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Eduardo Elitista y Salvapatrias

Según Eduardo Serra la política hoy no podría ser populista y habría de ser elitista. Muchos que no pertenecemos a ninguna élite, pero tampoco somos unos ignorantes, no queremos renunciar a la embriaguez ni creemos que ello nos vaya a llevar, por sí mismo, a la irrelevancia total.

ministro-Serra-RexachSalvapatrias es una palabra que suele utilizarse con cierto tono crítico implicando que quien se presenta a sí mismo como tal no puede ser alguien que conoce sus limitaciones. No es mi caso en relación a mi amigo Eduardo Serra quien hace pocos días escribió un artículo de opinión en El País que bajo el título El Declive de los Estados Nacionales pone en juego, con la habitual maestría retórica de su autor, ideas que me interesan desde hace mucho tiempo y especialmente en estos tiempos en los que las ramas de los árboles (ni siquiera los árboles) no nos dejan ver el bosque. No solamente nos previene sobre el peligro para España de que los Estados Nacionales Europeos se difuminen en la globalización, sino que pone un énfasis, que podría parecer anticuado, en el peligro que corre la idea de Patria. De ahí que en el título de este post incluya la idea de salvapatrias. No es exagerado ni distorsionador pues, después de explicarnos el origen estatal de la superioridad de Europa, nos avisa de que el dominio de lo que llamamos Occidente (Europa y los EE.UU.) está en peligro precisamente por el declive, o decadencia, de esos Estados como tales estados. Como una prueba de esa posible decadencia nos cuenta, seguramente pensando en España, que:

Hasta hace solo unos años, determinados edificios de nuestras ciudades lucían a su entrada el cartel «Todo por la patria» y en las juras de bandera nos comprometíamos a derramar por ella «hasta la última gota de nuestra sangre». La patria representaba la soberanía, el ser (mundano) supremo, y así lo proclamaban solemnemente nuestras Constituciones.
Hoy, muy al contrario, la patria, a la que ahora denominamos «país», cuando no «Estado», ha pasado a ser una proveedora de servicios, fundamentalmente educación, sanidad y pensiones; proveedora a la que maltratamos sin ambages cuando comete el más mínimo error y, por desgracia, los comete con frecuencia.

Visto desde un punto de vista muy poco frecuente en estos campos de ideas diríamos, leyéndole la cartilla a Eduardo, que el impulso visceral que subyace a la idea de Patria y que es algo comunal, es un impulso dionisíaco que, si bien ha estado iluminado por el formalismo individualista apolíneo que subyace a los servicios públicos, está pasando a limitarse a éstos que, sin visceralidad patriótica, dejarían de jugar un papel constitutivo y se limitarían a conformar una maquinaria estrictamente mecánica. Maquinaria esta que, a su vez, parece no funcionar demasiado bien. Nos encontramos con un reloj de pulsera de estos que se dan cuerda a sí mismos aprovechando los movimientos de nuestra muñeca y que empieza a retrasarse por la ralentización de nuestros movimientos y por las averías del conjunto de tuercas que impulsan el movimiento de las agujas. Dioniso y Apolo son complementarios y eso hace que no podamos minimizar la importancia de los aparentemente pequeños problemas técnicos favoreciendo la atención a los impulsos creativos que estarían en peligro en buena parte por esa globalización que, seguramente y dada su naturaleza, no va a poder generar una patria global aunque la idea de una aldea global a la que se refiere Serra refleje su nostalgia así como la de alguno de nosotros respecto a símbolos nacionales, no iguales para todos.

¿Qué hacer políticamente en una situación así? Por esta pregunta yo entendería la duda de cómo podemos hacer política nacional de manera que solucionemos problemas internos, aparentemente menores y, al mismo tiempo, sepamos competir en un mundo global que plantea problemas realmente serios y estratégicos. Y es en este punto en el que Eduardo deja de ser un salvapatrias y se convierte en un político que trata de mantener a la que fue su patria en un estado fuerte no en sí mismo sino como parte de una coalición de Estados que sigan mandando en el mundo. El amigo patriótico se me ha convertido en político elitista que aspira a ser escuchado como un oráculo al que se le preguntan cuestiones que se diría no tienen solución evidente. La élite a la que aspira a pertenecer se eleva por encima no solo de los problemitas cotidianos simples sino más allá de las discusiones rutinarias y nadie más que él puede definir quién pertenece a esa élite.

Yo diría que, en opinión de Eduardo, solo puede estar a la altura de los tiempos de la globalización quien se de cuenta de que hacer política hoy exige una mayor amplitud en el abanico de pactos entre políticos de distintas persuasiones:

Hasta hoy solo había que pactar las políticas por las que nos relacionábamos con otros Estados: la exterior y la de defensa. Hoy es imprescindible pactar también muchas otras: desde la educativa y la de I+D+i a la energética o la medioambiental, pues todas ellas son necesarias para competir con otros países.

Y Eduardo nos dice que aquellos políticos que no se den cuenta de esto no podrán hacer el bien por su país (¿patria?) pues hoy en este mundo abierto se necesita apoyar la competitividad al máximo dejándonos de pejiguerías como serían esas cositas como el Estado el Bienestar o, añado yo malintencionadamente, la desigualdad. Si no renunciamos a utilizar la política como arma ideológica, diría Eduardo, no podremos mantenernos entre los Estados poderosos de hoy en día y esto a la postre nos empobrecerá en el futuro. La política hoy no podría ser populista y habría de ser elitista en el sentido de que deberíamos dejar sitio a gente que se da cuenta de estas limitaciones. Su premio, me parece que entiende y espera Eduardo, es que conseguirán recuperar el impulso vital de la Patria. Pero eso exige de un verdadero político de los que no se contenta con fantochadas que se esmere en la pedagogía explicando las cosas con claridad y que, al mismo tiempo, lleve una vida ejemplar sin caer en el aprovechamiento del poder en beneficio propio.

Soy consciente de que no he incluido aquí todo lo que cuenta Eduardo en su artículo, pero creo sinceramente que no he distorsionado su nostalgia de un mundo pretérito en el que Dioniso y Apolo se daban la mano o su intención de superarla a través de una alta política al alcance de poca gente y en la que la embriaguez de Dionisio ha de ser frenada. No es mi intención polemizar, pero termino diciendo humildemente que muchos que no pertenecemos a ninguna élite, pero tampoco somos unos ignorantes, no queremos renunciar a la embriaguez ni creemos que ello nos vaya a llevar, por sí mismo, a la irrelevancia total. Nuestro reto es todavía más complicado que ese al que Eduardo nos llama a enfrentarnos. Pero es el que me interesa a mi, nacionalista tranquilo, uno sobre el que he escrito muchas veces y sobre el que volveré.

«Eduardo Elitista y Salvapatrias» recibió 3 desde que se publicó el Viernes 19 de Diciembre de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. josep dice:

    La “proveedora de servicios” deviene en quiebra por la sencilla razón que la “sociedad del trabajo” (asalariado) que hasta ahora la ha financiado, inseparablemente la acompaña en su caída… Los desesperados impulsores de la vieja sociedad (de los Estados patrios -grandes o pequeños-) han perdido el liderazgo porque en definitiva no logran entender el mundo que se avecina… Probablemente estos discursos tienen mucho en común con los, también desesperados, alegatos salvadores, en su momento, de la sociedad servil.

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