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Cuestiones patrimoniales

Ramón no estaba dispuesto a confundir la belleza con la verdad. Según él con la belleza se podía topar uno, pero la verdad era algo muy serio que se escurría entre las manos de los que solo se valían de ella para dotarse de una especie de fin de fiesta al que todos incluido yo- afirmó con cierta fiereza subiendo el tono- deberíamos referirnos con lealtad pero sin excesivos detalles.

lucerna
El concierto fue un éxito en opinión de Juan y de una parte grande de la audiencia que entendió la complementariedad entre lo suave y lo tosco y duro pero, desde su butaca, Juan observó que otra parte de la audiencia con aspecto tradicional no estaba para estas combinaciones novedosas. Lo que les ocurría seguramente es que, como pagaban una cantidad significativa por su presencia en este concierto de Lucerna, querían lo de siempre y no albergaban deseo alguno de experimentos. Quizá un gran patrimonio no genera nunca deseos de aventura sino más bien lo contrario. Cuando no hay mucho que perder ¿por qué no lanzarse a mundos nuevos en cualquier ámbito? Esto le había ocurrido a la llamada ciencia económica, que ya no estaba para aquellos esfuerzos de unificación teórica que habían entusiasmado a Juan en la época de su tesis doctoral y había girado hacia lo experimental y lo descriptivo tratando de emular ese esfuerzo de las ciencias duras que, a base de experimentos aparentemente banales, iban construyendo un corpus que, se creía, acabaría llegando a esa unificación pero por la puerta trasera como él le llamaba a esta estrategia en su pensamiento sin atreverse a denunciarla en alta voz como algo bastante falsario.

Pensaba que actuaba en su profesión como uno de los habituales de Lucerna que no ponían en juego su enorme patrimonio por acudir a esta ciudad, pero que no aceptaban fácilmente que les dieran gato por liebre tal como ellos lo expresaban. Juan pensaba que su escaso patrimonio le permitía los experimentos pues no tenía mucho que perder y bastante que ganar cuando la profesión se enterara o llegara a sospechar que la Economía no era como una ciencia dura y que posiblemente la irrefrenable tentación de unificar y de contar una historia creíble y bella volviera a ser despenalizada. Y su patrimonio era lo suficientemente escaso como para continuar siempre en la búsqueda de lo mismo al precio de la soledad académica ya que en esa universidad de Madrid solo podía hablar en las comidas o los paseos por el campus con Ramón y ello solo gracias a que Ramón no necesitaba un interlocutor creativo sino simplemente alguien que le escuchara con aparente atención y le pusiera, y solo de vez en cuando, las pegas que provenían de su oculto deseo de unificación. Ramón era lo suficientemente mayor como para haber conocido otros tiempos, pero los rechazaba mediante los desplantes correspondientes. Antes de ir a Lucerna tuvo tentaciones de aislarse totalmente poniendo a Ramón en el sitio de su galería de héroes que le correspondía, pero a la vuelta y después de haber conocido a Mercedes en su faceta sexual y en su profesión, más o menos oficial, de encontrar maneras de manejar patrimonios, cambió de opinión y decidió prestarle una especie de atención fingida a Ramón a fin de abrir la oportunidad de empezar a cuidar su reducido patrimonio y de aprender de ella como podrían Machalen y él seguir manteniendo aparte sus ganacias provenientes del trabajo mientras sumaban el patrimonio de él por un lado y un trocito del de Macahlen que fuera equivalente. Este era un arreglo que les permitiría hacer pequeñas escapadas juntos mientras vivían la mayor parte del tiempo en lugares separados y en todo caso, con muy reducidos gastos generales en la vida poco rimbombante que llevaban ambos.

Quizá podrían llevar a la practica ese deseo austero si Machalen pusiera en venta aquel piso de aquella calle del camino hacia el monte donde ella vivió con su abuelo y los timbales con las persianas siempre cerradas para que no les espiaran los centinelas del gobierno militar y en donde habían vivido los padres de ella antes de desparecer bajo la tierra de esa Ciudad a veces ingrata y en donde ellos dos juntos habían disfrutado de ese amor siempre trufado de amenazas de amargura justo antes de dejar de verse por bastante tiempo. Quizá, pensó Juan, era el momento de vender ese piso pues Machalen estaba más allá de una posible oferta de dirigir la sinfónica de la Ciudad y él no podía volver a ella ante el peligro de decaer en su estatus de desaparecido. Un desparecido que que, sin embargo y gracias a los buenos oficios de Aitortxu y a la intermediación de Asier durante años, poseía un pequeño patrimonio que se encontraba a buen recaudo en una cuenta de ahorro de un banco casi desconocido del Sun belt. Un status de desparecido al que no podía renunciar a fin de hacerse con el resto de la herencia que todavía podría reclamar, so pena de entrar en un viejo camino por el que no quería transitar.

Con estas ideas en la cabeza Machalen y él se instalaron unos días en el apartamento de Juan en Madrid para no hacer nada y prepararse para disfrutar de unas pequeñas vacaciones en la costa del cantábrico correspondiente al País Vasco francés, donde llegaban siempre dando el rodeo de entrar en Francia por Cataluña y conducir el viejo cacharro de Juan por la reciente autopista que ya unía Toulouse con Burdeos, plazas estas que, por razones distintas, conocían ambos bastante bien y cuyo patrimonio cultural les unía desde hace unos pocos años. Juan decidió no dejar pasar los casi dos meses de vacaciones académicas para afianzar su aparente amistad con Ramón y para demandar la asesoría de Mercedes respecto a su escueto patrimonio y empezar a moverlo más activamente a partir del lugar que le indicara Mercedes de forma que ella pudiera ocuparse de la rentabilidad como lo hacía con otra mucha gente como parte de su profesión que, al menos, le llevaba por Ginebra y por Londres.

Así que juan quedó a tomar unos vinos con Ramón una noche cualquiera de junio y le improvisó una versión de su idea de volver a cambiar el tono del lienzo base de su C.V plástico después de haber pensado en su propia obra como la mezcla musical de Brahms y Ravel, mezcla nada equitativa pues el fondo seguía siendo uniforme con suaves vaivenes románticos mientras que los extraños folkclorismos ravelesianos jugaban el mismo papel que otras incursiones ya viejas en las aventuras de economistas poco dados a seguir la moda. Ramón escuchó con la aparente atención de siempre, pero esta vez y en un momento estratégico, pues Juan se empezaba a quedar sin argumentos, tomo la palabra y se metió de lleno con esta manía que él pensaba que Juan se tomaba como compartida no lo era tanto. El simplemente gustaba de la pintura y hacía sus pinitos, pero no estaba dispuesto a confundir la belleza con la verdad. Según él con la belleza se podía topar uno, pero la verdad era algo muy serio que se escurría entre las manos de los que solo se valían de ella para dotarse de una especie de fin de fiesta al que todos incluido yo- afirmó con cierta fiereza subiendo el tono- deberíamos referirnos con lealtad pero sin excesivos detalles.

La salidita había durado un vino más de lo conveniente y ambos estuvieron de acuerdo en irse retirando a casa. Juan aprocechó el momento para insinuar que podían salir los cuatro a cenar un día antes de que cada cual decidiera desaparecer. Sus intenciones no eran del todo sanas, pero todo sonó no solo razonable sino incluso pacificador ante la subida de tono de Ramón.

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