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Divagaciones de Otoño

Publicado en Expansión, martes 4 de octubre de 2005

El squash es un juego de pelota que, a partir de una lejana primera experiencia en la que mi corazón estuvo a punto de reventar, no he vuelto a practicar. Tampoco estoy al tanto de las vicisitudes de este deporte. No sé si es olímpico o si es muy popular; pero estoy dispuesto a apostar lo que sea a que los tanteos de los partidos exhiben unas rachas de puntos ganadores que no ocurren en deportes aparentemente similares como el paddle o el tenis.

Si me atrevo a hacer este envite es porque aquella experiencia, una vez superada, fue suficiente para darme cuenta de que el que tiene el saque ocupa el centro de la cancha y que esta posición es casi una garantía para ganar el punto. Claro que, de vez en cuando y de forma aleatoria, ocurre un accidente y el saque pasa al otro jugador, quien probablemente conseguirá una racha larga de puntos ganadores a su favor. Pero no era de esto de lo que quería hablar.

De lo que pensaba hablar es de castillos. Al final de las vacaciones de verano varios amigos hicimos una pequeña excursión, por el llamado País de los Cátaros, a caballo entre el Rosellón y el Languedoc. Los cátaros afirmaban que el mundo había sido creado por Satán y, en consecuencia, creían que el hombre era malo en sí, tal como hoy pensamos los que somos de derechas, al menos en ese aspecto tan general.

La iglesia romana pensaba que el hombre había sido creado bueno, que había caído tontamente por las artimañas del demonio, pero que fue redimido teniendo, por lo tanto, la salvación en sus manos, una posición muy parecida al optimismo antropológico de las izquierdas. Estas cuestiones espirituales, nada simples en sus implicaciones, se cruzaban, cómo no, con asuntos relacionados con el poder. Los nobles locales protegían a los herejes, bien por convencimiento teológico, bien porque así podían contar con ellos como colchón de defensa contra las tendencias anexionadoras de los nobles parisienses: oui contra oc.

El pasado apoyaba a los del oui, y esta santa alianza entre la cruz y la espada estableció la verdad a sangre y fuego en una especie de ensayo general de la Inquisición. Interesante todo esto; pero vayamos con los castillos, que, como los de Cheribus, Peyreperthus o Montsegur, todavía hoy nos asombran con la presencia imponente de sus ruinas. Están construidos sobre picos tan prominentes, son tan altas sus murallas y sus guardianes desarrollaron tales tecnologías de defensa, que resultaban inexpugnables frente al ataque frontal y sólo podían ser conquistados mediante su asedio por hambre y sed.

Si pensamos en rentas creadas por la existencia de ciertas instituciones, lo que esperaríamos de la iniciativa institucional sería un intento de sustituir esas instituciones por otras que favorezcan a quien inicia el movimiento erosionador. Cabe pues imaginar, en ese caso y también en los otros, un mundo en el que esto ocurre continua y casi instantáneamente de forma que, en realidad, es como si no hubiera rentas para nadie debido, precisamente, al deseo generalizarlo de apropiárselas. Pero, si por un accidente aleatorio o traicionero, uno de estos castillos era invadido, se convertía inmediatamente en defensa, otra vez inexpugnable, contra sus antiguos dueños o contra otras fuerzas amenazadoras.

Peyreperthus, por ejemplo, una vez conquistado por las fuerzas del bien formadas por los de la langue d’oui y por los espiritualmente ortodoxos, se convirtió en una gran defensa de estos aliados frente a las pretensiones anexionistas de los aragoneses. Como con la conquista del centro en el squash, la conquista de los castillos es difícil si no hay ayuda del azar. En consecuencia, tendríamos que esperar que la frecuencia de los cambios de dueño durante los siglos XII y XIII fuera pequeña y que los períodos de dominio por parte de uno determinado, bastante largos. Así parece haber sucedido; pero ya me he desviado otra vez; tampoco era exactamente de historia de lo que yo quería hablar cuando pensaba en castillos.

Creo recordar, vagamente, a estas alturas, que mi objetivo final era decir algo sobre monopolios sucesivos o, sin tanta precisión, sobre la sucesión temporal de poder de mercado o, todavía con mayor imprecisión, sobre la forma de sucesión temporal de la extracción de rentas por parte de unos u otros de los que son capaces de hacerse con ellas. Allá voy.

Ya se sabe que hay distintos orígenes de estas rentas; pero pensemos específicamente en que puede darse un privilegio hoy y otro mañana, mediante un mecanismo dinámico muy parecido al que funciona en el squash y que tiene que ver con el efecto red. Como el Madrid -digamos- ganaba siempre, los mejores jugadores disponibles querían jugar en ese equipo de fútbol y el equipo así reforzado, efectivamente, ganaba campeonatos y el suficiente dinero como para seguir pagando lo necesario y seguir atrayendo a los mejores jugadores. Pero como es posible que el Barça, tal como acaba de pasar, estamos en lo mismo en relación a este último equipo: el efecto red puede dar origen a una racha de victorias culés. Pero más allá de estas metáforas deportivas, lo que ocurre con el efecto red es que puede llegar a funcionar contra el que primero aprovechó y a favor de otro perseguidor de rentas que llega al mercado con un nuevo producto sutilmente diferenciado.

Aunque les parezca de risa, una vez más tengo que confesar que me he vuelto a desviar de mi objetivo inicial; pero, ya puestos a perder el hilo, déjenme compartir con ustedes mi aparente pulsión intervencionista que traiciona mi presunto derechismo teológico. Me gustaría cambiar el peso de la pelota de squash para hacer menos importante el dominio del centro de la cancha, reducir la longitud de las rachas de tantos y hacer más interesante y saludable este deporte bárbaro. Mis amigos liberales me dirían que lo deje estar y que confíe en el espontaneísmo. Pero es que mi propuesta es muy espontánea y se aplica a un juego que es tan espontáneo o tan poco espontáneo, como el nuevo juego apenas distorsionado que propongo.

En el caso de los castillos, debo confesar que me sorprende que no haya habido nadie que sugiera hacerlos menos inexpugnables. El cambio en el dominio de la situación entre los cristianos de verdad y herejes cátaros, entre éstos y los inquisidores, hubiera sido menos cruento y el resultado en el tiempo probablemente muy similar como media, aunque con menos aceite hirviendo y menos dolor. Yo hubiera propuesto desmochar las estribaciones pirenaicas, una misión un poco más difícil que la de modificar las reglas de squash y, esta vez, muy poco espontánea. O, equivalentemente, hubiera tratado de convencer de mis ideas a romanos y albijenses, humildes creyentes y orgullosos herejes. Aunque bien pensado, esta tarea quizá hubiera sido más difícil que desmochar los pirineos.

En esta vena regeneracionista que hoy parece dominar mi despiste divagador, creo que habría tratado de hacerles comprender los rendimientos crecientes a escala del efecto red y de aconsejar a cada poderoso que se quiere eterno que se deje conquistar cuanto antes porque, en cualquier caso, va a ser conquistado en algún momento, y porque, posiblemente, pueda volver a conquistar esa fuente de rentas. De esta manera, argüiría yo, se evitaría tanto ruido y tanto esfuerzo totalmente desperdiciado en cruzadas cuyos aparentes beneficios sólo son percibidos por los miopes. Por fin he encontrado mi línea. Creo que el juego incruento de desplazar al que hoy disfruta de rentas y el continuo cambio en la personalidad de este poderoso privilegiado exige y, por lo tanto, propicia, unas pequeñas y nada dramáticas innovaciones continuas que son precisamente lo que necesitamos. Es de esto, de verdad, de lo que quería escribir una vez más: de innovación tecnológica. Y esta pequeña idea de sucesivas innovaciones graduales que, cada una por su lado, no son gran cosa no me parece muy desacertada.

Misión cumplida: dicho está lo que quería decir. Pero, justo cuando debería terminar de una vez, me doy cuenta de que, quizá por la intercesión de ese santo que se me ha ido al cielo varias veces, las divagaciones anteriores me han servido para hablar de lo que todo el mundo habla y de lo que, sin embargo, poco nuevo puede decirse. Si releen ustedes lo que hasta aquí he escrito repararán en que, como por milagro, he expresado casi todo de lo que se puede decir sobre opas y tomas de participaciones eléctricas, o sobre la tensión catalana, que no sea repetitivo o peligroso para la presión sanguínea: que no es bueno frenar o desviar la natural persecución de las rentas del vecino. Mejor hablar de castillos cátaros que de Castles in Spain. Bueno, me voy a jugar al paddle; mi corazón no sólo no lo resiste sino que lo agradece. Hasta la próxima.

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