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Credibilidad y reputación del Gobierno

La Economía es una ciencia en la que el futuro influye en el presente: no compraré hoy una determinada mercancía si creo que su precio será menor mañana. Por lo tanto las expectativas juegan un papel determinante.

Por ejemplo, en el caso de una expectativa de caída mañana del precio de la mercancía que yo vendo seguramente bajaré su precio hoy mismo. Como la economía tiene que tratar de describir coherentemente la senda que va a seguir un sistema económico y como las expectativas son esenciales en esa descripción, la Economía no tiene más remedio que modelar las expectativas como racionales, es decir como no desviándose como media de la senda que se describe. Si no fuera así la descripción de la senda sería vulnerable a una crítica devastadora ya que los agentes modelados no cambiarían de comportamiento a pesar de que sus expectativas se vean contradichas sistemáticamente.

El problema con los modelos que tratan de describir la trayectoria seguida por el sistema económico y que incorporan (por coherencia) las expectativas racionales es que tienen soluciones múltiples, es decir que hay varias trayectorias posibles, todas ellas coherentes y que, sin embargo, pueden ser ordenadas de mejor a peor. Por qué ocurre esta multiplicidad con estas características es un punto técnico más allá de la ambición de este artículo; pero lo que no tengo más remedio que destacar es que, en esas condiciones, un gobierno querrá manejar las expectativas para imponer aquellas asociadas a la mejor de las trayectorias en sentido económico, o a la que a él le interesa por motivos políticos.

El manejo de las expectativas por parte de un gobierno tiene, sin embargo, sus limitaciones. Cualquier anuncio de política económica o cualquier promesa de actuación, si pretende cambiar las expectativas, tiene que ser intertemporalmente consistente. Un anuncio de una medida cualquiera es intertemporalmente inconsistente si esa medida anunciada hoy para ser puesta en práctica mañana será desfavorable al gobierno cuando mañana vaya a ser cumplida. Diríamos que una amenaza (como sinónimo genérico de un anuncio de medida de política económica) no es creíble si es intertemporalmente inconsistente. Es decir credibilidad es lo mismo que consistencia intertemporal. Ahora bien interesa revisar con cuidado la relación entre credibilidad y reputación. Si el gobierno emite una amenaza creíble no se gana ninguna reputación relevante: sabemos cómo es y esperamos que actúe en su propio beneficio. Lo que da ocasión a un gobierno de adquirir una reputación relevante es precisamente la inconsistencia temporal de su amenaza. Si, a pesar, de ir en su contra cumple su amenaza, el gobierno que la emite empieza a ganar hoy una reputación que se consolidará si continúa así. Cuando decimos que una reputación tarda en alcanzarse y puede perderse en segundos nos referimos, desde luego, a la reputación relevante.

Tengo la horrorosa sensación de que expectativas, credibilidad y reputación son tres términos que, aunque cruciales para entender la economía, son abusados por políticos y periodistas hasta el punto de modificar su contenido y arrastrarnos a unos galimatías que acaban ocultando realidades y oscureciendo la comprensión de la naturaleza y objetivos del gobierno del que estemos hablando. Veamos si su correcta comprensión que he esbozado más arriba, nos es útil para el examen del gobierno del PP hoy. Examinemos dos ejemplos recientes: la modificación del mercado de trabajo y la alineación con Bush en la crisis de Irak.

Hace un año aproximadamente el gobierno amenazó con un proyecto de ley en el que plasmaba su intención de modernizar el mercado de trabajo en aspectos importantes relativos al subsidio de desempleo y condiciones para su mantenimiento, a los salarios de tramitación o al subsidio agrario entre otros. Contra esta amenaza los sindicatos contraamenazaron -asumiré que de forma totalmente creíble- con una huelga general. En estas condiciones aprobar en el parlamento el proyecto de ley es intertemporalmente inconsistente debido, digamos, al desgaste electoral que acarrearía. Así se abre, según la terminología que he introducido más arriba, una magnifica ocasión para que el gobierno fuera adquiriendo una reputación relevante de halcón. Y el gobierno la aprovecha dictando el decretazo mediante el cual se imponen inmediatamente los contenidos del proyecto de ley. Esta reputación relevante de halcón se perdió instantáneamente mediante las concesiones que el gobierno encargó a Zaplana y que han hecho que la modificación del mercado de trabajo pase a mejor vida. Desde entonces pensamos, no que este gobierno sea una paloma (para alcanzar esa reputación debería confrontarse con una situación en la que ser paloma fuera no creíble) sino que simplemente hace lo que conviene a sus propios intereses, en este caso electorales.

Hoy el gobierno se enfrenta con una ocasión formalmente análoga en relación a la postura a tomar en la crisis de Irak. Podemos decir que el gobierno -y el propio Aznar- apoyan una solución armada, afirmación que habría que matizar, pero que no empaña el análisis. Esta amenaza, incubará, ya está incubando, unas contraamenazas -que asumiré como totalmente creíbles- por parte del electorado y de algunos países de la UE que van en contra de los intereses electorales del PP y de algunas aspiraciones personales de Aznar. En estas condiciones el apoyar la estrategia de Bush es intertemporalmente inconsistente, lo que genera la oportunidad de empezar a adquirir una reputación de halcón, oportunidad que es aprovechada mediante la iniciativa de escribir conjuntamente con otros jefes de gobierno (y uno de estado) de algunos países europeos, una carta alineándose matizadamente con la estrategia bélica de Bush. Tenemos que esperar para verificar si en esta ocasión el gobierno mantendrá su posición, adquiriendo así una reputación de halcón en la política exterior, o cederá ante el eje Francia/Alemania, como cedió ante los sindicatos, y se quedará sin reputación como un gobierno simplemente condicionado por sus propios intereses.

Ante la analogía entre ambas situaciones, y a falta del desenlace final de la segunda, se agolpan las preguntas y caben las profecías. Supongamos que mi análisis no es correcto y que en ambas situaciones las amenazas fueran creíbles. Entonces esperaríamos que la fidelidad a Washington fuera firme; pero nos llevaría a preguntarnos por qué él gobierno no se mantuvo firme en el decretazo. Como no cabe especular sobre reputación ya que, al ser ambas amenazas creíbles, no hay ocasión para adquirir reputación, sólo se me ocurre pensar que Aznar se desentiende de las próximas elecciones nacionales y se atreve a jugársela personalmente con la esperanza de romper el equilibrio de fuerzas europeas que, si sigue como está, no favorece nada sus aspiraciones personales.

Supongamos por el contrario que mi análisis sí es correcto y que ni una ni otra amenaza es creíble de suerte que Gobierno o Aznar pueden labrarse un reputación haciendo algo increíble. No lo hicieron en el caso del mercado de trabajo decantándose por las ventajas electorales más que por el buen funcionamiento económico. Eso me lleva a pensar que en el caso de la crisis de Irak también renunciarán a ganarse una reputación de halcones decantándose por las ventajas electorales o la falta de fricciones europeas en lugar de por la lucha contra el eje del mal. A no ser una vez más que Aznar personalmente prefiera romper la unidad europea para mejorar sus aspiraciones personales a presidir el Consejo en la U.E.

Todas estas elucubraciones últimas me llevan a la siguiente concusión. O Aznar y el gobierno tienen sus intereses alineados o no. En el primer caso el gobierno del PP volverá al redil del eje franco-alemán y Aznar se puede considerar amortizado como político europeo. En el segundo caso, si el partido se impone a su propio presidente, España volverá el mencionado redil y, si Aznar impone su autoridad, España habrá iniciado una aventura peligrosa. Yo me atrevería a apostar por que el partido se impondrá liderado por su propia ala derecha, que sobretodo quiere conservar el poder, y que Aznar , como casi todos los césares, acabará apeado por su círculo más cercano. Esta apuesta está basada en el análisis prolijo anterior y algunos pueden decir que éste no es completo y que cabe pensar que ambos casos -mercado de trabajo y crisis iraquí- no son formalmente análogos.

Sin duda se puede afirmar pero es difícil de argüir, creo yo, por muchas diferencias sustantivas que haya entre ellos. Otros pueden apuntar que mi supuesto sobre la credibilidad de ambas contraamenazas puede no ser correcto. Puede, pero a mí me parece mucho más realista que el contrario. Mi apuesta está también basada en lo que conozco y si hay otras variables que desconozco todo puede cambiar; pero yo, claro está, no puedo otear el cambio. Lo que he hecho es lo puedo hacer, aplicar correctamente las nociones de credibilidad y reputación que tanta importancia tienen en cuanto los gobierno tratan de manejar las expectativas y que tan superficialmente se utilizan por los que no están acostumbrado a su uso preciso.

Y mi conclusión es que o el gobierno es incoherente, reaccionando de manera diferente a situaciones análogas, o el gobierno no es homogéneo, sino que ésta presidido por alguien con intereses personales, o hay una agenda oculta que desconozco. Eso es todo.

«Credibilidad y reputación del Gobierno» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 19 de Febrero de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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