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Dependencia del Recorrido (II): Micro

Publicado en Expansión, martes 3 de febrero de 2009

En la primera parte de esta entrega comenzaba mi discusión de la “dependencia del recorrido” y del encasquillamiento de las ideas económicas hablando de lo que nos estamos ocultando con el abandono de lo que en su día se llamó Macroeconomía del desequilibrio. Hoy, en esta segunda parte, quiero volver mi atención a la microeconomía en general y en particular a la Economía de la Información y a algunas ideas de economía financiera. Sugería que el desvío de la atención se debía al plan general de trabajo del que la Economía se dota siguiendo el modelo estándar y que desemboca necesariamente en la macroeconometría de las expectativas racionales o similares en la que estamos quizá encasquillados.

Hoy tengo que comenzar diciendo que la seria falta de atención a ciertas ideas microeconómicas propias de la Economía de la Información o de raigambre financiera no puede atribuirse a plan de trabajo alguno donde ellas no tengan espacio, sino a una actitud incalificable tal como trataré de explicar.

Es desde luego incalificable que la denominada Economía de la Información, completamente dentro de ese programa de trabajo basado en el modelo estándar, no sea aplicada de una manera sistemática a los problemas de la crisis financiera. Y es incalificable porque sus ideas son claramente relevantes para situaciones con información asimétrica como la que hoy se da en el sector financiero.

Debiera ser una obviedad que lo que está pasando en el sector bancario y concretamente en el mercado interbancario, es similar a lo que puede ocurrir en el mercado de automóviles de segunda mano, algo brillantemente descrito por Akerlof en un artículo ejemplar de 1970 (The Market for Lemmons). Lo que puede ocurrir en el mercado interbancario es que la asimetría en la información entre el banco que quiere otorgar un crédito y el que quiere pedirlo haga que solo acudan a ese mercado interbancario demandantes de crédito insolventes de forma que no habrá bancos oferentes (por mucha liquidez que tengan) y desaparecerá el mercado en ausencia de algún arreglo institucional especial.

Es pues el momento de utilizar ideas bien conocidas de Economía de la Información para atacar el problema prioritario que, tal como explicaba en la primera parte de esta entrega, es el de limpiar el sector financiero. Es decir ahora tenemos que pensar bien cómo diseñar un mecanismo que combine el signaling (emisión de señales) de M. Spence y el screening (filtraje) de J. Stiglitz de forma y manera que el sector financiero alcance un equilibrio de los llamados separadores, es decir que permite distinguir a los buenos bancos de los malos, pues solo de esta forma se rebajarán los sobrecostes que una institución financiera ha de pagar en el intercambio de facilidades financieras como, por ejemplo, los CDO’s (Colateralized Debt Obligations) o los CDS’s (Credit Default Swaps) debido a la incertidumbre relativa a la contrapartida representada, claro está, por otra institución financiera.

Podría pensarse que la mismísima iniciativa privada acabará poniendo en pie alguna institución apropiada, pero hay razones para que los agentes relevantes estén en contra de algunos arreglos. Pensemos en la creación de un verdadero mercado, una institución más que curiosa y que se diferencia de una simple colección de contratos bilaterales. Podríamos, siguiendo la recomendación de V. Acharya y M.G. Subrahmanyam (Forbes.com, 12 nov. 2008), tratar de transformar los contratos bilaterales OTC (over the counter) con los que se trafica en los principales derivados, como los mencionados CDO’s o los CDS’s, en un verdadero mercado en que se llevan a cabo las operaciones de compensación y en el que esos contratos está estandarizados lo que favorece la diseminación de la información sobre precios y volúmenes y elimina riesgos de contrapartida ya que es el mercado como tal el que responde.

Como los agentes grandes que copan esos mercados perderían algunas de sus ventajas informacionales parece natural que se opusieran a esta creación de mercados. Por esa razón, entre otras, una solución de estas tardaría mucho en surtir efecto.

Esto no quiere decir que los reguladores no debieran intentar establecer ese verdadero mercado que sustituyera a las operaciones OTC tal como ha anunciado Trichet en unas declaraciones recientes; pero sí quiere decir que deberíamos ser capaces de diseñar y probar otros mecanismos que no traten de perfeccionar mercados o de constituirlos, sino de sustituirlos como sería, hablando en general, el caso de las subastas, el mejor ejemplo de ingeniería económica según Auman.

Fueron Vickery primero y definitivamente Mayerson (ambos premios Nobel) los que inventaron la subasta al segundo precio, un mecanismo ya usado y que tiene la propiedad de desvelar la verdadera voluntad de pago del que puja. Estos mecanismos de subasta son ya muy conocidos en multitud de formas y estoy seguro que cuando se organiza una subasta para comprar activos buenos a los bancos se utiliza una subasta inversa adecuada. Pero lo que se necesita es un mecanismo que haga funcionar el mercado interbancario, es decir no que ayude a los bancos en sí mismos, sino que les obligue a otorgar créditos y a acudir al mercado interbancario para poder hacerlo. Es decir queremos un mecanismo que elimine el recelo y la falta de confianza dentro del colectivo bancario.

Es precisamente el diseño de un arreglo institucional excepcional lo que esperaríamos de los especialistas en Economía de la Información y/o en Diseño de Mecanismos ya que estas dos grandes áreas han sido distinguidas con el Premio Nobel. Para acercarnos siquiera un poco a este menester exploremos las dos ideas complementarias citadas debidas a Spence y Stiglitz quienes compartieron el Nobel con Akerlof en el 2001.

Spence es el inventor del signalling: un banco que ha de financiarse para continuar con su negocio crediticio en un momento de asimetría informacional y de recelo ha de señalar que es solvente y merecedor de crédito mediante una señal que puede consistir, por ejemplo, en salir de compras porque esto no tendría sentido si estuviera en mala situación. Stiglitz es el perfeccionador del screening: el regulador del sector financiero diseña un plan de ayudas de tal naturaleza que funciona como un filtro en el sentido de que su uso revela la situación del banco pues los bancos se autoseleccionan dando origen a un equilibrio de los que denominábamos separadores.

El objetivo hoy está en el diseño de un plan que tenga estas características. No es mi papel en este medio el intentar diseñarlo, basta con la llamada a quienes están en condiciones de hacerlo para que se pongan manos a la obra. De todos modos mi intuición de viejo economista me hace mencionar por donde irían mis primeras elucubraciones. Se trataría de explorar las señales que emitiría un banco, dependiendo de su situación, ante un plan de ayudas que fueran muy numerosas y variadas, desde la compra de activos malos con o sin pacto de recompra hasta el aval para operaciones de inversión crediticia pasando por la compra de activos buenos y la reacapitalización de los bancos que la elijan. El equilibrio separador se obtendría cuando las señales son las mismas para cada banco en la misma situación y distintas para bancos en distintas situaciones.

Pero basta con estas elucubraciones. Para cerrar esta entrega doble sobre “dependencia del recorrido” y encasquillamiento como dos problemas serios para las ideas económicas quiero terminar insistiendo en que ambas pueden debilitar la potencia de las ideas, un asunto peligroso para el uso eficiente de los conocimientos existentes, especialmente si, además, quienes pueden tener las ideas no tienen incentivos a ponerlas en circulación. Por ejemplo, ¿me atrevería yo a terminar el diseño del mecanismo que he intentado perfilar y a ponerlo en práctica ante la posibilidad de que no funcionara?

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