Desde mi sillón

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De Bilbao a Bilbao pasando por LA

Lo que yo quería en aquel entonces, cuando el futuro era una palabra sin sentido, era aprender a relacionar todo con todo en la esperanza, la única que haya tenido nunca, de jamás quedarme sin respuesta cualquiera que fuera la pregunta.

at_berkeleyAl día siguiente de aquel concierto, a la postre fúnebre, durante el cual el que fue dueño de los timbales durante años y años falleció sobre el tambor mayor de ese instrumento en un momento cumbre de una sinfonía de Mahler, yo partía en el primer avión de Bilbao a Madrid para conectar con el vuelo a Dallas y desde allí trasladarme a Los Ángeles hasta aquella universidad a la que me habían llevado de manera natural mis estudios previos en Boston y mi deseo de seguir estudiando no solo por formarme, más sino por el mero reto de doctorarme sin finalidad ulterior alguna. A veces me hago notar en conversaciones distendidas como un individuo que nunca ha trabajado, pero tampoco es que mi idea fuera dedicarme a la Universidad, como acabé haciendo, para realmente no tener jefes y, por lo tanto, no trabajar por muchas horas que metiera al día tratando de entender textos enrevesados de autores que oscilaban entre la Economía, la Filosofía o la Política. Esto lo hacía por puro placer y en aquella época yo no podía asociar el placer con el trabajo. Precisamente dejé el ámbito alemán en el que me formé al principio durante un par de años después de acabar el bachillerato porque me parecía que los estudios eran demasiado prácticos y, no se me malinterprete, demasiado fáciles justamente porque los planes de estudios estaban trazados con minuciosidad propia del espíritu germano. Lo que yo quería en aquel entonces, cuando el futuro era una palabra sin sentido, era aprender a relacionar todo con todo, en la esperanza, la única que haya tenido nunca, de jamás quedarme sin respuesta cualquiera que fuera la pregunta. Aunque mi partida fue, desde luego, triste, pues Machalen y yo velamos el cadáver del abuelo toda la noche, cuando tomé el avión conseguí evadirme de todo y aprestarme a seguir mi destino. Una vida que yo creía llena de divertimentos.

A eso, a no trabajar y a entenderlo todo, es a lo que aspiraba desde hace mucho tiempo, y desde luego cuando solicité la admisión desde Salzburgo y finalmente la obtuve en esa universidad del oeste gracias a las cartas de recomendación de mis profesores alemanes y austríacos que supongo destacaban mi descaro, que ellos tomaban por valentía, para abordar cualquier tema. Así que a los pocos días de haber llegado a Los Ángeles ya estaba viviendo en un apartamento de Westwood a una distancia prudencial del campus, y me había fabricado una carrera a mi medida con el visto bueno de quien había de ser no solo mi tutor durante años, sino sobre todo mi maestro en la iniciación en el conocimiento de un territorio opaco para mí pues yo era como un federal tratando de adentrarme en territorio apache. Pero acabó siendo un amigo, pues el territorio apache ya estaba controlado y el resultado del apaciguamiento era un ambiente intelectual enormemente rico y ambicioso. No había un camino a seguir, sino que uno se hacía su propio camino, que por extraño que fuera era observado con respeto y curiosidad por el tutor. Desde mi soledad y todavía triste y mi casi total ignorancia del sistema me hice mi propio itinerario basado en el título de las asignaturas, un itinerario que resulto estar conformado en gran parte por asignaturas que se suponía un recién llegado debía tomar en su segundo año de estancia y una vez hubiera probado su diligencia y buena disposición durante el primer año. Pero ni mi tutor ni nadie me dijo nada, un hecho este que está en el origen de mi entusiasmo creciente por la manera de vivir en común que tienen estos aborígenes que en pocos años se habían puesto a la cabeza de la vida intelectual en cualquier campo.

El esfuerzo en el estudio me parecía llevadero hasta el punto que creía tener tiempo para zascandilear no poco además de mantener una correspondencia cariñosa con Machalen. Estaban allí compañeras de generación con las que apenas me cruzaba, pues ellas habían comenzado por el principio, pero con las que coincidía en algunos cursos y seminarios y con las que de manera natural podía organizarme no pocos fines de semana disipados y repletos de coqueteo, sobre todo intelectual, el que siempre ha sido el más excitante para mí. Pero no era solamente esa libertad a la que no estaba acostumbrado, pues no era el caso ni en mi Ciudad ni en los centros en los que comencé mi educación técnica alemana; era también la multitud de latinos con los que podía hablar en un idioma común y de los que aprendí a criticar al país que tan bien me acogió desarrollando esa doblez (si así se la quiere llamar) que tanto me ha servido en la vida hasta que, en un momento dado, casi acaba conmigo.

No había llegado allí con un plan definido, más allá del de divertirme y no trabajar, pero aquí comenzaron a amontonarse los acontecimientos, además de los estudios que siempre me divirtieron, que fueron dando forma a un tipo de vida que en algún momento pensé pudiera durar eternamente. Entre las notas de todas clases que acumulé en cajas de cartón que un día facturé de vuelta a Bilbao, he encontrado una especie de relato que, además de revelar ese gusto mío por la escritura que nunca me ha abandonado a pesar de no haberlo ejercido, muestra con cierto descaro que no solo estudiaba, sino que, solo o acompañado, fui descubriendo lugares y personas de esa ciudad de la que quizá nunca me debiera haber marchado. Es una nota literaria bastante larga pero que, a pesar de haber sido escrita hace solo unos cuatro años, no me permite recordar cuánto contiene de pura ficción y cuánto de experiencia disfrazada:

“……… mientras hacia el oeste la primera claridad lechosa diluye los colores, que recuerdo vivos, del mar, los barcos de recreo o los naranjos, en suaves gradaciones del blanco, trasluce el fondo del valle, temblorosa de sal y yodo la pirate´s cove, desertada a estas horas inimaginables de un amanecer de primavera, por todos los hombres que cada mediodía exhiben con parsimonia sus cuerpos desnudos ante los ojos ávidos y febriles de Christopher Isherwood, acompañado a menudo como ayer, por una Anais Nin disfrazada de apicultora y que, ahora, desapercibida hembra, apoya un brazo muerto sobre las nalgas prietas de uno de loes machos atléticos yacientes, desmadejados y ahítos tras una noche pegajosa de olores amargos que comienza a disipar su protección mafiosa en el instante justo que dirijo esta última mirada hacia las líneas de la costa, ese transparente fin de la tierra ante el que no hay más remedio que elegir entre el suicidio lento de la mosca que araña inútilmente la superficie pulida de un cristal, cegada por un más allá deslumbrante, y el sereno retorno, Sunset Boulevard arriba, hacia la domesticidad, a bordo de mi Mustang verde-lejía sobre cuya puerta entreabierta, apoyo con gesto de dueño que contempla los confines de su finca, mi codo derecho, apenas escurrido de la manga de una impecable camisa de seda blanca con puños flameantes sobre un antebrazo magro y moreno y con bolsillo plastón del que rebosa la suela de esparto con puntera reforzada de goma de una alpargata negra que hace meses compré, a precio de oro, en rodeo drive, junto con su pareja ahora en este pie derecho mío que, a lo largo de esta jornada río arriba, ha de dominar, con suaves toques de acelerador y de freno, el deslizamiento de mi cabrio automático por el dulce y rosáceo pavimento del boulevard como viaja el gordo bailarín del Alvin Ailey por la tarima encerada del Dorothy Chandler pavillion, con la parsimonia y la solemnidad de un onírico vuelo rasante de vuelta desde la esterilidad del placer hacia el arbolillo que, en el cérvix de esta ciudad, todavía da su fruto anual correoso e incomible en un parterre sombrío de la Union Station……”

La pieza literaria continúa pero me paro aquí -de momento- no porque haya un punto de los que la pieza carece, sino porque es esa referencia al cérvix y al paseo río arriba la que me hace pensar que, aun sin plan alguno de volver a casa, teniendo el mundo abierto a mis más exóticas expectativas y alumbrando ya la posibilidad de subsistir allí, quizá en Venice, con la apertura de un chiringuito de tortillas de patatas con y sin cebolla, Bilbao se imponía con la fuerza de un inconsciente denso en pesadas conexiones imposibles de cortar a pesar de que entre todas mis actividades extracurriculares estaba también la introducción teórica y práctica a las ideas de Fritz Pearls y su psicología de la Gestalt.

Este inconsciente resultó ser más enraizado de lo que imaginé pues, a pesar de mi falta de seriedad en mis estudios de doctorado, el sentido del deber bilbaíno fue imponiéndose paulatinamente y mis ensoñaciones fueron encontrando su lugar en un plan de futuro que acabó de perfilarse en cuanto, casualidades de la vida, me encontré, topé yo diría, con una mujer que procedía de la que seguía siendo mi Ciudad y que, como yo, se había trasladado a Los Ángeles, en su caso con toda seriedad, para estudiar la historia de las trazas de la conquista en los restos de conventos en California del sur. Pero esto fue ya después de finalizar con éxito mi loco itinerario académico previo a iniciar la tesis y posterior a mi formación definitiva en sexo. Todo este período se deja traslucir en la continuación de la nota literaria que he comenzado a trascribir y que hora continúo:

“… un parterre sombrío de la Union Station olvidado por los torazos y las lobas del sur, que escupidos rítmicamente por espasmódicas escaleras mecánicas, acarrean sobre el lomo pertenencias y crías y se extienden por el inmediato McArthur park con su vagabond theater, decorado de película exótica de la Universal, pequeño nazaret cada noche bañado por la luz fosforescente de estrellas de decorado con palmera y de luna permanente y siempre llena al pairo de las órbitas celestes de los crédulos, hasta el alejado verdor de este campus, continuación intelectual en la margen izquierda del Bel Air de dentistas enriquecidos, en donde las cien mil réplicas clónicas de una misma joven rubia, a rebosar sus jeans cortados a medio muslo, ensayan sin descanso sus elementales pasos de animadora…..”.

No es necesario volver a resaltar que la alusión a la margen izquierda sigue siendo herencia de mi Ciudad, una herencia de la que no era consciente y que, por aquel entonces no me parecía una atadura. Pero entre todas esa rubias encontré a mi rubia sin jeans rebosantes, pero con ojos pardos y unos pechos de los de ración. Le conocí a través de unos amigos latinos que le habían acogido en su comunidad y con los que yo cenaba algunos sábados para hablar de política. Era tan seria que el frecuentarla no entró en mis planes de abordar distintas vías de conocimiento, pero esa cara de rubia de caserío se fue imponiendo aun a sabiendas de que ello podría frenar esas andadas mías que sigo relatando de manera ficcional:

“..y habiendo, pues, dejado atrás las hermosas villas toscanas de Beverly Hills y su elegante y variada vegetación que hizo enfurecer de rabia al pobre Henry Miller, tan ignorante en estas materias que solo llegó a distinguir el cerezo japonés del tilo parisino, y nunca supo ver, con la miopía del obseso, en la flora de la primavera de Boticelli más que el vestido provenzal exhibido en el escaparate del local comercial de Laura Ashley, Sunset esquina con Vermont, y encima del que, en un estudio de dos piezas, cuenta su biógrafo, Chandler escribía cada noche con manos enguantadas para disimularse sin éxito el escozor de un soriasis eruptivo origen de una inquietud nunca apaciguada por la mudanza, cien veces repetida, de una a otra orilla de este río boulevard y, en una ocasión excepcional, hasta la ribera de un afluente poco caudaloso, cerca de un teatro-bar, desde hace años hogar de excelentes divos espontáneos de la ópera italiana que entonan sus exaltadas áreas entre sandwiches de pan de centeno, mayonesa ligera y roast beef por capas….”

Desde luego fue a este café-teatro y con el señuelo de Chandler que logré arrastrar a esta chica de mi Ciudad abandonando por una vez al grupo latino. El lugar no era nada peligroso y para mí tenía unos recuerdos inolvidables de la época en la que perseguía la sabiduría y todavía no el conocimiento concreto en el que empecé a reflexionar cuando después de esa salida vinieron otras. Pero esto llevó su tiempo y mientras yo continuaba mi persecución de la vida sin objetivo:

“…roast beef por capas, solicitadas en número dependiente del apetito del cliente para admiración de sus acopañantes, entre los que una venturosa noche encontré a esa mujer, mi extraña esposa soltera, madre estéril, indomable mujer híbrido de escocesa y cuarterón cubano, mi mulata con vitíligo, cuerpo a topos, cara café con leche, a la postre vendedora en Schwabs Pharmacy de cremas protectoras ante contingencias varias, incluido el traidor sol de Los Ángeles que en días como el de hoy, todavía alejado del verano abrasador, pero ya en su cenit, reconforta el cuero curtido de mi calva y rebotando sobre el carenado del parabrisas muere entre unas ingles agradecidas, hinchándolas de un suave sopor espeso, bajo mis pantalones de drill butano, en dos hernias como rodamientos acerados que engalanan un pubis plano entre dos piernas enjutas de un maratoniano aturdido que corre hacia un destino labrado con paciencia de orfebre a bordo de un Mustang verde-lejía, signo inequívoco de una individualidad irreductible….”

Esta identidad ya fraguada fue la que me permitió compatibilizar mi preparación de tesis con las salidas medidas con esa otra mujer seria de mi Ciudad que ya podía combinar la exploración vital con el planteamiento del futuro. Así pues, continúa mi pieza literaria:

“…una individualidad irreductible, espejo de la ciudad misma, mezcla de correosa vejez y de niñez vulnerable, que nunca conseguirá curar la nostalgia del cruce entre el negro desleído de las watt-towers al atardecer y el blanco azulado del horizonte de Pacific Palissades al despertar el día y que entre una y otro entretiene su perpetua espera del milagro de la brisa entre los hombros, o del lento entrelazarse de unos dedos hábiles en las lanosas hebras del pecho, o de una entrega sudorosa al baile del pato entre un Chuck Berry, Dorian Gray de antracita, y un gin tonic helado que reaviva al tacto una espalda desnuda y brillante, enmarcada por tirantes estrechos como hilos de cobre y adornada en sus bordes por los díscolos flecos de la magnífica pelambrera de las axilas, de una habitante extraña de esta ciudad improbable en donde todo crimen queda impune y que, excepcionalmente esa noche y a mi requerimiento, había acudido al strip desde su apartamento a la sombra del teatro chino y que acabó en mi mustang verde lejía contemplando el cielo boca abajo desde la explanada del observatorio del parque Grifith, aliviando así mi espera de siempre alentada de, de acabar calzándome esta alpargata izquierda que ahora, después de todo un día, acaba manchando mi camisa impoluta, a la altura del pectoral, de un cerco de sudor, y de caminar por fin sereno hacia el pueblo de nuestra señora de la porciúncula en un atardecer de fuego…”

Pero mis ficciones literarias acabaron nueve meses después cuando esta mujer de mi Ciudad dio a luz a un precioso niño que cambió nuestras vidas. No cabía discusión, yo tenía como mucho un año para centrarme y terminar mi tesis y ella dejaría la suya para terminarla en nuestra Ciudad cuando volviéramos y comenzáramos una vida productiva de capataces directos o indirectos de nuestros señores de la margen derecha. Se acabaron las visiones de vivir del rendimiento de un chiringuito en Venice o de contemplar las caídas del sol con la serenidad que daba un porro. La tesis incluso me interesó, y mi hijo trajo consigo mi cuasi definitiva caída del cabello. Pero no todo fue tan serio pues mi colección de vulvas aumentó en un ejemplar de categoría medalla de oro tanto por la simetría de los labios como por el colorido marrón casi beige que servía de invernadero de unos pelillos rubios extrañamente sedosos.

«De Bilbao a Bilbao pasando por LA» recibió 0 desde que se publicó el sábado 14 de junio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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