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Cuento de Verano

Cuentan de Botí­n, el padre del actual presidente de Banco Santander (antes BCHS), que solí­a decir que “gente con dinero” hay bastante; pero “los verdaderamente ricos somos muy pocos“. En alguna ocasión he coincidido en alguna fiesta con uno de estos ricos que no solo tiene dinero; sino una riqueza tal que pretende y a menudo consigue lo que no se compra con dinero.

Verán. Como paso por ser un vasco un teñido de nacionalista, aunque razonable y capaz, en todas esas escasas ocasiones sociales me he visto acosado por una de estas personas que quieren información privilegiada y metabolizada, además de razonada, sobre la situación del Paí­s Vasco, tan querido por todos ellos que, curiosamente, casi siempre tienen alguna abuela de por allí­ arriba, además de una diagnosis razonable de lo que está pasando y una prognosis meditada de lo que puede pasar.

No me tomen por presuntuoso pero es cierto que yo puedo ofrecer todo eso. Sin embargo nunca lo hago. No me niego frontalmente; pero como la situación lo permite, salgo por peteneras con alguna coqueterí­a de salón. No crean que me atrevo a decirles, como hace mi amigo APA, que yo, que ni siquiera soy de los que simplemente tienen dinero, cobro por ese análisis, simplemente porque no es verdad. No, yo salgo de la situación de manera más pomposa disfrazándome de catedrático presuntuoso que necesitarí­a un par de horas para hacer justicia al tema. Y a continuación entro de lleno en una discusión sobre algún tema teológico que, aunque no lo crean, entusiasma a los ricos que saben que de nada les sirve todo el oro del mundo si pierden su alma.

La verdadera razón de mi pertinaz cerrazón a discutir con estas personas angustiadas la situación del Paí­s Vasco es un sí­ndrome descrito con minuciosidad por parte del famoso doctor Pearls. Sí­ el mismo nombre que el de la Gestalt que tanto me interesó en los años 70. Yo le llamo para mi uso personal “el sí­ndrome del capataz” porque ataca a aquellos que teniendo acceso, incluso carnal, a la hija del rico, no pueden casarse con ella. Es justamente lo que nos acontece a los catedráticos, que no hay manera de olvidar que éramos nosotros los que acarreábamos el taburete sobre el que el señor impartí­a su doctrina o más bien sus órdenes.

Pero ayer viernes, y no sé como acaeció, que me lancé sin ninguna precaución a perorar sobre la gran oportunidad que brinda al nacionalismo al difí­cil proceso de individuación hasta devenir un ser único, auténtico dueño de sus propias decisiones e inmune a los requerimientos de la identidad colectiva a la que no es fácil sustraerse. Quizá fuera porque años de diván no pasan en balde, quizá porque tengo la locuacidad del que pasa hambre en medio de una dieta de adelgazamiento exigida por un recrudecimiento de la hipertensión. Quizá; pero lo más seguro es que bajaba de El Escorial como Moisés del Sinaí­: lleno de fervor.

En el marco de un curso de verano organizado por el periódico para el que trabajo, acababa de soltar mis últimas ideas y, además de conseguir que casi nadie me entendiera del todo, encontré un joven estudiante al que dirige la tesis un joven profesor al que se la dirigí­ yo mismo cuando era joven. Y no hay nada como el reconocimiento entre nosotros, dueños del esoterismo, para soltar la lengua como en una borrachera de ideas.

En el grupito de invitados que se arremolinó alrededor del alto tono de un loco con un vaso de agua en la mano, se encontraba ese rico, verdaderamente rico, que años atrás me habí­a retado a que dijera algo sobre este tema delicado del note si algo sabí­a yo, o creí­a saberlo, sin protegerme detrás de mis piruetas de capataz emancipado. Me solté el pelo y le reté a que, ya que parecí­a seguir interesado en este problema, organizáramos a medias otro curso de verano sobre el Principio Nacionalista, algo sobre lo que los politólogos han escrito con relativa abundancia y que tiene su teorización más allá del presunto sentimiento primitivo que lo mueve.

En contra de mis prejuicios sobre la falta de generosidad de los verdaderamente ricos aceptó el envite siempre que yo siguiera explayándome. Así­ lo hice y poco a poco fui entusiasmándome con mi propia retórica. Hablé de los memes sociales que componen nuestro imaginario colectivo, de la imposibilidad de librarnos fácilmente de ese imaginario colectivo, de la falsedad de quienes se dicen ciudadanos del mundo, de la multipertenencia de todos nosotros, del miedo que produce salirnos de las reglas de la tribu primitiva o de las de otras comunidades identitarias, de que no hay nada entre tribus más que un vací­o imposible de habitar y, finalmente, de la necesidad imperiosa de que florezcan cientos de naciones con una identidad colectiva de la que sea tentador el disentir y no sea pecado mortal el hacerlo.

Creí­ que me habí­a empleado a fondo y que mis argumentos habí­an sido tan contundentes como para lanzarme a sugerir que eran ellos, los ricos de España, los que tení­an que apoyar la posibilidad de que estas ideas tan poco conocidas se discutieran con amplitud. Fuí­ más allá y con toda chulerí­a ofrecí­ financiar parte de un posible Instituto para el estudio del Principio Nacionalista, naturalmente radicado en Euskadi, siempre que el peso principal de los costes corrieran a su cargo.

Reconozco que esta chulerí­a torera tuvo lugar en el dintel de la puerta de la casa del amigo que daba la fiesta en el momento de las despedidas. Lugar y momento poco propicios para iniciar aventuras culturales. Para eso están los links de cualquier campo de golf. Lo reconozco; pero aun así­ tardaré tiempo en olvidar la cara de odio rutinario con la que me miró el rico para ese momento ya estirado de la manga por su bella esposa y la lenta, lentí­sima bajada de mirada, como si fuera la caí­da del último velo de una bailarina, así­ como su desví­o lateral hacia otros invitados, disolviendo la tensión argumental en una dulzona despedida de persona melancólica.

El odio de siempre me envalentona en mi propio proceso de individuación; pero esa trivialidad educada, esa falta de capacidad aventurera, esa huí­da del saber me produjo una rabia estéril que tengo que matar en mí­ mismo.

Lo comentaré con mi analista del alma.

«Cuento de Verano» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 24 de Julio de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. David dice:

    ¿Era Cuento de verano la película de Rohmer en la que un amor veraniego dejaba a la protagonista embarazada pero desconectada de su enamorado, a quien andando los años volvía a encontrar casualmente en París?

    Igual a nuestro rico tus ideas le fecundaron algo que con los años vuelve sin esperarlo. Como decía un manual de antropología, de los muy ricos sabemos muy poco, y de su condición de semidioses providenciales podemos esperarlo todo.

    El nacionalismo necesita su Gates Foundation (y desde este punto de vista, sólo es de lamentar que su bella esposa no te escuchase más)

  2. Juan Urrutia dice:

    Gracias David. Cuento de verano era,efectivamente una película de Eric Rohmer; pero soy incapaz de recordar la historia. De sus películículas antiguas, como Ma Nuit chez Maud sí que podría reproducir el argumento; pero de sus cuentos morales no recuerdo más que el ritmo que, de hecho, me controla la tensión con solo evocarlo.
    Me parece bien esperar todo de los semidioses; pero me temo que mi rico es más bien de ficción, aunque quien sabe…… Quizá su bella esposa se interese en un loco que empieza a tener una figura envidiable.
    Claro que hay que hacer uncentro para el estudio en serio del nacionalismo y, de hecho, está apuntado entre mis tareas. Y como dice Marisa:ten cuidado con lo que te propones, que lo sueles conseguir.

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