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El arquitecto es la estrella

Espero que hayan notado que estamos asistiendo a un boom de la construcción en el mundo. Probablemente se debe a un crecimiento mundial sostenido durante los últimos seis años y a las migraciones, tanto del campo a la ciudad dentro de paí­ses emergentes como entre paí­ses. Como consecuencia de esta explosión muchos ayuntamientos se han hecho muy ricos y tratan de competir entre ellos en un mundo de turismo globalizado y cada vez más cultural.

Pero esta competencia exige una identificación clara que a modo de marca comercial individualice la oferta de algunos ayuntamientos y les dote de una identidad propia. Y esta identificación se materializa, a menudo, en uno o varios edificios de los llamados emblemáticos. Pensemos en el Guggenheim de Bilbao o en la Opera de Sudney opera de sidney. Ambos conforman un espacio de relación y un polo de atracción que hacen de su entorno un espacio semipúblico.

La identificación singular exigida por la competencia turí­stico-cultural induce la convocatoria de grandes proyectos que atraigan a los grandes estudios del mundo así­ como el fallo de estos concursos a favor de estudios asociados a un nombre muy conocido. El arquitecto es la estrella. Como tal estrella cobra mucho más que un arquitecto local que no ha llegado a ser estrella internacional. Sin embargo sus minutas no son más que un porcentaje mí­nimo del proyecto y merece la pena aceptarlas como parte de la puesta a punto de una marca.

Los arquitectos han sido siempre artistas según ellos; pero ahora lo son de una manera especial. Exponen sus maquetas como si fueran esculturas y, debido a la forma global en la que se consume la obra emblemática, son como estrellas en el sentido al que me referí­a hace unos dí­as al hablar de Elsa Pataky y hace más tiempo del gran Beckham.

En efecto, hace un año el Guggenheim –Bilbao expuso maquetas de Frank Ghery y actualmente el Museo de Arte Moderno de Nueva York expone una muestra escogida de maquetas de construcciones semipúblicas o semiprivadas realizadas en España por arquitectos de renombre.

Esta última exposición es, sin duda, un ejemplo de la vitalidad de España; pero también una constatación de la naturaleza del boom al que me referí­a más arriba. En relación con este boom, no nos ha de extrañar que esas maquetas sean piezas valiosas en sí­ mismas pues forman parte de los gastos de promoción de los estudios dirigidos por arquitectos-estrella que saben han de convencer a jurados que, a veces, o quizá a menudo, no son muy técnicos a causa de la parte privada de los proyectos o debido a los compromisos variados que ayuntamientos y estudios se ven obligados a contraer.

La otra caracterí­stica que identifica hoy a estos arquitectos es que son artistas-estrella lo mismo que Beckham es un futbolista-estrella. Tanto uno como otro pueden ver su trabjo contemplado por grandes masas de manera más o menos simultánea.

En consecuencia la concentración de esta obra emblemática semipública es muy grande, con unos pocos estudios proyectando y realizando un gran porcentaje de este tipo de construcción. Resulta en consecuencia que un ayuntamiento que quiera estar “en el circuito ” no puede permitirse el lujo de no contar con un Ghery, un Moneo, un Rogers, un Foster, un Siza, un Nouvel o un Mayer.

Pero si esto es así­, ¿qué pasará con la diversidad?, ¿de donde surgirán las nuevas ideas y las nuevas estrellas?.

Aquí­ hay un problema interesante y difí­cil de resolver en la práctica. Esta nueva concentración del sector y los costes de promoción hacen que las barreras de entrada de las jóvenes promesas sean muy altas. Ante el coste prohibitivo de poner un estudio propio de los de marca o ante menores oportunidades de cambiar de estudio, dada la concentración existente, el incentivo de un arquitecto jóven a desarrollar su propio estilo robándole horas al sueño después de trabajar en uno de los de renombre, es muy pequeño.

En consecuencia la existencia de un firmamento arquitectónico contribuye a frenar el surgimiento de nuevas estrellas y es contraproducente para la diversidad. ¿Qué hacer?. Las dos salidas que se me ocurren me parecen ineficaces o imposibles.

La primera posibilidad es disminuir el número de concursos públicos para la construcción de edificios emblemáticos, sean éstos públicos o privados. Así­ disminuirí­an los gastos de promoción con lo que tendrí­an acceso al concurso estudios menos poderosos. Pero esta solución, además de traer consigo la disminución del número de oportunidades, adolece de la dificultad adicional de que la posible ignorancia de los jurados hace imposible reducir los gastos de promoción, incluyendo la elaboración artí­stica de maquetas y planos.

La segunda posibilidad es desconcentrar los estudios, rompiéndolos en partes, como se hizo con ATT y también como se ha amenazado hacer con algunos negocios de MICROSOFT. No es sensato pensar que el sector del que estamos hablando sea susceptible de este tipo de regulación.

Parece por lo tanto que estamos bloqueados, que el único porvenir de los jóvenes arquitectos que quieren ser independientes pasa por los arreglos de locales comerciales y que la diversidad será muy limitada. A no ser que la propia estrella se convierta en mecenas favoreciendo a sus futuros competidores.

¿Confiariais en los arquitectos estrellas como posibles mecenas de su propio arte?. Yo sí

«El arquitecto es la estrella» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 4 de Junio de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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