Desde mi sillón

¿Deshaciéndome de mis recuerdos?

Me ha resultado asombroso la enorme cantidad de charlas o cortos cursos que he dado en lugares insólitos sobre temas que no creo haber dominado nunca. Debe ser mi ego el que me ordena que no me deshaga de estos escritos hasta que sepa lo que representaron para mi, o quien fue quien en su día me convenció para acudir a ese lugar, o que decía yo sobre lo que fuera. Pero más asombroso me ha resultado el cuidado con que yo atesoraba el contenido de los cursos de doctorado.

TrabajosHace algo más de un año abandoné la sede en Madrid de la Fundación Urrutia Elejalde (FUE) en donde había recalado bastantes años antes con todas mis pertenencias académicas y en donde fui acumulando adicional material intelectual. La abandoné porque el alquiler era ya muy alto para la FUE y para mi. Para liberar el espacio para dejar el local en manos de sus propietarios tuve que cargar todas las pertenencias en cajas de cartón enormes, de esas que usan los hipermercados para enviarte la compra semanal a tu domicilio. Ordené un poco el material reciente y el resto lo almacené sin demasiado cuidado. Numeré las cajas distinguiendo aquellas que deberían acabar en mi domicilio de Madrid y aquellas otras que entonces imaginé acabarían llegando al muy amplio trastero de nuestro piso de LA (Getxo).

En total fueron unas 25 cajas de las que solo cinco llegaron a mi domicilio habitual mientras las otras 20 ocuparon hasta hace unas pocas semanas un trasterito independiente en Global Box muy cerca de Arganda del Rey. El contenido de las primeras cinco encontró su sitio muy rápidamente porque estaba ordenado de la misma forma que mis documentos y libros en el amplio despacho de mi casa; pero las otras veinte, su contenido, va a exigir un esfuerzo imaginativo para distinguir aquello que, de alguna manera, mi espíritu necesita y aquello de lo que puede prescindir. De momento solo he examinado el contenido de seis cajas, el resultado de tres viajes en mi automóvil a Arganda acompañado siempre por alguien joven y con la fuerza suficiente como para poder trasladar, una por una, dos cajas desde el trastero hasta el automóvil. Lo difícil viene luego cuando tengo que examinar el contenido y decidir qué hacer con él.

La tarea quizá no fuera tan difícil si mi memoria mantuviera su poderío juvenil, pero la realidad es que apenas si recuerdo algunas cosas pero no la mayoría. Esto es especialmente difícil de tragar cuando he encontrado carpetas que contienen el borrador, o los diversos borradores, de trabajos cuya publicación aparece también en esa misma carpeta en una colección que no recuerdo en absoluto y que voy tratando de identificar sobre la base del tema central de la publicación y de los nombres de aquellos autores a los que acompañaba el mío. A veces lo consigo; pero otras veces me resulta imposible y no recuerdo los nombres, por no hablar de las caras, de esos presuntos colegas. Esto no suele ser el caso con las revistas en una lengua distinta del castellano pues son menos numerosas y responden a circunstancias poco comunes al tiempo que tratan de aquellos temas que a la sazón yo pensaba hacían de mí un miembro de un círculo respetable. Pero, incluso en algunos de estos últimos, se ha dado el caso de que sigo sin identificar por qué o para qué escribí esa «contribución» que no me consigue interesar ya. Sin embargo estas tareas se están viendo facilitadas a medida que algunas de estas publicaciones tienen coautores o bien gracias a una especie de C.V. no del todo académico que integra todos mis trabajitos incluyendo, por ejemplo, obituarios y que alguien a quien aprecio mucho elaboró a partir de todos mis papeles muchas veces escritos a mano.

Me ha resultado asombroso la enorme cantidad de charlas o cortos cursos que he dado en lugares insólitos sobre temas que no creo haber dominado nunca. Debe ser mi ego el que me ordena que no me deshaga de estos escritos hasta que sepa lo que representaron para mi, o quien fue quien en su día me convenció para acudir a ese lugar, o que decía yo sobre lo que fuera. Pero más asombroso me ha resultado el cuidado con que yo atesoraba el contenido de los cursos de doctorado. He descubierto hasta ahora las lecturas exigidas, los notas de clase, los exámenes y las calificaciones de los estudiantes de esos cursos desde el año 1987 hasta el 95 siempre sobre los microfundamentos de la macroeconomía y la Teoría Monetaria. No hay ni una explicación general o inicial, solo teoremas y sus pruebas una vez introducida la notación.

Dudo que hacer con todo este material. Creo que a mi alrededor ya nadie conoce los autores de la lecturas exigidas incluso si se tratan de Premios Nobel; pero para mi representan los ejemplares básicos de mi interés en la vida. Estas carpetas serán guardadas en algún sitio seguro.

«¿Deshaciéndome de mis recuerdos?» recibió 0 desde que se publicó el miércoles 7 de marzo de 2018 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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