futuro inmediato del sistema capitalista.

Un primer rasgo que merece la pena destacar es el surgimiento significativo del altruismo, la solidaridad y la equidad. Estos comportamientos que se observan en el laboratorio, y que quizá surjan como consecuencia de la mejora económica, empiezan a encajar en el desarrollo del marco conceptual propio de la Economía y pueden llegar a constituir un paliativo a los problemas que empieza a padecer el Estado como proveedor de una cierta red de seguridad, tal como veremos en los capítulos 9 y 11 y en el Epílogo.

Una disonancia cognitiva específica que se suele denominar sesgo confirmatorio nos ha servido para introducir lo que se suele denominar postmodernismo y que, muy probablemente, sea la actitud cultural subyacente al capitalismo que se va conformando. En el mundo moderno la figura simbólica del saber y del poder es el árbol; en el postmoderno ese saber y ese poder toman la forma del rizoma o de la enredadera con múltiples formas de autoridad intelectual y de poder político. Esta ruptura fundamental será como una corriente subterránea que fertiliza el terreno por donde habrán de discurrir todos los capítulos siguientes y se manifestará de forma expresa cuando en el capítulo 8 hablemos del mercado como el emblema del postmodernismo sólo comparable, en ese carácter emblemático, con la red de redes o Internet.

Otros rasgos del capitalismo postmoderno que irán apareciendo tienen que ver bien con un cierto rasgo psicológico denominado procastinacion bien con el hecho de que no hay posibilidad técnica de comprometerse de una manera definitiva, ya sea por la misma procastianción ya sea por la falta de instituciones sociales específicas. Esto pone en juego todos los aspectos que rodean a la idea de confianza mutua como un posible sustituto de la imposibilidad de fiarse del todo de promesas o de compromisos aparentemente firmes cuando la situación en la que se está no permite una solución “self enforcing”.

El capítulo pasa así de los aspectos psicológicos y racionales propios de un individuo aislado, a los aspectos más sociales relacionado con la racionalidad expresiva. La primera sugerencia que hay que destacar aquí es que la confianza mutua (junto con la correspondiente reducción de los costes de transacción) se dará más fácilmente en comunidades pequeñas (sobre las que volveremos en el capítulo 6 en donde enfatizaremos que pueden ser sostenidas por las TIC) que en comunidades muy amplias que habrán de alcanzar la confianza mutua por otros medios que, como la delegación, remedarán la confianza y remediarán en parte la imposibilidad técnica del compromiso. En las pequeñas comunidades la identidad que las aglutina es un factor a tener en cuenta en la explicación de muchos fenómenos. De acuerdo con el análisis efectuado en este capítulo, y sobre el que volveremos en el ya mencionado capítulo 6, las comunidades identitarias pueden ser estables o volátiles.

En el primer caso esperaríamos que en ellas florezcan las pautas de conducta que facilitan la interacción y ahorran costes de transacción. En el caso de que las comunidades identitarias sean ser volátiles -precisamente por la potencialidad de las En el primer caso esperaríamos que en ellas florezcan las pautas de conducta que facilitan la interacción y ahorran costes de transacción. En el caso de que las comunidades identitarias sean ser volátiles -precisamente por la potencialidad de las TIC- la conveniencia de establecer ese tipo de pauta ofrecerá múltiples oportunidades de negocio relacionados con el establecimiento de estas pautas, disfrazadas quizá de estilos de vida, y exigirá formas de gestión distintas de las habituales.- la conveniencia de establecer ese tipo de pauta ofrecerá múltiples oportunidades de negocio relacionados con el establecimiento de estas pautas, disfrazadas quizá de estilos de vida, y exigirá formas de gestión distintas de las habituales.

Estos nuevos negocios y estas formas novedosas de gestión debidos a la existencia y volatilidad de comunidades identitarias acarrearán los últimos rasgos que he querido destacar. Surgirán lenguajes diferenciados, propios de cada comunidad como signos de distinción identitaria y los significados lingüísticos serán tan volátiles como los mercados propiciando nuevas formas de publicitar las mercancías en una Babel en la que también se observará una proliferación de debates como forma de llegar a decisiones colectivas o a consensos en foros específicos y entre los cuales el Social, que nació en Porto Alegre, o el Económico de Davos no son más que dos ejemplos que se reproducirán con rapidez.

Finalmente el capitalismo que viene exigirá sus formas políticas específicas. Lo mencionado hasta aquí hace pensar en un aumento del número de entidades políticas y en una disminución de su tamaño, en un aumento de la participación en cada una de esas entidades y en la necesidad de reforzar la impunidad de las ideas de cada uno.

Notas
  • 1. Se trata de que los conjuntos de consumos al menos tan preferidos a uno dado y de consumos que no son preferidos a uno dado, sean cerrados, para cualquiera que sea ese conjunto dado.

  • 2. Puede resultar sorprendente que no hable aquí de las hoy famosas organizaciones no gubernamentales (ONG), pero su tratamiento se realizará en un capítulo posterior.

  • 3. Tomemos dos loterías. La primera ofrece 10.000 euros con probabilidad 0.1 (y cero euros con probabilidad 0.9) . La segunda lotería ofrece 15.000 euros con probabilidad 0.09 (y cero con probabilidad 0.91). Parecería razonable preferir la segunda lotería a la primera. Miremos ahora a otras dos loterías. La lotería tercera ofrece 10.000 euros con certeza y la cuarta 15.000 euros con casi certeza (con probabilidad 0.9) y cero con probabilidad 0.1. Parecería razonable preferir la tercera a la cuarta; pero esto es contradictorio con preferir la segunda a la primera.

  • 4. Si estuviéramos en un mundo no probabilizado ser racional sería cumplir con los axiomas de Savage y maximizar la esperanza matemática de una función de utilidad de Savage calculada con probabilidad subjetiva. La racionalidad instrumental también exige, claro está, que la probabilidad o creencias se vayan adaptando a la experiencia de acuerdo con el teorema de Bayes.

  • 5. En un equilibrio de Nash cada jugador hace lo mejor para él dado lo que hace el otro.

  • 6. Podía haber inventado cualquier ejemplo; pero he puesto el del texto, debido a Juan Carrillo, porque es particularmente fácil de captar.

  • 7. Ver Urrutia

  • 8. Esto es lo que parece decir Stephen Wolfram en su “librito” de más de mil páginas.

  • 9. El interés de los autores es ejemplificar cómo la consideración de la identidad puede explicar fenómenos observados como, por ejemplo, la discriminación de género en el trabajo fuera de casa o la división del trabajo entre hombre y mujer en el trabajo doméstico.

  • 10. Para Sen, un notorio antiutilitarista, la falta de participación sería, además, causa específica de la hambrunas observadas. Ver Sen

  • 11. Como por ejemplo asumir que la racionalidad de un jugador no es conocimiento común; sino sólo conocimiento mutuo de orden N, N< ∞

  • 12. Queda para el lector dilucidar que esta estrategia doble condicionada no hubiera servido en el caso del dilema del prisionero.

  • 13. Cosa que no es cierta por mucho que se repita el juego del prisionero.

Referencias
  • Akerlof A. y R.E. Kranton: “Economics and Identity”, Quaterly Journal of Economics, CXV, 3. 2000.

  • Allais, M.: “Le comportement de l´homme rationnel devant le risque. Critique de postulats de l´école américaine”, Ecometrica, 21, 503-546

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