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El canon es un arenque rojo

Tal como predije, porque estaba cantado, el Congreso, en su última sesión de esta legislatura aprobó el canon digital en un guiño electoral a aquellos que se benefician de él y que, mira por dónde, son unos buenos prescriptores electorales.

No hay más remedio que decir que, en este caso, el PP, oportunismos aparte, tiene razón y que no tiene ningún sentido jurí­dico el cobrar a todo el mundo que se hace con un cierto material un canon por si acaso hace de ese material un uso que viola la legislación actual en materia de propiedad intelectual.

Pero lo que podrí­ ­a haberse discutido es el fondo de la cuestión en sí­. Ni los defensores del canon ni sus detractores han sido capaces de plantear a la sociedad los argumentos a favor o en contra de la existencia de un monopolio temporal otorgado por la ley a los creadores en general. Los periódicos no se han molestado en pensar dos minutos sobre la cuestión y los economistas profesionales no han opinado, tal como es su costumbre.

La cuestión es si patentes y derechos de copia son dos instituciones sociales y constructos jurí­dicos necesarios y/o convenientes para poder disfrutar de altos niveles de cretividad. Hace un par de dí­as presentaba, en forma de paradojas y contraparadojas las dos opiniones contrapuestas. Ahora voy a tratar de argí¼ir, de otra manera y en primer lugar, que ninguno de estos constructos es estrictamente necesario para dejar para más adelante los argumentos en contra de su conveniencia.

Para ver que no son necesariamente necesarios basta con que mostremos que los productos de la creatividad humana se generarí­an en un mercado normal y serí­an capaces de alcanzar un precio positivo. La oferta de la creatividad de uno u otro tipo es de tal forma que se produce una cierta cantidad positiva incluso a precio cero ( recordemos Van Gogh) y luego se produce más cuanto mayor es el precio. Nada raro hasta aquí­ ­.

El quid está en mostrar que habrá demanda suficiente por parte de algien a precio positivo. Si se dan las condiciones destacadas por Eric Raymond en El Bazar y la Catedral esa demande existirá. Es muy sencillo entender que esas condiciones se dan en las industrias cientí­ ­fico-técnicas y que pueden no darse en las culturales. Por lo tanto se puede afirmar que las patentes no son necesarias mientras que el derecho de copia puede que lo sea aunque no siempre.

Entremos ahora en la parte más delicada de la argumentación, la que hace referencia a la conveniencia de las instituciones de la propiedad intelectual. El criterio para juzgar esta conveniencia que yo voy a utilizar es el de la innovación. Las patentes, necesarias, reducen la cantidad ofrecida como todo monopolio y, en general, aumentan el beneficio. De esta forma el incentivo del creador cientí­fico-tecnológico a seguir innovando disminuye. En cuanto al derecho de copia el argumento es estrictamente similar y, si cabe, todaví­a más crudo puesto que no son necesarias.

Estos argumentos pueden hacerse todaví­a más respetables si acudimos a la obra de Boldrin y Levine que se está traduciendo al castellano. Pero me gustarí­a ir un paso más allá y añadir que lo que hay que hacer es eliminar las patentes y mantener el derecho de copia siempre que lo hagamos renunciable.

Esta posibilidad de renuncia no significa nada en el caso de las patentes porque puedes no patentar y sobre todo porque es renunciar a algo que no hace falta. Sin embargo en el caso del derecho de copia, esta renuncia ha de ser explí­ ­cita puesto que existe aunque no lo solicites y, como ese derecho pdrí­a ser necesario, la renuncia a él es una señaal que nos lleva a un equilibrio general en señales que nos indica, através de la información transmitida por los precios de ese equilibrio, la calidad de la obra de que se trate, informando así­ al consumidor. El creador cultural con confianza en su propia obra renunciarí­a ­ al derecho de copia, el precio de su producto serí­ ­a menor y podrí­a ganar más si la demanda fuera suficientemente elá ¡stica. Fuera este el caso o no lo fuera, ls consuidores ganarí­ ­amos en información y en accesibilidad a las buenas creaciones.

Estos argumentos y los razonamientos que los sostiene son lo que hay que discutir. Los creadores como grupo ni los compartirán ni estarán interesados en discutirlos; pero los consumidores de sus productos sí­ que queremos discutirlos y convencer al menos a los mejores de entre ellos. Será dificil pues se pertrecharán detrás de una supuesta solidaridad y porque se empeñarán en decir que los argumentos son tí­picos del pensamiento único, cosa harto dudosa porque las derechas tampoco entienden el argumento.

Bueno, pues que por mí­ no quede. Seguiré haciedo apostolado en contra de la propiedad intelectual sin dejarme llevar por pistas falsas o red herrings(arenques rojos)como es el caso del canon digital.

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  2. […] este tema de la Propiedad Intelectual y como acabo de escribir algo alrespecto con ocasión de la discusión sobre el canon digital, me remito a ello que a su vez se remite a otras […]

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