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El Autoritarismo es una Quimera

Publicado en Expansión, martes 2 de septiembre de 2008

Aproveché los primeros días de las vacaciones veraniegas para leer la biografía de Xavier Zubiri escrita por Jordi Corominas y Joan Albert Vicens y editada por Taurus el año pasado. Esta biografía tiene muchas lecturas y la estrictamente filosófica se me escapa en toda su sutileza a pesar de que en su día hice mis esfuerzos por aprehender la sabiduría almacenada en Naturaleza, Historia y Dios, Sobre la Esencia e Inteligencia Sentiente. Sin embargo esta lectura no ha sido infructuosa porque, entre todas esas interpretaciones posibles de una vida que a todos los efectos cubre el siglo XX en España, hay una especialmente interesante para los tiempos que corren.

Zubiri, en efecto, pudo no haber figurado como una pensador radical y expresamente contrario al régimen, pero la biografía deja claro que era alguien que no admitía el autoritarismo aunque admitiera la dogmática teológica. Zubiri “se buscaba la vida” a su manera sin admitir que ninguna autoridad, eclesiástica o civil, le desviara de su camino. Quizá porque su vocación filosófico-teológica era muy definida, quizá por su carácter vasco que difícilmente admite la imposición de nada y que solo quiere que le dejen en paz.

Y eso a pesar de que vivió una época dilatada durante la cual la tentación del autoritarismo fue tan grande que millones de personas cayeron en ella sea para disipar dudas teológicas, sea para evitar el desorden perturbador y empobrecedor, sea para realizar las grandes expectativas que un país o una raza pretendían encarnar, sea para tratar de enraizar el saber en tierra fértil e inamovible o sea para disipar la incertidumbre generalizada que los tiempos generaban irremisiblemente. Bastantes de estas mismas circunstancias revolotean hoy en la atmósfera intelectual de nuestro entorno y quizá explican el surgimiento del largamente durmiente neoconservadurismo americano que ha hecho temblar al mundo y que, según parece, está ya remitiendo aunque creo poder afirmar sostenía la actitud del conservadurismo español representado por el partido de la oposición y la Conferencia Episcopal hasta hace bien poco tiempo.

Todas estas reflexiones son más propias de un verano lánguido que permite lecturas sosegadas que de una rentrée que se presenta como movida y llena de esa incertidumbre a la que me refería, al menos en términos económicos y de rebote políticos; pero no son ociosas. Las lecturas de vacaciones muestran o dejan traslucir las tendencias soterradas. Y el hecho es que nos hemos encontrado, además de con la guerra en Georgia, paradigma del autoritarismo ruso, con el problema de la finaciación autonómica planteado con autoridad por el Gobierno como un problema no bilateral, con las quejas de no pocos sectores económicos que reclaman medidas “por decreto” y con las obligadas referencias al primer aniversario de una crisis contra la que se exigen medidas eficaces ya; pero sobre todo con esa literatura épica de los juegos olímpicos de Pekin que ha estado bordeando la apología del autoritarisno.

En efecto, muchos artículos veraniegos han hecho alusión veladas, e incluso explícitas, a las ventajas de un capitalismo autoritario como el de China y que tendría su paradigma en Singapur a cuyos encantos prestan atención economistas serios. Las ventajas de una autoridad fuerte que establece el orden y, en el mejor de los casos, impone sin posibilidad de contestación, un sistema de incentivos soberbiamente diseñado y que acaba siendo una bendición para quienes se someten a él, serían, para cada vez un mayor número de personas, más que evidentes.

Así que aquí tenemos todos los ingredientes para que surja la tentación del autoritarismo, una tentación claramente transparentada entre nosotros por esas llamadas a tomar medidas contundentes contra la crisis que se han expresado por quienes en general se muestran contrarios a todo intervencionismo y que han sido secundadas por quienes, aunque con una inclinación intervencionista, señalan que la crisis en la que nos encontramos inmersos se debe precisamente a la no existencia de una autoridad global que permita meter en vereda al mercado global. Ante esta tentación generalizada de autoritarismo e intervencionismo cabe preguntarse si se trata de algo sensato o si se trata más bien de un espejismo producido por la sed de soluciones. A mi entender se trata de lo segundo.

Es ciertamente verdad que hay una falta de correspondencia entre el ámbito en el que se desarrolla la actividad económica global y el ámbito de ese Estado meramente nacional del que dimana toda autoridad y que eso plantea problemas. La directiva europea de servicios es un ejemplo cercano. Cabe la posibilidad de contratar servicios de fuera de un país europeo concreto; pero no nos resignamos a que esos servicios se rijan por la legislación del país de origen a falta de una legislación emanada de un Estado superior. Y así, la falta de una institución sirve de coartada a quienes ven en peligro sus privilegios alcanzados dentro de su Estado nacional.

Pero esa realidad no debiera hacernos olvidar que hay ejemplos históricos que muestran que el desarrollo económico, y más concretamente el comercio internacional, son posibles sin un Estado que los regule, un ejemplo especialmente pertinente ya que parece inaudito que se pueda realizar un comercio no simultáneo entre dos países sin una autoridad que esté por encima de ambos e incluso en ausencia de un Estrado en cada uno de esos dos países. Parece inaudito, pero esa es justamente la lección que nos dio Avner Greif al enseñarnos que el intercambio entre ambas orillas del Mediterráneo era posible en el siglo XI antes de que surgiera la institución que denominamos Estado. En consecuencia antes de caer en la tentación del autoritarismo deberíamos recordar que el Estado que la haría materializarse no es la única institución que hace que las cosas funcionen bien en el ámbito económico.

Lo que se necesita para el buen orden económico son instituciones evolucionariamente estables y éstas no surgen más que en el ejercicio de una libertad que se compadece muy mal con el autoritarismo. Si nos empeñamos en el autoritarismo ponemos en peligro la libertad tal como nos enseñó Hayek quien también nos enseñó que esa libertad es parte del bienestar de los ciudadanos de un país, una idea ésta que hoy es moneda corriente entre los economistas no utilitaristas o, más en general, entre los que se niegan a adoptar una filosofía consecuencialista. El ejemplo de Zubiri al que me he referido es aquí oportuno pues, a pesar de su extraña distancia con la crítica a la dictadura, siempre se quejó de la falta de libertad. El consecuencialismo, necesario para la justificación del autoritarismo, es un compañero de viaje no recomendable si queremos evitar la caída en la tentación autoritaria que nos acecha.

A mi juicio la tentación del autoritarismo solo puede llegar a parecer irresistible si se usa la autoridad para garantizar la paz social en peligro por la falta de igualdad. Esto es relevante pues por debajo de los problemas serios que surgen en la crisis está siempre la igualdad de trato y, en consecuencia, la paz social. Y aquí encontramos el verdadero fondo del asunto ya que si queremos realmente ser igualitarios no podemos sino salvar a todos o no salvar a nadie mediante el intervencionismo estatal. Lo primero es incompatible con la conducción responsable de la macroeconomía y solo se puede hacer mediante gestos meramente espectaculares y poco eficaces como la devolución de impuestos que se ha experimentado tanto aquí como en los U.S.A.. No ayudar a nadie parece políticamente imposible a pesar de que es lo que parecería pedir el conservadurismo excepto cuando lo contrario le pudiera acarrear réditos electorales. No queda por lo tanto más que hacer política de manera que se puedan arbitrar algunas medidas que sean lo suficientemente consensuadas como para mantener la paz social. Parece sencillo de admitir que una solución así, que parece ser la única posible, está bien alejada de cualquier autoritarismo.

No es este un artículo que se preste a conclusiones. Para terminar baste con afirmar que la tentación del autoritarismo debería eliminarse de la agenda política ya sea para arreglar la situación económica en general, ya sea para imponer una solución determinada al problema de la financiación autonómica o a cualquier otro que nos esté esperando en esta vuelta al trabajo. El autoritarismo es un espejismo. Fiarnos de él es confiar en una quimera.

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