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De Pijos e Identidades

Publicado en Expansión, martes 6 de noviembre de 2007

La cada vez más larga espera en los aeropuertos me ofrece la oportunidad de leer con detenimiento periódicos que, en general, no compiten entre sí en mi atención, especialmente en lo que respecta a la sección de opinión. Justamente el día 11 de octubre leí con un pequeño intervalo dos artículos aparentemente muy difíciles de relacionar, pero que algo en mi cabeza consiguió asociar, un algo que creí importante y que ahora quisiera recuperar de las brumas de la memoria a través de la relectura de ambos textos.

Alvaro Delgado-Gal, en la tercera de ABC, proporcionaba ese día, con su habitual prosa boscosa, una Teoría del Pijo con la que pretendía afear el famoso vídeo de las juventudes socialista en el que, según aquellos que lo han visto se puede identificar una crítica de las maneras de la clase social de la que sale buena parte del PP. Daniel Innerarity, en El País del mismo día, nos advierte de que el “quien” también importa, afirmado, con prosa de cirujano, que no tenemos más remedio que aceptar que la confrontación entre derecha e izquierda se trastoca a la luz de la irrupción del sujeto. La identidad como constructo intelectual irrumpe en un escenario que ya no se limita a albergar el “qué”. Veamos ahora si consigo recuperar el nexo de unión entre estos dos ensayos tan dispares.

Delgado-Gal, después de un interesante y prolijo prólogo sobre la identidad de grupos minoritarios como objetos de mofa teatral desde la antigüedad, continúa diciendo que la identificación del pijo como gangoso es una práctica execrable que forma parte de la estrategia zapateril de aislar al PP (que representaría nada menos que la mitad de la población de España ) y que semejante cosa hace imposible la convivencia ya que ésta solo podría darse si la discrepancia se muestra mediante los medios permitidos por el gobierno (SIC).

Ni qué decir tiene que de las afirmaciones que acabo de atribuir a este columnista de ABC, ninguna me parece correcta del todo. El lenguaje tiene su dinámica propia y hoy la palabra pijo solo equivale a gangoso en Madrid; luego si la equiparación de ambos tipos humanos es vejatoria para el tipo humano del pijo difícilmente puede extenderse el vejamen a la mitad de este país.

La identificación de la riqueza personal de cada uno con los rasgos más sobresalientes de un grupo específico es sin duda reduccionista, pero no execrable ni tiene que formar parte necesariamente de una estrategia política del calado que Delgado-Gal quiere atribuirle ni, desde luego, hemos de creer que se trata de un procedimiento de confrontación no permitido por el gobierno quien, en todo caso, no tiene porqué permitir o prohibir formas de confrontación política que no violen la Constitución.

Sin embargo no es ni el vídeo famoso ni la crítica a la que es sometido lo que más me importa, sino que lo interesante es, a mi juicio, el carácter inevitable de esa manera de reducir la realidad infinitamente plural a categorías o tipos fácilmente identificables que nos encierran a muchos como en prisiones de las que nos gustaría salir. He ahí la clave del segundo artículo del que quería hablar, el de Innerarity. Se trata de un canto austero y sereno al pluralismo acompañado de una inteligente diatriba contra quienes, reduccionistas ellos, no lo quieren ver así.

Resultaría que los conflictos sobre el reconocimiento de la identidad política y cultural están sustituyendo a los conflictos sobre el “qué” a los que estábamos acostumbrados y para cuya solución ya habíamos desarrollado ciertos procedimientos más o menos aceptables. No me resisto a transcribir un párrafo excepcionalmente brillante: “que el “quien” importa significa… que determinadas formas de sublimación de la titularidad (neutralidad, cosmopolitismo) no son más que una solución tramposa para que nada cambie sustancialmente, el “que” siga en primer plano y se reproduzcan las formas de dominación…

Las cosas parecen complicarse últimamente con un nuevo eje discursivo. Esta es a mi juicio la moraleja de operación quirúrgica de Innerarity, moraleja que me hace recuperar el recuerdo del nexo de unión que buscaba. Este punto de contacto entre los dos artículos es precisamente la común aceptación de una práctica consistente en describir el mundo externo, natural o figurado -como las matemáticas, por ejemplo- mediante conjuntos de objetos o seres humanos que se identifican mediante una etiqueta que no hace justicia a su diversidad interna, pero que sirve para identificarlos como distintos de los elementos de otro conjunto. El lenguaje es así; pero esto no ha sido problema mientras esta característica del lenguaje (y de nuestra manera de pensar) no planteaba ninguna incomodidad al poder.

Por ejemplo, nada difícil ha planteado hasta hace poco la separación del género humano entre dos grupos distintos como son el de las mujeres y el de los hombres. Era una manera fácil de entendernos y hablar de justicia, representación y demás categorías políticas. Pero ha bastado que el feminismo en general y los estudios de género en particular, hagan que los elementos de ese conjunto de hembras exijan su reconocimiento para que surja el conflicto entre sexos o géneros no sólo en el espacio público, donde se juega el macropoder, sino también en el espacio privado donde lo que se pone en juego es el micropoder. Y este no es el único ejemplo relevante entre nosotros. Quizá lo sea tanto o más el problema del reconocimiento de las realidades nacionales de una llamada -al menos hasta hace poco- España plural.

¿Cómo manejamos esta suerte de complejidad sobrevenida de manera inesperada y molesta para muchos? Podemos ensayar la vía Delgado-Gal avisando de los peligros del reduccionismo si no se ejerce con un equilibrio delicadísimo para luego recomendar que, como en el caso de los pijos, no se admita el reconocimiento de su identidad a fin de preservar presuntos valores más delicados y profundos. O quizá deberíamos seguir la vía Innerarity aceptando el reto como algo permanente, nada dramático y más bien enriquecedor. Para mí no hay duda. De hecho el mismo Innerarity nos da una clave en la continuación del párrafo citado con anterioridad. La vía Degado-Gal sería un ejemplo de esos en los que la aparente y bienintencionada neutralidad “sirve… para colar, junto a un conjunto de derechos democráticos, alguna ventaja inconfesable para quien tiene más facilidades de configurar una mayoría“.

No estoy seguro que sea el PP el que tenga esas mayores facilidades, pero sí creo estar seguro de que la ridiculización, e incluso análisis pormenorizado, del vídeo de las juventudes socialistas forma parte objetiva de la estrategia para anular a la cabeza visible del contrincante político acusándole de ser el inspirador de cualquier cosa que vaya en la dirección de aislar al PP, cuando este último se basta y se sobra para aislarse solo.

A mi juicio no cabe duda de que estamos ya en plenas escaramuzas preelectorales que, entre otras cosas, sirven para velar y silenciar otras cuestiones de mucho mayor calado como las que corresponden al pluralismo y a alguna de sus manifestaciones más llamativas. El bombazo del referendum exigido por el Lehendakari Ibarretxe no merecería tanto ruido si lo que hubiera en su contra fuera solamente el presunto desvarío autista de su proponente o la pretendida deslealtad a una historia compartida o cuestiones de inconstitucionalidad.

Con ser muy importantes no me parece que sean esas las verdaderas preocupaciones que subyacen al ruido y la furia. Lo que aterroriza a casi todo el mundo, y desde luego a esos dos grandes partidos que parece que quisieran agotar todo el espectro político, es que no hay más remedio que ponernos a pensar en serio sobre el reconocimiento de la diferencia, un problema sobre el que ya se ha reflexionado en profundidad por pensadores ilustres, pero sobre el que por nuestros pagos no parece interesar. O quizá es que da pereza pensarlo o da miedo el posible coste electoral de expresar lo pensado o ilusiona el beneficio electoral de elaborar etiquetas burdas y reduccionistas.

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