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PARTE II: Propiedad, Información y Ambito – Capítulo 2

Costes de transacción y problemas de información

Introducción

En el capítulo anterior hemos tenido ocasión de apercibirnos, aunque no se explicitara específicamente, que el capitalismo no es un sistema económico definido de una vez por todas en todos sus detalles. Veíamos cómo hubo que esperar al avance conceptual que ha dado en denominarse Revolución de los Incentivos para darnos cuenta de que la propiedad privada es una institución esencial para el buen funcionamiento de los mercados y, por lo tanto, del sistema capitalista.

Igualmente muchos de los experimentos, fallidos unos, exitosos otros, que mantienen vivo y pujante el capitalismo tienen que ver con extensiones o reducciones del ámbito cubierto por el derecho de propiedad, tal como hemos puesto de manifiesto en los distintos apartados del capítulo anterior al hablar de la propiedad intelectual o de la ciencia. El carácter rebelde, experimentador e innovador del capitalismo tiene también mucho que agradecer a otras dos revoluciones conceptuales, la Revolución de los Costes de Transacción y la Revolución de la Información que han abierto muchos caminos interesantes en la exploración de las características que hacen del capitalismo una institución perpetuamente joven que no casará nunca bien con tendencias conservadoras.

Cada una de las dos secciones de este capítulo está relacionada con una de estas Revoluciones o, mejor dicho, con aspectos de ellas que nos ayudan a destacar aquellas características del Capitalismo que viene que parecen más llamativas.

Por un lado tenemos que, tanto los costes de transacción como los problemas de información, están en el origen de la perpetua evolución del capitalismo pues determinan, o contribuyen a determinar, la frontera cambiante entre actividad empresarial y actividad en el mercado, la división del trabajo y el número de mercados en funcionamiento.

Como el examen del futuro de la empresa, del mercado y del Estado será examinado con detalle en la tercera parte de este trabajo sobre El Capitalismo que viene, en este capítulo sólo nos ocuparemos de algunos aspectos parciales, de ese futuro, relacionados con la potencia de las TIC o de la disponibilidad de información. Información y Tecnología acabarán suavizando algunos rasgos que provienen bien de la falta de información o de su asimetría, (en la medida en que las TIC paliarán esos defectos), o bien de la existencia de costes de transacción, (en la medida en que las TIC harán variar de maneras imprevisibles su incidencia sobre diversas actividades).

En la primera sección estudiaremos algunos problemas relacionados con los costes de transacción y que están relacionados con aspectos estudiados en el capítulo anterior: la creación o cierre de mercados o el juego interminable del outsourcing y el insourcing. En la segunda sección nuestra atención se trasladará hacia los problemas de información y hacia cómo éstos pueden presentar paradojas que deberemos aclarar si queremos tener una idea más precisa de lo que nos depara el sistema económico en el que vamos a vivir.

Costes de Transacción

Como no suele formar parte del programa de estudios convencional y, como se utiliza explicitamente poco en las discusiones de política económica, a pesar de su centralidad, la noción de costes de transacción no es muy utilizada aunque, naturalmente, es imposible librarse de ella tal como hemos evidenciado al citar a Hart al hablar de la teoría económica de la propiedad en el capítulo anterior1.

Por lo tanto merece la pena citar el origen de lo que luego se llamó el Teorema de Coase y del que deriva por omisión la importancia de los costes de transacción. Dice Coase:

Si una caverna recién descubierta pertenece a quién la descubrió, o bien al hombre en cuyo terreno está la entrada a la caverna, o al dueño de la superficie bajo la cual se encuentra, depende sin duda de la Ley de propiedad2.

A quién debe pertenecer, es decir la justificación última del derecho de propiedad, es algo que el trabajo citado de Hart estudia precisamente en la estela de Coase. Prosigue este:

Pero la Ley simplemente determina la persona con la que es necesario formalizar un contrato para obtener el uso de la caverna. El que la caverna se utilice para almacenar archivos, o como un depósito de gas natural, o para criar hongos no depende de la Ley de propiedad, sino de que el banco, la corporación de gas natural o la empresa de hongos pague más por utilizarla3.

Explica Coase en el capítulo 7 de su libro de 19884 que utilizó este argumento para analizar, en el mismo trabajo citado en el párrafo anterior, el caso Sturges v. Bridgman en el que un médico protestaba por el ruido y la vibración producidos por el funcionamiento de la maquinaria de un pastelero, se supone que adyacente. Afirma Coase que: teniendo o no el pastelero el derecho a producir ruido o vibración, el derecho sería finalmente adquirido por la parte para quién fuera más valioso. Citándose a si mismo concluye que: la delimitación de los derechos es un preludio esencial para las transacciones mercantiles… el resultado último (que maximiza el valor de la producción) es independiente de la decisión legal5.

Esto es lo que, siguiendo a Stigler6 hemos aprendido a denominar el Teorema de Coase y que, para generaciones de estudiantes, quiere decir que es irrelevante quién deba pagar por una externalidad negativa pues, sea quién sea el responsable, la producción acabará alcanzando su nivel adecuado. Quién sea responsable legal del daño producido por el ruido que atrona a casas cercanas al aeropuerto, si la compañía aérea, o si el dueño de la casa que se construyó al lado del aeropuerto (y este es como un ejemplo canónico) influye en la equidad de la distribución; pero es irrelevante para la eficiencia.

Si no hay costes de transacción la asignación de ruido (su producción) será la óptima independientemente de la asignación de derechos con lo que, en terminología bien conocida, el coste social será igual que el coste privado. El argumento literal de Coase es un clásico y es ejemplar por el uso que hace de una de las categorías conceptuales más importantes de la teoría económica como es la de coste de oportunidad.

El coste social representa el mayor valor que generarán los factores de producción en un uso alternativo (su coste de oportunidad). Los productores, que siempre están interesados en maximizar sus ingresos, no se preocupan por el coste social y sólo iniciarán una actividad si el valor de lo producido por los factores empleados es mayor que su coste privado (la cantidad que esos factores generarán en su mejor empleo alternativo -otra vez el coste de oportunidad-). Pero si el coste privado es igual al coste social, entonces los productores solamente llevarán a cabo una actividad si el valor de lo producido por los factores empleados es mayor que el valor que podrían obtener en su mejor uso alternativo (coste de oportunidad). Es decir con costes de transacción nulos, se maximiza el valor de la producción7 (énfasis mío).

Ahora bien, en cuanto los costes de transacción no son nulos, la asignación de derechos importa para la eficiencia y, además, su nivel y su evolución están en el origen de la historia de las instituciones económicas. Con estas nociones en la cabeza atacaremos ahora, en esta primera sección, lo que podemos esperar de la evolución del mercado.

Mercados incompletos

Lo que ocurre cuando el sistema de mercado no es completo, una noción está que habrá que perfilar aquí, será objeto de análisis detallado en la parte tercera de El Capitalismo que viene. Ahora sólo me preocuparé de algunas ideas introductorias.

Evolución de los costes de transacción

Comenzaré por mostrar, a la luz de acontecimientos relativamente recientes, que el mercado no es un fenómeno natural; sino que se ha ido desarrollando en el tiempo de acuerdo con la evolución de los costes de transacción8.

Desde hace ya una veintena de años o quizá más la opinión pública generalizada parece concebir el mercado como un parque natural que se recupera después de una catástrofe ecológica. A ello ha contribuido sin duda la creación paulatina de la UE hasta llegar a la Europa de los 25 de hoy y las fuerzas que la perestroika desataron en su día en lo que era la URSS y que siguen funcionando en lo que hoy es Rusia.

En ambos casos la fuerza salvífica de la naturaleza acabaría con la fuerza destructora de la civilización plasmada bien sea en fronteras herrumbrosas bien sea en un centralismo absoleto. Y sin embargo la institución que llamamos mercado es un fenómeno de civilización y no un fenómeno natural tal como pone de manifiesto la más somera memoria histórica.

En efecto, en términos poco eruditos, y más bien a modo de parábola, se puede describir la historia hacia la economía de mercado como la historia de la sustitución de unos instrumentos correctores de la falta de confianza vertical por aquellos otros instrumentos que palian la falta de confianza horizontal. Me explico y de paso pongo de manifiesto que lo que llamamos costes de transacción son los costes en los que hay que incurrir para mitigar los efectos nocivos de esa confianza mutua a la que llamábamos fraternidad en el capítulo tercero de la Parte I.

Al principio de esta parábola la asignación de bienes y servicios se hace básicamente en sentido vertical, proveyendo el señor feudal a sus súbditos de lo que hoy llamaríamos servicios sociales (y que entonces era mera protección física) y proporcionando esos súbditos a su vez tanto los bienes de lujo para el señor como los de consumo necesarios para éste y para ellos mismos con un escasísimo intercambio horizontal (o de mercado) ya que las unidades familiares son prácticamente autosuficientes. Los costes de este sistema vertical (que denominaríamos regulado) son muy grandes en proporción al output y se materializan en el mantenimiento de un ejército, instrumento éste sin el cual el intercambio vertical descrito quizá no se diera pues ni el señor confiaría en el entusiasmo de los súbditos respecto al diezmo ni estos confiarían en el cumplimiento de la promesa de protección.

Al final de mi parábola la situación varía. La gran mayoría de los bienes y servicios se intercambian en sentido horizontal (a través del mercado) en base a una muy fina división del trabajo, con relativamente poco intercambio vertical y consistente éste en la provisión de servicios sociales. Los costes de este sistema horizontal (que llamaríamos libre o de mercado) son pequeños en proporción al output y consisten en los recursos que hay que utilizar para que el sistema judicial permita que los intercambios se lleven a cabo, a pesar de la poca confianza que cada uno tiene en que su prójimo le pague lo que le debe, y para que se palie un poco la pobreza más llamativa y pacerante.

A pesar de que los costos del sistema horizontal son, en porcentaje del output, menores que los del sistema vertical, en términos absolutos son enormes y constituyen la evidencia palmaria de que el mercado, o la economía de mercado y, naturalmente el Capitalismo, no es algo natural sino algo que la humanidad ha conseguido con esfuerzo.

Esto explica además, como corolario, que los mercados internacionales, en comparación con los domésticos, sean mucho más sofisticados y especializados y que estén mucho menos desarrollados. La razón es que, ya sea por prejuicios irracionales ya sea por la falta de información a la que me referiré en la siguiente sección, la confianza mutua entre naciones es mucho menor que dentro de una nación y que, en consecuencia, los mercados internacionales son mucho más caros de mantener abiertos que los mercados domésticos por lo que tienden a concentrarse en productos fácilmente identificables y a llevarse a cabo por agentes económicos muy especializados.

Creo que esta manera de ver a los costes de transacción como aquellos en los que hay que incurrir para paliar la falta de confianza mutua, no sólo constituye una cierta introducción a las ideas asociadas a la incompletitud de mercado; sino que, además, es una forma iluminadora de interpretar esos acontecimientos relativamente recientes a los que me acabo de referir.

En efecto, a mi juicio estas ideas elementales iluminan algunas de las discusiones que tuvieron lugar sobre la construcción de Europa o sobre la “desconstrucción” de la URSS, o de la misma Rusia. Respecto a esta última notemos que los remedos administrativos del mercado no distinguían entre intercambios entre naciones (repúblicas) e intercambios domésticos. Este olvido, aunque pudiera responder al deseo bien intencionado de crear un nuevo y único ciudadano soviético, trajo consigo que el coste de los remedos administrativos del mercado fuera mayor que lo que podría haber sido si los intercambio entre naciones se hubieran limitado a productos específicos bien identificados.

Si esta opinión es acertada, la solución de la URSS no debería haber consistido sólo en asignar la propiedad y dejar funcionar el mercado, sino que debería haber pasado por distinguir entre mercados interiores a cada república, que hay que desarrollar, y mercados entre repúblicas que hay que crear a imitación de los mercados internacionales. No parece que los acontecimientos contradigan este análisis.

Volvamos ahora nuestra atención a Europa y a la deseada construcción de la UE y de un mercado único en ella. A pesar de que los poderosos y antiguos nacionalismos hacen difícil hablar todavía de un ciudadano europeo, a pesar de la Constitución en ciernes, los mercados internacionales llevan tantos años perfeccionándose que la situación es diametralmente opuesta a la de la URSS o la de Rusia.

Estos mercados internacionales están ya tan desarrollados en el ámbito europeo que, aún a falta de un sistema único completo de salvaguardia jurídica que poco a poco se va desarrollando, el coste de paliar la desconfianza ha disminuido tanto, como porcentaje del valor de los productos intercambiados, que ya casi no se distinguen de los mercados domésticos. Si este análisis es correcto, aquel famoso coste de la No-Europa del que se hablaba tanto entre nosotros, aunque hubiera podido ser grande en valor absoluto, no constituyó un buen argumento para la construcción rápida de Europa. Se trataba más bien de un argumento de propaganda política que cumplía otras finalidades.

Pensemos también en la construcción de la Europa de los 25 y más específicamente en la incorporación a la Europa del Oeste de esos diez países que constituyen en mayor o menor medida el punto de contacto entre Europa, Rusia y lo que queda de la URSS. A la luz de las ideas que acabo de exponer el desarrollo de estos países no debería estar basado en su comercio con Europa o con Rusia o con otros países ex-URSS sino en la potenciación de sus respectivos mercados interiores. Si se intentara hacer de otra manera habría que empezar a hablar del coste de la Europa de los 25 y no como elemento de discusión retórica, sino como un verdadero coste económico necesario para paliar la desconfianza que todavía existe, sin duda, entre esos países y entre ellos y los que constituían la Europa de los 15.

Las TIC y la estructura de mercado

Dejando de lado este excursus y volviendo a la línea de reflexión principal, a nadie podrá extrañar, después de los comentarios sobre costes de transacción y falta de confianza mutua, que los mercados vayan emergiendo poco a poco de manera paulatina, que observemos a veces la desaparición de alguno y que nos planteemos los problemas de incompletitud de mercados y la influencia de las TIC en esos asuntos.

Comencemos por confrontar de una manera un si es no es formal, la incompletitud de los mercados, una tarea que ya hemos abordado en la primera parte de este trabajo.

En efecto, en el Capítulo I.3: El usuario como intermediario, intenté acercarme al concepto de fraternidad a partir de algunos modelos simples que ponían de manifiesto algunas características que podían formar parte de dicha noción. Entre ellas estaba la de aseguramiento mutuo, es decir el reparto del riesgo entre los agentes económicos de manera óptima.

Allí vimos que cuando existían tres mercancías (trigo-hoy, trigo-mañana-si-llueve y trigo-mañana-si-no-llueve) y las tres podían ser intercambiadas hoy en el mercado, la asignación era óptima y el riesgo (de recibir mañana menos trigo si llueve que si no llueve) se asignaba óptimamente entre los dos agentes del sistema económico modelado. Vimos también que esta optimalidad desaparecería en cuanto sólo se permitía la existencia de mercados al contado, hoy y mañana. Ahora voy a tratar de estudiar con un poco más de generalidad este asunto de la estructura de mercados, distinguiendo la estructura completa de otros que no lo son.

El conjunto de problemas que plantea la incompletitud de los mercados puede captarse en toda su amplitud y profundidad en una economía de intercambio sin necesidad de introducir las complicaciones adicionales que la producción trae consigo. Nos referiremos a esto en la siguiente parte de este trabajo; pero ahora lo que nos interesa resaltar es algunas de las dificultades conceptuales que la ausencia de mercados, presumiblemente debida a excesivos costes de transacción, trae consigo en las decisiones individuales y en la noción de equilibrio.

En general estamos acostumbrados a entender que una mercancía es un bien físico que será entregado en una fecha determinada en un “estado de la naturaleza” determinado. Un paraguas plegable de una cierta calidad es un bien (de los que hay, digamos, L) que debe ser entregado en la fecha t (de las que consideramos desde 1 a T, además de tomar al momento t = 0 como fecha de la toma de decisiones) en caso de que llueva (estado éste de la naturaleza que, abstrayendo un poco, puede considerarse con generalidad, y de los que hay, digamos S). Tenemos por lo tanto n= LTS mercancías.

En consecuencia consideramos que cada individuo, i= 1….I, tiene una función de utilidad definida sobre el espacio euclidiano n-dimensional en el que también se encuentran las dotaciones iniciales de cada individuo i, sus decisiones de consumo y los precios. Cuando los costes de transacción son nulos podemos imaginar que hoy, t= 0, todos[9] los mercados están abiertos, sean estos spot o de futuro, de forma que un individuo puede tomar hoy, t= 0, todas sus decisiones de consumo dada su dotación inicial y dados todos los precios. Sin embargo cuando los costos de transacción no son nulos, estamos en una situación muy diferente porque hoy (t= 0) no todos los mercados existen sino que típicamente habrá algunos mercados de futuro que no están en funcionamiento de forma que yo, como consumidor, tendré que esperar a que llegue la fecha t, verifique el “estado de la naturaleza”, s, y decida comprar o no un paraguas.

Cuando la estructura de mercados es completa, en el sentido de que hay n mercados operativos en t=0, el problema del consumidor i es el de siempre: maximizar su función de utilidad con sujeción a una única restricción presupuestaria que exige que el valor de mi dotación inicial a los precios hoy conocidos no sea superior al valor de mis decisiones de consumo a esos precios. Esta manera de expresar la única restricción presupuestaria puede glosarse de forma expresiva diciendo que, cuando la estructura de mercado es completa, el individuo puede trasladar poder de compra en el tiempo (hacia delante ahorrando hoy o hacía atrás consumiendo hoy más de lo que su renta le permitiría) y entre estados de la naturaleza (asegurándose así contra ciertos riesgos como que llueva mañana por ejemplo).

Supongamos ahora que la estructura de mercados es completamente incompleta en el sentido de que, en cada fecha, sólo existen mercados spot una vez que se conoce el estado de la naturaleza.

En este caso hoy, t= 0, tenemos un vector de precios esperados en el espacio euclidiano n dimensional de acuerdo con los cuales hemos de, tomar las decisiones como consumidores. Como no hay posibilidad alguna de trasladar poder de compra en el tiempo o entre estados de naturaleza, la decisión individual consiste ahora en maximizar la misma función de utilidad que antes; pero sujeta ahora a TS restricciones presupuestarias independientes, no a una sola.

Estas dos estructuras de mercado tan diferentes dan origen a dos nociones de equilibrio alternativas. En el primer caso el equilibrio es el de Arrow-Debreu, consistente en una asignación y un vector de precios tales que cada individuo está llevando a cabo el programa de maximización propio de una estructura completa de mercado y los mercados se vacían.

En el segundo caso el equilibrio es periódico, noción ésta que refleja que se tiene que satisfacer cada restricción presupuestaria sin que éstas colapsen en una sola, y ha de ser en expectativas racionales en el sentido de que los precios en t han de coincidir con las expectativas que sobre ellos se formaron en t= 0 para programar los consumos. En este equilibrio, además de vaciarse los mercados, cada individuo lleva a cabo su programa de maximización correspondiente.

A continuación tenemos que preguntarnos cómo las TIC deberán influir en la evolución del número de mercados. Esto nos llevará enseguida al problema de outsourcing al que ya le hemos dedicado algunos comentarios en el capítulo anterior; pero antes dejemos afirmado a modo de recordatorio (que será vuelto a examinar en la Parte III), que con estructura incompleta de mercados, de la que la estructura completamente incompleta es un ejemplo extremo, la existencia del equilibrio no está garantizada ni siquiera en las condiciones artificiosas que la garantizan en el modelo de Arrow-Debreu, ni el equilibrio, de existir, sería óptimo paretiano10.

Esta suboptimalidad tiene una implicación obvia en materia de aseguramiento. El riesgo no está repartido de manera óptima precisamente porque faltan mercados contingentes que permiten que los agentes se cubran contra contingencias desagradables. Estos mercados puede ir surgiendo a medida que las nuevas tecnologías van permitiendo que los costes de transacción disminuyan.

Outsourcing

A la luz de los comentarios que hemos realizado en el apartado anterior de esta sección y de la introducción genérica a la misma, el fenómeno del outsourcing es muy fácil de conceptualizar. Con ese nombre nos referimos al hecho de que, a veces, las empresas dejan de realizar alguna de las actividades que conformaban su cadena de valor y pasan a encauzar esa actividad hacia otro agente económico, generalmente a otra empresa de quién luego se aprovisionarán; es decir sustituyen la producción interna por el mercado.

La razón es, claro está, que ahora esa actividad en particular sale más cara haciéndola dentro de la empresa que comprándola en el mercado, lo que obviamente solo puede ocurrir cuando ese mercado ha surgido ya, posiblemente porque los costes de transacción correspondientes se han hecho menores que aquellos asociados a la realización interna de esa actividad. Un ejemplo doméstico aclara la cuestión. En la postguerra española era muy común que las familias medias tuvieran una costurera por horas que solía efectuar arreglos rutinarios o ropa de casa para los niños. Hoy hay tiendas de arreglos y la ropa de los niños se vende en cualquier establecimiento de confección. Lo que ocurría en la postguerra era que el coste de transacción de la costurera era prácticamente nulo dada la precariedad de su empleo; mientras que hoy sería prohibitivo.

Este ejemplo quizá pueda hacernos pensar que la proliferación de mercados siempre va en la misma dirección; pero este no es necesariamente el caso. Puede ocurrir que observemos fenómenos de lo que llamaríamos insourcing cuando los costes de transacción del mercado crecen mucho debido, por ejemplo, a la falta de garantías de calidad de ciertos productos, y merece la pena volver a realizar la actividad de que se trate dentro de la unidad productiva. Podría ocurrir, siguiendo nuestro ejemplo doméstico, que las tiendas de arreglos pierdan calidad y que la inmigración, asociada a la globalización posibilite la vuelta a la costurera casera.

¿Qué debemos pensar de estos fenómenos? En primer lugar que la evolución de las TIC y la globalización van a ir cambiando los costes de transacción relativos de actividades alternativas de forma que no estemos seguros de que cuando hay outsourcing lo hay para siempre, tal como hemos reflejado en el ejemplo doméstico. En segundo lugar no es evidente que la emergencia de un nuevo mercado, tal como podría estar ocurriendo cuando hay outsourcing, sea una mejora paretiana de forma que todos estén mejor.

Es muy cierto que si consiguiéramos pasar a esa situación de estructura completa de mercados desde otra que no lo es, el movimiento sería aceptable pues pasamos de un subóptimo al óptimo. Sin embargo, tal como muestran algunos ejemplos[11], y de forma acorde con las nociones elementales de la concepción de la optimalidad subsidiaria, no es en absoluto evidente que la aparición de un nuevo mercado, debida a un cambio en los costes de transacción, vaya a traer una mejora paretiana; sino que es posible que empeore todo el mundo. A pesar de esta posibilidad teórica lo que debemos esperar para un futuro inmediato es la proliferación de nuevos mercados financieros generales (que incluyen los mercados de distintos tipos de seguros) y que permiten enriquecer las posibilidades de trasladar poder de compra y, por lo tanto, mejorar la posibilidad de manejar el riesgo.

Cuando en la parte tercera de El Capitalismo que viene examinamos con mucho más detalle cómo las TIC y la abundancia de información permiten la emergencia de mercados, prestaremos mayor atención a la oportunidad histórica que se abre de poder eliminar mucho del riesgo que soportamos como agentes económicos en el sistema capitalista. En ese momento nos haremos eco de las ideas contenidas en el último libro de Schiller; pero ahora debemos al menos mencionar cómo este autor vislumbra la emergencia de algunos mercados financieros que permiten, sorprendentemente, cubrir riesgos como, por ejemplo, el de cierta desigualdad en la distribución de la renta de un país, o el del valor de mercado de la vivienda, es decir de ese activo que agota, en general, la capacidad de ahorro de la gente, o incluso el de la bancarrota.

Problemas de Información

La Revolución de la Información es más conocida que la Revolución de los Costes de Transacción y ha dado lugar a toda una rama pujante del pensamiento económico, que denominamos Economía de la Información, y que fue distinguida en el 2001 con el premio Nobel a tres de sus fundadores: Akerlof, Spence y Stiglitz. Es imposible hacer honor y justicia aquí a todas sus derivaciones; pero quizá merezca la pena decir unas palabras generales en relación a la misma.

Stiglitz ofrece el siguiente resumen de lo que es esa Economía de la Información:

“La ruptura con el pasado más importante en el campo de la Economía- una que abre vastas áreas de trabajo a abordar, se encuentra quizás en la economía de la información. Ahora se reconoce que la información es imperfecta, que obtener información puede ser costoso, que hay importantes asimetrías en la información y que el tamaño de esa asimetrías de la información puede ser afectado por las acciones de las empresas y de los individuos. Este reconocimiento afecta profundamente la comprensión de la sabiduría heredada del pasado, como era los teoremas fundamentales del bienestar o la caracterización básica de una economía de mercado, y proporciona explicaciones de fenómenos económicos y sociales que serían difíciles de mantener de otra manera”

Para tener una idea aproximada de algunas de las nuevas perspectivas que abre la Economía de la Información basta con resumir los trabajos seminales de los tres premios Nobel, uno de los cuales será examinado con más cuidado a continuación.

Akerlof es el precursor porque ya en 1970 escribió en el Q.J.E. un famoso artículo sobre el “Market for Lemons”[13] en el que muestra cómo cuando la información del vendedor sobre las cualidades de un bien es mejor que la que puede tener el comprador, tal como ocurre en un mercado de coches usados en los que no hay intermediarios, éste último, el comprador, pagará sólo el precio correspondiente a la calidad media, un precio que no satisface a los vendedores que ofrecen un vehículo de buena calidad. De ahí que en el mercado no hay coches de buena calidad y que ese mercado colapse o no llegue a existir en ausencia de intermediarios y tasadores profesionales.

Spence[14] explotó su tesis doctoral en un libro con el nos deslumbró mostrando cómo hay decisiones e instituciones que pueden entenderse como una forma de sobrepasar las dificultades que impone la información asimétrica. La educación formal que adquiero puede considerarse como una forma de señalar mi alta productividad ante el empleador que, de otra manera, no podría distinguirme de otras personas menos productivas.

Stiglitz por su parte en 1972 (en el Q.J.E. una vez más) exploró las dificultades del funcionamiento eficaz del mercado de valores cuando no es completo15. Pero es en el año 1974 cuando publicó su artículo sobre el contrato de aparcería (esta vez en la REStud), la tercera pata de la revolución de la Economía de la Información[16]. A partir de ahí, Stiglitz desarrolla él solo prácticamente todo el campo de la economía de la información tocando todos los aspectos hoy reconocidos como relevantes y subrayando la ruptura con el paradigma anterior. Entre sus muchísimos trabajos, yo destacaría dos que a mí me han sido especialmente iluminadores.

El primero es el que escribió con Grossman en la AER en 1980[17], en el que destacan y explican la paradoja que representa la recogida de la información en una Bolsa que se supone informacionalmente eficiente, es decir, que revela toda la información. El segundo es un trabajo que junto con Weiss publicó en el AER en 1981[18], en el que muestran cómo con asimetría de información es perfectamente explicable que un banco racione el crédito (la cantidad) en lugar de ajustar el interés (precio) al alza, algo insólito, incluso en el 81, para quién hubiera estudiado con cuidado el funcionamiento del sistema de mercado antes de la revolución.

Además, y con independencia de muchas otras aplicaciones entre las que destacan las realizadas con Rothschild sobre el mercado de seguros[19], ha mostrado profusamente cómo la introducción de problemas de información en el análisis económico acaba poniendo en evidencia los fundamentos mismo, desde la existencia del equilibrio a sus propiedades de eficiencia pasando por la separación entre esa eficiencia y la distribución.

Mercados incompletos otra vez

Ya hemos visto cómo los costes de transacción no nulos pueden ser los responsables de la inexistencia de algunos mercados y cómo esa inexistencia puede traer problemas serios para la asignación de recursos. La Economía de la Información nos proporciona otro ejemplo clásico de inexistencia de algún mercado, no por coste de transacción; sino por asimetría de la información tal cómo nos hizo ver hace 25 años Akerlof en el artículo seminal que acabo de citar. Ahora trataré de glosar este artículo.

El famosísimo articulo de Akerlof puede ser entendido en el contexto del mercado de coches usados para el que fue diseñado; pero puede también aplicarse a otras muchas situaciones o mercados. Yo trataré de presentarlo aquí en el contexto de la Educación, a todos sus niveles, porque así, de paso, introduzco algunas opiniones en un sector en el que la discusión entre el PSOE en el poder y el PP recién arrumbado, pueden llegar a ser agrias. En efecto con la toma de posesión del nuevo gobierno socialista el tema de la educación va a pasar a primer plano de la actualidad política porque en él van a confluir las tensiones entre el gobierno y la oposición, entre distintos sectores educativos y entre la sociedad civil y el sector público20.

Aunque parezca que no tiene nada que ver con el objeto de estos comentarios empezaré por la traducción del primer párrafo del capítulo 17 del Texto de D. Kreps y que nos introduce una idea que, como verán, da bastante de sí:

“Imagine Ud. una economía en la que el medio de cambio consiste en monedas de oro. El poseedor de una moneda puede limarla un poco y usar el oro así obtenido para producir nuevas monedas. Imagine que algunas monedas han sido limadas y que otras no. Es de esperar que alguien que está admitiendo una moneda como pago por la entrega de bienes asigne una probabilidad positiva a que dicha moneda esté limada, y que, en consecuencia, entregue menos por ella que si actuara seguro de que no estaba limada. El poseedor de una moneda no limada la retirará del tráfico mercantil y sólo circularán las monedas limadas. Esta desgraciada solución se conoce como la Ley de Grashm: la moneda mala desplaza a la buena”.

Esta conocidísima Ley de Grashm es un ejemplo avant la lettre de lo que los economistas conocen hoy como episodios de Selección Adversa, una noción ésta que en su versión moderna (que subraya la asimetría en la información: sólo el portador de la moneda de oro que ha sido limada lo sabe) y tal como ya he dicho puso de relieve hace 25 años el trabajo de Akerlof sobre el mercado de coches de segunda mano. El poseedor de un coche usado conoce la calidad específica de su vehículo mientras que el posible comprador la desconoce por lo que éste cuenta con que con una probabilidad positiva se trate de un “cacharro” y ofrece por él un precio menor que lo que valdría un coche usado similar que hubiera salido bueno. El poseedor de un vehículo tal no acudirá pues al mercado de segunda mano al que sólo acudirán “cacharros”.

En los dos ejemplos mencionados podríamos haber ido un poco más allá y haber colegido que los posible compradores de moneda (coches usados) conocen la Ley de Gresham (Ley de Akerloff) y no acudirán al mercado de forma que el intercambio se limitará al trueque y el mercado de coches de segunda mano desaparecería desperdiciando así recursos sociales.

Precisamente es la asimetría de la información la que está en el origen de instituciones sociales o de negocios privados que con el ejercicio de sus funciones o de su actividad lucrativa pueden paliar el despilfarro de recursos sociales. En el caso de la moneda muchos Estados han delegado en un Banco Central (más o menos independiente del poder político) el monopolio de emitir moneda (o si se quiere de “limarla” mediante el impuesto inflacionario) para evitar la carrera hacia la emisión de una moneda “peor” que acabaría con el intercambio fluido de bienes y servicios. En el caso de los coches de segunda mano algunos empresarios emprendedores han visto la oportunidad de negociar en información y se han establecido como “dealers” que, comerciando por cuenta propia, garantizan durante cierto tiempo la calidad o como certificadores independientes de la misma, evitando así la desaparición del mercado.

La posibilidad de intermediar en información está por debajo de la existencia de muchísimas instituciones y antes de hablar de educación merece la pena reflexionar sobre todavía otro mercado con información asimétrica obvia, el de restauración. El dueño de un restaurante es la antítesis de Juan Palomo; él se lo guisa pero nos lo comemos nosotros. Como no sabemos cómo lo hace deberían quedar en el sector sólo los “envenenadores” y eventualmente este sector de restauración desaparecería. Como los restaurantes son más numerosos y más locales que las posibles ferias de coches usados no esperaríamos aquí “dealers” que te garanticen la calidad, ni tan siquiera catadores especializados que te garanticen la calidad del menú hoy; pero sí firmas independientes que clasifiquen los restaurantes en base a una muestra aleatoria en el tiempo de sus servicios culinarios.

Para aplicar estas ideas de Akerlof a la educación propongo que pensemos en la educación universitaria como un medio de cambio que permite el flujo fácil del intercambio, en los colegios e institutos como mercados de coches usados y en las escuelas como casas de comida de calidad incierta. ¿Qué esperaríamos si la analogía fuera correcta? ¿qué podríamos hacer para mejorar la situación?. Deberíamos esperar, por seguir explotando la triple analogía, una formación universitaria devaluada, un bachiller con el cuenta-kilómetros amañado que estudia a Campoamor como literatura moderna y una escuela que ofrece educación-basura.

Este puede no ser una buena descripción de la situación actual en los diversos niveles de educación; pero parece reflejar no del todo mal muchas de las quejas que aparecen en los periódicos. Parece pues tiempo para hacer algo positivo. Veamos cómo las ideas ya apuntadas pueden guiar nuestra búsqueda de soluciones.

Deberíamos pensar, primero, que evaluación, inspección y clasificación hacen falta siempre aunque con intensidad distinta según los niveles; segundo, que estas tareas no tienen por qué estar hechas por el poder político directamente sino que pueden hacerse desde entes independientes e incluso dejarse al mercado y, tercero, que ojalá florecieran competidores en todas estas tareas y más numerosos cuanto más bajo fuera el nivel. Esto se puede conseguir en dos pasos.

Podríamos en primer lugar descargar competencias ministeriales o de las Comunidades Autónomas en un Ente Autónomo independiente del poder político, al menos con el grado de independencia con el que cuenta un Banco Central, y cuyas tareas consistirán en evaluar la calidad sobre todo de las universidades, inspeccionar y certificar el estado puntual de la enseñanza sobre todo en colegios e institutos y elaborar una guía “michelín” sobre todo de las escuelas. En un segundo paso podrían irse privatizando muchas de esas tareas de la misma forma que los censores jurados de cuentas fueron dando paso a los auditores privados. No tiene porqué haber una sola Agencia Nacional de Evaluación ni tiene por qué ser pública, pueden coexistir inspectores de cuerpo con auditores privados y diversas empresas públicas y privadas pueden llegar a competir en la edición de guías alternativas de las escuelas.

Estas instituciones u otras similares surgen como sustitutos de mercados que no pueden existir por la asimetría de la información. Esta es una lección similar a la aprendida en la sección anterior en la que eran los costes de transacción los que prohibían la existencia de algunos mercados y que allí originaba fenómenos sociales interesantes como por ejemplo el outsourcing. Esto es lo que quería transmitir en este punto; pero puestos ya a hablar de Educación voy a terminar definiendo algunas ventajas que tendría la propuesta que acabo de realizar.

Para empezar podría llegar a descargar una parte no desdeñable del presupuesto público y a generar puestos de trabajo adicionales con verdadero valor añadido. Además la puesta en práctica de esta propuesta quizá permitiera que los Ministros y Consejeros de Educación de las Comunidades Autónomas tengan tiempo de pensar en lugar de pasarse el día apagando fuegos de la Comunidad Educativa. Si lo tuvieran creo que se darían cuenta de que esta iniciativa ha eliminado el incentivo a emitir señales falsas por parte de los centros de todos los niveles. Esta es precisamente la gran ventaja de este Ente Autónomo y de su posible disipación posterior, que las señales costosas que se emiten hoy para engañar a incautos y a padres o despreocupados se reducirían ante la imposibilidad de engañar a especialistas y podrían dedicarse a mejorar aquello sobre lo que los centros van a ser evaluados, inspeccionados o clasificados.

Todavía hay más ventajas. El costo político de clasificar universidades o departamentos universitarios no caería sobre el Ministerio o la Consejería o la Universidad. El debate público/privado perdería una virulencia hoy desfasada pero sin duda presente todavía entre nosotros. El cuerpo de inspectores dejaría de tener que contemporizar con sus eventuales colegas de claustro y los padres elegirían entre centros con conocimiento de causa.

Transparencia

No hay concepto más relacionado con la sociedad de la información y con las TIC o la globalización que este concepto (e incluso fenómeno) de la transparencia. A medida que el sistema económico se hace global vamos descubriendo nuevos mercados en los que no está muy claro cómo son y quiénes son los compradores y los vendedores e incluso no es evidente cómo funciona el regulador en caso de que se trate de mercados más o menos regulados como puede ser, entre otros, el mercado de valores tan cercano al capitalismo popular. Los gestores de fondos desearían conocer Japón, Latinoamerica o los EEUU de América lo mismo que conocen Europa y sus mercados de valores. Sus inversiones se van introduciendo en esos países sólo a medida que van conociendo sus empresas; mientras tanto invierten en otros fondos que ellos suponen conocen mejor esos otros mercados, o no invierten de primeras en renta variable; sino que empiezan por invertir en deuda pública pues es más fácil conocer la situación económica de un país que la de una empresa. Los países están vigiladas por el FMI y sus informes son públicos. Las diferencias contables entre países se armonizan más fácilmente que las correspondientes a las empresas de esos mismos países.

Si la globalización plantea el problema de la transparencia, parecería que las TIC podrían contribuir a su solución, pero en realidad no pueden dar respuesta a las dificultades mencionadas en el párrafo anterior pues sólo sirven para difundir lo que ya se sabe. Como la información nunca puede ser completa, cuando hablamos de transparencia estamos expresando el deseo bienintencionado de que haya mucha información y de que ésta se difunda. Este deseo se ha hecho prerentorio a raíz de los escándalos corporativos de entre siglos, todos los cuales estaban relacionados con falta de información sobre algunos aspectos corporativos que hacían imposible el conocimiento preciso de la situación de esas empresas. Este es sin duda un aspecto muy importante del capitalismo y de ahí que las reacciones hayan venido especialmente por la parte de armonización contable y de calidad de las Memorias Corporativas.

Todas estas dificultades por las que ha pasado el capitalismo popular tienen que ver con la transparencia; pero la salvación y la defensa del capitalismo popular no se agotan en el problema de la transparencia. Esta noción plantea, también dentro de la Economía de la Información, las posibles consecuencias nocivas de su convención. Sin embargo, antes de entrar en el examen de ejemplos concretos en los cuales el exceso de transparencia no es bueno, merece la pena hacer unas consideraciones muy generales, que tienen tanto de económico como de culturales, pero que parecen pertinentes para entender bien el capitalismo hacia el que nos encaminamos al galope a caballo de las TIC y de la avidez por la información que subyace a la demanda de transparencia.

Siempre parece como de sentido común que más información es mejor que menos; pero el sentido común puede ser engañoso en este caso, de la misma forma que era engañoso el argumento, también de sentido común, según el cual es mejor un sistema económico centralizado que uno descentralizado pues aquel siempre puede remedar el funcionamiento de éste. En este último asunto el sentido común se equivocaba porque no tenía en mente el problema de los incentivos de quién está al frente del sistema centralizado que, posiblemente, no esté interesado en el bien común; sino en el suyo propio. Pues algo parecido puede ocurrir con la transparencia.

La demanda de transparencia específica a la que me quiero referir aquí surge de una manera y en un momento muy concreto. Resulta que una larga lista de empresas norteamericanas, generalmente pertenecientes al entorno de la Nueva Economía y que van desde Enron hasta Xerox pasando por Tycho, Worldcome y otras cuantas, han caído en una gama variada de tentaciones de creatividad (estafas, pequeños maquillajes, dudosas activaciones de gastos asociados a las stock options, etc.) que han llevado a la defenestración inmediata de sus responsables, la sospecha generaliza sobre la ética de los consejos de administración el mayor de los escepticismos sobre la habilidad técnica de los analistas, la acusación de connivencia a los auditores y la definitiva constatación del peligro de los conflictos de intereses en los bancos de inversiones. Y todo esto en la cuna del capitalismo, los EE.UU. de América, desde donde la subsiguiente caída de la Bolsa se ha contagiado a todas las plazas financieras del mundo. Pero este origen específico debe ser enmarcado en la sensibilidad cultural general si queremos entenderlo con cierta profundidad.

El énfasis de la transparencia en la vida colectiva forma parte, para empezar, de la sensibilidad postmoderna. En la modernidad la actividad interrelacionada de los individuos en sociedad está contenida por el Estado como caparazón externo que evita el desorden, y la estructura psicológica individual está, a su vez, ordenada por un superego (remedo del Estado) que suaviza el choque entre pulsiones contradictorias y que también puede ser visto como un caparazón que evita el caos.

En la postmodernidad, sin embargo, ni el Estado ni el superego son aceptables controladores de la vida; donde había caparazones queremos desarrollar estructuras óseas que cumplan la función de contener el desparrame evitando al mismo tiempo el autoritarismo exterior. Interiormente llegamos a compromisos entre nuestros deseos contradictorios y los plasmamos en sencillas reglas de conducta y exteriormente elaboramos instituciones que condicionan nuestras elecciones y actividades y que todos admitimos mientras no surjan, y acaben imponiéndose, otras más útiles para todos.

Esta sustitución del caparazón por el esqueleto no es sino una metáfora que quiere indicar la superación de la separación entre lo interior y lo exterior, perfectamente entendible cuando hay un caparazón que separa ambos ámbitos; pero difícilmente aceptable cuando la vida en su complejidad no está encarcelada en un caparazón sino sostenida por una columna vertebral. La sociedad del espectáculo, tan clarividentemente caracterizada por Guy Debord ya hace años, las transparencias en el vestir femenino que más que revelar las curvas destapan los huesos de modelos anoréxicas y el éxito de Gran Hermano que niega el hogar como último refugio de lo privado, no son sino tres ejemplos postmodernos de la problematización de la relación entre lo interno y lo externo, entre lo privado y lo público. Los tres pueden ser vistos como la dramatización en directo del proceso de formación del esqueleto, es decir, del proceso de formación de las reglas de conducta y de las instituciones que van a mantener el orden en la vida social sin necesidad de autoridad superior[21]. He querido anclar la demanda de transparencia en el fondo cultural postmoderno para poder entender con mayor propiedad algunas de las manifestaciones de esa demanda que más interesan a efectos de relacionar la transparencia con el capitalismo popular.

Pensemos ahora en tres ámbitos importantísimos en los que la transparencia ha brillado por su ausencia. En el mundo de la política, las relaciones reales entre los tres poderes no son conocidas en sus detalles. En el mundo del manejo de la Política Económica piensan algunos que la autonomía legal de un Banco Central no hace sino encubrir las dependencias de siempre por lo que sería conveniente publicar las actas de cada reunión con las opiniones individuales de los miembros del Consejo de Gobierno de ese Banco Central. En el mundo de la empresa ya no hay casi nadie que piense que las memorias anuales o las juntas generales sirvan para entender cómo se toman las decisiones o quiénes son los accionistas de control real por lo que se empieza a premiar el mayor detalle que algunas empresas ofrecen al mercado a través de la presentación de los resultados a los analistas de los bancos de inversiones. El impulso que mueve estas tres manifestaciones de la demanda de transparencia es encomiable pero ¿es la transparencia realmente útil?, ¿lo es para todo el mundo?.

Comenzaremos a responder a estos interrogantes si examinamos con cuidado unos arreglos institucionales muy cercanos a la transparencia y que permiten la aplicación de un análisis económico mínimamente sofisticado. Pensemos en primer lugar en las dos vertientes de lo que se ha dado en denominar desempaquetamiento (unbundling). En su vertiente política se trata de desempaquetar los programas de los partidos políticos y poner sobre la mesa de decisión temas concretos para, de esta manera, no tener que votar a todo un conjunto de temas, algunos de los cuales favorezco y otros aborrezco. Es como si me obligaran a comprar paquetes de bienes sin darme la oportunidad de adquirir por separado cada uno de los bienes que componen el paquete.

Efectivamente, la vertiente económica del desempaquetamiento plantea ese problema y aconseja que cada bien se venda por separado, no sólo por libertad de elección sino sobre todo porque puede ser más eficiente, es decir, mejor para todos. ¿Por qué tengo que comprar acciones de una autopista en lugar de comprar por separado acciones de una constructora, de una empresa de mantenimiento, de una gestionadora del pago del peaje, de una financiadora y de una gestora de zonas de recreo anejas?. Es verdad que yo debería poder organizar el riesgo de mi cartera; pero también es verdad que, por un lado, el desempaquetamiento no tiene límite (la constructora, por ejemplo, es en realidad un equipo humano, un parque de maquinaria pesada y una oficina de influencias y esa última a su vez…) y que, por otro lado, el tener paquetes de riesgos ready-made puede ser deseable tal como muestra el éxito de los fondos de inversión. Análogamente es perfectamente concebible que los programas de los partidos exhiban esta característica particular de equilibrar bien los riesgos en los que incurriríamos en caso de aprobar por separado temas que luego pueden acabar siendo contradictorios entre sí.

En segundo lugar pensemos en ese asamblearismo propio de movimientos políticos que pretenden ser algo más que partidos burocráticos. Aquí también hay que dudar del correcto impulso inicial y sujetarlo a límites. Lo que el análisis económico nos dice en este caso es que el asamblerismo es uno de los mecanismo de toma de decisiones más fácilmente manipulables por un dictador en potencia: caudillismo y populismo van demasiadas veces juntos como para no dudar de las virtudes del asamblearismo.

Me atrevo a insinuar que este extraño impulso propio de algunas asambleas, que acaban elevando a los generales a emperadores y éstos a dioses, es lo que está en el origen de la elevación de los Bancos Centrales a arcanos de la sabiduría. Más tarde nos damos cuenta de que quizá los miembros de sus consejos de gobierno tengan intereses espúreos personales, regionales o estatales y pretendemos hacer esos consejos transparentes mediante la publicación de las actas. Pero una vez más el análisis económico nos inclina a la reflexión pausada ya que si los miembros del consejo de gobierno supieran que su opiniones van a ser públicas quizá ésas no fueran lo suficientemente francas y acabaran generando una opinión general que avale una política monetaria desacertada.

La transparencia, el desempaquetamiento y el asamblearismo comparten un impulso que parece estar en el origen de una renovación doble y simultánea, la del capitalismo y la de la democracia. Para que el capitalismo conserve la enorme creatividad del mercado hay que proceder, con la prudencia que haga falta, a ir desempaquetando bienes, mejorando la información que las empresas ofrecen y perfilando la competencia técnica de los reguladores. Sólo así florecerá un capitalismo popular que impulse un crecimiento renovado al permitir la canalización masiva del ahorro popular hacia proyectos más esperanzadores que la simple financiación del déficit público. Para que este capitalismo no se desvíe ni se vicie es conveniente que, sin exagerar, haya algunos temas, aparte de los ideológicos o puramente partidistas, sobre los que los ciudadanos podamos decidir sin intermediarios y que prudentemente evitemos el poner a los reguladores por encima de toda sospecha. Pero todo esto hay que llevarlo a la práctica poco a poco, en orden y estudiando cada caso.

De todo lo dicho hasta aquí se desprenda sin dificultad que los temas que se suelen englobar bajo la etiqueta de transparencia son importantes; pero discutibles. No está claro que los Bancos Centrales tengan que pasar del hermetismo al exhibicionismo; no está claro que la memoria de una compañía tenga que llegar a detalles íntimos, no está claro que los auditores tengan que incluir salvedades ridículamente menores; no está claro que los partidos políticos tengan que ser sustituidos por ONG’s o convertirse en movimientos. Lo que sí debería estar muy claro es que todos estos problemas están abiertos, que resuenan con los tiempos y que no cabe ignorarlos. Si no los confrontamos con valentía, atrincherándonos en actitudes anticuadas, caeremos en manos de justicieros bienintencionados y de puristas obsesivos que, si bien tienen su sitio en la renovación de la sociedad, no son ni imprescindibles ni mucho menos salvadores de la civilización. Esta consiste más bien en no llamar a la acción hasta que se hayan sopesado cuidadosamente las ideas.

Sopesemos, como ejemplo, los esfuerzos denodados por mejorar los sistemas contables de forma que florezca la transparencia. La contabilidad es como la cartografía; ni la una ni la otra pueden representar simultáneamente todos los detalles en los que podríamos estar interesados. El caso de la cartografía es obvio. Según sea el tipo de proyección que utilicemos para representar una esfera en dos dimensiones se preservarán algunas propiedades de la esfera; pero no otras. Podemos optar por representar bien las distancias o falsearlas en aras de una representación fiel del tamaño relativo de los países. Sospecho que al final se acaban imponiendo las proyecciones y los mapas que eligen usar los países poderosos de suerte que, por ejemplo, estamos acostumbrados a ver en un mapa que los EE.UU. de América es un país mucho más grande que Brasil. El caso de la contabilidad es análogo. En muchos casos podemos elegir la forma de dejar constancia de operaciones determinadas y cual adoptemos finalmente dependerá de lo que pretendamos hacer con la información que constatamos. Mucho me temo que el uso que se haga de las alternativas disponibles, todas ellas posiblemente legales, dependerá de quién manda: si los ejecutivos, las stock options no aparecerán como gastos, si los accionistas entonces sí serán consideradas como gasto.

Pero dejemos a un lado la cartografía y concentrémonos en la contabilidad. Veamos la posible incidencia práctica que pueden tener las prácticas contables a través del examen del tratamiento del fondo de comercio.

En Europa y, desde luego en España, se contabiliza como un activo, a precio de adquisición, y se va amortizando poco a poco aunque cabe hacerlo de golpe. En los EE.UU. de América no se le amortiza; sino que cada año hay que contabilizarlo según el precio de mercado del activo correspondiente apuntando como pérdida o ganancia la disminución o el aumento de ese precio de mercado. Hubo un momento en que a las empresas españolas les venía bien el US GAAP; pero luego estuvieron encantadas con la convención contable europea. De acuerdo con ésta Telefónica , por ejemplo, ganó en el 2001; de acuerdo con la norma americana hubiera incurrido en pérdidas. Los salvadores del capitalismo que acuden en masa a enderezarlo cuando les va mal, parecen ignorar la imposibilidad de lograr la objetividad contable y pretenden pasar legislación que penalice a los que se alejen de esa objetividad, pero ésta les elude sistemáticamente.

Veamos un ejemplo inquietante relativo al tratamiento del fondo de comercio según las prácticas contables generalmente aceptadas por los EE.UU. Según éstas, la contabilidad de la empresa A debe reflejar el valor de mercado de su participación en la empresa B de forma que el valor en Bolsa de ésta debería influir en el valor en Bolsa de aquélla. Supongamos ahora que tienen participaciones cruzadas. Es fácil ver que ambas podrían precipitarse al abismo abrazadas en un movimiento recesivo no convergente: A vale menos porque su participación en B ha descendido en valor por una causa cualquiera, pero esta baja en el valor de A refuerza la caída inicial en valor de B lo que, a su vez, rebaja el valor de A. Esto no tiene nada que ver con el valor objetivo de ninguna de las dos empresas, y, justamente por eso, porque quizás no es sino el efecto inducido por una práctica contable, los inversores detectarán en algún momento la ganga a la que tienen acceso y frenarán el proceso de recesión a la baja.

En efecto, en un sistema, capitalista de mercado las corporaciones valen lo que valen en Bolsa y no hay sistema contable alguno capaz de objetivar ese valor. Si un CEO encuentra una forma de maquillaje contable atractiva, compatible con los criterios de auditoría y transparente para los analistas (lo que hay que suponer) es posible que el valor de la corporación aumente y nadie podrá decir que ese no es el verdadero valor. ¿Qué diferencia hay entre el marketing y el maquillaje contable?.

La persecución de la objetividad en uno u otro caso es tan alocada como la persecución de lo absoluto. Pueden y deben establecerse estándares a través de la autorregulación; pero siempre aparecerán nuevos montajes contables o nuevas ideas de marketing. Penalizar la creatividad en uno u otro campo es poner puertas al campo. Es por lo tanto curioso que los autonombrados salvadores del sistema deseen tal como parecen mostrar no pocos dirigentes políticos, un capitalismo con reglas claras definitivas y sin trampas. Los que creemos en el mercado, sin embargo, sabemos que el capitalismo es el mejor sistema disponible porque somos creativos y tramposos. Si no lo fuéramos y no nos dejásemos llevar por la avaricia casi cualquier sistema económico sería igual de eficiente que el capitalismo y algunos mucho más equitativos.

Si hay alguna diferencia entre la derecha y la izquierda es que ésta sigue pensando que el hombre es bueno mientras que aquélla ha internalizado hace tiempo la naturaleza de ángel caído de un hombre que engaña y miente con total descaro. No es de extrañar que, en el campo de la economía, sea la derecha la que ha hecho suya con mayor rapidez la revolución de los incentivos; pero en este derecha podemos detectar varias tendencias bien distintas.

La primera está formada por aquellos activistas que confían en los retoques voluntaristas a la libertad de mercado y la segunda por los que confían en la potencia profiláctica de los mercados si les dejamos funcionar. La izquierda de hoy y la derecha activista se van a empeñar en juntar sus fuerzas para imponer estándares, endurecer penas, inventar nuevos delitos, establecer castigos ejemplares y hacer penitencia tratando, quizás con su mejor voluntad, de salvar al capitalismo. Pero estos salvadores heroicos confunden los prerrequisitos del sistema con su esencia y en su entusiasmo no entienden que la competencia y creatividad que caracterizan al capitalismo aplican también a los propios prerrequisitos. Es cierto que sin reglas y sin seguridad jurídica no hay sistema de mercado que funcione bien; pero en la esencia del sistema están los incentivos a saltarse las reglas y a modificar incluso la moral: ¿no acabó la Iglesia aceptando el agiotaje?.

El problema que se plantea a cualquier defensor del capitalismo es cómo lidiar con los incentivos a engañar para hacerse rico sin, al mismo tiempo, cegar el pozo de la creatividad. Un problema genuino al que los salvadores no ofrecen más que soluciones precipitadas y simplistas como puede ser este de la transparencia. Que este problema no es trivial debería estar claro de manera genérica; pero para remachar la severidad de las dificultades, quizá convenga prestar atención a tres situaciones económicas interesantes: la formación de la política monetaria, la relación de agencia y el mercado de valores.

Comencemos por la política monetaria de un Banco Central. Sabemos que la inconsistencia dinámica de una política monetaria discrecional en manos de un Gobierno que quisiera realmente inflar la economía para reducir el desempleo, genera un sesgo inflacionario que sólo puede reducirse poniendo la política monetaria en manos de un Banco Central Independiente para el que la política antiinflacionaria sea estrategia dominante. Como sin embargo el público no está seguro de las preferencias del Banco Central, éste tiene que ganarse la reputación de antiinflacionista decidido y esto no es fácil. Cuando más firme sea esa reputación menor será el sesgo inflacionario; pero la firmeza de la reputación puede estar influida por la transparencia, tal como nos ha hecho ver recientemente Petra Geraats.

Si el Banco Central publica sus proyecciones condicionadas en la variable de política económica observable, es decir, el tipo de interés, esta señal se hace más precisa respecto a las preferencias del Banco Central que pueda así mejorar su reputación y por lo tanto disminuir el sesgo inflacionario. Si el Banco Central publicará sólo proyecciones sin condicionarlas a los valores del tipo de interés, esta variable sería una señal menos precisa y sufrirían la reputación del Banco y su capacidad para reducir el sesgo inflacionario. Por estas razones podemos concluir que si bien las transparencia (identificada aquí como la publicación de las proyecciones efectuadas por el Banco Central) es buena, hay que tener cuidado pues si las proyecciones de la tasa de inflación y del output no explicitan los valores del tipo de interés que se persiguen, esta variable pierde la capacidad de influir en la reputación y, consecuentemente, en la capacidad del Banco para reducir el sesgo inflacionario. La moraleja, informalmente expresada, es que si un Banco Central va a ser transparente, debe serlo de manera que realmente comunique sin ambigüedad su naturaleza, preferencias e intenciones.

Miremos a continuación a la relación de agencia que ha examinado con cuidado, a estos efectos de transparencia, Andrea Pratt en un trabajo sumamente rico en implicaciones; pero que aquí sólo podemos examinar a efectos de insistir en que la transparencia es una cuestión delicada que no permite afirmar categóricamente que cuanto más transparencia mejor, tal como parecería dictar el sentido común.

Pensemos que a través de la transparencia podemos saber como principal de una relación de agencia tanto la acción tomada por el agente como el resultado obtenido. El principal preferiría saber sólo el resultado, desconociendo la acción tomada para conseguir ese resultado. Intuitivamente la razón es que si conoce también la acción y el agente lo sabe, este agente se comportará de una manera conformista para no ser penalizado por nadar contracorriente. Ello le llevará a no procesar algunas señales y, finalmente a hacer imposible el conocimiento por parte del principal de quién es el agente, lo que no permite un contrato adecuado, y, en consecuencia, a reducir el nivel de esfuerzo del agente exigido en ese contrato.

Para terminar examinemos un resultado sorprendente debido a M.A. de Frutos y C. Manzano en su trabajo sobre la transparencia en un mercado de valores que puede estar centralizado (transparente) o fragmentado (opaco). En el primer caso, que seria el de un mercado de renta variable como el de la Bolsa de Madrid digamos, las ofertas de precios, de compra y de venta son públicas de forma que los intermediarios conocen los precios ofrecidos por sus competidores. En el segundo caso, que podría estar representado por el mercado americano de bonos del tesoro, los acuerdos son a menudo bilaterales de manera que los intermediarios no saben si están en línea o no con sus competidores.

Ahora es fácil de intuir que desde el punto de vista del inversor es más ventajoso la fragmentación, es decir la falta de transparencia. La razón es que los “market makers” tienen interés en no confundirse en el cálculo de las transacciones que preveen efectuar pues este acierto disminuye sus costes operativos. Este interés es fácilmente satisfecho cuando el mercado esta centralizado y por lo tanto es transparente, porque entonces es fácil mejorar las condiciones de manera sólo marginal cuando se desean más operaciones para cuadrar las cuentas. En cambio si se necesitan más ordenes y el mercado está fragmentado, y por lo tanto es menos transparente, el interés del market maker sólo se puede satisfacer ofreciendo condiciones agresivamente mejores al inversor.

Los tres ejemplos examinados cierran este capítulo y son muestra de las muchas paradojas que surgen cuando se abre la caja de Pandora de los problemas informacionales. Que, a veces, más información puede ser nocivo no debería ya resultarnos extraño.

Resumen

En este capítulo hemos examinado las consecuencias que para El Capitalismo que viene pueden llegar a tener la evolución de los costes de transacción y la proliferación de las asimetrías informacionales. Ambas nociones son ya ricas en implicaciones por lo que el capítulo no ha puesto mucho énfasis en los cambios que dicha evolución y dicha proliferación puedan llegar a experimentar a causa del desarrollo tanto de las TIC como de la sociedad de la información y en razón a la globalización de los mercados y los fenómenos de emigración que la acompañan. Aunque brevemente procuraré paliar en este resumen esta falta de énfasis.

Si comenzamos este resumen por la Economía de los Costes de Transacción, asociada al nombre del premio Nobel R. Coase, deberemos primero recordar que en ausencia de costes de transacción el coste social y el privado coincide para señalar a continuación que la mejora continua de las TIC empujará la reducción de esos costes de transacción de forma que, siguiendo a Stigler y totalmente en la línea de la escuela de Chicago, podríamos decir que cada vez será más cierto que el monopolista no tendrá más remedio que comportarse como un verdadero competidor perfecto[22].

Los costes de transacción son, en general positivos puesto que responden a la necesidad de paliar la ausencia de confianza mutua; y no es fácil ver cómo las TIC vayan a servir para afianzar la confianza mutua. A medida que la globalización avance las posibilidades de que proliferen redes identitarias diversas aumentan y la confianza mutua no es fácil de garantizar; sino que, más bien, las TIC proporcionarán la posibilidad de hacer y deshacer redes con distintos grados de confianza mutua y con mayores o menores costes de transacción entre sus miembros. Por eso hemos de esperar que la creación de mercados no sea un movimiento irreversible. En consecuencia el fenómeno del outsourcing no debería entenderse como irreversible. Una vez más esta especie de ir y venir de los mercados se parece al tejer y destejer redes de las que me hacía eco en el trabajo citado en la última nota.

Las TTIC sí que van a jugar un papel muy importante en el contexto de la Economía de la Información un campo importantísimo inagurado por los tres premios Nobel del 2001: Akerlof, Spence y Stiglitz. El signalling al que se refirió Spence será cada vez menos importante y el screening que destacó Stiglitz como paliativo del problema de asimetría que daba origen al signalling, será cada vez menos necesario. Este movimiento doble traerá cambios significativos en instituciones que ahora nos son familiares tales como agencias de rating por ejemplo. De manera similar el fenómeno de selección adversa, propiciado por la asimetría informacional entre comprador y vendedor, tenderá a ser menos severo y las instituciones que lo paliaban, como dealers especializados o certificadores de calidad, perderán importancia.

Por otro lado las ventajas que, a veces, tiene el secreto o la falta de transparencia, seguirán ahí presentes por muchas mejoras que ocurran en las TIC . Estas nunca podrán difundir lo que no se conoce.

Notas
  • 1. Nos referíamos allí a el libro que publicó O. Hart en Oxford University Press en 1995.

  • 2. Ver Coase (1959).

  • 3. Esta cita ha sido recogida del capítulo 7 de su libro de 1988, traducido al español en 1994, tal como se cita en la bibliografía.

  • 4. Ver Coase (1988).

  • 5. Ver Coase (1988).

  • 6. Ver Stigler (1966).

  • 7. Ver Coase (1988).

  • 8. Ver Urrutia (1992).

  • 9. Es interesante hace notar que cuando ese es el caso no hay externalidades y el coste social coincide con el coste privado.

  • 10. Ver los ejemplos que aparecen en Hart (1975).

  • 11. Se trata de los ejemplos a los que me refería en la nota anterior.

  • 12. Ver Stiglitz, I. (2000).

  • 13. Ver Akerlof (1970).

  • 14. Ver Spence (1974) en donde se recoge un artículo previo del año 1973.

  • 15. Ver Stiglitz (1972).

  • 16. Ver Stiglitz (1974). Aquí habría que citar también, como importante para el desarrollo de la Economía de la Información, su trabajo de 1975 sobre Screening, una especie de respuesta al Signalling de Spence, a través de la cual los trabajadores, cuya productividad desconocemos, se autoseleccionan eligiendo uno u otro contrato de los que conforman el mecanismo del Screening.

  • 17. Ver Grossman y Stiglitz (1980).

  • 18. Ver Stiglitz y Weis (1981).

  • 19. Ver Rothschild y Stiglitz (1976) como la más importante de entre ellas.

  • 20. Lo que sigue es una adaptación de mi artículo de “El Correo” de 1991.

  • 21. Esto es especialmente cierto de Gran Hermano, un programa de televisión fascinante precisamente porque nos permite observar la emergencia del sentido a partir de una sopa primigenia incomprensible.

  • 22. Esta idea es un antecedente evidente de la conclusión que yo obtenía en un trabajo de hace años en el que, sin mencionar explicitamente, los costes de transacción, hacia hincapié en que las TIC agotarían la formación de una red muy tupida en la que cada nodo esta relacionado con todos los demás y en qué, en el límite de ese proceso, cualquier presunto monopolista no tendría más remedio que comportarse como un perfecto competidor. Ver Urrutia (2003).

Referencias
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