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Deseo de destruccion

¿Por qué ese respeto reverencial por el pasado o por ciertas huellas de ese pasado que denominamos cultura?

Niki He pasado varios días sin postear, quizá demasiados. Hemos estado en Bilbao con ocasión de una boda y, como siempre que vuelvo por ahí, me lío solo. Ya sea paseando aunque diluvie y la humedad me carcoma los huesos, ya sea visitando los museos de Bilbao y especialmente sus exposiciones temporales o ya sea hojeando libros viejos que mantienen su posición en la biblioteca y que me evocan años de juventud en los que compraba mucha literatura en lenguajes distintos del castellano y de cuyo contenido apenas si recuerdo algún detalle poco relevante. Aunque de vez en cuando recuerdo lo suficiente como para darme cuenta de que las editoriales no se arriesgan mucho con autores jóvenes y reeditan escritores famosos hace más de cuarenta años cuando yo los leí por primera vez.

Quizá sea por este último detalle o por cualquier otra razón; pero lo cierto es que me he preguntado insistentemente, mientras paseaba bajo la lluvia, por el porqué de ese respeto reverencial por el pasado o por ciertas huellas de ese pasado que denominamos cultura. Pienso por ejemplo por el por qué de ese entusiasmo por esa avalancha de pintura del famoso museo de Basilea con la que me encuentro en Madrid a mi vuelta y que se expande por el Prado y por el Reina Sofía. O también, como otro ejemplo, por la cantidad de comentarios sobre cultura que creo haber leído estos días fuera de casa. Sobre su importancia general o sobre la exigencia por parte de los creadores de esa presunta cultura de reducir el IVA. Me harta la cultura oficial aunque la defiendo a muerte contra aquellos que pretenden introducir una asignatura sobre emprendimiento ya desde primaria. Creo firmemente que a efectos de crear riqueza o de conseguir sobrevivir sirve más un cierto conocimiento de matemáticas o de historia que todas las técnicas que se nos venden para sacar adelante una empresita.

Y la cabeza me da vueltas después de visitar el museo de Bellas Artes, el nuestro, el de toda la vida, que nos ofrece una retrospectiva bastante completa de la pintura del Equipo Crónica y también esa otra retrospectiva en el Guggenheim de Niki Saint Phalle. Conozco bien la pintura del Equipo Crónica y siempre he entendido su aportación crítico-periodística de su pintura. No me entusiasma pero me enseña; un didactismo que agradezco pues me da claves para entender épocas de mi juventud. Sin embargo apenas si sabía algo de esta otra pintora rebelde y yo diría que furiosa. Y lo que sabía iba descaminado pues me parecía una simpática productora de muñequitas graciosas.

Es difícil llamarle simpática después de hacerme una idea de su biografía y de su manera particular de desplazar el centro de la cultura pictórica de París a New York por lo que uno debe mirarle con los mismo ojos con los que ha mirado en su momento a gentes como Pollock o como Rothko que representaban un nuevo comienzo con el expresionismo abstracto y que me hicieron pensar que yo estaba en el centro de la historia.

Lo que esta mirada me dice es que entre la violación de su padre a los 11 años y los tiros de carabina contra superficies abarrotadas de tubos de pintura Niki en su feminismo expreso dejaba semioculto su deseo castrador de un falo odioso al que querría destruir. Sus declaraciones en un film del año 65 acerca de lo que para ella era el feminismo y el por qué lo que ella hacía era parte de esa liberación valiente eran un poco redundantes pues basta con ver su pintura para percibir su deseo de destrucción y su falta de respeto por la cultura del pasado por mucho que uno pueda llegar a admirarla.

Si bien Equipo Crónica deconstruye la pintura del pasado o de su propio tiempo, Niki Saint Phalle destruye todo lo pasado como si se tratara de la huella de un holocausto que no hay que olvidar y que hay que odiar para poder construir un mundo en el que ciertos seres puedan vivir en igualdad de condiciones con todos los que hasta ahora han pisado a esos seres aparentemente transparentes que nadie parece distinguir en el horizonte. Y esta impresión, acertada o no, me ha recordado algunas de mis furias. Como aquella que me llevo a destruir buena parte de mis propios escritos y de la que dejé testimonio aquí contando cómo hace unos tres años esa furia me exigió arrojar papeles a la basura dentro de bolsas de plástico: destruir como un nuevo principio que nunca se daría sin ese acto salvaje y poco respetuoso con el pasado y su posible verdad.

Es solo a la luz de estos episodios que se entiende quizá mi reciente gusto por la furia destructiva yihadista hoy y talibán hace años. Recuerdo ahora el primer episodio de mi odio a la cultura y su memoria recordando la destrucción de aquel par de budas en Bumeyan y siento cómo el último ha venido constituido por la destrucción con bastones de madera o de hierro de figuras del arte milenario al norte de Irak. Ambos episodios han podido ser vistos prácticamente en directo como lo de las torres gemelas. Destruir la cultura antigua sin duda relacionada con una vida de seres sojuzgados no es lo mismo que destruir seres humanos; pero no me hago ilusiones de que esta separación sea suficiente. Espero que mis locos deseos de destruir el Louvre sean simplemente una locura de senectud y que no incluya matar a los visitantes embobados.

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