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Democracia y Verdad

Publicado en Expansión, martes 4 de diciembre de 2007

Para mi hijo Rafael en su cumpleaños

Rafael del Aguila, un miembro que fue del Consejo Editorial de Expansión antes de que Recoletos cambiara de dueños y el Consejo pasara a denominarse Consejo Asesor, escribió en su día un magnífico libro sobre el pragmatista Rorty, un filósofo, ensayista y crítico literario que murió a principios del verano pasado. No es de extrañar por lo tanto que sea este mismo politólogo, que profesa en la UAM, el encargado de escribir un in memoriam que se nos ofreció el mes pasado en la revista de Libros bajo el título Ironía, Verdad y Democracia.

Rorty, el ironista, es importante para la politología pues esa ironía es una virtud que exhiben los lúcidos en el mundo privado frente a cualquier pretensión, siempre desesperada, de esa hegemonía indiscutible de los pensamientos definitivos que suele empobrecer la comunicación en el mundo público. Este autor desarmaría así cualquiera de los motivos de crispación que emponzoñan nuestro espacio comunicativo hoy y que están basados en el derecho absoluto de la verdad a prevalecer por encima de cualquier otra consideración. Rorty nos recordaría con una sonrisa que Poncio Pilatos tenía un cierto tipo de razón muy apreciable cuando pregunta con cierta tristeza a Cristo que qué era la verdad.

Pero lo que me interesa más ahora no es esta saludable ironía sino lo que Rorty tuvo que decir en su día sobre la Verdad y la Democracia. Y me interesan más estos dos aspectos interconectados de su pensamiento porque quiero pensar en serio tanto la reacción a la sentencia del 11/M como otros asuntos al menos tan vidriosos como éste.

Los que afirman altivos que quieren saber toda la verdad lo dicen de tal manera que parecería que sufren de lo que del Aguila llama la “ansiedad cartesiana”, una actitud producida por la falta de fundamentos para saber que sabemos y muy distinta de esa otra actitud que parecían mostrar aquellos “delincuentes” que se manifestaron ante la puerta de algunas sedes del PP la tarde/noche del 13 de marzo del 2004. Estos querían simplemente saber, se supone que para votar responsablemente al día siguiente. Representaban, si este supuesto es cierto, la actitud hacia la verdad de un pragmatista que no se angustia ante la imposibilidad de estar seguro de haberla alcanzado, sino que solo quiere procurarse argumentos para obrar en consecuencia.

Muy diferente es la actitud de los que después de la sentencia insisten en que no sabemos toda la verdad. Seguro que tienen razón pues es simplemente imposible estar seguros de contar con ella en toda su integridad. Pero es una razón vacua porque, aunque no la sepamos toda, ello no quiere decir, tal como afirma Rafael del Aguila que “debamos abandonar ciertos valores políticos… (como) libertad, democracia, crítica, diálogo, solidaridad… Así pues la búsqueda de la verdad….. debe centrarse en la prioridad de lo intersubjetivo, lo dialógico y lo comunicativo presente en nuestra forma de vida.

Vivimos en una época posmetafísica, quizá comenzada por Nietzsche y ciertamente continuada por Heidegger (quien nadie ha entendido mejor que Rorty) y tenemos que sacar las consecuencias. La maravillosa cita que sigue es lo que piensa del Aguila al respecto: “todo lo que nos queda en esta época posmetafísica es la conversación con otros y ese es nuestro único acceso al mundo: un acceso intersubjetivo. De ahí la primacía de la democracia sobre la filosofía, de la libertad sobre la verdad, de los procesos comunicativos sobre las esencias“.

Una cita fantástica que simultáneamente puede justificar a esos medios que son acusados de generar la teoría de la conspiración que a la propuesta del Lehendakari Ibarretxe de dialogar hasta la extenuación. En ambos casos lo importante es la libertad de discutir públicamente las cosas aunque no vayamos a alcanzar ninguna verdad; el demos debe prevalecer frente al logos y no hay esencia o verdad (revelada o de las otras) que pueda sustituir a la comunicación entre los ciudadanos siempre que sea libre. El espacio público es, en consecuencia, la clave de nuestra forma de vivir juntos hasta hoy.

Y lo admirable de ese espacio público es que en él todo está en juego en todo momento, de forma que las acusaciones de inoportunidad no pueden evitarse de la misma forma que tampoco puede evitarse la acusación que denuncia la permanencia continua de esas acusaciones de inoportunidad. La consecuente defensa de un diálogo civilizado y acorde con ciertas reglas es una petición de principio que consolaría a algunos de la “ansiedad cartesiana”; pero que no puede a aspirar a valor absoluto (porque no hay de estos), ni siquiera a regla sensata o autosostenible porque éstas, que sí que las hay, son siempre provisionales y sujetas a una continua revisión.

De ahí que la pretensión habermasiana, mencionada por el profesor del Agila, de encontrar el fundamento último del diálogo no sea sino otra vuelta a la discusión sin fin sobre la democracia desde la libertad. Para ver lo imposible de la empresa habermasiana y quedarnos con Rorty y su supuesto relativismo, hoy tan poco valorado e incluso anatematizado, voy a citar una frase de un artículo de Joseba Arregi, publicado en El Mundo, en la que se contiene una critica de la pretensión del Lehendakari, para pasar luego a discutirla y tratar de mostrar con este ejemplo que, como bien saben los economistas y especialmente los últimos galardonados con el Premio Nóbel, no hay forma de terminar con los problemas intelectuales de una vez por todas; sólo podemos aspirar a ir multiplicándolos

Dice Arregui: “Y así puede suceder que alguien propugne como solución a la violencia terrorista (…) el diálogo sin límites ni condiciones, el diálogo sin reglas, sin gramática, sin semántica, sin estructuras (…) aunque no le pueda entender nadie y no produzca más que un monólogo sin sentido, todo lo contrario del diálogo“. Una postura romántica e irrealista que contrastaría, según Arregi, con las muertes bien reales del terrorismo.

No sé si el diálogo, ya sea genuino o degenerado en monólogo, tiene futuro como método de erradicación del terrorismo aunque no soy capaz de imaginar su fin sin algún tipo de conversación entre algunos. Tampoco sé quienes han de ser estos algunos; pero lo que no me resulta fácil de aceptar es lo que Arregi parece dar por garantizado: que hay “gramática” adecuada para un cierto diálogo que, gracias a ella, podría ser fructífero.

Por un lado me recuerda a la discusión sobre instituciones en Teoría Económica. Desde hace unos años éstas son la panacea para cualquier cosa y la explicación favorita para el éxito o el fracaso del desarrollo económico. Sin embargo nadie se para a pensar que no toda institución es sostenible o duradera. Y deberíamos pensarlo porque solo lo son (y nunca del todo) aquellas instituciones que son autosostenibles, una propiedad que no tiene más remedio que atender al romanticismo del sujeto que según Arregi acompaña al intento vano de un diálogo sin reglas y que estaría en el centro de la decadencia de los movimientos que lo defienden.

Por otro lado, a mí ese romanticismo no me parece decadente, sino, más bien, la vanguardia de la radicalidad que por fin nos atrevemos a pensar. La gramática, la semántica y las estructuras no están ahí, en los estantes de un supermercado intelectual, dispuestas a ser compradas, transportadas y montadas por los bricoleurs del pensamiento. No, esa gramática, esas estructuras, esa semántica, son el resultado del rozamiento desestructurado de un comienzo.

Estudiar esto último y preocuparse por ello no es una muestra de degeneración o de debilitamiento del pensamiento. Es más bien una aventura, más o menos romántica, que solo los muy solitarios están dispuestos a jugar. Es como los médicos que se autoinyectan la droga que creen puede ser salvífica. Es verdad que esto no suele ganarles el premio Nobel. Justamente porque no cumplen alguna regla generalmente tácita. ¿Y qué?

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