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Crisis y la «Stakeholder Society»

Publicado en Expansión, lunes 1 de junio de 2009

Como decía en la entrega del mes pasado, “Las Cajas y la consolidación financiera“, dedicada a defender la reconversión de las Cajas, “lo que ahora hace falta, una vez entendidas las ventajas de la renovación normalizadora de las Cajas a través del cambio de ley” y una vez puestas al descubierto las falsas y oportunistas defensas de sus peculiaridades disfrazadas de críticas al capitalismo financiero, “es explicar que sus funciones singulares ya no son tan fáciles de defender como exclusivas en un mundo en el que pueden ser ejercidas de otra manera“.

Esta tarea argumentativa requiere dos pasos. En el primero es conveniente explicar las tendencias que el capitalismo va a experimentar como reacción a la crisis. Ese es el objetivo de esta columna: explicar porqué la llamada Stakeholder Society se va a constituir en un objetivo a alcanzar una vez superada la crisis. Más adelante habrá que dar un segundo paso y explicar cómo y porqué la labor de las Cajas podría contribuir a ello y porqué, sin embargo, esa labor puede ser realizada de una manera distinta y compatible con la renovación de las Cajas.

Se me disculpará que comience este primer paso por una nota personal recordando el mal rato que tuve que pasar en la presentación de El Capitalismo que Viene (Planta 29, 2008) cuando trataba de exponer las bondades de un capitalismo innovador (que va surgiendo en la época de la globalización, de las TIC y de la Sociedad del Conocimiento) justo en un momento en el que, debido a la crisis económica y financiera, resurgen las acerbas críticas a ese sistema económico y se presentan nuevas formulas para intentar sobrepasarlo.

Si en esas circunstancias tratas de resaltar sus bondades, lo que era mi caso, apareces como alguien de otro planeta que todavía no se ha enterado que ese sistema económico, según dicen algunos, ha fracasado. Y, sin embargo, no me arrepiento de mi defensa de un capitalismo innovador, sino que, más bien, pienso que debo seguir indagando en sus ventajas. No solo las que me llevaron en la citada entrega anterior a defender el capitalismo financiero, sino también las que pueden surgir de la modificación de algunas de las características que lo definen.

Dos de esas características son la competencia y la maximización del valor para el accionista (shareholder value) como criterio de gestión empresarial. Dejaré a un lado la problemática relativa al paso de la teórica maximización del beneficio a la maximización del valor en bolsa como criterio práctico de gestión empresarial, un asunto no trivial, y me concentraré en las posibles limitaciones del mercado para la consecución de lo que se llama la Stakeholder Society que traduciré como “sociedad de concernidos” cuando lo considere conveniente.

Esta finalidad obliga a volver la atención a entidades cooperativas, especialmente apropiadas para evitar el paro en tiempos de crisis y, en el mundo financiero, hacia cooperativas de crédito y, en particular, a las Cajas que, al no ser sociedades anónimas y no tener accionistas, se gobiernan de otra manera y pueden dedicar sus beneficios a una Obra Social determinada en lugar de verse obligadas a reservar parte del beneficio al pago de dividendos.

En otras palabras, parece como si hubiera llegado el momento de sustituir el shareholder value como criterio de gestión empresarial por la idea genérica de alcanzar a través de esa gestión, o de cualquier otra manera, lo que hemos dado en llamar la Stakeholder Society o “sociedad de concernidos”, una noción que no hace referencia a criterio alguno de gestión empresarial sino que se refiere al tipo de gobernanza que desearíamos para la sociedad como economistas preocupados por el bienestar general de todos los concernidos por la actividad económica.

Paso pues a hablar de gestión empresarial en el contexto de la más o menos inevitable separación entre propiedad y control dentro de ese capitalismo que llegará después de la crisis, dejando para el mencionado segundo paso argumentativo la reconsideración de la relación entre la sociedad que queremos y las Cajas.

La evolución de la problemática relativa a la separación entre propiedad y control lleva a destacar la elaboración de normas internacionales de contabilidad exigidas por la presencia transnacional de las empresas y al intento de puesta en práctica de códigos de conducta específicos de los Consejos de Administración y de sus miembros a fin de que no primen los intereses de los ejecutivos sobre los accionistas o de los accionistas de control sobre los minoritarios. Estos códigos se centran sin embargo en la creación de valor para el accionista (shareholder value) y no consideran los intereses de los stakeholders, es decir personas o instituciones que, como los accionistas, están “concernidos” por la marcha de la empresa bien sea como trabajadores, como proveedores, como clientes o como habitantes de la zona.

A pesar de que la idea de esta “sociedad de concernidos” está muy en la onda de las preocupaciones actuales no recibe la atención que esperaríamos. Es, en efecto, muy fácil de simpatizar con las preocupaciones típicas de cualquier economista acostumbrado a tratar de encontrar el óptimo social eliminando limitaciones que el mercado puede imponer a la gestión empresarial. En efecto, lo que ocurre en una empresa es que hay muchos “concernidos”. Además de los inversores, que han colocado su capital en acciones, están los proveedores, que quizás han hecho inversiones específicas para atender los pedidos que les pasa nuestra empresa, los clientes que pueden quedarse sin un producto que formaba parte de su paquete de consumo o era imprescindible para su propia producción, los trabajadores que seguramente han invertido en capital humano específico para esta empresa y otros como los tenderos locales, los ayuntamientos circundantes o los que sufren la polución ambiental.

Muchos de los efectos que estos stakeholders generan o sufren en relación a la empresa no pasan adecuadamente por el mercado. No sólo la empresa no paga por la polución que genera (típica externalidad), sino que los tenderos locales o los ayuntamientos circundantes no pagan ni cobran nada por los posibles efectos, negativos o positivos, que se generan (mas allá del precio pagado o del impuesto ingresado) en su relación con la empresa que opera en su ámbito (como descuentos por pedidos grandes, o inversiones en ordenadores, por ejemplo) y los proveedores, clientes o trabajadores, que aunque cobran y pagan según contrato, no suelen pagar o cobrar nada por la posible garantía implícita de pedido, o de suministro o de trabajo.

Todos estos son ejemplos de limitaciones del mercado que quizá no sean en todos los casos externalidades típicas, pero que deben ser tenidas en cuenta para que se obtenga el óptimo social. La crisis va a traer a colación estas limitaciones y no tendremos más remedio que pechar con el trabajo de reflexionar sobre las formas de poner en práctica esa Stakeholder Society. La defensa de las Cajas como instituciones diferenciadas se centrará en su capacidad para esa puesta en práctica. Espero, sin embargo, poder convencer de que hay formas alternativas de lidiar con las limitaciones del mercado que ofrecen ventajas adicionales. Será en la próxima entrega.

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