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Don Giovanni

Nunca había visto una versión en la que se comunique mejor que el atractivo del libertino no radica en la habilidad seductora de su verbo, comunicada por su gran voz de barítono, sino en esa su capacidad de comunicar el entusiasmo de la libertad sin fronteras y el vértigo del exceso que llama irresistible desde un horizonte inalcanzable a dejarse llevar por la alegría.

don-giovanniLlegamos con el tiempo para dejar las maletas y tomar un taxi que nos llevara al Teatro Real y enfrentarnos a la versión del Don Giovanni mozartiano debida a Tcherniakov. Unos días antes varias críticas ya nos ponía al tanto de sus aparentes extravagancias de puesta en escena y de la poquedad de orquesta y voces. En el taxi recordé a mi compañero de habitual butaca que abomina de toda novedad y me preparé para lo peor. Pero no fue para tanto puesto que después de despotricar durante todo el primer acto sobre las incongruencias de la puesta en escena, desapareció después del descanso.

Sus comentarios se referían básicamente no tanto al poco brío musical o la poca voz de los cantantes, sino a la concentración de toda la acción en una sola habitación de la casa del Comendador y a la explicación de la secuencia temporal de la acción que Da Ponte en su día eligió mediante su proyección sobre el telón bajado breve y oportunamente. Esta explicación te enfrenta necesariamente a la relación entre tiempo y espacio pues se nos aparece como incongruente que, a pesar de que pasan los días, la escena sea siempre la misma.

Pero esta característica del lenguaje trae consigo otra peculiaridad curiosa. Estamos acostumbrados a que, en una puesta en escena de las que respeta las distinciones del libretista, se nos trate de hacer plausible de que por ejemplo, aunque dos cantantes puedan estar separados solo por la anchura del escenario, no se oigan entre ellos incluso cuando uno está refiriéndose al otro. Pero en la versión de ayer las convenciones, condicionadas por la unidad de espacio, han de ser necesariamente otras como que uno esté acurrucado en el suelo y otro enhiesto, o que todos estén como arrodillados menos quizá el libertino mismo.

Lo interesante es que este cambio de convenciones no es inocente sino que condicionan el mensaje y de ahí que se hagan explícitas para que las veamos, nos demos cuenta que algo nos quieren decir y abramos no solo nuestros oídos a esa música que tantas veces he disfrutado y que casi sé de memoria, sino también nuestra mente a que quizá no se trata esta vez de relatarnos la justeza del castigo del disoluto que finalmente paga por su libertinaje sino las virtudes terapéuticas que la ruptura precisamente de las convenciones, en este caso sociales, trae consigo.

Nunca había visto una versión en la que se comunique mejor que el atractivo del libertino no radica en la habilidad seductora de su verbo, comunicada por su gran voz de barítono, sino en esa su capacidad de comunicar el entusiasmo de la libertad sin fronteras y el vértigo del exceso que llama irresistible desde un horizonte inalcanzable a dejarse llevar por la alegría, mediante el mero movimiento danzarín, alocado y juguetón. El libertino recobra en esta interpretación toda su fuerza moral, su naturaleza de gozne crucial para abrir puertas.

Este es el Don Juan que yo amo, el que que aparece desnudo en los cuadros negros de un romanticismo, como el de Füssli, retándonos a no resistir su empuje y a dejarnos llevar por la ruptura extrema sin concesiones a la supuesta necesidad del orden social y siempre con la generosa aceptación de lo que a él le pueda ocurrir como resultado de su reto a esas fuerzas del bien que siempre acaban sometiendo o matando a cualquier alma loca que denuncia sin saber que lo hace el mayor de los pecados, el de negarse a la felicidad.

Don Giovanni representa la individualidad indómita frente a la necesidad de la especie y ya sabemos de antemano quien va a ganar. Y también sabemos que la especie va a ganar mediante la más repugnante de las armas, la utilización el libertino como chivo expiatorio de los pecados ajenos, siempre los mismos y siempre reductibles a uno solo: la cobardía. Sí, esa cobardía de los que pretextan malas voces o ramplonería musical para no enfrentarse con las tinieblas del deseo, en este caso el deseo del responsable de una puesta en escena que quiere destruir convenciones para probar otras nuevas.

«Don Giovanni» recibió 0 desde que se publicó el domingo 7 de abril de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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