Desde mi sillón

El Bronx

A menudo presumo conocer Madrid mejor que no pocos locales debido a los muchos y largos paseos que doy a fin de cumplir con mis obligaciones de infartado. Cuando se lo cuento a amigos locales se asombran de que conozca barrios lejanos del centro y creo notar en ellos una cierta mueca de terror lo que me produce risa. Pero hace unos pocos días que ya he dejado de reírme por esta tontería.

After hoursA menudo presumo conocer Madrid mejor que no pocos locales debido a los muchos y largos paseos que doy a fin de cumplir con mis obligaciones de infartado. Cuando se lo cuento a amigos locales se asombran de que conozca barrios lejanos del centro y creo notar en ellos una cierta mueca de terror lo que me produce risa. Pero hace unos pocos días que ya he dejado de reírme por esta tontería cuando sentí ese terror en medio de una noche.

Hace unos días decidí acudir a una jam session debido a que un amigo de Internet presentaba unas poesías gráficas nuevas, cuyo modelo conozco y disfruto y que se intercalaban con otros poemas y con música que no capto bien; pero cuya letra sonaba a inglés y a griego. No se muy bien donde estaba la sala y la sesión, además de estar programada para una hora tardía, se retrasó no menos de media hora.

Tengo que confesar que yo era el viejo de la reunión y que, si bien la gente que acudió parecía conocerse entre ellos, yo me encontraba un poco fuera de lugar. Entre la extrañeza y el lugar creí sentir cómo caía la noche y se silenciaban todos los otros ruidos del local. Y esta especie de soledad comenzó a atemorizarme. Pensé que no creía que podría conseguir un taxi y que no sabría que dirección tomar hasta topar con algún lugar conocido o con alguna señal de calle para automóviles que me orientara. Y lo que acabó aterrorizándome y haciéndome sentir como si estuviera en el Bronx, fue que fuera de la sala en que nos encontrábamos los asistentes a la sesión, ya no había nadie y la persiana de cierre estaba bajada del todo. Dudé en subirla pero lo hice y se me pasó un poco el miedo al no ver cruzar la calle a ser humano alguno.

Sin embargo esta ausencia de gente me dio todavía más miedo pues en este Bronx, por muy cañí que fuera, me pareció que el criminal y/o ladrón podía aparecer en cualquier momento con la navaja en la mano. Pero la alternativa me pareció demasiado humillante y volver a entrar me resultaba prohibido, una herida en mi ego de paseante libre. Esta enorme soledad en la negritud de la noche y mi ignorancia sobre la dirección a tomar me hizo sentir completamente perdido y con dificultades para encontrar un refugio para pasar la noche. No hacía frío y quizá pudiera andar en cualquier dirección hasta encontrar alguna calle con direcciones que pudieran guiar mi ignorancia local por mucho que presumiera de conocer bien la ciudad.

Respiré al ver pasar un taxi que no paró y seguí en la misma dirección andando sin pararme ni para pensar. Acabé encontrando un taxi y sintiéndome salvado. Llegué a mi casa y bajé del taxi justo cuando el taxímetro indicaba que ya casi no me daba el dinero en el bolsillo. Mi casa no estaba al lado; pero ya era un área conocida y los seres humanos con los que me cruzaba me daban menos miedo que su ausencia.
Ya en casa me pregunté por el origen de mi miedo al Bronx y, ya desde el confort, concluí que se trató del primer ataque de vejez pues de hecho nunca he visitado ese trozo continental de New York.

«El Bronx» recibió 0 desde que se publicó el sábado 19 de mayo de 2018 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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