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Desencriptando el Terrorismo

Hablar sobre terrorismo directamente es imposible porque su sola evocación nos aterroriza de modo tal que nuestra palabra está ya mediatizada; porque hablar de ello exige, aunque solo fuera retóricamente, entenderlo y eso es como una traición a las víctimas inocentes que necesaria y arbitrariamente acarrea consigo; y porque por debajo del más encendido discurso antiterrorista hay una aceptación implícita de que el terrorismo vence siempre, si no en lo accesorio, sí en lo fundamental.

Debería pues optar por el silencio, o en su defecto, adoptar un lenguaje oblicuo e indirecto que me permita al menos justificar mis afirmaciones anteriores. Me arriesgaré a esto último, seguramente porque como ser hablante no tengo más remedio que intentar la puesta en circulación de nuevos juegos del lenguaje de esos que hablaba Wittgenstein.

Enigma, una película angloamericana, producida en parte por Mike Jagger y dirigida por Mickel Apted me proporciona la ocasión de aprender algo a través de la utilización del lenguaje oblicuo. Se trata de una historia real y bien documentada de la segunda guerra mundial que posiblemente fue importante, si no del todo determinante, en su desarrollo.

El bien (bando aliado) trata de hacer llegar desde América a Gran Bretaña el mayor convoy de suministros conocido hasta el momento e indispensable para preparar la invasión del continente como primer paso para la derrota del mal (representado por las potencias del eje y singularmente por Alemania). El problema es evitar que los submarinos alemanes que vigilan el Atlántico Norte destruyan este convoy. Es necesario localizar esos submarinos y destruirlos y para ello hay que decodificar sus nuevas señales encriptadas mediante la utilización de una plantilla básica adecuada a ese efecto y utilizada con generalidad por el mundo alemán.

Los matemáticos británicos movilizados como desencriptadores habían descubierto recientemente esa plantilla básica pero por razones desconocidas (posiblemente por una filtración traidora del decodificador de origen polaco que lleva en paralelo su lucha particular contra el stalinismo) ese éxito llegó a conocimiento de los alemanes, que cambiaron esa plantilla básica global aunque, en la película no se sabe por qué, mantuvieron la correspondiente a las comunicaciones locales lo que permitiría rehacer la global siempre que se obtuviera el suficiente número de comunicaciones locales entre los submarinos alemanes en un lugar conocido.

Y así por necesidades de desencriptación general, el alto mando aliado va a permitir que se utilice el convoy de suministros como cebo para atraer a los submarinos a un lugar determinado y conocido. Ninguno de estos detalles, ni la posible traición inicial, ni las víctimas inocentes que se entregan a cambio del conocimiento, ni el descubrimiento final del código general, se conocerá públicamente hasta años más tarde.

En el mundo de hoy, prácticamente globalizado, los ejes del bien y del mal ya no están asociados a naciones, estados o regiones geográficas determinadas y separadas; sino que conforman dos trazos posibles de nuestro único mundo. Nuestra faceta Jeckyll ha perdido la comprensión del mal que anida en nosotros mismos, posiblemente por la traición de nuestra faceta Hyde, y nuestra correspondiente parte buena necesita recuperar esa comprensión a partir de la decodificación de lo que ocurre en un acontecimiento terrorista local como el atentado de las torres gemelas o el de Bali; digamos.

Para ello es necesario, como en el caso Enigma, propiciar unas cuantas víctimas inocentes cuya sangre se inmola en el altar del bien superior consistente en acabar con nuestra propia zona oscura. El paralelismo con el caso Enigma, incluye también la existencia de quienes aparentemente amigos, colaboran con el mal para, en su lucha particular, acabar con algún aliado oportunista del bien; pero se rompe en lo relativo al conocimiento general de lo que está pasando. En este caso, el de la lucha antiterrorista, no hay secretos más allá de los puramente técnicos, sino que todos sabemos de forma transparente quiénes mueren sin saber por qué y cuántos más hay que sacrificar para garantizar el triunfo final del bien.

A la luz de esta analogía oblicua me pregunto ahora por qué he afirmado que el terrorismo nos derrota en lo fundamental. Pues porque nos contagia ya que parecería que no tenemos más remedio que plantarle cara con métodos poco edificantes; porque nos introduce en discusiones envenenadas que no se deben tener (a falta de un juego del lenguaje adecuado) ya que algún límite ha de tener el desvelamiento del horror de lo que somos en la hondura del subconsciente porque nos recuerda insistentemente que nosotros, al haber fundado nuestro mundo sobre la sangre, no somos inocentes; y porque, finalmente, nos enreda en el mundo impredecible y enervante de la culpabilidad. Estos triunfos del terrorismo quizá sean el precio de nuestra victoria aparente sobre el terror; pero soterrada yace una derrota más profunda.

Cuando la lucha antiterrorista se hace global sólo caben dos bandos de forma que nuestra confianza en que nuestro mundo es el mejor de entre los viables pasa a convertirse en la certeza (necesaria para no perecer) de que es el único de los viables lo que, en última instancia, justificaría que acabemos con el otro (o nosotros o ellos) eliminando de cuajo toda fuente de aprendizaje y enriquecimiento propios.

Ante una diagnosis tan pesimista cabe preguntarse para terminar qué exige la responsabilidad individual en un mundo como el que he tratado de desvelar, o quizá denunciar, a partir de la analogía entre Enigma y la lucha antiterrorista. Esta idea de la responsabilidad individual es una idea propia de mundo del bien que supongo queremos conservar frente al conjunto de ideas, valores y pautas de ese otro mundo que nos pone en jaque. Ante lo que creíamos era el mal absoluto hace sesenta años (el nazismo) no dudamos en exigir responsabilidad individual en Nuremberg, quizá precisamente porque el nazismo iba camino de disolver ese valor. Supongo que hoy se la exigimos a Bin Laden o Sadam y, en consecuencia pienso que no podemos dejar de exigírnosla a nosotros mismos. ¿Qué tengo que hacer yo si creo en lo que he dicho aquí?

Depende de cómo de en serio me tome a mí mismo. Si mantener el aliento de mi vida propia es el valor supremo (como sería para Aranzadi según afirma en El Escudo de Arquiloco) supongo que tengo que alinearme con los buenos y arrimar el hombro, incluso si ello choca con mi odio a la delación o con mi capacidad de ponerme en el lugar del otro. Si admito la elección entre nosotros o ellos no tiene sentido que me pase a ellos. Pero si concibo valores por encima de la vida propia (como sería el caso de Juaristi en su último libro La Tribu Atribulada), o he sido educado en que los hay, o concibo otros mundos posibles ¿qué puedo hacer? Por muchas vueltas que le doy no veo otra salida que ser espía doble o, lo que es lo mismo, un traidor doble. Siempre he intuido que el traidor es por su aparente capacidad de ponerse en la piel de otro el humanista supremo; pero no se muy bien qué es ser doble traidor: posiblemente un destino y no un destino cualquiera sino el que corresponde según suicida.

En Enigma no podemos odiar demasiado al matemático polaco que, si bien contribuye a decodificar los planes nazis, traicionando así a su pueblo esclavizado por el Stalin aliado de los angloamericanos, se ve irresistiblemente impelido a colaborar con los propios nazis para destruir al martirizador de Polonia. ¿Podemos hoy odiar a quien contribuye a desarmar al terrorismo internacional y al mismo tiempo procura sabotear a un mundo occidental del que descree aún sirviéndose de alguna forma de terrorismo?

Quizá debiéramos, así nos lo exige en cualquier caso nuestro mundo, pero yo no puedo dejar de pensar que si el traidor es un humanista el doble traidor es un mártir de nuestro destino trágico como seres humanos.

«Desencriptando el Terrorismo» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 15 de Septiembre de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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