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De ejecutivos y eslavas

Recuerden La Conciencia de Zeno de Italo Svevo. Su protagonista deambulaba por el Trieste de Joyce sin poder distraerse de sus ensoñaciones. A mí­ me empieza a pasar lo mismo; pero mis ensoñaciones no tienen nada que ver con un psicologismo postfreudiano. Son hechos comprobables.

Como era comprobable que, cuando en los aviones no se podí­a reservar la plaza, a mí­ siempre me tocaba al lado de un sacerdote en lugar de en el asiento contiguo al que habí­a conseguido aquella guapa chica a la que todos habí­amos echado el ojo en la sala de espera.

Y como son comprobables los dos hechos que últimamente se me imponen como incompatibles con la casualidad. Mis amigos exitosos empresarios, o altos ejecutivos de empresa, me muestran ahora más aprecio que hace unos años y un número no despreciable de mujeres jóvenes, rubias e inconfundiblemente eslavas me paran por la calle. Cada uno de estos hechos tiene su explicación o por lo mrnos eso me parece a mí­.

Por circunstancias raras de la vida, hace ya muchos años me tocó, casi en suerte, pertenecer a la cúpula directiva de una gran y poderosa empresa. Mis amigos que se habí­an roto la espalda en el mundo empresarial me felicitaron aunque con la boca pequeña porque el sitio que ellos ya me habí­an asignado en la sociedad era el de profesor universitario con veleidades intelectuales y ciertos escarceos de administrador que casi siempre acababan en fracasos ni siquiera estrepitosos. Como tal individuo raro era aceptado e incluso querido. Pero esto de encaramarme en una jerarquí­a por la que no habí­a luchado era demasiado duro de tragar. Ahora que ya he vuelto a mi redil particular me vuelven a sonreir con simpatí­a.

Por otro lado, y por circunstancias perfectamente naturales que no pienso contar ahora, paseo a menudo por el paseo central de la ciudad a horas extrañas para alguien que trabaja. Mis encuentros casuales son con mendigos, cada uno ensimismado en su cosa, estudiantes de academias que se aprovechan de la falta de organizaí­ón universitaria, jóvenes madres con sus crí­as y algún matrimonio de turistas de mediana edad. Pero últimamente me ocurre que una marea de mujeres jóvenes de evidente origen eslavo se dirigen a mí­ con un inconfundible acento para preguntarme cualquier tonterí­a como, por ejemplo, donde está una dirección o una parada de metro determinada.

Lo interesante es que ambos fenómenos tienen un origen común. Ni para los empresarios o los ejecutivos agresivos que aspiran a recibir el rendimiento justo de sus esfuerzos, ni para las rubias con marcado acento eslavo constituyo ya ningun peligro. Es que soy, visto así­ como de una manera impresionista, manso y previsible. No voy a arremeter ni a revolverme de manera incontrolada.

Parece que ya no estoy en la edad de aspirar a esos puestos que son los únicos que la sociedad respeta y aprecia muy por encima de los que desempeñan los servidores públicos, los escritores o los polí­ticos. Y no solo parece, sino que es rigurosamente cierto , que no corro detrás de una cabellera rubia que ondea allá arriba en el extremo superior de un cuerpo esbelto.

De acuerdo, posiblemente parecerí­a que soy, en sentido genérico, manso y nada peligroso. Pero que nadie se deje llevar por las apariencias. Mi ambición no tiene lí­mite y espero ser alzado a lo más alto de cualquier jerarquí­a en donde se tomen decisiones arriesgadas pues no conozco a nadie mejor que yo para eso. Y si las eslavas recién llegadas creen que soy un caballero confiable que se vayan desengañando porque nada hay más peligroso que un hombre mayor acoquinado ante el escaso tiempo que resta.

He decidido ahora mismo convertirme en un peligro público, en un Jack el Destripador potencial que sembrará el miedo en la ciudad. Que tiemblen ejecutivos y eslavas.

«De ejecutivos y eslavas» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 8 de Octubre de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Christopher dice:

    Nice…

    Give a man a fish and you feed him for a day;
    teach him to use the Net and he won’t bother you for weeks.

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