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LXXXII: Contra el conservadurismo intelectual

Carezco de maitre à penser santificado. Soy muy frívolo y mi molinillo quizá consista simplemente en el gusto por la novedad, un gusto totalmente burgués que trato de satisfacer con al agüilla de unas neuronas envejecidas que no renuncian al placer de encontrar paradojas.

conservadurismo-intelectualHe leído en no sé donde que es la diversidad genética la que nos libra a nosotros, al igual que a cualquier otro grupo animal (o vegetal, supongo) de no desaparecer a causa de cualquier epidemia por muy contagiosa que esta sea. Como los agentes patógenos son muy específicos, no es ya posible que acaben con todos los individuos, sino solo con algunos derivados de alguna mutación pasada de la que uno espera no descender.

Me encanta que la Diversidad se empiece a apreciar incluso por aquellos que quizá fueran propensos a considerarla como una degeneración. Cuando esta degeneración se ha considerado orgánica o racial pues ya sabemos a donde nos lleva; pero incluso cuando esta diversidad solo se trate de una simple y presunta degeneración intelectual, esta idea o sensación de que las cosas en cualquier campo intelectual degeneran en su evolución me produce espanto. Y, sin embargo, es algo muy corriente que esa idea negativa sobre la diversidad subyazca a los debates de ideas en los que todo lo que no coincida con la manera en la que que yo y unos cuantos amiguetes pensamos o actuamos son caminos interesados y corrompidos por intereses espúreos cuando no por debilidad del espíritu. “Todo el mundo lleva el agua a su molino” es la expresión en la que se plasma la falta de confianza en la Diversidad y la sospecha que acompaña a cualquier atisbo de Rebeldía. Confianza y sospecha que constituyen la base del conservadurismo en sentido genérico. Cuando este conservadurismo no es del tipo político (que no rechazo por principio) sino simplemente intelectual, me resulta especialmente irritante justamente porque la Diversidad y la Rebeldía están en la base del pensamiento de lo que llamamos ciencia en su mejor versión, tal como lo explico aquí (pp.79-89).

Para hacernos una idea de los efectos del conservadurismo intelectual, hablemos de la epidemia de la Economía Neoclásica. Este tipo de aventura intelectual en el campo de la Economía era hasta hace relativamente poco tiempo la única digna de llamarse “ciencia” (económica), en el sentido de que cualquier concesión a intuiciones basadas en la observación casual (como por ejemplo la idea de la renta permanente como determinante del consumo individual en cualquier momento) y no en la total racionalidad del agente individual era inaceptable. Por lo tanto ese calificativo de inaceptable debería extenderse a las consecuencias de observaciones que no pasen el test de la racionalidad. Y sin embargo la llamada Behavioral Economics, que incorpora rasgos del comportamiento detectados por especialistas y examinados en experimentos repetidos, ya no es una amenaza sino que comienza a convertirse en una nueva ortodoxia, aunque sigue habiendo gente que la considera una infección.

En este sentido tiene su gracia preguntarse, por ejemplo, por la racionalidad de las expectativas, sin la que, desde que Lucas la introdujo, cualquier modelo macroeconómico es simplemente rústico. Me atrevo a preguntarme si esa idea fue adoptada en su día más bien por simple fidelidad con la “raza”, o la metodología propia de esa “raza”, que por la observación de los hechos. La respuesta es que esas expectativas racionales solo caben en situaciones donde uno puede creer en que el equilibrio del sistema es una buena descripción de la situación y que, por lo tanto y sin ninguna razón de peso para ello, debe rechazarse como patógena la idea de que hay situaciones de desequilibrio que deben ser estudiadas para poder colegir a donde va ese grupo humano modelado. Me temo que ese camino que hemos seguido, u observado seguir a la mayoría, a pesar de ciertas llamadas de atención, ha llegado a un punto en el que sería de agradecer una cierta mutación que nos deje respirar y alcanzar nuevas perspectivas y renovadas visiones que quizá sean menos dogmáticas que las anteriores. Pero el conservadurismo nos atenaza.

Pero este tipo de cosas no pasan solo en el mundillo de la Economía, sino que pueden observarse en casi cualquier campo. Así es, en efecto, en cualquiera a los que yo me he acercado, aunque solo haya sido un poco y de manera tangencial. Casi nadie se molesta en darte buenas razones para admirar a un artista nuevo o a un científico con una idea nueva, ya fuera la sutileza de la pincelada, la forma de montar un film, la densidad de una escultura, la mayor coherencia con ciertos pretendidos hechos presuntamente bien establecidos, la brevedad o lo contrario de textos literarios, su aplicabilidad en la vida real fuera del laboratorio, etc., etc.

Me parece que la mayoría de las opiniones en cualquier campo de la actividad humana no pueden clasificarse de racionales, sino solamente de tradicionales. Y de ahí la importancia de la Rebeldía y de la Diversidad, pues ambas juntas salvan a los creyentes de ojos cerrados de la desmoralización que produce el abrirlos, o del martirio elegido por fidelidad. No es lo mismo ser expulsado del pretendidamente único paraíso que salir de un cierto edén empujado por la Rebeldía para aterrizar en otro que creemos está ahí porque nos lo promete la diversidad. Lo importante de esta última es que parecería garantizarnos justamente que nada se pierde, aunque por períodos de tiempo parezca que ha sido enterrado en un sitio secreto.

Pero esta especie de procesos que ocurren necesariamente traen consigo de forma recurrente un efecto desmoralizador consistente en tener que modificar tu apreciación de los que considerabas amigos, pensando que seguramente a ellos les pasa lo mismo contigo. Lo peor en estos casos es que, en aras de esa amistad, traten de explicarte el por qué has acabado saliendo de una cierta tradición, explicándote tus proyecciones psicológicas. No parecen apreciar la Diversidad ni la Rebeldía, así con mayúsculas, y te acusan de “llevar el agua a tu molino”. Esta es la forma en que han acusado a Piketty de cometer algunos errores en el tratamiento de los datos o de forzar la teoría para sacar adelante esa idea de que el capitalismo tiende necesariamente hacia la desigualdad. Su molino, nos vienen a decir, debe ser nada menos que la lucha de clases esa de la que habló su respetadísimo Marx.

Mi caso es mucho más sencillo, pues carezco de maitre à penser santificado. Soy muy frívolo y mi molinillo quizá consista simplemente en el gusto por la novedad, un gusto totalmente burgués que trato de satisfacer con al agüilla de unas neuronas envejecidas que no renuncian al placer de encontrar paradojas.

«LXXXII: Contra el conservadurismo intelectual» recibió 3 desde que se publicó el Jueves 29 de Mayo de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. No sabría describirlo mejor, la verdad. Entre otras muchas cosas que se me ocurren al tema, me entristece muchísimo cuando me visto de colores o me peino raro o me pongo un gorro raro y me novia me dice que no haga tonterías, que me ponga serio (‘guapo’ dice ella), cuando lo que debería hacer es aplaudir mi valentía al romper la monotonía de la igualdad compulsiva. La verdad no me creo más valiente ni progresista que nadie, pero hay que salirse del estándar si de verdad se quiere ser mínimamente feliz y tener la sensación de no ser un cara de cartón más (al menos yo).

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    Raphael, no te metas con tu novia que seguramente te reconoce en tu individualidad anticonservadora y te quiere por eso.

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